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Hace unos días escuché por la radio que la Universidad de Sevilla iba a implantar un nuevo plan de acción cuando descubrieran a un alumno copiando con “chuleta” un examen. Si anteriormente el alumno estaba automáticamente suspendido, ahora no. A partir de ese momento entraría en juego una comisión que determinaría si la chuleta que se había confiscado era determinante o no en la posibilidad de aprobar al alumno. Si la respuesta es que sí, el alumno suspendería. Pero si no era así, se le corregiría el examen normalmente.

No salgo de mi asombro al escuchar no sólo la noticia, sino a mis propios compañeros de trabajo defender la idea de que si no influye la chuleta ¿por qué suspenderlo?.

Lo primero que me viene a la cabeza al escuchar la palabra “comisión” es dinero. Es decir, por el mero hecho de formar parte de esa comisión, seguro que más de uno se adjudica pasta. Por hacer absolutamente nada, por supuesto. Una excusa más de la Universidad para trincar dinero. Se os acabó el chollo de las setecientas matrículas al año, cabrones.

Después me entra una tristeza enorme al escuchar tanto la noticia como a sus defensores. Pues es la confirmación de algo que ya se sabía de antemano: que este país ha perdido completamente el sentido del honor. El propio concepto de esta palabra se diluye entre basura televisiva y padres supraprotectores. ¿No se dan cuenta de que es fundamental enseñar y educar en la honradez a los alumnos? ¿Cómo un país cuya propia Universidad defiende el pillaje y la mentira puede recuperar su estatus educativo? La universidad debería ser un ejemplo de actitud moral, un lugar donde no sólamente fluyeran los conocimientos científicos y artísticos, sino donde se motivara al espíritu a alcanzar un estado superior de moral, y donde se fomentara el libre pensamiento y la virtud. A cambio, nos ofrecen a una serie de profesores mercenarios sin ganas de enseñar, para los que las clases son un mero pretexto al que están obligados para seguir investigando. A cambio, los alumnos pasan a ser números a los que no se les aporta nada, excepto frustración e indiferencia. Un universitario debería ser un joven abierto al conocimiento, que utilice la Universidad para recibir conocimientos y valores, ambos por igual, porque no se puede alcanzar la perfección científica sin la moral. La Universidad de Sevilla da un paso atrás para evitar sentirse responsable del futuro de sus alumnos. Personas que han apostado por una enseñanza en SUS aulas, y que, a mi modo de ver, sólo se sienten estafados.

Si se hubiera aplicado esta medida en mi época de estudiante, sabiendo que la teoría matemática era la mitad del examen, hubiera compensado hacerse una macrochuleta con la mitad del temario. Así las probabilidades de aprobar, de que no te pillaran aumentarían tanto que prácticamente hubiéramos sacado todos la carrera en la mitad de tiempo. ¿Y para qué? Pues para estar igual de preparados, a nivel universitario, que los alumnos de secundaria, a nivel de instituto. Es decir, un desastre.

Estamos fomentando entre todos unas nuevas generaciones que desconocen el significado del esfuerzo, del honor y la honradez. Y la culpa no se puede enfocar sólo a los políticos y los que planifican los estudios. Necesitamos un gigantesco cambio moral en nuestra sociedad, que nos devuelvan los valores, la educación y el sentido común que tuvieron nuestros padres y nuestros abuelos.


Probablemente la película más racista de la historia sea Cazafantasmas. Yo no se cómo lo hicieron, pero todo el mundo se acuerda de los tres cazafantasmas interpretados por Bill Murray, Dan Aykroyd y Harold Ramis. Sin embargo, al cuarto Cazafantasmas no lo recuerda ni el tato. ¿El tipo ese negro que meten a mitad de la película y que no hace absolutamente nada? ¿Qué sentido tiene en el film introducir al negro, si no es para despreciarlo vilmente, y ordenarle hacer el papanatas soltando dos chistes malos? Contratan a un tío, y le ponen ahí sólo para hacer nada, para que la audiencia de color no se indigne por la falta de negros buenos en el film. Más o menos la misma tontería que hicieron con Lando Calrissian, que lo transformaron de villano chufla a héroe intergaláctico.

El caso es que el tipo negro éste ha sido tan maltratado por la historia cinematográfica que nadie recuerda su nombre. ¿Los Cazafantasmas? ¿Pero no eran tres? Ah, es verdad, que habíapor ahí un negro. De hecho, Ernie Hudson debe estar maldiciendo la célebre película desde su casa en Beverly Hills. ¿Contarán con él para la (ya confirmada) tercera entrega?


Pasé la Nochebuena en casa de mis suegros. Toda la familia, incluyendo los niños, pasamos una noche bastante agradable, cenando las cosas típicas que se comen en ese día especial, y bebiendo un poco más vino de la cuenta.

