¿El principio del fin del mundo civilizado?

Yo soy un tipo que le cojo mucho apego a las cosas. Quizá demasiado, lo reconozco. De hecho tengo algunos ejemplos que pueden llegar a ser bastante grotescos con respecto a esta querencia que he desarrollado: El marca-páginas que uso para mis libros data, literalmente, de la época en la que Franco tenía pelo, parece un manuscrito del Mar Muerto, pero lleva tantísimo tiempo conmigo, décadas, que me resisto a cambiarlo por otro nuevo, aunque sé que cualquier día de estos mi viejo marca-páginas quedará convertido en polvo cósmico.

Otro ejemplo está en un viejo portaminas que estrené en COU (eso ya no existe, ¿no?) y que estuvo conmigo hasta estas mismas navidades, momento en el que desapareció misteriosamente convirtiéndose, probablemente, en éter. El berrinche que me pillé con esta desaparición fue “pa velo”.

Ya sé que no es ni medio normal esto que me pasa con los objetos. Es una especie de Síndrome de Diógenes, pero en plan entrañable, que me hace acumular sebo antiguo en mi casa, de mi niñez y juventud, que no sirve para un carajo, que está hecho mixtos de viejo, pero del que, sin embargo, me resisto a desprenderme.

Ahora que ya he presentado mis antecedentes, permítanme contarles una historia: Cuando hice la comunión, entre otros regalos, unos amigos de mis padres me regalaron un reloj. Yo, por entonces, no tenía reloj y, claro, se pueden imaginar la ilusión que me hizo poder consultar yo mismo la hora, me sentía ya muy mayor con mi reloj.

Y, encima, no era un reloj cualquiera. Yo, cuando era “mangurrino”, era un auténtico desastre a la hora de descifrar un reloj analógico de los de toda la vida, de los de manecillas. Me hacía un puto lío con la manecilla corta y la larga, no entendía un carajo, y, básicamente, por eso me resistía a llevar reloj. Pero, mira por dónde, que esos amigos de mis padres tuvieron a bien regalarme el último rebuzno en lo que a relojes se refería a mediados de los años ochenta: ¡Un reloj digital!

Pues sí, era la “ostien”, un Casio plateado. Ya no me hacía un lío mirando la hora, me venía con unos “númberos” grandes, no había posibilidad de error. Las 4:40 eran las 4:40, no había que interpretar dos putas manecillas que iban dando la vuelta. Encima, venían los segundos y todo. ¡Y tenía luz! Vamos, la polla. Por no hablar de la fecha, que podías saber el día que era sin mirar el calendario de Don Bosco, y del cronómetro, una auténtica virguería que no serví para un carajo, pero bueno, era una virguería. Y por si todo esto fuera poco, además era resistente al agua: Te podías duchar con él, le podía saltar agua, podías bucear… ¡Fantáaaaaastico!

Pues estaba encantado con mi reloj y, además, me salió excelente. Creo recordar que en todo el tiempo que lo tuve, que fue muchísimo, solo le cambié la pila una vez, y no se me retrasaba ni se me adelantaba.

El reloj estuvo en mi muñeca desde los 9 años, que es cuando hice la comunión, hasta los 22. El reloj estuvo funcionando de puta madre hasta que un día, por razones desconocidas, se ve que falló lo del “water resistant” por que le salió un manchurrón en la pantalla, así como si se hubiera mojado por dentro, y, poco a poco, como si de un abuelillo se tratase, el reloj fue perdiendo fuerza, se fue apagando día a día, hasta que dejó de funcionar: La pantalla quedó en blanco y a tomar por culo.

Bueno, se pueden ustedes imaginar qué pedazo de berrinche se pilló este Sombrerero que les escribe. No me podía creer que mi viejo reloj, tras 12 años de servicio, hubiera subido al cielo de los relojes (donde quiero creer que está).

No obstante, yo, cabezón como un perro y debido a mi patológica querencia a las cosas antiguas, me resistía a que el reloj, aún sin funcionar, abandonara mi muñeca, así que, en un alarde de esperpentez, lo seguí dejando en mi mano derecha mientras que en mi mano izquierda me puse un reloj nuevo que funcionaba. Ahí, con mis santos cojones.

No obstante, esta “frikada” de llevar dos relojes, uno que funcionaba y otro no, duró muy poco, ya que, ya en la universidad (corría el año 1997 AD) en uno de esos jueves que salíamos a soplar bebidas espirituosas variadas, mi reloj desapareció. Recuerdo perfectamente que salíamos de un garito que frecuentábamos bastante, llamado El Muelle, del que siempre salíamos “doblaos”, y ese jueves no fue una excepción, íbamos bastante perjudicados. Íbamos ya a medio camino hasta nuestro piso cuando inopinadamente me miré la mano en la que llevaba el reloj “foski” y mi disgusto fue mayúsculo al ver que  ya no estaba en mi muñeca. Se me pasó la “tajá” de golpe.

