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Cansinería en 3D

Zopaias
3 Septiembre 2010

El otro día tuve la oportunidad de ver mi primera película en 3D. La verdad es que tenía ganas, oía a todo el mundo hablar maravillas de ver una película en relieve y tenía curiosidad. Eso sí, yo, que soy muy mío, me negué en rotundo a ver “Avatar” (que fue la película culpable de esta moda) y que ya la vería en mi casa sin necesidad de 3D ni zarandajas: Pienso que la película es buena o mala sin necesidad de mayores artificios. Pero lo cierto y verdad es que ya quería ver con mis propios ojos si el tan cacareado efecto de ver una película en 3D era para tanto como decía la gente y, sobre todo, si justificaba esta manía de hacer hasta “Los Bingueros” en 3 dimensiones.

Los primeros contactos que tuve con el 3D fue hace la tira de años. Imagino que los lectores del blog que ya tengan solera recordarán que a mitad de los años 80 se puso de moda lo del 3D. Recuerdo perfectamente que pasaron en la tele una película del oeste que era en 3D y que en los estancos vendían las gafas bicolores. Para mí fue todo un acontecimiento y me puse a ver la película esperando que los indios salieran de la pantalla y se pusieran a hacer la danza de la lluvia en mi salón y que cogieran a mi abuela y le cortaran la cabellera, pero lo único que vi fueron manchurrones rojos y verdes, menudo sebo de 3D. Luego, también por esa época, recuerdo que la cosa llegó al cine, concretamente en una película que se llamaba “Tiburón 3D“, pero el resultado también fue muy foski, nadie veía al tiburón saliendo de la pantalla para darte un sustillo, por lo que jamás se volvió a saber nada del 3D hasta ahora y supongo que el que tuvo la idea  de usar el 3D en esa película se descerrejó un tiro.

Así que allá que fui a ver “Toy Story 3“. Lo primero que me llamó la atención es que esa película en concreto la tenías que ver en 3D pero por cojones, ya que ni siquiera existía copia en 2D. Lo segundo es que te cobraban 2 euracos más por la entrada por el mero hecho de ver la película en relieve. Lo tercero es que yo pensaba que te podías quedar con las gafas y nada de eso. Es más, al final incluso había un guripa allí puesto vigilando que todo el mundo dejara las futuristas antiparras en una especie de cesta y ay de a quien se le ocurriera hacer la bromita y llevarse las gafas a casa…

Así que, vistas las circunstancias, imagínense de qué humor llegué a la sala. Además, cuando giraba la cabeza y me encontraba a una sala llena de mangurrinos (yo incluido) portando las gafas, con ese aspecto de frikardo que se nos pone (parecíamos la versión esperpéntica de la portada de “Equinoxe”), no sabía si reírme o echarme a llorar al hombro del acomodador.

En eso que empieza la película y a la media hora yo ya estaba hasta los cojones de las gafas; como este Sombrerero gasta una apreciable almendra, las gafas me venían pequeñas y se me clavaban a los lados de la sesera, jodiéndome vivo. Además, llegaba un momento que el efecto 3D se me hacía muy cargante y optaba por quitarme las lentes cada dos por tres con el resultado de que empezaba a ver la película distorsionada. Total, que salí de allí con la cabeza como un avión.

Y me di allí cuenta de que, en mi opinión, el 3D era una “tontá” más. Vamos a ver, ¿de qué me vale a mí que el Woody ese, el muñeco vaquero de la película, salga un poco más adelantado con respecto del resto de la pantalla y que parezca que esté flotando delante tuya? ¿O de qué me vale que hagan algún sustillo que otro haciendo como si algo saliera de la pantalla y parezca que te salte encima? Quiero decir, son efectos que, si bien están bien conseguidos y no como en los 80, nada o muy poco aportan a la película o a su historia, y no hacen que, como he dicho antes, sea mejor o peor película. Es exactamente igual que el dolby surround, que parece que te están pegando el tiro al lado tuyo, sólo que en el caso del 3D es con imágenes. Y a mí no me cobran 2 eurazos más por oír la película en surround ni veo necesario para el desarrollo de la película ni que tenga surround ni 3D. Yo puedo ver y disfrutar de una película sin ningún tipo de efecto, lo que importa es lo que te cuentan, no que lo adornen de mil maneras y que encima te cobren por ello. No quiero con esto decir que haya alguna película en la que el efecto 3D sea cojonudo, pero se me hace muy difícil pensar en que dicho efecto sea indispensable para la película en cuestión.