La mañana de Navidad comenzó con una llamada al telefonillo del portal. Al descolgar, se escuchó una voz que decía “Sí, buenos días, soy la forense”.

-¿La forense?- inquirió mi cuñada sin salir de su asombro. No todos los días se encuentra uno con una llamada así.

-Vengo a ver el cadáver.

Ante la estupefacción de mi cuñada, la forense subió. Toda la familia extrañada se asomó a la terraza para ver dos coches de la policía en el portal. Pronto subieron los agentes y la forense a examinar al fallecido. Resultó ser el vecino del portal de enfrente. Un hombre de unos cincuenta y tantos, que ya había protagonizado algún que otro escándalo en el portal debido a sus excesos con el alcohol. El típico vecino que sufría depresiones y montaba espectáculos de gritos y destrozos. En fin, un desastre que se veía venir desde lejos.

Según la viuda, un ataque al corazón había acabado con la vida del pobre infeliz, pero los rumores surgieron rápidamente por todo el bloque. ¿Se habría suicidado? ¿se habría caído bebido y partido la crisma?

En fin, una historia truculenta que se quedaría en eso, si no fuera porque dos días más tarde la viuda recibe una llamada. El dueño del bar de la esquina quiere darle el pésame por el fallecimiento de su marido, entrañable parroquiano del local, querido y respetado (la pasta que se dejaría). El hombre, un poco apurado, le comenta que su marido se había apuntado a una rifa de esas de Navidad en que se sortea una cesta, y que, caprichos del destino, le había tocado. Le llamaba para preguntarle que si quería el premio.

La viuda, cuya pena no era incompatible con el jamón serrano, dijo que vale, que se la llevaran. Al poco, la señora monta en cólera y pide que devuelvan la cesta, indignada con la falta de tacto del dueño del bar.

Porque, manda cojones, el hombre se “olvidó” de informar a la mujer que la cesta de Navidad no llevaba salchichón ni queso ni turrón, sino que era una rifa de cachondeo, y toda la cesta estaba llena de consoladores, condones, anillos, muñecas hinchables y demás “guarrerías españolas”…

Esto es España.


Utilizando la definición, un Fenómeno Paranormal es aquel que:

- No se puede explicar en términos de la ciencia actual.
- Únicamente se podría explicar revisando los principios de la ciencia.
- No es compatible con la norma de las percepciones, creencias o expectativas frente a la realidad.

Teniendo en cuenta estos tres puntos, puedo decir que creo en los fenómenos paranormales. ¿Por qué? Porque el hombre ha explicado científicamente el universo según un modelo de leyes físicas que son la mejor adecuación posible a las pruebas empíricas. A principios del siglo XX el modelo de mecánica clásica de Newton, aceptado universalmente, fue vuelto del revés con la Teoría General de la Relatividad de Einstein, y poco después apareció la Teoría Cuántica de Campos. Ambos modelos más que precisos en sus campos, pero incompatibles entre sí. Si ambos modelos protagonizaron la explicación del universo en el pasado siglo, actualmente existe una evolución constante para conseguir un nuevo modelo que englobe todo. Nadie quita que los dos firmes candidatos, la Gravedad Cuántica de Bucles y la Teoría de Cuerdas (que trae de cabeza a Sheldon) permita alcanzar un conocimiento más vasto del mundo que nos rodea.

Por tanto cualquier fenómeno paranormal no deja de ser un fenómeno normal que todavía no ha encontrado el modelo o prueba empírica que lo explique.

Este razonamiento básico le conduce a uno de manera natural al completo escepticismo. Soy incapaz de creer que cualquier cosa extraña se deba a poderes, magia negra o el famoso “algo hay”. Por supuesto que algo hay, un universo enorme e ¿infinito? a cuyo conocimiento nos acercamos asintóticamente, sin alcanzar la plenitud.

Sin embargo, no deja de fastidiarme, hasta cierto punto. Porque en la ficción es tremendamente divertida la inclusión de la magia, las brujas, las ciencias paranormales, y el largo etcétera que le acompaña. ¿Acaso no hubiera molado vivir en un mundo donde sí que existen fuerzas extrañas? Imaginad lo que sería vivir en un mundo lleno de magia, donde se hacen pactos diabólicos, y donde ciertos manuscritos alcanzan poderes. Un mundo donde la combustión humana espontánea fuera resultado de fuerzas sobrenaturales (y no del efecto mecha, como parece ser).