Le dije a mi amigo “Gafitas”, que me acompañaba en ese dramático momento, y que también lucía con orgullo una importante curda, que había perdido mi reloj y que me ayudara a buscarlo. Y ahí nos tenían a dos “mangurriales” dando tumbos por medio de Ciudad Real, buscando un reloj vetusto que jamás apareció. Desandamos el camino, buscamos entre matojos, matorrales y madrigueras de ornitorrincos, y nada. Incluso volvimos a El Muelle y allí, entre vasos de cubata derramados y demás miasmas, estuvimos escudriñando sin ningún éxito. Ya no se volvió a saber nada de mi viejo Casio de lomo plateado y el disgustazo que me llevé fue de aúpa.

Me tuve que hacer a la situación y pechar con el tema, pero cómo lo echaba de menos. Tuve que aprender a convivir, por primera vez en mi vida, con un reloj de manecillas, con lo mal que se me daba, pero no había más remedio, ya que no me veía con otro reloj digital que no fuera el mío.

Y así llegamos hasta la actualidad. Tras la jubilación forzosa de un magnífico reloj que había llevado hasta ahora (un Swacht diseñado por Jean Michel Jarre, hortera como él solo pero que funcionaba de maravilla), me encontré con que no tenía reloj que llevarme a la muñeca. E, inopinadamente, mirando en Internet, vi con asombro que se habían vuelto a poner “en moda” los viejos relojes Casio como el que yo perdí. Y vi, no sin cierto horror, que dichos relojes se habían convertido en una especie de accesorio “fashion” que llevaban algunas “celebrities” (qué anglicismo más chorra) en sus muñecas. ¡Hasta la Sara Carbonero llevaba un Casio de esos digitales! Bueno, no “paha ná, caniho”, yo lo llevaba antes que toda esta gente y antes de que se pusiera en moda, así que allá que fui a la relojería más cercana dispuesto a hacerme con uno.

Pues bien, aunque Ciudad Real no sea precisamente Nueva York, hay una auténtica “morterá” de relojerías que me recorrí de puta a rabo, y acabé más cansino que un perro porque no encontraba el puto reloj por ningún sitio: Agotado.

Me ofrecían un Casio chapado en dorado, pero yo quería el que llevaba yo, el diseño original, que es el que se estaba vendiendo como churros, y no el chapado, que parecía con él uno de esos “jinchautos” que salen en Callejeros en el barrio del Espíritu Santo.

Por fortuna, en la última relojería que me quedaba por mirar encontré el reloj y encima a un más que módico precio (25 “uros”) y, se lo reconozco sin rubor, me puse más contento que unas pascuas cuando me volví a ver, 27 años después de que lo luciera por primera vez, con un reloj IGUALITO a aquel que me regalaron en mi comunión y que perdí en aquella infausta borrachera. Les puedo asegurar que ahora, si lo vuelvo a perder, ya no será en una borrachera, será en otra circunstancia y espero que me dure muchos años. ¡Y que ustedes lo vean! Y, quién sabe, lo mismo hacen una película lacrimógena de esas que echan en Antena 3 después de comer basada en esta conmovedora historia. Si así es, espero que mi papel lo interprete Fernando Esteso.

 


20 ene 2012

¿No os da la sensación a vosotros, nerds, geeks, frikis como yo, de que al final hemos ganado la partida?

Ahora a todos. A mis ex-compañeros de instituto, a mis hermanas, a la chica que nunca me miró, a los aburridos hombres grises… A todos les gustan los libros de George R.R. Martin, las películas de El Señor de los Anillos, el Doctor Who, Fringe, Perdidos… y todos saben quién es Magneto, James Tyberius Kirk o Terry Pratchett…

La música de cine me ha cautivado desde que era bien joven. Creo que desde pequeño desarrollé una sensibilidad especial hacia las películas viéndolas como una exquisita conjunción de diferentes artes como la literatura, el teatro, la pintura y la música, que confluían en una única y brillante pieza. Es por ello que un film sólo puede alcanzar la gloria si dichos elementos funcionan por separado y mezclados entre sí. Existen multitud de películas que destacan por su fotografía pero tienen un guión vacío. O, de otro modo, contienen partituras exquisitas y actuaciones lamentables.

Por ello soy perfectamente consciente de que el amor a las bandas sonoras debe venir de la mano del amor al cine. Y de ahí la importancia que tiene para un compositor participar en una película de éxito. Es el modo más directo y fiable de dar a conocer su música. Es por ello que Hans Zimmer es quien es. Por otro lado, se da el efecto contrario. Existen películas cuya banda sonora ha influido notablemente en su éxito. Y el exponente máximo de esta circunstancia es el señor John Williams.

Tras esta breve reflexión ustedes me entenderán cuando les digo que he tardado muchos años en descubrir verdaderamente a Georges Delerue.