Yo no sé cuál será el futuro del 3D pero, actualmente, parece que de nada vale un estreno sin su versión 3D. Quizá sea otra manera de atraer a la gente al cine, pero yo les aseguro que a mí me ha reforzado más en mi idea de ver las películas a la antigua usanza. Espero que esto no sea más que una moda (otra de tantas) de esas que van de cool y de recool, pero que ya llegan a la auténtica cansinería. Aunque, eso sí, cuando saquen “Los Bingueros” 3D yo seré el primero en verla.


Una vez llegados a Santiago de Compostela, y tras unos angustiosos momentos en los que, debido a mi proverbial zopismo, extravié la tarjeta de embarque, mi hermano Punch, nuestro queridísimo maestro Raúl Gonzalo y yo nos instalamos en nuestro flamante apartamento del hostal Casa Felisa, que luego sería conocido como el “HomoFlat”, y tras llamar a Juan para decirle que ya estábamos pastando por tierras compostelanas, quedamos todos en la Plaza del Obradoiro. Allí, como tantas y tantas veces, volví a sentir la emoción de ver a mis queridísimos compadres; uno de los reencuentros más especiales, creo que fue mutuo, fue el de Juan y mío: han sido muchas cosas las que  hemos vivido él y yo, muchos emails, muchos proyectos, y, sobre todo, muchas ganas de volver a vernos en persona; fue, el nuestro, un abrazo de lo más emotivo y emocionante.

De esta manera, nos fuimos a papear a un sitio que nos recomendaron, el Orella, un lugar fantástico donde nos pusimos hasta el culo por una cantidad irrisoria. Eso sí la camarera era un montón de siesa y casi nos echan por obra y gracia a la aterciopelada y modulada voz de Complexy, pero cómo nos reímos en la conocida como “mesa escandalosa”.

Tras la comida nos dirigimos a un sitio a tomarnos un café. Es la primera vez que veo a alguien casi ser apaleado por pedirse un simple cortado y es la primera vez que veo que en un sitio te cobraban por los hielos. Increíble pero rigurosamente cierto. Tras esta tangada, nos fuimos a tocarnos la huevada un rato al hostal, ducharnos y cambiarnos y una vez hechas nuestras abluciones, nos dirigimos Raúl, Punch y yo a hacer un poco de turismo por Santiago (bonita ciudad, sí señor) para luego acabar, cómo no, trasegando unas cuantas sidras en una tasca que descubrimos y que luego se convirtió en nuestra tasca fetiche, donde lo pasamos del carajo pipa descubriendo las habilidades pedagógicas de Raúl, comprobando que se puede desatar una espiral de violencia si se hace referencia al grosor de los brazos del Maestro, o descubriendo las costumbres del típico búlgaro (quién no conoce al típico búlgaro)…

Tras eso, nos dirigimos hacia el sitio de la cena de fans del Josmar; allí me reencontré, con gran alegría por mi parte, con una gran cantidad de compadres a los que tenía muchas ganas de ver. Por allí también estaba Francis Rimbert, a quien, de alguna manera, y sabiendo que estaba allí mi compadre Juan, no me sorprendió mucho ver allí compartiendo la cena con nosotros.
En la cena, a decir verdad, me vine un poco abajo porque, salvo a unos pocos, no conocía ni a mi padre, me sentía como en una boda, y además estaba bastante cansado por el viaje; además Palopío y Carmen habían sufrido un retraso en su vuelo y no iban a llegar a tiempo para la cena, así que las esperamos para ir con ellas a otro sitio, de curioso y agreste nombre, en la Plaza del Toural (lugar donde se celebró la Rendez 2003), en el que su cena fue amenizada por un tío barbas haciendo música con un papel.

Como no teníamos muchas ganas de soplar, nos dirigimos a la Plaza del Obradoiro, donde estuvimos con Juan viendo cómo Jarre aún estaba sobre el escenario a las tres de la mañana. Cuando ya se retiraba a sus aposentos, Juan y yo le pedimos a un Jarre con muy mala cara que se echara una foto con los que allí estábamos, así que Fiona, su manager, nos hizo la instantánea y nos fuimos a dormirla.


Al día siguiente, durante el desayuno, nos llevamos una alegría al volver a ver a nuestros queridísimos compadres Saqman y Berni; a la hora del almuerzo volvimos a tentar la suerte yendo a comer al Orella, ya que el día anterior se llevaron un mal recuerdo nuestro, y vimos que la camarera no se había olvidado de nuestros caretos, ya que nos miró con una mezcla de odio y estupor en cuanto nos vio pasar… De nuevo nos pusimos hasta el mismo culo, nos cepillamos grandiosas jarras de sidra y nos lo pasamos del carajo pipa.