Creo que quizá por eso el famoso realismo mágico de García Márquez tuvo tanto éxito. Porque incluía lo sobrenatural dentro de un ambiente cotidiano, socialmente aceptado, y carente del componente terrorífico del que suele venir acompañado. Por eso también me gusta tanto la visión mágica que Orson Scott Card dotó al universo de Alvin Maker, esa especie de viejo oeste paralelo, donde ocurren cosas extrañas, donde el ser humano mantiene un lazo invisible con la naturaleza, y existen las fuerzas del bien y del mal.

Desgraciadamente, no hay nada de eso, y todo aquel que se desgañite por televisión defendiéndolo no hace más que demostrar no su ignorancia, sino su falta de sentido común y capacidad de análisis. Hace ya un tiempo que los debates pasaron de moda en la tele, y ya no se ven a esos estafadores que defienden los mundos místicos. Pero me sigue sorprendiendo que al hablar con la gente siempre dicen que no creen, y aún así le añaden un “pero algo hay”. Y me fastidia enormemente el hecho de que se cierran en banda ante esa idea difundida de que vivimos en un mundo inexplicable y de poderes caóticos. Viviremos en un mundo inexplicable, eso es seguro, pero lo caótico sólo es fruto de la incapacidad humana de encontrar el modelo adecuado.

Lo que nos lleva directamente a las matemáticas. Al final todo desemboca ahí. ¿Por qué? Porque desde cierta óptica las matemáticas y el concepto de lo divino viene a ser lo mismo. Aunque claro, eso depende del matemático con el que uno se tope. Una de las grandes discusiones dialécticas a través de la siguiente pregunta ¿las matemáticas se inventan o se descubren? No existe respuesta definitiva, puesto que implicaría la respuesta definitiva al universo, y por tanto a la existencia o no de lo divino. Desde un punto de vista las matemáticas se descubren, puesto que los entes que se describen y los teoremas que los relacionan entre sí ya existían antes de que el ser humano les diera forma. ¿Acaso el Último Teorema de Fermat no existía antes de que éste le diera forma, o trescientos cincuenta años después fuera demostrado por Wiles y Taylor? Por supuesto que sí. Toda la teoría matemática que se genera no es más que aplicar un léxico y razonamientos a algo preexistente. Además, las matemáticas se conectan entre sí, y es común encontrar un problema que puede resolverse algebráica, geométrica o analíticamente. Pero, y aquí sí que vale el pero, esta defensa del descubrimiento de las matemáticas tiene un talón de Aquiles. Y es el mero hecho de que los principios básicos de las matemáticas son axiomáticos. Es decir, no tienen demostración. El ser humano establece una serie de axiomas que se cumplen por definición de los mismos, y a partir de ahí empieza a “descubrir” un enorme y vastísimo universo abstracto.

Termino con la archiconocida frase de Albert Einstein, en la que mencionaba que “sólo dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana… y no estoy seguro de lo primero”. Y es así, el ser humano, en su inevitable prepotencia (¿acaso no se cree a imagen y semejanza de los dioses?) acepta como real aquello que puede demostrar con su modelo físico contemporáneo, y rechaza como imposible o paranormal aquello que sea incompatible con el mismo.


…Sin Ramontxu

Saqman
31 Diciembre 2009

El señor Ramón García era el tipejo aquél que le abría la ducha a la Ana Obregón, cuando al final de cada programa se metía un duchazo que le transparentaba la ropa interior, y ponía palote a media España. Quizá lo único decente que ha hecho en su vida, y eso que gana una pasta el tío. Lo que se puede ingresar en nómina con un programa en que una pechá de gente del pueblo va a correr delante de un toro y meter carajazos de gomaespuma.

Llegados ya al final de este año 2009, lo único que encuentro positivo es que por fin vamos a dejar de ver al Ramontxu con la capa del Conde Drácula comiendo uvas en pantalla. Un espectáculo denigrante, dantesco y que me produce acidez. ¿No puede el nota ir vestido normal, carajo? Si que es que luce un aspecto extraño, mezcla entre Jack el Destripador y el tripitidor de la tuna de medicina. En fin, menos mal que lo dejan en casa con su señora esposa (más guapa que Ramón, por cierto) y su familia. Por contra nos ponen a Manuel Bandera (aún dentro del armario), un actorazo que la primera vez que lo vi fue paseando un caballo por las bridas por las calles de Madrid ¿?, y que su carrera se limita a hacer el ganso en ¡Mira Quien Baila!, el programa ese para pensionistas al borde del cianuro que emite La Primera, presentado por la insufrible Anne Igartiburu que, aunque todavía cañón, ya cansa. Cosas de la vida, resulta que ella también se va a comer las uvas delante de la pantalla. Eso sí, con mucho estilo y poderío la señora. Un cuello perfecto para tragar uvitas.