Durante la etapa de la adolescencia el ser humano comienza a definir su personalidad, y es el momento en que las influencias artísticas marcan su impronta. De ahí viene el fenómeno fan. En mi caso, durante la adolescencia descubrí a Poledouris, a Morricone, a Horner o a Jarre (padre e hijo) que marcaron el estilo musical de mi vida. Lo que les vengo a decir es que ya son muchas las primaveras que acarreo a mis espaldas para que la música de un autor suponga un impacto emocional en mi vida. Y eso es lo que me ha ocurrido con Georges Delerue.

Son tres nombres los que siempre salen a la luz cuando se habla de Francia y la música de cine. Michel Legrand, Maurice Jarre y Georges Delerue. Si bien el compositor de Lawrence de Arabia goza de mayor reconocimiento por parte de los medios y del público, les puedo asegurar que Delerue no se queda atrás en calidad. De hecho me atrevería a decir que cualquier melodía compuesta por Delerue supera a la obra de Jarre.

Georges Delerue no fue un hombre cualquiera, pero a la vez fue un hombre común. Sin estar interesado demasiado en la música, comenzó a estudiarla para satisfacer los deseos de su madre y de su abuelo, aficionados amantes de la ópera. Y, aunque su primer instrumento fue el clarinete, pronto descubrió que el piano era su vocación. Una enfermedad le mantuvo seis meses en cama, y esa convalecencia afectó de algún modo a su personalidad. Se interesó por la música cada vez más, y al final comenzó a estudiar solfeo. Pero estalló la Segunda Gran Guerra en Europa y Francia, su país al que tanto amaba, se sumió en un estado de pobreza terrible. A los catorce años Georges abandonó sus estudios y comenzó a trabajar en una factoría junto a su padre. Por las tardes conseguía asistir a clases de solfeo. El director del conservatorio detectó rápidamente el potencial de su alumno, y atisbó que Delerue no tenía vocación de intérprete, sino de compositor. Convenció a sus padres de que el muchacho debía dedicarse plenamente a la música. “Pero la música nunca le reportará dinero“, fue la respuesta de sus progenitores.

Siendo ya un joven, y habiendo obtenido una beca, se trasladó a París, donde vivía humildemente y completaba sus estudios. El dinero del que disponía le daba justo para sobrevivir. Sus primeros trabajos fueron en el Jean-Marie Serreau’s Théâtre y en la Raymond Hermantier’s Ópera Comique. Es ahí donde descubre el poder de juntar la imagen y la música. De ahí a la televisión y al cine, un paso.

Fue el músico por excelencia de la Nouvelle Vague, y mantuvo una estrecha amistad con el desaparecido François Truffaut con el que colaboró de un modo muy cercano. Después de ganar el Oscar de la Academia por A Little Romance, en 1979, Delerue se trasladó a Los Angeles, donde compuso sus mejores obras. No deja de ser curioso que en su etapa americana compusiera auténticas piezas de arte para películas que han pasado prácticamente desapercibidas. No es un compositor que pueda enorgullecerse de taquillazos. Sin embargo la calidad musical es exageradamente superior a la cinematográfica.

Si uno tuviera que recordar la primera vez que vio los ojos azul mar de invierno de su amada. O el modo en que le afectó y cómo le temblaba la voz si al hablar con ella le miraba a uno directamente. Si tuviera que pensar en los primeros paseos por el río al caer la primaveral tarde. O, si movido por la nostalgia, le inunda la memoria miles de encuentros y desencuentros, de momentos fugaces y a la vez eternos. Si uno vuelve a leer la primera carta que recibió de una chica. O el primer beso. Todo lo desvalido que puede llegarse a sentir cuando se ama apasionadamente, sin control. O la sonrisa de la niña que le hizo a uno entrar de sopetón en la adolescencia. O el primer baile agarrado, cuando la noche se detuvo.

Eso es lo que evoca la música de Georges Delerue, con su profunda carga melódica. No es por nada que le llaman el compositor romántico por excelencia.

Me gustaría que nuestros lectores le dieran una oportunidad a este hombre, que fue humilde, que nunca hizo gala de su fama. Que siempre vistió de un modo sencillo y que conoció el valor y el coste de las cosas. Alejado de las fiestas y las luces de Hollywood. Una persona cualquiera que sólo supo respirar a través de su música. Que no conoció otro modo mejor de expresarse. Pero cuya alma permanece en nuestros oídos para siempre.

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Fuentes: www.georges-delerue.com

 

Crear una buena serie de televisión es una tarea harto difícil. Es necesaria la reunión de muchos factores de por sí geniales, y una mezcla explosiva para que el cocktail funcione. Es por ello que salen a la luz tropecientos seriales que parten de una premisa original, divertida y sorprendente, pero cuyo tratamiento no suele ser del todo correcto, y acaba estrellándose estrepitosamente en el suelo de las parrillas televisivas.

Conseguir un Doctor Who, un Hospital General o Los Simpsons no es sencillo. Son series a las que se les puede atribuir el mérito de haber resistido en antena durante decenas de años, adaptándose a los gustos del público, pero sin perder su propia identidad. Son, desde luego, rara avis en este mundillo de productos efímeros de consumo rápido.

