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Ya se acaba el mes de Agosto y, para mí, las vacaciones. El verano ha dejado momentos inolvidables (ese concierto en Santiago), estupendos días de playa, piscina, tapas y reencuentros con amigos.

Pero como este blog frikardo no trata de nuestra vida personal, sino de las memeces que se nos ocurren, he de confesar que hay un hecho que ha marcado indiscutiblemente este verano. El estreno de… ¡¡¡Los Mercenarios!!!

Años llevaba yo esperando esta película que nuestro querido Sly anunciaba a bombo y platillo. Así que no iba a dejar pasar la oportunidad que se me presentaba, y nos fuimos el señor Pettenman, nuestro amigo Julliet Charlie y un servidor al cine. A ver hostias y mamporros. Y compramos un jumbo de palomitas. Si señor, con dos cojones.

Prácticamente estrenamos la sala del Yelmo Cineplex (cine tan estupendo como carísimo), y allí parecía que no iba a haber nadie en esa sesión de las 18:15. ¿La fila? La siete, en el centro. Para que las piñas nos den de cerquita. Poco a poco la sala se fue llenando de grupitos de amigas muy pijas ellas que venían a ver a los protagonistas, unos señores mayores con sus esposas, y un par de padres de familia con sus hijos pequeños cargados de chucherías. Y un carajo. Allí había un pestazo a morcón mortal. Ni una chica, ni un niño, ni un abuelete con cistitis. Por la escalera subían un montón de angangos de barrios hipermusculados, recién salidos del gimnasio, con camisetas de tirantas y bíceps del tamaño de un melón. Sí, de esos que te encuentras sentados en un parque leyendo a Reichenbach.

El film rezuma nostalgia de los ochenta por los cuatro costados. Si bien comienza con unos títulos de crédito al más puro estilo de la década dorada, con un grandísimo “Directed by Sylvester Stallone” que ocupa la pantalla entera, en pocos minutos el espectador está sumergido en plena acción. No se corta un pelo Stallone en planificar las escenas con un componente bestia cargado de humor. El primer disparo de la película, aquella brutalidad de Dolph Lundgren marca el tono del metraje, es decir, bestia, salvaje y pasota. Un gustazo reencontrarnos con el mítico Ivan Drago en la pantalla, al lado de Sly, con la explosión de testosterona y homosexualidad reprimida que destilaba alguno de la sala. Y no pude evitar reirme recordando que mi hermana era vecina de Dolph Lundgren en Marbella, y se lo encontraba por las mañanas comprando el pan. Imaginad lo que tiene que ser que Ivan Drago se te cuele en la cola del pan. Como para echarle cojones.

Volviendo a la película, hay que reconocer que la historia es bien simple, cargada de incongruencias, y de una sutilidad inexistente. Es decir, el más puro estilo Stallone. Pero esta vez me da la sensación de que está hecho a propósito. He visto dirigir Rocky Balboa a Sly y se de lo que es capaz. En esta ocasión, el film es una reunión de amiguetes venidos abajo con ganas de cachondeo.

Pero el director/actor no se olvida de lo importante, la acción. Es por ello que cuenta con el que, para mí, es el mejor actor de películas de acción del momento: Jason Statham. Un intérprete capaz de dar credibilidad a cualquier papel por absurdo que parezca. Y que, señores, se merece un post, pero YA, en el Sombrerero Loco. Las escenas en que Statham se luce son las mejores del film. Sobre todo aquella en que va a una cancha de baloncesto buscar al chulo que ha pegado a su chica. La paliza que le da es de las de aplaudir y eyacular, oigan. También cuenta con la ayuda de Jet Li, en un papel más divertido de lo que nos tiene acostumbrado, aunque quizá un poco desaprovechado en cuestiones de peleas. Los demás actores son pura comparsa y el espectado prácticamente los ignora.

La historia en realidad no tiene ni pies ni cabeza, y puede perfectamente haber sido el guión de “Rambo V”, pero Stallone le da la gracia del absurdo. Los malos son muy pero que muy malos, y ahí nos encontramos con nuestro siempre-admirado Eric Roberts. Haciendo lo que sólo el sabe hacer, de malo antipático y despiadado. No pude evitar fijarme que durante el metraje no se le mueve ni un pelo al tío, ni siquiera cuando da saltos. Qué percha señores, qué percha.