Por lo demás, desear a nuestros lectores un buen fin de año, y que eviten el coñazo que supone esperar las dos horas entre la cena y las uvas, cuando ya uno está empachado de comer gambas (a día de hoy más baratas que las tagarninas) y de beber rioja del malo. Y, si es posible, esquiven los cuñados, hermanas, niños y demás especímenes de homo sapiens que se dedican a fastidiar la noche dando por saco. Un consejo, cójanse un libro de Alfonso Usía y háganse los dormidos.

Recordar a TVE que dejen de dar el coñazo del 50 aniversario reponiendo las tetas de Sabrina, y empiecen otra vez a emitir programas chuflis donde hay desnudo final. ¡¡¡Viva la España post-transición con felpudo!!!

Disfruten señores, que el 2010 se presenta como un año lleno de cataclismos y destrucción, de odio, muerte y la certeza, más que probable, de que el mundo se acabará. O al menos este blog, eso es seguro.


Se estrena Avatar entre bombo y platillo. La más esperada película de ciencia ficción de la década llega a nuestras pantallas con un despliegue mediático abrumador y con la promesa de significar una revolución para el mundo del celuloide (bueno, digamos cine, porque el celuloide empieza a escasear).

El autoproclamado “Rey del Mundo” ha dedicado los últimos diez años de su vida a sacar adelante un proyecto a priori imposible. Sobre todo desde el punto de vista técnico, el film es el resultado de la propia ambición de James Cameron, un hombre acostumbrado a innovar y cuyo nombre viene ligado al vanguardismo de los efectos visuales.

El director de Titanic ha querido recrear un entorno planetario completo por ordenador. Un sistema vivo, con su atmósfera, sus elementos básicos, su naturaleza, su diversidad biológica, sus animales. Todo, pero al milímetro. Cameron no se conforma con mostrar texturas que simulen los paisajes, que den la impresión de ver lo que no hay. No intenta engañar al público, sino que se decide a crear piedra por piedra la imagen digital. No existe ningún elemento del entorno gráfico que no haya sido desarrollado explícitamente. Es por eso que las más poderosas compañías de efectos visuales “Industrial Light And Magic” y “Weta Digital” se embarcan mano a mano en el proyecto. La Fox, que ha invertido, según rumores, 500 millones de dólares, puede quedar contenta con el resultado visual, aunque probablemente no económico. James Cameron ha aprovechado para bien unos fondos casi ilimitados para desarrollar la tecnología necesaria (¿les suena esa frase?) para llevar a buen puerto el film. Es más, ha patentado su nuevo sistema visual, que en breve será utilizado por Steven Spielberg en “Las Aventuras de Tintín”.

Porque, si algo se ha publicitado de manera inusual ha sido el visionado en 3D del film. De hecho, es una película creada para ello. Es espectacular el realismo que se puede obtener combinando los dos sistemas. Viendo la película, el espectador no tiene sensación alguna de estar viendo gráficos computerizados. Cameron ha conseguido con creces su objetivo de mostrar realidad tras la pantalla. Por otra parte, el film evita conscientemente el uso forzado de las tres dimensiones. No hay objetos que salen hacia fuera de la pantalla, ni piedras que son disparadas al espectador. Si usted va al cine buscando eso, más vale que visite un documental de ballenas del Imax 3D. Aquí el 3D se hace de pantalla hacia dentro. Y con cierto sentido común. En los espacios abiertos se minimiza el efecto, igual que hace el ojo humano, y se potencia en los primeros planos y en las perspectivas dentro de las naves.

Pero claro, si bien el aspecto técnico del film es impecable, el artístico es realmente insuficiente. La película cuenta con un guión plano, muy trillado, donde se sabe desde el principio quién es quién, y como va a acabar cada personaje. Se intuye a ciencia cierta toda la trama, y no cuenta absolutamente nada que no se haya visto en películas de los últimos treinta años. Y, aunque la mayoría de los críticos (y critiquillos de mi sala) la comparan con “Pocahontas“, yo no encuentro grandes parecidos con el famoso largometraje de la Disney, y si un profundo y descarado plagio a “Bailando con Lobos“, el oscarizado film de Kevin Costner. El guión destaca por su ineficacia, pero también por su infantilización. Todo es demasiado light. La relación entre los Na’vi y el bosque recuerda a los Elfos Tolkinianos. Pero incluso la relación de amor es digna de película de adolescentes. Es más, todos los encuentros de Jake Sully con los aldeanos parecen sacados de películas ya hechas. ¿Acaso no es siempre el padre de la chica el jefe de la aldea? ¿Y acaso no siempre hay un varón que la pretende y se convierte en el enemigo, aunque al final se comporte dignamente? ¿Acaso el héroe no aprende todo lo que debe en tres sesiones y media, y luego comete la hazaña más increíble? El largometraje carece de sorpresas. Todas las situaciones en que se ve envuelto el protagonista tienen un propósito demasiado obvio y transparente. El desarrollo del último tercio del film es pura cacharrería de película de acción sin sentido. Y el final, que no voy a desvelar, sencillamente anodino.