Misfits ha sido una serie, desde su emisión inicial, que ha intentado romper con los esquemas establecidos en la televisión actual. Un auténtico logro que la ha dotado del reconocimiento del público y la crítica. Además ha sido galardonada con multitud de premios. Han jugado bien sus cartas, transgrediendo los límites habituales. Esa ha sido la razón principal de su éxito. Intentar seducir a un público aburrido de los mismos arquetipos, repetidos hasta la saciedad.

Sin ser realmente tan transgresora como, por ejemplo, Torchwood, el lenguaje soez de la serie mezclado con la inmadurez de sus protagonistas daba mucho juego para que estos jóvenes inadaptados con superpoderes vivan las más esperpénticas situaciones.

La marcha de Robert Sheeman, actor que interpretaba al dulce y descarado Nathan, supuso un mazazo para los fans, que idolatraban al personaje alrededor del cual se centraba la serie. Los productores han sido inteligentes y han buscado un sustituto igual de revoltoso, pero completamente distinto, que se complementa perfectamente con el resto del equipo. Rudy es un personaje con doble personalidad… bueno, más bien con dos personas dentro de sí, completamente opuestas y capaz de desdoblarse. Algo así como el ángel bueno y el demonio malo de los cartoons. Es tremendamente divertido, y cuando sale a escena se come literalmente al resto de los actores. Sospecho que incluso se hubiera merendado al propio Sheeman.

Sin embargo, esta temporada se viene abajo literalmente. Probablemente porque no han sabido encajar bien el intercambio de superpoderes. Si en las anteriores, las habilidades de nuestros muchachos estaban intensamente ligadas al devenir de la historia, aquí son meramente anecdóticas. Porque ¿qué se puede conseguir con una ingeniero de cohetes? Hombre, no demasiado. Pero tampoco parece que se hayan estrujado demasiado los sesos. Simplemente van narrando el día a día de los inadaptados. Aunque las sucesivas muertes empiezan ya a perder fuelle, y resulta inconsistente en todos sus aspectos el hábitat en que se desarrollan los capítulos. ¿Cuánto tiempo van a estar haciendo servicios sociales mientras desaparecen una y otra vez los responsables?

Esta temporada es bastante irregular. El capítulo de los nazis se basa en ideas muy trilladas, y está rodado sin pasión, sin inteligencia, y sobre todo, sin un duro. Sin embargo, el de los zombies es terriblemente divertido y brutal. Con ese trauma hacia las cheerleaders de Rudy, y las secuencias de sangre desparramada y palizas a los redivivos.

Pienso que Misfits tiene los días contados, a pesar de la gran cantidad de defensores y adeptos. No se por qué, pero me recuerda un poco la serie de televisión juvenil “Al Salir de Clase” donde los alumnos repetían una y otra vez para estar en el instituto, y salía de colegiala Raquel Meroño con más pelos en el…

A los quince años jugaba mucho al rol. Mucho, mucho. Probablemente todas las semanas. Por tanto, tenía muchos amigos jugones. Entre ellos recuerdo a un chico rubio, al que llamaré Juan (sí, sí, en verdad se llamaba así, para qué mentir), fantasioso y alocado, que organizaba siempre las partidas y hacía de master. Andaba por ahí también otro cuya vida fuera del rol se resumía en cultivar su musculatura y echarse agua oxigenada para aclararse el pelo. También andaba una chica que cada dos por tres fingía suicidios. Había otro relativamente normal, que se apuntaba a esto del rol por no quedarse sin amigos. También se apuntaba un buen chaval de otro colegio que acabó siendo un programador destacado (creo que trabajó en el FIFA y todo). Después pululaban por ahí una chica rubia y bajita de nariz alargada senos enormes (lo siento, es lo único que me viene a la mente). Y una serie de adolescentes con granos de los que no recuerdo absolutamente nada.

Y además estaba yo, que no se muy bien como describirme ni dónde situarme en semejante grupo.

Jugar al rol molaba cuando se trataba de Cthulu, Dungeons & Dragons, Star Wars o El Señor de los Anillos. Los clásicos juegos de principios de los noventa. Quedábamos a menudo y pasábamos un buen rato. A veces con partidas serias, y otras en que el despiporre se asomaba por ahí, y solía acabar con Juan, el master, enfadado diciendo algo así como “…y ahora se abre la puerta y detrás está Cthulu. Estáis todos muertos. Dadme vuestra ficha. Se acabó la partida. Fuera de mi casa“.

Un día este chico tuvo la brillante idea de organizar una partida de rol en vivo. En principio la cosa me llamó la atención. “Jugaremos en la playa. Interpretaremos a nuestros personajes. Viviremos aventuras“. Yo estaba entusiasmado. Además, el juego versaría sobre organizaciones secretas que se espiaban unos a otros. Algo que podía resultar chulísimo.