Como es habitual en la filmografía de Stallone, la chica es un pibón exótico del quince, que no pinta nada en la historia, pero que sirve de detonante para que Sylvester tuerza la boca y se dedique a acribillar adversarios. Aquí hay que reconocer que el protagonista se conserva bien, y rueda prácticamente todas las escenas de acción (incluyendo el desastre de persecución en automóvil) casi sin despeinarse.

Sin embargo, para mi gusto, lo mejor del film es Mickey Rourke, y el personaje que interpreta. Sorprendentemente muy contenido, tiene una pequeña escena de esas que resultan una joya inesperada, y nos desvela un actor de grandísimo talento que ha necesitado toda una vida de cicatrices para dar lo mejor de sí. Grande Rourke en este film.

Técnicamente la producción es más bien cutre. No existen secuencias bien planificadas, la partitura de Brian Tyler brilla por su ineficacia y los planos son rudos. Por no hablar de que parece haberse rodado sin director de fotografía. Pero bueno, lo importante ya sabemos que no era eso, sino ver la famosa escena del trío calavera reunirse por primera vez en pantalla. Bruce Willis aguanta el tipo (y con la voz de Ramón Langa uno no puede evitar reirse), Stallone está realmente bien; natural y relajado. Sin embargo, la entrada de Arnold Schwarzenegger es ridícula. Se nota el paso de los años por nuestro Chuache, y su actuación es nefasta. Es decir, es pura coña. Bien decía Pettenman al apuntar que recordaba a Charlton Heston en sus últimos años, casi sin poder andar y muy cascado.

Tras recaudar en pocos días su presupuesto, Stallone ha anunciado ya la secuela. Esperemos que esta vez pueda contar con todos aquellos que le negaron, o bien no estuvieron. Léase Steven Seagal, Van Damme, Chuck Norris o Kurt Russell.

Lo dicho, este film saca la parte más animal del espectador.


Un año más, nos vamos de vacaciones. Y, como este verano, he prometido ayudar a pintar el piso, la remodelización del blog va a tener que esperar. Nos vemos en Septiembre. Os deseamos las mejores de las vacaciones.


TRON: LEGACY

Saqman
27 Julio 2010

Esta es, sin duda, la única película de 2010 por la que cuento las horas… Esperemos que, esta vez, las segundas partes (treinta años después), sean buenas.


Si no recuerdo mal, fui el último en llegar a la casa de Jose Antonio. Y además, el novato. El reloj no llegaba a marcar las cinco, y la recién estrenada primavera había llegado avisando de lo que sería un sofocante verano. De esto hace ya dieciocho años, y desde entonces no he vuelto a hacer espiritismo.

Sin duda fue producto de la edad, o de una moda pasajera de esas en que anuncian por televisión un coleccionable de fascículos donde regalan tablas de ouija. Doy gracias porque ya no existan entregas de este tipo. En aquellos años toda mi generación adolescente había tenido contactos con el espiritismo, y me sorprende que ahora el tema no interesa en absoluto y parece completamente olvidado.

Porque, confieso abiertamente, yo no creo en esas mamarrachadas del espiritismo. Y estoy tan convencido de que todo es mentira, como estoy convencido, y además pude comprobarlo en mis carnes y en mis vellos erizados de que funcionar, funciona. ¿Será cosa de la mente? ¿Autosugestión? ¿Algún participante que mueve el vasito, el aro, lo que sea? Pues no sabría decirlo. Me inquieta indagar demasiado en ello.

Como venía diciendo, en la casa de Jose Antonio se encontraban ya Jaime, Carlos, Juan, y creo recordar que también estaba Jose Luis. Todos expectantes. Jose Antonio casi siempre pasaba las tardes solo, lo que nos daba oportunidad para vaguear hasta límites insospechados, ver mucho porno y emborracharnos cuando nos venía en gana.

La tabla de ouija no era de esas de los anuncios que antes comentaba, más bien todo lo contrario. Pura madera de caoba, bien pulida, y con los caracteres finamente trazados. Juan, que todas estas cosas se las tomaba muy a pecho, venía provisto de todo tipo de material adicional, y su actitud seria y forzada me recordaba a Bellocq en las escenas en que se abre el Arca de la Alianza. Me decepcionó un poco encontrarme una anilla roja en lugar del tenebroso vasito de chupito que aparece en todas las películas.