El trabajo de los actores es correcto, pero ni mucho menos sobresaliente. Sigourney Weaver se convierte en la clásica “actuación estelar” en un papel demasiado visto, y sin sentido alguno. Tampoco el papel de Michelle Rodríguez es digno de mención. Como todos los demás, es plano y casi ridículo, al igual que el del Coronel Miles Quaritch, un fascista de tomo y lomo que se adivina el malo malísimo del film. Sam Worthington cumple, y quizá es lo más creíble dle film. No así Zoë Saldana, cuya interpretación parece sacada de “El Rey León“.

Si el problema principal es el guión, el segundo con que cuenta el largometraje es la acción. James Cameron, el hombre que nos regaló los Terminators, Abyss, y esa joya que es Aliens, parece haber olvidado como se hace cine de acción. Al igual que le ocurría a George Lucas con su trilogía nueva, aquí se limita a mover a los personajes por los diferentes peligros, pero sin hacer partícipe del mismo al espectador. Parece que los protagonistas no sufren nada para conseguir sus objetivos. Todo es demasiado sencillo, y Cameron no consigue transmitir tensión en el clímax final.

Y, para terminar, flaco favor le hace al film la partitura de James Horner. Un músico que pudo resultar brillante hace unos años, pero que sigue sumido en una crisis artística que lleva arrastrando casi una década. Horner escribe aquí una música fallida, que no aporta nada al film, incluso a veces lo desluce. Carente de los leit motivs que hubiera debido tener un film de estas características, el conjunto musical resulta aburrido, y parce siempre quedarse a las puertas de emocionar. Da la sensación de ser un trabajo apresurado que ha sufrido por culpa de los sucesivos montajes.

Avatar es, a mi entender, un film brillante en su aspecto técnico, pero terriblemente fallido en su propósito cinematográfico: contar una historia que interese al público y le haga emocionarse. Una película que no merece una segunda oportunidad, y la confirmación de que los grandes genios de los ochenta, léase Lucas, Spielberg, McTiernan o James Cameron, han perdido el talento artístico, en pos de perseguir sueños oníricos y egocéntricos.


Después de varias pizpiretas aventuras por la lejana Namibia, nos regresa El Alejao, a pasar las vacaciones navideñas (allí veraniegas) con su familia y, cómo no, sus viejos amigotes de toda la vida. Y es que ha pasado un montón de tiempo desde que se fue y, si les digo la verdad, ni me he enterado.

El transcurso de los días, los meses, los años, empieza a alcanzar un ritmo vertiginoso al cumplir los treinta, y aseguran nuestras madres, y nuestras abuelas, que luego es peor. Pero es verdad lo que dicen, que inmersos en la vorágine laboral, ocupado en llevar una casa para delante, los niños, las hipotecas, los atascos y los días de guardar, el tiempo parece acelerarse.

Eso mismo nos lleva a entrar en una dinámica que es difícil de abandonar. Así, de pronto, empezamos a dejar de hacer cosas que siempre nos habían gustado, viajamos menos y reposamos más, caemos rendidos al ponerse el sol, y olvidamos prontamente lo que nos gustaba salir de noche hace pocos años. Lo que es peor, reducimos brutalmente las reuniones con amigos, y entramos en el tópico de verlos sólo en bodas, bautizos, comuniones y entierros.

Soy el primero que me dejo llevar, y poco a poco voy perdiendo contacto con muchísima gente a la que quiero. Así, al igual que nuestro Alejao, hay un número considerable de personas que estoy deseando ver, para tomarme unas cervezas con ellos, charlar, y ponernos al día. Es triste dispersar cada vez más esos encuentros sólo produce que el número de cosas en común descienda tanto que empieza uno a sentirse un extraño a lado de esa persona. Están lo que siguen ahí, al pie del cañón, proponiendo actividades, reuniones, salidas, excursiones. Pero siempre somos los mismos quienes encontramos una excusa para faltar, haciendo la distancia un abismo, cada vez más insalvable. Es normal que acaben aburriéndose, aclimatándose al entorno, o buscando otro tipo de amigos.

Y no, no va la edad en esto, aunque queramos excusarlo. Es pura conjunción entre hábito y predisposición. Muy difícil de empezar, pero que al final se mueve por pura inercia.

Este año 2010 debe empezar con el serio propósito de ver a mi gente, de organizar cosas con ellos, y pasar más tiempo juntos. Ni la distancia, ni los años, ni el tiempo, ni los hijos, nada. Nada debe evitar que nos veamos más a menudo. Es pura cuestión de cariño y amistad.