Lo que iba a ser una experiencia de unos pocos acabó en multitud. Resultó que Juan trataba de ganarse los favores sexuales de esta chica de senos enormes, y la invitó a la partida. Y por quedar bien con ella le dijo eso de “tráete a todos los amigos que quieras“. Y en esas que empezó a apuntarse gente a mansalva. Como la típica fiesta en las películas americanas que acaba en desmadre. Allí se corrió la voz y empezaron a aparecer flipados con katanas, otros que iban con gabardina y nunca hablaban, chavalitos orondos con granos y sudadera de Iron Maiden, otros que apestaban a sobaco… y alguna que otra chica que no había visto en la vida.

La partida iba a durar todo un fin de semana, y yo, no se por qué, pero empecé a echarme atrás. Me daba vergüenza salir a hacer el ganso por la calle. Para terminar de reafirmar mi postura, recibí un sobre por debajo de la puerta de casa que me daba instrucciones sobre el agente al que debía eliminar y bajo qué método (que por desgracia no recuerdo). Así que de eso se trataba. De buscar a ciertos frikardos y pillarlos in fraganti y quitármelos de encima. ¡Muahahahahaha!.

Al día siguiente me llamó Juan molesto porque yo no estaba participando. Traté de excusarme asegurándole que el domingo saldría a jugar, que ese día debía estudiar. No sabía cómo salir de la situación. No puede usted imaginarse lo muy en serio que se tomaba estas cosa nuestro master.

El sábado al caer la tarde estaba yo solo en casa, repatingado en el sofá viendo la televisión. En pijama y calentito. El timbre de la puerta sonó. Fui a abrir y me asomé por la mirilla. No había nadie.

No se por qué, pero abrí  la puerta. De pronto, tres tipos que no había visto en mi puñetera vida salieron de la nada con pistolas de agua y me rociaron la cara. Me quedé perplejo. Sonreí, ahí en pijama, con el careto empapado, intentando mantener la compostura. Y, sin decir ni una palabra y muy lentamente, cerré la puerta.

Esa fue la primera y última vez que participé en un juego de rol en vivo.

Yo acabé mojado, y Juan se llevó a la chica de senos enormes a la cama.

Desde este egregio blog, vamos a iniciar una serie de docu-reportajes acerca de la infinidad de comedores, abrevaderos, pudrideros, restaurantes y demás establecimientos  universitarios en los que tuvimos la suerte, o desgracia, de parar a reponer fuerzas para continuar, sin desfallecer con nuestra lamentable vida universitaria.

Y hoy, queridos lectores, toca visitar el Comedor de Matemáticas del Campus de Reina Mercedes. Los que vivimos aquello recordamos, no sin cierta amargura, aquellos primeros días en los que uno andaba como un pato mareado, de aquí a allá, deambulando entre clases y recibiendo fulminantes miradas de D. Antonio Quijada, mi querido profesor de cálculo. Aquella vergonzosa situación (para qué negarlo) producía un agotamiento extremo, tanto mental como físico. Para el agotamiento mental ya en aquellos primeros días se comenzaba a establecer una red de circulación jerarquizada de revistas sicalípticas, pero la pitanza se antojaba una empresa más complicada, puesto que la vida entre algodones que habíamos llevado hasta aquel momento había atrofiado nuestro instinto depredador de comer lo que se nos pusiera por delante, a pesar del pútrido olor que pudiera desprender.

Pero allí estaba, en pleno centro del Campus, el Comedor de Matemáticas. Hablar del Comedor de Matemáticas para un novato recién estrenado en la Universidad era como para un explorador que encontrara un oasis en medio del desierto. Se trataba de un comedor al uso, amplio, de paredes amarillo-nicotinadas, con cierto aspecto carcelario,  mesas muy juntas y olor a Soufflé de Ducados a la Cafeína.

El menú no era muy variado, de hecho, ese era uno de sus encantos, puesto que ya sabías a lo que ibas; de primero legumbres o pasta, en infinidad de formas (helicoidal, cónicas, cilíndricas, espiroidales y hasta alguna imposibilidad escheriana), y de segundo, patatas fritas con algún sucedáneo de carne, siempre carne. De beber, un vaso de gaseosa y todos los vasos de agua que cupieran en tu bandeja, estos últimos gentileza de la casa. Y de postre, una naranja de mesa, fuera época de naranjas, o no.

En el Comedor de Matemáticas se integraba uno en una gran familia en la que todos nos conocíamos, puesto que, como buenos novatos que éramos, eso de experimentar no entraba (todavía) en nuestros esquemas. De entre todos aquellos, Saqman y yo siempre recordamos, con cierto cariño, al Vasco. Se trataba de una persona de rictus serio, incluso patibulario y acento extremadamente marcado del norte. O al menos eso fue lo que dedujimos, puesto que lo único que mascullaba era “Dime” (algo así como “¿Qué desea el caballero de entrante?”)  y “¿Segundo?”. El Vasco era el que se encargaba de servir los platos de engrudo con una rapidez digna de Lucky Luke. Pero más allá de su rapidez, lo que lo hacía al Vasco legendario en el mundillo de comedores universitarios, era su precisión sirviendo la comida. Más de una vez, mientras degustábamos aquellas viandas, llegamos a lamentar no tener una balanza atómica en aquellos momentos, porque si pesáramos la cantidad de comida de todos los platos, más de uno se jugaba el aprobado en Física, a que el margen de error no sobrepasaba los 0,1 angstrom gramo (Åg). Nunca nadie había visto tanta rapidez  y precisión en una paletada y media de comida.