En fin, que nos sentamos a la mesa, y Juan accionó la grabadora de cassette, con su micrófono bien colocado, por si de paso teníamos suerte y registrábamos alguna psicofonía.

La dichosa anilla tardó más de la cuenta en moverse. Jose Antonio invocaba una y otra vez. Tenía serias intenciones de llamar a un espíritu con el que habían mantenido contacto en sesiones anteriores. No recuerdo bien su nombre, pero parecía de criatura de Lovecraft. Estuvimos así como diez minutos en que no recibíamos señal alguna y, de pronto, sucedió.

Con asombrosa fluidez la anilla empezó a desplazarse por las letras de una en una, construyendo primero pequeñas palabras, y luego expresiones más complejas. No recuerdo bien la conversación, aunque no se me borra de la memoria el absurdo hecho de que Juan, con sus paranoias de siempre, empezó a interrogarle sobre si era un soldado francés caído durante la invasión a España. El espíritu, que para mí que se lo tomaba a guasa, iba respondiendo “Sí” o “No” según le apetecía. La verdad es que recuerdo una sensación de tranquilidad diametralmente opuesta al miedo que se supone había de tener.

Al final no saqué en claro nada del ente en cuestión, salvo que debía estar muy aburrido en el más allá para venir a aguantar el interrogatorio sin pies ni cabeza al que le estaba sometiendo Juan.

De aquello que sí acabé completamente convencido es de que aquella arandela no la movía nadie. Las trayectorias que describía, la suavidad de las mismas, y el modo en que las recorría, hacía imposible que fuera forzada por alguno de los dedos allí reunidos. Y eso realmente fue lo que más miedo me dio. ¿Es posible que hubiera alguna fuerza que lo moviera? ¿Qué daba más miedo? ¿Que fueran los espíritus o nuestros cerebros los que dotaban de vida al aro?

Y en esas estaba cuando el espíritu cambió su actitud bruscamente. Recuerdo que las respuestas empezaron a ser más secas, más negativas. Quizá había perdido la paciencia con las tonterías de Juan. Puede ser. La anilla se desplazaba de un lado a otro sin sentido, cada vez más rápido. Jose Antonio, que tenía más experiencia en esto, hizo la clásica (e inevitable) pregunta: “¿Alguien de esta sala te molesta?

La respuesta fue fulminante. El aro se movió con una inercia insospechada y señaló directamente a Jaime que, al igual que yo, apenas había hablado durante la sesión. Nos quedamos en silencio. Juan comenzó a hablar de nuevo y el ente respondía sólo con monosílabos. Por segunda vez Jose Antonio preguntó: “¿Estás molesto con alguien de la sala?“. Con un fortísimo empuje la anilla apuntó de nuevo a Jaime, que se quedó blanco ya. Lo curioso es que nadie hizo el intento de levantarse, ni el propio afectado, que empezaba a ponerse muy nervioso. “¿Quieres que se vaya?” Aventuró Jose Antonio. ““, fue la rotunda y rápida respuesta.

No sabíamos muy bien qué hacer, aunque creo recordar que acompañamos a la puerta a Jaime, que salió disparado hacia su casa (supongo que directo al retrete). Nos quedamos los restantes, y no sabíamos si parar la sesión o seguir. Juan, chalado como estaba, siguió adelante, pero el espíritu se tornó más y más agresivo. Fue en esos momentos cuando empezaron los portazos, las luces temblaron, la perra se puso muy nerviosa y comenzó a ladrar desesperadamente. Jose Antonio recitó rápidamente una especie de conjuro para desinvocar al espíritu y que se marchara. Eso marcó el punto final a la reunión, y mi absoluta determinación a parar ahí mismo con las “chorradas” del espiritismo.