Ya están en mi poder dos entradas para el esperadísimo Star Wars In Concert que tendrá lugar en Madrid, este año que llega. Con excelentes críticas mundiales, el espectáculo promete ser toda una experiencia. Un concierto sin igual, relatado por el propio Anthony Daniels, y con proyecciones e iluminación digna de la saga galáctica.

El concierto será un repaso de temas elegidos por el propio John Williams (que pena que no está a la batuta), y patrocinado por Lucasfilm Ltd. Un repertorio de los más emblemáticos momentos musicales de las seis películas. El tema de Star Wars, la Marcha Imperial, el tema de Leia, la Cantina, El Duelo de Destinos, A Través de las Estrellas, la Batalla de los Héroes, todo lo que un fan de la saga soñó siempre con escuchar en directo.

Como complemento, el concierto vendrá acompañado de una nueva exposición, con nuevas figuras (ya he visto a Han Solo en carbonita por ahí) que no se pudieron ver en la muestra del año pasado.

El abanico de precios es enorme. Desde 20 hasta 80 euros para completar el enorme aforo del Palacio de los Deportes de Madrid. Recordad: el próximo día 20 de Marzo, a las 18:00 horas en la Fila 6, podréis encontrarnos. Esperamos veros a todos.


Viento en Popa…

Saqman
9 Diciembre 2009

La semana pasada tuve la oportunidad de estar cinco días embarcado en un buque de la Armada Española. No se alarmen, que no me ha dado ahora por jurar bandera y defender la isla de Perejil, sino que tuve que estar allí para pasar una batería de pruebas del proyecto en que ahora trabajo.

Toda una experiencia esta de andar por la cubierta, con marejada y buenas olas, y un par de días de lluvia y tempestad. Tampoco es que navegáramos muy lejos, prácticamente nos quedamos por los alrededores de Cádiz y Huelva pero, al ser novedad, no carecía de un cierto romanticismo el asunto.

Las pruebas fueron bastante bien por nuestra parte, por lo que nuestro trabajo no se resintió demasiado. Pasamos los días relativamente relajados, visitando cocina y tomando algún que otro café. Ah, se me olvidaba, y chutándome biodramina por un tubo, porque está visto que soy un blandengue y al primer balanceo se me revuelve el estómago. Lo que más me impactó fue la calidad del cátering. Bueno, realmente había cocina, y la comida era recién hecha. Pero uno, acostumbrado a ver en las pelis los ranchos pestosos que servían a los soldados, se imaginaba ya removiendo la sopa y encontrándose un ojo, o un bigote de rata. Nada más lejos de la realidad. La comida era exquisita. Como si uno comiera en restaurante todos los días. Creo que no hubo ni uno de los diez menus que no me gustara. Sobre todo el último día, que para celebrar la despedida no scocinaron un chuletón que quitaba el sentido, acompañado de un plato de gambitas, langostinos, otro de jabuguito, caña de lomo y queso mortal de bueno.

Me relegaron, como era de esperar, a los camarotes de marinería, en el segundo sótano. Compartiendo habitación con cinco personas más. La verdad es que dormir en lo alto de una litera, con el movimiento del barco por las noches, era toda una aventura. Sobre todo porque, al ser un buque en pruebas, no habían terminado de acondicionarlo y la litera no tenía protección a los lados. Un giro inesperado o un mal movimiento podía derivar en un carajazo de muy señor mío. Mis compañeros de habitación eran los encargados de mantenimiento del barco. Los que limpian, apilan la basura, achican el agua, etc. De entre ellos me hizo especial gracia una pareja de gemelos que tenían toda la pinta de haber pisado muy poco la escuela, y de haber amargado al profesor de turno cada vez que aparecían por allí. “Pareeeeeee”, me llamaban. Y aunque en el barco técnicamente estaba prohibido el alcohol, la primera noche al llegar al camarote, habían montado un botellón que ni en la Plaza Mina. “Si usted lo desea puede servirse una ginebrita. Tenemos hielo y limón”, que me soltaron nada más entrar. Eran simpáticos mis compis, y agradecí tenerlos allí. Lo único que hacía insufrible bajar al camarote era el terrorífico pestazo a pies que allí se concentraba. Tanto que tuve que declinar una siesta merecida en pos de ventilar aquella habitación.