De nuevo, vuelta al hotel para ponerse el uniforme del concierto, ducharse y enseñarle nuestro cuco “HomoFlat” a nuestro querido compadre Le Soleil, con el que nos reencontramos ese día para nuestra alegría. Tras ponernos decentes nos fuimos hacia la Plaza del Obradoiro para ir cogiendo sitio para la cosa del concierto. Allí nos reencontramos con varios compadres más y allí estuvimos aguantando el tipo hasta que empezó el concierto, tiempo que transcurrió amenizado por algún que otro ensayo de los temas y con una arriesgada salida a mear en la que pisé hasta al tato. La plaza empezaba a estar ya hasta el culo y, para mi sorpresa, apareció por allí mi hermano Juan para darme un pase de backstage!! El tío lo había vuelto a conseguir y tuvo la enorme amabilidad de conseguir un pase para mí también, un detalle tremendo por su parte, ya que sin él y su trabajo no tendríamos ni pase ni tendríamos nada. Me dijo que, con la acreditación, podíamos ir a donde nos saliera de la pipa menos al escenario principal, así que quedamos los dos después del concierto para hacer uso de dichos pases; me hizo ilusión poder colgarme una de esas acreditaciones al pescuezo, jejejee.

Así ya empezó el concierto en sí y, madrecita, el Crazy Bloke ese de Wembley era Conchita a mi lado. Os puedo asegurar que, en compañía de Punch y de Raúl, me dejé literalmente la voz y los pies pegando botes en cada tema. Pegué saltos en todos, hasta en Souvenir of China, algo completamente inexplicable; gritamos, cantamos, saltamos, hicimos el corro de la patata, de todo, vamos, aunque nos vinimos abajo en varios temas seguidos, como fueron Oxygene 5, Variation 3 y Adagio, que destrozaron el buen ambiente que se había formado. Pero en seguida nos vinimos arriba con temazos como Rendez Vous 4, Rendez Vous 2, Chronologie 6 (creí morir cuando empezó ésta), Chronologie 2, etc… El concierto me encantó, me pareció totalmente espectacular, tremebundo, un espectáculo memorable y encima me lo pasé del carajo pipa… Desde luego, el marco era espectacular, y creo que no exagero si digo que el concierto de Santiago está entre lo más impresionante que ha hecho Jarre en su vida, y, salvando las lógicas distancias, me recordó mucho a Oxygen in Moscow, con la diferencia que, en mi opinión, el marco compostelano era mucho más impresionante que el moscovita.

Una vez finalizado el concierto, y con toda la adrenalina todavía en mis venas, me llama Juan y me dice de ir al Parador, donde estaba el “cuartel general” de Jarre y sus chaveas para ir a verles… Allí nos plantamos, con nuestros santos cojones, Juan y yo acompañados de Heide, una amiga de Rimbert, para ir a charlar un rato con el propio Rimbert, Claude Samard y Jerome Gueguen (los músicos josmareros) en su camerino. Yo ya estaba otra vez como cuando la entrevista a Jarre en Madrid hace tres años, lo veía y no lo creía… Ahí estaba yo, con la acreditación colgada del pescuezo, presto a entrar en la suite de los músicos de Jarre… Y allí que nos fuimos a charlar con ellos, mientras se cambiaban. Además, que los tíos se cambiaron allí delante de nosotros, se la sudaba que los viéramos en calzones. Imagino que se preguntaban que quién era el zopa ese que estaba allí en la habitación pero no le dieron la mayor importancia… Con ellos, estuvimos viendo el final de la retransmisión televisiva del concierto. Les pedimos unos autógrafos que plasmaron en unas descacharrantes hojas de ositos que me procuró Heide, ya que yo no tenía papel en ese momento, y nos dirigimos hacia la mismísima suite de Jarre. Lo que allí vivimos fue completamente surrealista, de verdad.

Allí estaba yo en una suite inmensa con unas 10 ó 12 personas a las que a la mayoría de ellos los había visto infinidad de veces en vídeos de Jarre: allí estaban Christine Ferreira, la fotógrafa de los conciertos, Pierre Garnier, asistente personal de Jarre, Fiona, Alain Corrieaux (el tío de sonido), la madre de Fiona, y algún tipo más que yo no conocía de nada… Y allí estaba el mismísimo Jean Michel Jarre, con la misma hortera indumentaria del concierto (una camisa de brillantina), sentado en un sofá, hinchándose a galletas y a Huesitos (sí, sí, a Huesitos, de verdad) y rajando que no veas… Empezaron a sacar jamón ibérico (que al principio Juan y yo pensábamos que era de Mercadona, pero luego resultó que no, que era ibérico de verdad), queso y un montón de bebercio de toda clase… Lo que más me llamó la atención es que con la acreditación que llevábamos tú podías hacer allí en la suite lo que te saliera de los cojones, comerte las galletas, coger jamón, hincharte a champán, e incluso echarte un vodka con limón. Yo estaba un poco cortado, la verdad, pero mi hermano Juan estaba como Pedro por su casa, el tío, y se puso púo de jamón y demás diciéndome “pero coge jamón, zopón, que está muy bueno”. Alí estuvimos hablando con Rimbert (al que Juan intentó convencer para irse con él de vacaciones a Saint Tropez) un buen rato, qué tío más enrollado, de verdad, y aprovechamos para hacernos fotos con él, con Samard (que se hizo una esperpéntica foto con nosotros con el jamón como protagonista) y con Gueguen.