Yo me fui a casa y al día siguiente prácticamente me había olvidado de todo. Principalmente porque fui por probar y no me gustó demasiado. Pero claro, ese fui yo, el más prudente. Juan y Jose Antonio siguieron, una vez, y otra. A la siguiente, la sesión empezó a torcerse, y ante la petición de terminar sesión, el ente se negó a marcharse. No hubo manera. A los días Jose Antonio empezó a notar cosas extrañas en la casa, y la familia empezó a sufrir inquietud, y Juan dejó de dormir, y comenzaron las pesadillas. Una tarde al entrar en la casa, el tío de Jose Antonio se quedó petrificado y, sin que su hermana le viera, se llevó a su sobrino a la habitación y le dijo. “Jose Antonio, dime la verdad. Aquí has estado haciendo espiritismo ¿no es cierto?“. Y cuando mi amigo se derrumbó, su tío, que tenía bastante experiencia, hizo varias llamadas a conocidos y en pocos días el problema se solucionó no me preguntéis cómo.

Ahí terminó mi experiencia con el espiritismo. ¿Realidad, pura sugestión? Ni idea, no merece la pena incidir más en ello.

Un pequeño factor se nos olvidó a todos. Al cabo de los meses nos reunimos de nuevo en casa de Jose Antonio para ver una película. Él, de paso, quería grabarse un vinilo que yo me llevaba. Estando allí reunidos, fue buscando entre las cintas vírgenes una que estuviera libre para usarla. De pronto, probando el contenido, escuchamos la voz de Juan. La cinta grabada durante la sesión aquel día. No pudimos más que quedarnos todos callados a ver si podíamos escuchar algo.

Algo, algo no. Mucho. Porque entre entre los ladridos de la perra y nuestras voces, había una que no era nuestra. Gutural y a la vez susurrante. Que de vez en cuando decía frases cortas, que no se entendían, pero que ahí estaba, a nuestro lado. Recuerdo que todos hicimos copia de esa cinta, y la llevamos a casa. Y mi padre, que era un auténtico escéptico (como yo) se quedó estupefacto. Y me pidió ponerla una vez, y otra, y otra. Pareció tomárselo como una simple curiosidad, y me pidió que nunca volviera a hacer espiritismo. Ahí quedó la cosa. Nunca volvimos a hablar de ello.


Como diría el típico niñato de mi barrio: “CRANK es la caña de España“.

Llegué a esta película a través de nuestro inestimable colaborador Pettenman que, durante un almuerzo en familia, se deshacía en elogios a esta película y, sobre todo, a esa romántica y sutil escena en que el protagonista unta la escopeta de petróleo y se la introduce por el culo a un negro. Sí, lo que oyen, una escopeta por el orto.

Total, que tamaña barbaridad llamó mi atención y el otro día que conseguí estar solo me dispuse a verla. Y eso que ni siquiera he disfrutado de la primera parte. Ni falta que hace, porque Crank 2 es un auténtico festín de sinsentidos todoterreno, donde da igual si existe una historia o no, si el espectador se debe entfrentar a personajes atormentados, inolvidables, interpretador por, digamos… ¿Ralph Fiennes? Nada de eso. Crank 2 Va a lo que va. Es decir, a derrochar testosterona por los cuatro costados y jugar a la autosuperación de brutalidades y aberraciones.

Y, siendo justo, debo afirmar que la película triunfa en todos sus aspectos. Principalmente porque el espectador al que va dirigida (o sea, a un toro de Miura) entra rápidamente en el juego cachondón que le proponen, y simplemente se impregna de una acción sin límites (nunca mejor dicho) y de una absoluta falta de sentido del ridículo. En Crank 2, absolutamente todo vale. Y si en ese todo se dan cita actitudes homófobas, misóginas, racistas y ultraviolentas, pues mejor que mejor.

Centrándonos en la calidad artística del film (que la tiene, la tiene), lo más destacable es su vertiginoso ritmo, causa principal de que el metraje resulte corto y el espectador se quede con ganas de más. Sin embargo, se entiende que el director apuesta por la velocidad, acelerando el ritmo conforme avanza el film, impidiendo al espectador, y a sus propios personajes, siquiera pensar qué están haciendo. El duro protagonista, Chev Chelios, vive una insufrible búsqueda de su propio corazón (léase literalmente, y dejémonos de gilipolleces románticas) a ritmo bakalao. Por el camino se le cruzarán toda suerte de individuos que acabarán siendo sexualmente vejados (si es chica) o con los sesos esparcidos por doquier (si no lo es). Por culpa de un desafortunado encuentro, el pobre Chelios se ve obligado a alimentarse de electricidad pura, y cada vez que se da un chute ocurren las más dispares situaciones. Y eso aporta tremenda diversión a la película, puesto que el guionista se salta a la torera cualquier ley física universal, y apuesta por la fantasía desmedida y el más puro cachondeo. Incluso se marca un homenaje a las películas de monstruos japonesas, con un combate sin igual entre dos gigantones. Y es que nadie se toma en serio la película, y eso tiene como consecuencia que la libertad artística es abrumadora. Ocurren situaciones de lo más esperpéntico, absolutamente incoherentes, pero realmente entretenidas. Todo con tal de ofrecer una de tiros y tías buenas.