Recuerdo en especial las noches. Una en particular en que, sobre las doce, salí a cubierta a ver el mar. La luna, a través de las nubes, alumbraba el barco, y su difuminado reflejo, el mar. Una bandada de cientos de gaviotas nos seguía volando, en paralalelo, a ras del agua. El viento soplaba fuerte, y yo me acordaba de casa. Un espectáculo que quedará en mi memoria. La última noche no estuvo mal, cuando todos salimos a cubierta a tomar unas latas, y a charlar, soltar chistes guarros y reirnos un rato. Fueron momentos típicos de distensión que aliviaba un trayecto que empezaba a hacerse largo. Y es que parece mentira, pero ir vestido con mono y botas cansa mucho. Al final del día uno acaba con los pies reventados, y agradece unas zapatillas y el sofá de su casa. Entre otras cosas porque apenas había sillas. Como dije, era un buque en pruebas, y teníamos que pasar gran parte del día de pie.

De todos modos el viaje ha valido la pena. Laboralmente mucho, porque ver en la práctica todo aquello en lo que uno ha trabajado satisface. Porque además, para las pruebas hubo necesidad de colaboración con helicópteros, aviones, lanchas, y fragatas. Fue bastante instructivo y divertido. Repetiría otra vez, aunque fuera por la comida.


Curioso el concierto al que tuve la suerte de asistir anoche. Y no crean, no fue tarea fácil sacar un par de horas para poder sentarme a disfrutar de otra noche inolvidable.

Dentro de su programación anual, este año el Teatro Villamarta de Jerez nos ha sorprendido gratamente con la inclusión de este “Cine en Concierto“. Un evento inusual que ha tenido una respuesta muy favorable entre el público, a tenor de las localidades vendidas. Prácticamente aforo completo, con más mérito por ser lunes.
Saber que la Orquesta Sinfónica Nacional Checa iba a intepretar un repertorio variado de bandas sonoras me motivó a ir. No es común por estas tierras disfrutar de un evento así. Otra circunstancia llamativa era que, por primera vez, iba a asistir a un concierto sinfónico donde las labores de dirección las realizaba una mujer. En concreto, Inmaculada Lucia Sarachaga, de nombre artístico Inma Shara, una joven y prometedora directora española, natural de Álava.

Uno, que durante muchos años ha asistido a espectáculos en la Real Maestranza de Sevilla, se siente un poco desangelado ante la humilde puesta en escena del Villamarta. Al fin y al cabo, se trata de un pequeño teatro, cuyo escenario no es demasiado grande ni está preparado. De hecho, la orquesta se encontraba bastante apiñada, y no había diferencias de altitud, lo que prácticamente impedía ver los metales y los vientos, que quedaban detrás de las cuerdas muy escondidos. Tampoco la percusión, que se intuía en el centro, quedaba muy clara. Desgraciadamente la acústica del local tampoco acompañaba, porque, aún pudiendo distinguir todos los instrumentos, los sonidos quedaban algo apagados y encerrados en el escenario, resultando un volumen medio que supongo no cubría a la perfección el espectro de butacas.

La llegada de Inma Shara dejó claro el tipo de espectáculo que se ofrecería. Un concierto cercano, muy enfocado a un público neófito y acostumbrado a otra clase de espectáculos. Quizá el tono que la propia directora infería al concierto no es el adecuado, para mi gusto. Sobre todo porque era un contínuo alarde de gesticulación. Su batuta inquieta recorría el escenario, y no dejo de pensar que sobreexageró enormemente su actuación. Ella era la estrella. Aunque, por otro lado, no dejaba de ser divertido verla casi bailar por el escenario. Un buen rollito un poco preparado, pienso. Nada que ver con el modo en que Howard Shore o Ennio Morricone dirigen sus orquestas.

A pesar de las carencias detalladas, el concierto fue de exquisita belleza. Elegante, es la palabra que lo define. El amor de la directora por el cine italiano y su música quedaba patente en un programa de lo más sugerente.