Como ya he dicho Jarre raja que no veas, estaba de muy buen rollo y se produjeron algunas situaciones surrealistas como cuando sacó su portatil y nos puso a todos un vídeo de Youtube donde salía un ginecólogo brasileño haciendo una interpretación de Oxygene 4 haciendo “cuescos” con las manos. Jarre estaba literalmente descojonado, tanto que al final se puso a aplaudir y todo. También fue descacharrante cuando el tío se fue a cambiar para ponerse el chándal de “Jarre Enterprise” y se cambió allí mismo, sin cerrar la puerta ni nada; como a sus músicos, le importaba un carajo que hubieran allí algunos tipos desconocidos con una acreditación colgando del pescuezo.

Tras esto, Juan y yo fuimos a hablar un rato con Jarre al cual se le iluminó literalmente el careto cuando le dijimos que éramos los que llevábamos Fairlight Jarre y que éramos los traductores al español de su página oficial. El tío se puso más contento que unas pascuas (parecía una felicidad genuina) y no sé las veces que nos dio las gracias por nuestro trabajo; nos dijo que en el futuro iba a colaborar mucho más con nuestra página (a ver si es verdad) y que nuestro trabajo era importantísimo para él. Incluso en un arrebato de exaltación de la amistad, cuando nos despedíamos de él, al ir a darle la mano, va el tío y nos pega un abrazo de oso a cada uno de nosotros volviendo a darnos las gracias, todo emocionado.
Estuvimos en esa suite un par de horas por lo menos y luego ya bajó Jarre a firmar unos pocos autógrafos a los fans que quedaban esperándole, y se piró… Serían cerca de las 3 de la madrugada.

Cuando les conté a mis compadrazos las descacharrantes situaciones que vivimos ese rato no se lo creían, y les tuve que enseñar los Huesitos que habíamos sustraído Juan y yo como prueba de que lo que decíamos era cierto.
Tras esto nos fuimos Raúl, Punch, Zzero y yo a tomarnos la última… La última se convirtió en llegar a las 7:30 de la mañana al hostal, tras un encuentro con varios foreros recalcitrantes de la noche como Paquidermo o Laurica.

Y ya, por fin, nos despedimos de Santiago y de nuestro compadrazo queridísimo Raúl, que partía en su coche hacia Salamanca. En el aeropuerto nos volvimos a encontrar con Jarre y su equipo, que estaban esperando para pillar el avión hacia París, y allí,  tras despedirnos de Paquillo, que cogía el avión con dirección a Valencia, Palopío, Carmen, Punch, Alomejo y yo nos embarcamos en el avión, que parecía conducido por Miliki y Fofito, con destino a Madrid. Allí tras una emocionante despedida, nuestros caminos se separaron, y ya nos hemos vuelto Punch y yo para Ciudad Real.

Desde aquí un agradecimiento especial a mi hermano Punch y a Raúl ya que con ellos he pasado dos días verdaderamente felices. Nos hemos reído como cosacos, no nos hemos despegado ni un momento, hemos acuñado nuevas y usadísimas frases, hemos desfasado como perros y nos lo hemos pasado como nunca. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Mil gracias, mis queridísimos compadres.
Y, cómo no, otro recuerdo especialísimo para mi compadre, mi Partner in Crime y mi hermano, el Sr. D. Juan Gomis, que, aunque lo hace con sumo placer, se ha pegado un trabajo de miedo y ha conseguido, una vez más, que nuestros más demenciales sueños se hayan vuelto a hacer realidad. Somos la repolla, querido Juan vaya que sí.

Y, por supuesto, darles las gracias a Jean Michel Jarre, y su equipo, en especial a Francis Rimbert, Claude Samard y Jerome Gueguen, por el inolvidable concierto que nos regalaraon y por el magnífico trato que nos dispensaron en el Hostal de los Reyes Católicos.

Creo que no me equivoco al afirmar que todos los que tuvimos la inmensa suerte de acudir a aquel concierto jamás olvidaremos esta fecha: El 31 de Julio de 2010.