Infinidad de risas, lágrimas, alegrías y tristezas hemos compartido todos en ese comedor, pero el hartazgo de la misma comida día tras día hizo que buscáramos nuevas y emocionantes aventuras allende Matemáticas. Incluso un colega nuestro, de tanto comer en dicho comedor, al finalizar el primer cuatrimestre (durante el cual sólo se alimentó de pasta) ya le habían diagnosticado un principio de úlcera (pregúntenle al Sr. Peludo, que puede confirmar los hechos).

Sobrevivimos al Comedor de Matemáticas, haciéndonos unos hombres y obligándonos a comer objetos que parecían comida y que un año atrás hubiéramos repudiado con desdén.

Sobrevivimos al Comedor de Matemáticas, para recordarlo hoy con el cariño que se merece.

Ayer, en el parque, a las 18:00 horas. Mujer blanca de mediana edad. Chándal rosa de paño. Sin tobillos. Raíces negras sobre pelo rubio. Niña de cinco años aproximadamente. Chándal rosa y botas altas rosa fucsia.

 

- Mamá, mira como me tiro del tobogán.

- ¡¡¡Niiiiñaaaa no te tires así que te va’rompé los dientes!!!

- Otra vez, mamá, otra vez…

- Que te je disho que nus vamo ya pa casa. Que jase mucho frío.

- Mamá, espera, que me subo.

- ¡Queeeee NO! ¡Queee te venga pacá!

- Afuuuú mamá…

- ¡Pacá ahora mijmo! ¡¡¡Y no me llames má mamá!!! ¡¡¡Oooooomá!!! ¿Te entera? ¡¡¡Ooooomá!!!

 

(Verídico)

Quiero dedicar este artículo a un sombrero en particular, El Atlante, que quería saber mi opinión sobre este juego de tablero. También se lo dedico a mis padres, que siempre me apoyaron y a la señorita Begoña, que fue mi primera profe del cole y ya estará jubilada. Gracias por creer en mí.

Bueno, al lío.

Resumen: Pandemic es un juego cooperativo, de los de “todos contra el tablero”. La misión de los jugadores es encontrar la cura para 4 enfermedades “malísmas” que se van extendiendo por el planeta. Para ello deben esforzarse y usar sus cartas de la forma más útil posible, coordinando sus tareas en equipo, porque, o ganan todos, o pierden todos. A mí el tema me fascinó desde el principio, y me dije, “tengo que jugarlo”. Creo que es muy adecuado para un cooperativo y no está nada pegado, como otros juegos, que te da igual que vayan de trogloditas en sus cuevas, o de mercaderes de la Venecia renacentista. El tablero es un mapa del mundo con las ciudades que al autor le ha salido de los bemoles poner; ya me imagino al cachondo este, Matt Leacock, en su casa diciéndose con una sonrisita ladeada: ”Pues voy a poner Essen, ya verás cómo se sonríen todos los jugones frikis, jojojo”. No, Citruénigo no está, lástima.

Precio y componentes: Yo compré mi Pandemic a una tienda online estupenda, de nombre tipo “acuario”, que no quiero hacer publicidad. Me costó unos 30 euros. Es la edición de Z-Man Games, creo que no hay más. Está en inglés, pero las instrucciones son muy facilitas y vienen con muchos dibujos y ejemplos. Algunas cartas llevan algo de texto, pero yo, con mi acento de Oxford, you know, no tengo problema. De todas formas, luego me las bajé en español, con sus chuletas y todo, por si algún amigo, ejem, las necesitaba. Los cubitos de las enfermedades son de madera, y, como siempre, es un vicio ponerlos (con muchos nervios) y quitarlos (con bastante alivio). Los centros de investigación son minúsculos, deberían ser un poquito más grandes, o con otro color más llamativo, será para que quepan los cubitos, supongo, pero menuda caca. Las cartas no me parecen malas, habrá que ver lo que aguantan, yo no les pongo fundas, aún no soy tan friki, todo se andará. Hay unos poquitos marcadores de cartón. Los peones de los jugadores son funcionales, sobre todo estables, pero sosos. Por lo que costó, ya podían venir unos muñequitos con su uniforme correspondiente… Tengo un amigo que hace miniaturas, a lo mejor un día le echo morro y le pido que me haga los 5 muñecos, pero sería un poco abusar…Lo peor es que no hay color amarillo, que es el que a mí me gusta, pero debe ser porque una enfermedad es amarilla, y sería confuso.  La caja está bastante ajustada al tamaño, creo, con un poco de aire, pero es que tiene que caber el tablero. Por lo menos es bajita, la caja.