El concierto comenzó con el famoso Vals que aparecía en la película Il Gatopardo. Un inicio prometedos, contenido, donde quedó clara la carencia acústica del Villamarta, pero bastante agradable de oir. Sin embargo, fue Max Steiner y la triunfal entrada de Lo que el Viento se Llevó cuando me sumergí completamente en el concierto, en la magia del cine y sus bandas sonoras. Es grandioso escuchar la mítica melodía del tema de Tara en directo, y entrañable, cómo no, para cualquier amante del cine como yo. Como ya he comentado, el repertorio de Inma Shara era muy distinto al que estamos acostumbrados en conciertos de música de cine. Se eligieron temas muy melódicos, de películas clásicas y mundialmente conocidas. El siguiente tema fue otro clásico de John Barry, Memorias de África. Yo, que ya había visto un concierto dedicado completamente a John Barry, con la Real Sinfónica de Sevilla, me sentí relativamente indiferente con esta versión, demasiado suave y monótona. Aunque reconozco que fue muy aplaudida. Luego, manteniendo el romance entre artistas y público, llegó el primer tema del maestro Ennio. Cinema Paradiso, y su canción de amor, que nos hizo soñar. Pero aquí debo confesar que los arreglos a cargo de Krystof Maref pincharon estrepitosamente. Quizá porque el tema en sí es sencillamente perfecto tal y como aparece en el disco, y retocarlo, reinterpretarlo es una blasfemia. Gustó, pero no tanto, e incluso pienso que la propia directora se quedó insatisfecha. Claro, que remontó de un modo espectacular. La suite de Bailando con Lobos, otra vez de John Barry, fue para ponerse en pie y aplaudir. Una ejecución sencillamente perfecta, con el tempo muy ajustado, que supuso un gran esfuerzo para los músicos. No era una consecución sencilla de temas. Y sin embargo el resultado fue exquisito, aunque el público (salvo yo) no le prestó demasiada atención, por no ser tan popular. Situación que Inma Shara reaprovechó para triunfar otra vez con La Vida es Bella, que se puede decir que es la banda sonora que le gusta a la gente que no les gusta las bandas sonoras. Fue una interpretación muy limpia y segura, pero que a mí me dejó frío, como si me hubiera mojado. De hecho, me mojé completamente, porque justo detrás empezaron los compases de Cantando Bajo la Lluvia. Y si no me puse a bailar allí fue de puro milagro. Que divertido es ver a la orquesta interpretarlo. Y por justicia he de decir que los arreglos fueron muy acertados, aportando al tema espectacularidad sonora. A esas alturas la propia orquesta disfrutaba de lo lindo, y no dudaban en ponerse en pie los solistas cuando tenían que hacer una entrada. Inma Shara seguía a lo suyo, dibujando círculos sonoros con su batuta, y con esas terminó la primera parte.

Breve interludio y… Dios, que bonito. ¿Cuántos no nos hemos enamorado de Audrey Hepburn mil veces? Las notas del clásico Moon River traspasaban el corazón de todos aquellos que hemos cumplido ya unos años. Una versión de Desayuno con Diamantes apasionante, cargada de energía pero sin perder su dulzura. El concierto crecía en calidad, y seguía rondando los temas románticos, puesto que las dos siguientes piezas, Verano del 42 y Love Story, fueron exageradamente aplaudidas. El maestro Morricone volvió a hacer de las suyas, y la orquesta comenzó los primeros compases del Gabriel’s Oboe, que nos trasladaban a las cataratas, a Rodrigo Mendoza, el Padre Gabriel y La Misión de San Carlos. supongo que por falta de un coro, se optó por tocar sólo los temas instrumentales, una pena, pues el clásico On Earth As It Is In Heaven hubiera sido una delicia, como lo fue en ese concierto del maestro italiano en Sevilla, en 2001. Y tras ese éxito… ¿qué concierto de música de cine puede haber en que no se interprete al maestro John Williams? Un desgarrador violín dejaba al público encogido en sus butacas mientras sonaba la trágica melodía de La Lista de Schindler. He de decir que la ejecución fue maravillosa, que la brillantez del tema impregnó la sala y que más de uno soltó alguna lagrimilla. Y de ahí, al momento culminante de la noche. Cuando Nino Rota despliega todo su talento y entra la abrumadora y maravillosa suite de El Padrino Parte II. Lo mejor, sin duda, de todo el concierto. El tema de Apollonia, el Vals del Padrino, el Emigrante, todo. Una auténtica obra maestra que me tuvo con la boca abierta, dando gracias porque exista el cine, porque Francis Ford Coppola y Nino Rota nos regalaran la mayor obra cinematográfica de la historia. Aclamación del público y paso al último tema… New York, New York. Un final agradable, evocador, diertidísimo, donde la orquesta casi se puso a jugar con los instrumentos. En fin, un conciertazo. Un final lleno de aplausos, y una Inma Shara muy contenta y deseosa de dar sorpresas.

Y llegaron, cómo no, en forma de dos temazos. De nuevo… Nino Rota, y su maravillosa melodía de Amarcod, quizá la música que mejor representa el séptimo arte, un verdadero himno al cine. Muy en la línea marcada por la propia Shara, que quiso ofrecer un concierto distinto. Y, cuando ya parecía que acababa… final apoteósico con Elmer Bernstein y Los Siete Magníficos. Alucinante, venga ya, toda la platea trasladada al viejo oeste, y la orquesta desplegando toda su fuerza, todo su volumen y pasándoselo ya en grande. Inma Shara prácticamente ni dirigía, sino que se dedicaba a “bailar” al son de la orquesta, pero claro, ya era un final feliz como debe ser.

Un buen concierto. Original en su programa, con un ritmo in crescendo y, sobre todo, muy emotivo.