Hubo un tiempo en que los vampiros eran unos seres infernales, repulsivos, infectos, infames. Era el tiempo en el que los hijos de la noche se dedicaban a buscar víctimas para chuparles la sangre, raptaban niños para papeárselos en la lobreguez de sus inmundas criptas y hacían todas las putadas habidas y por haber por clavarle su puntiagudo piñonate al desprevenido mangurrino.

Además, los vampiros a la vieja usanza eran más feos que yo, y si no, acuérdense de Nosferatu: Madre mía, qué feo, el tío, con esos dos dientecetes (que no colmillos) puntiagudos ahí puestos en mitad de la boca, con esa cabeza de huevo, esas manos que no habían visto un cortauñas en su vida y ese aspecto delgadino y acartonado que caracterizaba los movimientos de semejante esperpento. Eso sí que daba miedo.

Por no hablar de la jeta del vampiro más famoso, Drácula, tanto un su versión Christopher Lee como Bela Lugosi, vaya dos. Luego han habido Dráculas más apañadetes, como Gary Oldman o Frank Langella, pero vamos, que seguían dando el pego como vampiros de a pie. Y, por favor, no olvidemos, a Brácula, ése sí que era un vampiro hecho y derecho, de los de la vieja escuela, el orgullo de los no-muertos. Y encima cantaba.

Pero la cosa vampírica empezó a torcerse. Para este Sombrerero, gran amante de la literatura y el cine de vampiros de calidad, o de cierta calidad porque “Noche de Miedo” no es que sea la “ostien”, el primer síntoma de que los vampiros empezaban a desteñir a lo rosa fue con la saga de “Crónicas Vampíricas” de Anne Rice. Yo, con mi inocencia de chavea, pensaba que me iba a encontrar un aterrador relato de vampiros de los que te dejaban el cuello como la cama de una ciega, al mejor estilo “El Misterio de Salem’s Lot”, un tremendo y acojonante libro de vampiros, y me encontré con un relato en el que los chupasangres eran más bien suavones y delicados. Tenían sentimientos, se lo pensaban dos veces antes de chuparle la sangre a cualquier mangurriato que pasara por allí y, en genereral, se la cogían con papel de fumar. Es una visión diferente del mundo vampírico, sí, pero a mí no me gustó un pelo y al segundo volumen de la saga decidí donar los libros a los Huerfanitos del Hobbit.

Pero eso es caspa comprarado con lo que se vive ahora con eso de la saga “Crepúsculo” (vulgo, Crepújculo), esa suerte de cruce entre “Física o Química” y “La Noche de Walpurgis”, en la que chupasangres y hombres lobo buenorros y hormonados en vez de dedicarse a su oficio, dejar a la gente con menos sangre que un flash de limón, se dedican a enamoriscar adolescentes que suspiran por los huesos de estos tíos. Y, bueno, si las películas estas fueran de las que ponen después de comer en Antena 3, vale que vale, pero se ha desatado una fiebre, una pasión, toalmente exagerada y desmedida. La historia ha llegado hasta tales extremos que hasta en España se hizo una miniserie de parecidos sospechosísimos con la saga “Crepúsculo” con vampiro guaperas y adolescente “ennortá” que tuvieron que retirar por falta de audiencia. Y es que el público tampoco es tan tonto.

Ahora todas las adolescentes quinceañeras quieren su propio vampiro para que las haga suspirar de amor. Pues a unas cuantas de éstas les mandaba yo a Max Schreck, y se les quitaba la tontería pero de raíz.


Yo sí que soy… de los que está hasta las pelotas de esto y del mangurriero que lo inventó:

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Últimamente estoy viendo que el número de cantantes o presentadoras de televisión tirando a gansas y/o sosas, en plan Dama de las Camelias, está creciendo de manera creciente.

¿Que eres un sosaina y tienes menos gracia que este Sombrerero pero sin embargo quieres triunfar en el mundo de la televisión o de la canción? Pues no te preocupes, que alguien más gansorrio que tú ha triunfado con anterioridad. Y si no, échale un vistazo a estos vídeos:

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Esta tía es tan tristona que convertiría la canción de “El Negro No Puede” en un auto sacramental. No digo que cante mal, pero es que vaya tela, qué poca gracia.

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Lo mismo digo de esta mangurrina: Es más sosa que yo bailando el Bimbó; cuando acaba de cantar en vez de aplaudirla te dan ganas de darle una palmadita de ánimo en el hombro.

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Vale, tal vez esta tía no sea la más gansa de todas las que he puesto, quizá entra más en la categoría de “un montón de siesa”, pero, como pueden ver en este vídeo, en el que suelta un buen rollo, tampoco es que sea la alegría de la huerta. Irse con ella y su marido de fiesta, con la chispa natural que les caracteriza, debe ser tan divertido como asistir a una cremación.