Jugadores:  de 2 a 4, y, como casi siempre, cuantos más mejor. Yo a veces juego sola, porque se puede, como en cualquier cooperativo. Así no tengo que mangonear a nadie, yo tomo todas las decisiones sin tener que dar explicaciones a nadie. Te quitas el mono de jugar, pero, claro, no es tan divertido.

Mecánica: Las reglas son muy sencillas: en su turno, el jugador puede hacer 4 acciones en total, luego roba dos cartas, luego juega el turno de la infección malvada. Las acciones posibles son: viajar de una ciudad a otra, a pie o en avión usando las  cartas de ciudades que tienes, curar enfermedades (quitar cubitos), compartir cartas con otro jugador, construir un centro de investigación, o descubrir una curar si tienes 5 cartas del mismo color (por eso tienes que pensar muy bien qué cartas gastas en viajar y cuáles te guardas o le das a un compañero). Después de tus 4 acciones, robas dos cartas del mazo para reponer. En el turno del enemigo, “la infección”, robas cartas de su mazo e infectas (pones cubitos) las ciudades que te salgan, al principio sólo 2, pero según se avanza robarás 3 y luego 4 y se hará más complicado todo, aumentando el estrés.

Todos los jugadores pueden hacer todo, pero, según el personaje que te haya tocado al principio, tienes más facilidades para ciertas tareas. Hay 5 personajes posibles: el médico cura más y mejor, el investigador comparte la información más fácilmente, el científico descubre las curas antes, el supervisor puede desplazar a los jugadores por el planeta y el experto en operaciones puede construir centros de investigación donde quiera.

Lo divertido del juego es que, cuando robas cartas del mazo, no sabes cuándo va a salir una…chan-chan-chaaaaan!!…carta de epidemiaaaaargh: Al principio del todo has puesto entre las cartas 4 (modo fácil), 5 (modo normal) o 6 (modo difícil) de estas cartas de epidemia, a intervalos más o menos regulares para que no te salgan luego demasiado juntas. Las epidemias hacen que las cosas se vayan poniendo cada vez más feas y empieza a haber brotes. Un brote consiste en que cuando ya no caben más cubitos en una ciudad, estos se extienden a las ciudades vecinas, provocando a veces, más brotes en cascada, glups. Hay un marcador de brotes, que cuando llega al 8 tiene una estupenda calavera dibujada, que quiere decir, claro, que te mueres, que habéis perdido. La primera epidemia parece poca cosa, pero según avanza la partida, todo se va llenando de cubitos de colores y en la 3º epidemia ya ves culos inquietos en sus sillas. Cuando sale la 4º, algún jugador se pone de pie y ya no se sienta más, y cuando sale la 5º, es muy divertido ver cómo los jugadores se miran unos a otros mordiéndose el labio con el ceño fruncido como diciendo “¿y ahora qué hacemos, dios mío?”.  También hay algunas cartas de evento que ayudan a los jugadores a completar la misión, para aliviar tanta tensión.

Sensaciones:  Pandemic es un juego familiar. Eso quiere decir que es accesible a todos: se prepara muy rápido, se explica y se entiende fácilmente y en la primera ronda todo el mundo sabe lo que tiene que hacer. Las partidas duran unos 45 minutos, o menos cuando ya sabes cómo se juega. La primera vez se suele perder, porque te pilla de novato (“¡pero bueno!, ¿cómo se ha podido llenar esto de cubos tan rápidamente?”), pero te sirve para ver cómo va el tema. A mí me encanta ver cómo les pasa esto a los jugadores a los que se lo muestro. Al principio caía en el error de intentar dirigirlos, es el famoso “efecto líder“, pero enseguida comprendí que era mucho más divertido dejarles pensar las tácticas a ellos y sobre todo cometer sus propios errores. De esta forma se meten mucho más en el juego, y se pican muchísimo y se quedan con ganas de echar otra partida para hacerlo mejor. Además, aunque sea un juego sencillo, consigue meterte en el tema, y, según pasa el rato, te pones nervioso de verdad al ver cómo se extienden las infecciones, y se oyen frases como “¡Que alguien vaya a Tokio pero ya!, que Asia se nos está descontrolando” o “¡No, no te muevas de Moscú, que ahora mismo voy para alla!” o “Tranquilos, tranquilos, ya tengo 4 cartas rojas”, y entonces te sientes poco menos que Flemingo o Marie Curie.

Compruebas cómo se produce el efecto que yo llamo “perrito de la pradera“: que los jugadores pasan de jugar con las cartas en la mesa y un poco encorvados, a veces desganados, al principio, a ponerse muy derechos con las cartas sujetas delante del cuerpo con las dos manos y un poquito inclinados sobre el  tablero, mirandolo con los ojos muy abiertos y de un extremo a otro, sopenando cómo van a usar sus cartas. Sin embargo no es un juego sesudo para nada, ya que no puedes planear estrategias a largo plazo, si no adaptarte a las cartas que van saliendo al azar y de aprovechar las habilidades de los jugadores lo mejor posible en cada momento, jugando en equipo y ordenando las prioridades.

