Me ha llevado más de veinte años amar la música de Jerry Goldsmith. Y puede resultar extraño, a ojos de un aficionado a esto de las bandas sonoras, mi rechazo insistente ante el que, a día de hoy, considero un genio. Quizá por pura seña de identidad adolescente no podía considerarme fan de Goldsmith. Es decir, era tan ultra fanático de John Williams que cualquier otro compositor que estuviera al nivel (y a veces por encima) obtenía mi rechazo. Es algo así como el Betis y el Sevilla, Mike Oldfield o Jean Michel Jarre, y el Donut blanco o el negro.
Incluso rechacé asistir a uno de sus conciertos en Sevilla. Claro, ahora me doy cabezazos por ello. Pero, no se por qé, no terminba de llenarme su música.
Sí, había temas muy chulos, como el archiconocido “Total Recall” que acompañaba a los partidos de fútbol del plus, o el inquietante tema de “Instinto Básico”. Pero ocurría una circunstancia fundamental, y es que la mayoría de las películas en que participaba Goldsmith no eran plato de mi menú. Y eso es fundamental en los amantes de la música de Cine. Amamos a Poledouris porque nos encantó Conan, y viceversa.
Pero los años dan sabiduría, y a base de escuchar, prestar atención, y conseguir extrapolar la música de la imagen, tuve que rendirme a la evidencia de que Goldsmith ha sido el gran genio cinematográfico de la segunda mitad del siglo XX. Tiene auténticas maravillas en su haber, dignas de ser estudiadas en clase de música en secundaria (y me consta que Morricone aparece en los libros de texto, toma ya, Erwillillo). Goldsmith era, sin duda, un autor todoterreno. Y esa es la característica que mayor valor le da. Capaz de componer una comedia, una melodía romántica, un ritual religioso, todo. Goldsmith no conocía fronteras musicales. Un autor lanzado, que no dudaba en introducir sintetizadores si la ocasión lo requería, y tampoco en experimentar con instrumentos poco comunes. A esta virtud hay que añadirle la prolífica carrera de este compositor, probablemente el que más bandas sonoras ha compuesto.
De Jerry Goldsmith, a día de hoy, me gusta casi todo. Incluso en sus obras más insulsas siempre puede encontrar uno dos o tres temas realmente magníficos. Es cierto que a veces cae en ciertas repeticiones inevitables, son muchos años y muchos pentagramas. Pero es imposible despreciar cualquiera de sus trabajos. Goldsmith se entrega, tanto que a veces la calidad musical supera con creces a la calidad artística de la película. Ha compuesto auténticas obras maestras para la serie Star Trek, teniendo en cuenta que cada película es más infumable que la anterior. De hecho, he probado con amigos a que escuchen temas de Star Trek sin saberlo y se han quedado sorprendidos.
Me acerqué definitivamente a Jerry Goldsmith con una de sus obras menores: “Hoosiers”. La famosa película de los ochenta del equipo de Baloncesto de pueblo en el medio oeste americano. Un muy correcto film que se ve engrandecido por una partitura maravillosa. Cualquier amante del deporte recordará su tema principal en los partido retrasmitidos por Ramón Trecet. En esta banda sonora se conjugan todos los elementos que me atraen de Goldsmith. El lirismo, la acción, el romanticismo, los sintetizadores, la sinfonía… todo parece mezclarse de un modo extraño resultando uno de sus mejores trabajos.
El siguiente paso para enamorarme de su música vino de la mano de Disney. Curiosamente con una de sus películas menos exitosas. Mulan, la guerrera de incógnito, se crecía con una música realmente espectacular. No existe concierto de Goldsmith en que no se haya interpretado esta pieza. Un auténtico despliegue de emociones que el compositor llevó a cabo rondando los ochenta años. ¿Qué autor, con esa edad, es capaz todavía de exhibir tanto talento? Mulan es una partitura de corte melódico, llena de referencias orientales, pero muy encaminada al estilo Disney, cargada de buenos sentimientos, y con un in crescedo que acaba dejando al espectador atónito. Desde aquí aseguro que es una maravilla que debería poseer cualquier amante de la música.
A partir de ahí escuché muchísima música de Goldsmith, pasando por “El Planeta de los Simios”, “Patton”, “El Guerrero Número 13″, “Acorralado”, “Gremlins”, “Poltergeist”, todas auténticas obras maestras.
Pero la que dió el golpe de gracia que me hizo arrodillarme ante el autor fue, curiosamente, la que le llevó al estrellado, al Oscar, al olimpo de los músicos de cine: “La Profecía”, el magnífico film de Richard Donner.¿Alguno de los lectores ha escuchado esta música? ¿Ha sido capaz de escucharla de noche, entre tinieblas? Goldsmith compone la que, para mí, es la pieza definitiva de la música de terror. Una coral satánica que transporta al oyente a lo más profundo del mito religioso, al más bajo de los temores y miedos del ser humano. Qué auténtica maravilla. El tema principal deja huella, y escuchar su interpretación en directo es, verdaderamente, una experiencia sobrenatural. Puedo asegurar que Goldsmith encontró la piedra filosofal con esta composición, que engrandece una película ya de por sí mítica, y que lleva las interpretaciones de los actores a otro nivel. De hecho, el propio Donner reconoce el valor de la música para aterrorizar al espectador.
Jerry Goldsmith faleció hace unos años, dejando una legión de seguidores por todo el mundo. El fandom de las bandas sonoras se rinde a su talento, y le consideran un intocable, una pieza única, un compositor con una trayectoria que jamás se podrá igualar. Y yo, veinte años después, les doy la razón.