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Ésta está un montón de buena, la verdad, pero es el ganserío personificado, la muchacha. Ahí la tenéis, enseñando la casa de sus viejos, con dos cojones. Si no estuviera esta tía tan buena, seguramente no la hubieran contratado ni en Tele-Cintruénigo.

El gansismo músico-televisivo es un rasgo que me apasiona, así que si ustedes conocen algún artista o presentador con cara y modos tristones y sin gracia, por favor, no duden en descubrírmelos en los comentarios de abajo.


El otro día se encontraba este Sombrerero viendo uno de los conciertos de Rock in Rio-Madrid (que, por cierto, ¿porqué coño se llama este festival de música Rock in Rio si precisamente se celebra en todos sitios menos en Río?) cuando ante mis ojos aparece una tía con un minivestido que muy poco dejaba a la imaginación. Acongojado vi que la mayoría del público presente en el concierto eran poco menos que niños y pre-adolescentes que gritaban, cual mulas tordas con guindilla en el culo, enfervorizados al ritmo de la música perpetrada en el escenario.

Cuál fue mi enorme sorpresa cuando el comentarista de la retransmisión dijo que la cantante ligera de ropa era Miley Cyrus. En un principio yo no sabía quién coño era esa Miley Cyrus. Me imaginaba que era una de tantísimas cantantes estereotipadas que se han acogido al rol de “artista-buenorra-que-pega-cuatro-berridos-sobre-una-base-pop”, pero la sorpresa vino cuando me enteré que la Cyrus esta era ni más ni menos que la celebérrima Hannah Montana. No, yo no veía la serie que hacía la tía esta, pero si no conoces a Hannah Montana, probablemente residas en las afueras de Raticulín.

Yo lo veía y no lo creía: O sea, la tía que había sobre el escenario creyendose un montón de buenorra era la misma persona que sale en el canal que mis sobrinas tienen todo el día puesto… ¡¡Increíble!!

Y es que, por lo visto, Miley Cyrus quería alejarse de su papel ñoño y edulcorado dirigido al público infantil y adolescente que encarnaba en Hannah Montana para dirigir su mercado hacia un público adulto. Vale, “mú rico”, pero digo yo: ¿Esta transformación no es demasiado radical? ¿Es normal que hace unos meses esta tía estuviera cantando canciones ñoñas y cambiándose de peluca y ahora aparezca pintada como una puerta y creyéndose la “ostien” en bicicleta? ¡Por Dios, que no tienes ni los 18 años cumplidos todavía, dónde coño vas, niñarda!

No me malinterpreten, cada cual puede hacer de su vida lo que quiera y esta Miley Cyrus que haga lo que le dé la gana con su vida y con su carrera, no soy un retrógrado, pero creo que es demasiado joven para andar ya con estas transformaciones radicales y con esos pensamientos de que para gustar a un público adulto y alejarse del público infantil hay que aparentar ser una mujer sexy. Y aún más teniendo en cuenta que la mayoría de sus fans son niños o adolescentes que ni siquiera creerán que la niña que salía en Disney Channel ahora parece una mujer que aparenta el doble de su edad real y que pretende ser sexy por cojones. A mí, inculcar este tipo de valores o imagen ante un público infantil, que lo quiera o no es su público mayoritario, me parece, cuanto menos, inadecuado.

Y creo que la culpa no es de ella, que es demasiado joven y a esa edad todos estamos bastante “ennortaos” (y supongo que más aún si estamos forrados de pasta y somos famosos), sino de los mayores que están a su alrededor, que pienso que deberían dejarle ver que ese tipo de transformaciones debieran ser paulatinas, poco a poco, no esta mañana soy Hannah Montana y por la tarde ya soy la Sharon Stone.

En fin, mi consejo gratuito para esta mangurrina es que se reúna la familia Cyrus al completo, cuñados y primos incluidos, y que apunten a esta muchacha a hacer un módulo o algo así, por que le veo un futuro musical (y personal) más negro que el sobaco de Eto’o.


Les voy a confesar una cosa; no sé si le ocurrirá a alguien más pero a mí me pasa desde que tengo uso de razón, y es que siento una desmedida atracción por lo cutre, me explico: Yo por ejemplo estoy haciendo zapping un día y de repente en una cadena me encuentro que están echando una de Esteso y Pajares y les aseguro que me quedo pegado a la pantalla irremediablemente y además puede que aguante toda la película. O sea, yo soy consciente de que lo que estoy viendo es sebo puro, pero me atrae, me subyuga.