Expansión: como el juego ha tenido bastante éxito en mi círculo, creo que me gustaría tener la expansión Pandemic on the Brink, que permite jugar con un quinto jugador, más personajes y eventos, y mayor dificultad. Los expertos dicen que realmente aporta mucho. Lo malo es que cuesta casi tanto como el juego original, y de momento me parece mucha pasta para un sólo juego, habiendo tantos que quiero probar y tener. No descarto para nada conseguirla en un futuro no muy lejano.

El hermano pequeño: Me gustó tanto el Pandemic, que en cuanto trajeron La Isla Prohibida, del mismo autor y con mecánica muy parecida, corrí a reservarla. Realmente viene a ser el mismo juego, pero con otro tema, más de aventuras. Lo probamos y no nos convenció. Lo veo más para niños y lo he jugado poquito, porque me gusta más Pandemic. Tendré que sacarlo más para poder estar segura. Aún así lo conservaré para jugarlo más adenante con mis hijas.

Ventajas  y desventajas: la mayoría ya los he explicado. Lo mejor es ponerse nervioso de verdad cuando ves que todo se te está descontrolando, o soltar verdaderos suspiros de alivio cuando algo sale bien. Lo peor, aparte del efecto líder, que creo que es fácil de capear siendo un poco respetuoso con todos y sujetando tus impulsos de mangonear…es que las partidas pueden ser imprevisibles: Una vez jugamos 3 partidas seguidas: la primera la perdimos estrepitosamente, la segunda la ganamos con facilidad, la tercera la ganamos por los pelos antes del último brote; depende mucho de cómo te salgan las cartas, y a veces el final es muy precipitado, no te lo esperas. Pero esto también puede verse como una ventaja, creo que forma parte del encanto del juego.

Creo que Pandemic no es un juego para todos los días, ni para jugarlo muy seguido, porque se puede quemar fácilmente, al ser tan sencillo y con partidas que, aunque sean algo caóticas, en el fondo se parecen mucho entre ellas. Desafortunadamente, no es mi caso, pues ojalá jugase tanto como para quemar los juegos que tengo, en fin. De una partida a otra, tengo que volver a leerme un poco las instrucciones, de hecho.

Me parece un juego ideal para iniciar a los que no conocen muchos juegos, yo siempre he tenido éxito con él. También para jugar en familia, o en pareja llevando cada uno  2 personajes. O para comenzar la tarde de juegos con algo divertido y ligero, pero emocionante. Pandemic es un “muevecubos con alma”. Si queréis probarlo, ya sabéis, quedamos un día y jugamos.

 

En este año cargado de dificultades económicas, los españoles tendremos que apretarnos los bolsillos. Es más, teniendo en cuenta que lo primero que ha hecho el gobierno de Rajoy ha sido subir los impuestos a los curritos de siempre, contradiciendo toda la campaña electoral anterior, más vale que empecemos a preparar ya el nudo de la soga. Es penosa la desfachatez con que la deplorable clase política miente una y otra vez. Pero, en fin, esa es otra cuestión.

La que nos ocupa, sin embargo, es la de mejorar como personas. O, dicho de otro modo, cumplir con esa lista de propósitos que en verdad nunca hacemos, por mucho que Matías Prats e Hilario (melenas) Pino insistan todos los años.

Este año mi lista de propósitos es…

- Apuntarme de una vez a la Escuela de Idiomas.
- Terminar la pintura de Conan.
- Hacer Deporte tres veces por semana.
- Conseguir que Anhulkito venga conmigo a ver el Episodio 1 en 3D al cine, y la aguante entera.
- Leer Pequeño Grande (que ya he comprado).
- Ir a la London Comic Con.
- Leer Crimen y Castigo.
- Dejar de escuchar noticias en la radio.
- Conseguir que Anhulkito se vista solo.
- Escuchar el nuevo disco de Jean Michel Jarre (jojojojo).
- Dominar de una vez los misterios de la perspectiva.
- Comprar una Thermomix.
- Adquirir una copia decente del “Cinemática Aeronaval” de Luis Carrero Blanco (maravilloso libro).
- Que me suban el sueldo (jojojojo 2).
- Ser más paciente en todos los aspectos de mi vida.
- Conducir más despacio.
- Disfrutar más de los amigos.
- Saber capotear y evitar los compromisos innecesarios. Esos que no llevan a nada y amargan la existencia.
- Obtener tiempo para mí y para mis paridas.
- Aprender al piano algún tema nuevo de Poledouris.
- Jugar al Agrícola y al Go, que lo tenemos desde hace dos años y ni lo hemos intentado.
- Terminar el Angry Birds.
- Leer otro de Pendergast en inglés.
- Que los sombrereros escribamos al menos un artículo por semana.