Porque el factor decisivo del film es el público al que se dirige. 100% a jóvenes machos alfa. La película es una consecución de tías buenas e incorrección política. Lo que se muestra en pantalla es una irrealidad total, pero se hace cómplice al espectador para indicarle que vive un sueño sin barreras morales. En el film las mujeres son tratadas como mera carne, prácticamente destinadas a ser objeto de deseo sexual, y su papel queda relegado a salir en pelotas o medio desnudas portando metralletas.

Pero lo que más me gusta del film es su actor principal, Jason Statham. Porque, fíjense, que no me imagino yo otro actor que tenga la suficiente caradura como para interpretar un papel tan sinvergüenza, y parecer tomárselo en serio. Statham clava a la perfección aquello que se le pide, que tampoco es mucho, no nos engañemos. Es decir, poner cara de “estoy muy cabreado” y dedicarse a correr, dar puñetazos, soltar tacos y disparar a diestro y siniestro.

En fin, una película realmente entretenida, con escenas inolvidables, plagadas de torturas genitales, pibonas cachudas, y escenas tórridas de sexo de lo más disparatado (impresionante hipódromo). Recomendable para ver con los amigotes cuando uno se queda de Rodríguez.


En un artículo de hoy firmado por Irene Hdez. Velasco he podido leer la siguiente perla:

“En ese mismo cubículo los arqueólogos ya encontraron en junio de 2009 una imagen del rostro de San Pablo del siglo IV antes de Cristo.

Así va la cultura de nuestro país…

http://www.elmundo.es/elmundo/2010/06/22/cultura/1277231934.html


YouTube Preview Image

Si este duete de puretillas nos hubiera regalado este vídeo hace… digamos ¿veinte años? ¡¡¡ Cuantas noches de onanismo hubiéramos pasado los adolescentes de mi generación !!!


Jamás pensé que vería estos dos nombres juntos de cabecera en un cartel. Un día largamente recordado, señor Pettenman…


Hace ya muchos años, los gorrillas se hicieron dueños de los aparcamientos de Sevilla. Renegríos, melenudos, y con cuatro kilos de mierda encima, balbuceaban órdenes para aparcar correctamente, y dejaban bien clarito que si no le soltabas unas monedillas, tu coche aparecería bien rallado.

Después, el Excmo. Ayuntamiento, que es sinvergüenza como él solo, se sacó de la manga los llamados VOBIS que no eran más que gorrillas contratados y que se suponía que eran oficiales y que el conductor no tenía por qué pagarles. Mentira, claro. La idea era la misma, y de paso sacar tajada y quitarse parados de encima. ¿Y qué ocurrió? Pues que los gorrillas renegríos se desplazaron a otros sitios y al final no hubo aparcamiento en Sevilla por el que no hubiera que pagar. Ojo, todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida, aunque en este caso el que pague por ello es el ciudadano medio.

Hace no mucho tiempo empecé a ver subsaharianos en las calles aparcando también. Su aspecto mejoraba, aunque la función era la misma. Lo curioso es que desplazaron en parte a los viejos gorrillas renegríos.

Es más, poco tiempo después, empezaron a verse algunos gorrillas árabes que han ido expulsando a los gorrillas subsaharianos, que a su vez desplazaron en parte a los viejos gorrillas renegríos.

El otro día pude ver en algunas calles unos cuantos gorrillas rumanos, cuyo aspecto cambia bastante en cuanto a que son los primeros gorrillas rubios. Rápidamente se han quitado de encima a los gorrillas árabes, que habían expulsado a los gorrillas subsaharianos, que a su vez desplazaron en parte a los viejos gorrillas renegríos.

Y yo me pregunto qué hubiera ocurrido si en lugar de abrir grandes bazares los chinos hubieran preferido trabajar de gorrillas…