Y si no que nos lo pregunten al Hobbit y a mí que, años ha, nos pasamos una buena temporada comentando una película de esta simpar pareja cinematográfica (actualmente “fatás” ambos) llamada “Padre No Hay Más Que Dos”, cinta en la que salía la, por entonces, promesa del cine y posterior estudiante modelo (sólo le falta ya ganar el Nobel) El Piraña. Pues bien, nos tiramos con ese sebo filmíco en la boca ni se sabe el tiempo e incluso interpretando las canciones que sonaban en la película.

Por no hablar de una película de Zipi y Zape que era la versión en carne y hueso de los personajes de Escobar. Ambos comentábamos fascinados el hecho de cómo era posible que los actores elegidos para encarnar a Zipi y Zape fueran dos gitanetes de alguna barriada chabolista de Cintruénigo y nos maravillábamos con el hecho de que Don Pantunflo estuviera tan bien conseguido o que Doña Jaimita parecía como si le faltara o le sobrara algún que otro cromosoma.

Recuerdo que cuando estudiaba lo hacía de madrugada y me tragaba en la tele todas las mierdas habidas y por haber; por ejemplo, cuando la Teletienda no era tan conocida como ahora (que en la TDT hay canales temáticos de teletiendas y todo) me veía todos los productos que mostraban, con esos presentadores histriónicos haciendo panegíricos sobre las zarrias que nos pretendían vender: Nunca olvidaré a Tony Little, una especie de enano forzudo, que al grito de “Technique, technique!!!!!” (Técnica, técnica!!!!) se afanaba en intentar cantarnos las maravillas de un cacharro llamado Power Stripper que hacía que te pusieras como el Stallone en 10 minutos. O Tony Hoffman, una suerte de Álvaro Vitali mercachifle, que nos intentaba meter como fuera un juego de cuchillos que cortaban de todo o el gafas aquel de los jerseys horrorosos que nos mostraba a grito “pelao” un fantáaaaaaaaastico quita arañazos para el buga.

Pues yo, religiosamente, me tragaba esas mierdas totalmente fascinado, no porque me pareciera la ostien lo que anunciaban esos mangurrinos, sino porque me maravillaba la cantidad de chorradas que hacían y decían para hacernos creer que esos productos eran la bomba ante un público que aplaudía a rabiar en un plató. Y a los tíos no les daba vergüenza ni nada. Fascinante.

Además, hace años la madrugada era una especie de refugio para los programas y series cutres. Además de la Teletienda yo era irredento fan de una espantosa serie holandesa (sí, sí, holandesa) que echaban a las tantas de la madrugada y que se llamaba “Diga 33“. Era el sebo más grande que te podías echar al rostro, pero ahí me quedaba pegado al televisor siguiendo las absurdas peripecias de Koos y Jopi (que así se llamaban dos de sus protagonistas). Es más, si me pongo, todavía les puedo cantar, en perfecto holandés, la sintonía de la serie…

Y mi atracción por el cutrismo también alcanza a la música pues hasta los discos más cutres de mis artistas favoritos los escucho con auténtica veneración y fascinación, como por ejemplo “Téo & Téa” de Jarre, “Never Let Me Down” de Bowie y “Hot Space” de Queen, discos estos de los que hasta sus propios autores han renegado.

Y yo me pregunto, ¿esto por qué pasa? Mi teoría es que a mí me fascina el cutrismo en sí, es decir, me fascina el hecho de que un tío haga una película, haga un disco o un programa sabiendo que es sebo puro y el tío tenga los santos cojones de presentarlo ante una televisión o ante una discográfica y que éstos lo publiquen o lo emitan. No sé, es algo inexplicable que está ahí y me ocurre. Si a alguien más le pasa, por favor díganlo, incluso podríamos formar una asociación.


Una vez más, volvemos a tocar en esta casa el tema de Eurovisión (si buscan en los artículos antiguos verán alguna referencia que otra a este festival); y es que a este Sombrerero le alucina y le intriga, a partes iguales, la supervivencia de este festival y ver que incluso tiene legiones de acérrimos fans que lo defienden a capa y espada: Yo conozco a alguno al que le pones “cutrada”, “apología del frikismo” y “Eurovisión” en la misma frase y puede acabar contigo allí mismo.

Lo que más me intriga de este festival de la canción es que realmente no sirve para nada; quiero decir, a ese concurso no van estrellas consagradas de cada país y cuanto más esperpéntica sea la actuación, mejor que mejor, sobre todo en estos últimos tiempos que corren: Recuerdo que algún país llevaba a un muñeco de un pavo que cantaba, o aquellos tíos vestidos de monstruos (o eso o es que eran una pechá de feos) que respondían al nombre de Lordi, por no hablar de nuestro Rodolfo Chikilicuatre. Sin embargo, y como ya dije una vez, el caso de Rodolfo Chikilicuatre me pareció una genialidad en sus orígenes (después ya se convirtió en una pesadez) y fue la única vez, gracias a su participación, en un montón de años que me tragué el festival entero y viví el momento de las votaciones al borde del infarto. Es más, recuerdo que en la preselección para llevar a Chikilcuatre a Eurovisión, cuando éste ganó, el Hobbit y yo, que vimos juntos la gala todo emocionados, brindamos y todo por el éxito de esta esperpentez. En ese caso, lo que nosotros aplaudíamos es que los cantantes que se enviaban en plan serio a Eurovisión quedaban en unos puestos lamentables, así que, ¿por qué no reírnos un poco de nosotros mismos y mandar a un esperpento de verdad? Pues resultó que Chikilicuatre cosechó el mejor puesto para España en el festival en varios años.

