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Los Mercenarios: La Angangocrítica |
Saqman
31 Agosto 2010 |
Ya se acaba el mes de Agosto y, para mí, las vacaciones. El verano ha dejado momentos inolvidables (ese concierto en Santiago), estupendos días de playa, piscina, tapas y reencuentros con amigos.
Pero como este blog frikardo no trata de nuestra vida personal, sino de las memeces que se nos ocurren, he de confesar que hay un hecho que ha marcado indiscutiblemente este verano. El estreno de… ¡¡¡Los Mercenarios!!!
Años llevaba yo esperando esta película que nuestro querido Sly anunciaba a bombo y platillo. Así que no iba a dejar pasar la oportunidad que se me presentaba, y nos fuimos el señor Pettenman, nuestro amigo Julliet Charlie y un servidor al cine. A ver hostias y mamporros. Y compramos un jumbo de palomitas. Si señor, con dos cojones.
Prácticamente estrenamos la sala del Yelmo Cineplex (cine tan estupendo como carísimo), y allí parecía que no iba a haber nadie en esa sesión de las 18:15. ¿La fila? La siete, en el centro. Para que las piñas nos den de cerquita. Poco a poco la sala se fue llenando de grupitos de amigas muy pijas ellas que venían a ver a los protagonistas, unos señores mayores con sus esposas, y un par de padres de familia con sus hijos pequeños cargados de chucherías. Y un carajo. Allí había un pestazo a morcón mortal. Ni una chica, ni un niño, ni un abuelete con cistitis. Por la escalera subían un montón de angangos de barrios hipermusculados, recién salidos del gimnasio, con camisetas de tirantas y bíceps del tamaño de un melón. Sí, de esos que te encuentras sentados en un parque leyendo a Reichenbach.
El film rezuma nostalgia de los ochenta por los cuatro costados. Si bien comienza con unos títulos de crédito al más puro estilo de la década dorada, con un grandísimo “Directed by Sylvester Stallone” que ocupa la pantalla entera, en pocos minutos el espectador está sumergido en plena acción. No se corta un pelo Stallone en planificar las escenas con un componente bestia cargado de humor. El primer disparo de la película, aquella brutalidad de Dolph Lundgren marca el tono del metraje, es decir, bestia, salvaje y pasota. Un gustazo reencontrarnos con el mítico Ivan Drago en la pantalla, al lado de Sly, con la explosión de testosterona y homosexualidad reprimida que destilaba alguno de la sala. Y no pude evitar reirme recordando que mi hermana era vecina de Dolph Lundgren en Marbella, y se lo encontraba por las mañanas comprando el pan. Imaginad lo que tiene que ser que Ivan Drago se te cuele en la cola del pan. Como para echarle cojones.
Volviendo a la película, hay que reconocer que la historia es bien simple, cargada de incongruencias, y de una sutilidad inexistente. Es decir, el más puro estilo Stallone. Pero esta vez me da la sensación de que está hecho a propósito. He visto dirigir Rocky Balboa a Sly y se de lo que es capaz. En esta ocasión, el film es una reunión de amiguetes venidos abajo con ganas de cachondeo.
Pero el director/actor no se olvida de lo importante, la acción. Es por ello que cuenta con el que, para mí, es el mejor actor de películas de acción del momento: Jason Statham. Un intérprete capaz de dar credibilidad a cualquier papel por absurdo que parezca. Y que, señores, se merece un post, pero YA, en el Sombrerero Loco. Las escenas en que Statham se luce son las mejores del film. Sobre todo aquella en que va a una cancha de baloncesto buscar al chulo que ha pegado a su chica. La paliza que le da es de las de aplaudir y eyacular, oigan. También cuenta con la ayuda de Jet Li, en un papel más divertido de lo que nos tiene acostumbrado, aunque quizá un poco desaprovechado en cuestiones de peleas. Los demás actores son pura comparsa y el espectado prácticamente los ignora.
La historia en realidad no tiene ni pies ni cabeza, y puede perfectamente haber sido el guión de “Rambo V”, pero Stallone le da la gracia del absurdo. Los malos son muy pero que muy malos, y ahí nos encontramos con nuestro siempre-admirado Eric Roberts. Haciendo lo que sólo el sabe hacer, de malo antipático y despiadado. No pude evitar fijarme que durante el metraje no se le mueve ni un pelo al tío, ni siquiera cuando da saltos. Qué percha señores, qué percha.
Como es habitual en la filmografía de Stallone, la chica es un pibón exótico del quince, que no pinta nada en la historia, pero que sirve de detonante para que Sylvester tuerza la boca y se dedique a acribillar adversarios. Aquí hay que reconocer que el protagonista se conserva bien, y rueda prácticamente todas las escenas de acción (incluyendo el desastre de persecución en automóvil) casi sin despeinarse.
Sin embargo, para mi gusto, lo mejor del film es Mickey Rourke, y el personaje que interpreta. Sorprendentemente muy contenido, tiene una pequeña escena de esas que resultan una joya inesperada, y nos desvela un actor de grandísimo talento que ha necesitado toda una vida de cicatrices para dar lo mejor de sí. Grande Rourke en este film.
Técnicamente la producción es más bien cutre. No existen secuencias bien planificadas, la partitura de Brian Tyler brilla por su ineficacia y los planos son rudos. Por no hablar de que parece haberse rodado sin director de fotografía. Pero bueno, lo importante ya sabemos que no era eso, sino ver la famosa escena del trío calavera reunirse por primera vez en pantalla. Bruce Willis aguanta el tipo (y con la voz de Ramón Langa uno no puede evitar reirse), Stallone está realmente bien; natural y relajado. Sin embargo, la entrada de Arnold Schwarzenegger es ridícula. Se nota el paso de los años por nuestro Chuache, y su actuación es nefasta. Es decir, es pura coña. Bien decía Pettenman al apuntar que recordaba a Charlton Heston en sus últimos años, casi sin poder andar y muy cascado.
Tras recaudar en pocos días su presupuesto, Stallone ha anunciado ya la secuela. Esperemos que esta vez pueda contar con todos aquellos que le negaron, o bien no estuvieron. Léase Steven Seagal, Van Damme, Chuck Norris o Kurt Russell.
Lo dicho, este film saca la parte más animal del espectador.
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