Supongo que en sus primeros tiempos el festival de Eurovisión sí que era algo importante, una especie de trampolín para darse a conocer en Europa y en el mundo, pero ahora… Bueno, pues ahora ya se sabe lo que hay. Y esto nos lleva a lo que me preguntaba antes: ¿Para qué sirve el festival de Eurovisión? ¿Alguien se acuerda del ganador del año pasado? ¿O acaso este ganador lituano, ruso o serbio ha tenido una carrera internacional de la ostia, y tras ganar Eurovisión se ha convertido en una estrella internacional conocido hasta en Cintruénigo? Pues no, del mangurrino que ganó  Eurovisión el año pasado no se acuerda ni su padre. Al igual que tampoco es que sea muy fulgurante la carrera de los representantes españoles que han participado en los últimos años en Eurovisión, amén de que el proceso de preselección del cantante a enviar al festival se ha convertido en un auténtico vivero de frikis y esperpentos.

Además, me alucina su supervivencia viendo el demencial método de votación dándose los puntos de un país vecino al otro, cosa que no deja de sorprender a este Sombrerero; ¿por qué ese pelotismo entre países adyacentes? ¿Temen acaso que si no le dan 12 puntos al país de al lado éste se cabree como una mona, lo invada y se desate la III Guerra Mundial?

Por no hablar del run-run de la voz del Uribarri ese… Buen ibuprofeno masticado me tuve que echar al coleto cuando terminó la gala aquella en la que participó el Chikilicuatre; la voz del Uribarri se me metió de tal manera en el cerebelo que no había manera de sacarla.

En fin, que si alguien puede aclararme ese gran arcano, ese gran misterio que es la supervivencia del festival de Eurovisión, le estaría muy agradecido.


Quiero proponer un brindis por Pignoise y El Canto del Loco; no sólo han conseguido, con la música que perpetran, que les publiquen los discos una gran discográfica, sonar por la radio y amasar una buena caterva de fans, sino que también, y aún más alucinante, han logrado que no les corran a gorrazos por las calles de sus respectivos pueblos.

Mangurrino que cantas como el culo y quieres triunfar en el mundo de la música: ¡No te preocupes, si ellos lo han conseguido seguro que tú tambien podrás, porque aquí vale todo! Y para que veas que es posible, mira los vídeos de abajo:

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Según la R.A.E, la Universidad es “la institución de enseñanza superior que comprende diversas facultades, y que confiere los grados académicos correspondientes”. Sí, “mú rico”, pero prácticamente todos los que hemos pasado por dicha institución sabemos que más bien la Universidad es donde aprendes a jugar a las cartas, a desfasar como un cabrón, a zumbar cual mono y demás necesidades del joven mangurrino. Ah, y a veces también se estudia.

Siguiendo la trilogía que este Sombrerero inició tiempo ha con sus aventuras y desventuras en el colegio y en el instituto, ahora es el turno de relatar lo que vivió en la Unversidad. Nada más empezar el curso me di cuenta, con gran alegría por mi parte, que en la Universidad no pasaban lista como hacían en el instituto; que no pasaba nada si no ibas a clase, nadie te iba a poner falta por no asistir. También vi que las aulas, al menos en mi Facultad, eran enormes: Ya no éramos los 30 ó 40 mangurriatos los que asistíamos a la clase de un instituto, sino que lo mismo había unos 150 tíos ahí metidos, por lo cual eso de que “te sacaran a la pizarra” o que te preguntara el profesor pasaba a mejor vida… ¡Qué grande la Universidad! ¡Cuántos pesares me estaba quitando de encima! Además, allí había gente de todas las edades, no como en el instituto, que, salvo el repetidor de turno, todos éramos más o menos contemporáneos… Allí en la Facultad podías tener al lado a un tío de tu edad como tener a un viejuno/a a tu vera, viejunos universitarios éstos que se tomaban las clases muy en serio y siempre te mandaban callar si armabas escandalera al final del aula.

Una vez descubiertas las tremendas diferencias entre la vida que había dejado atrás y la vidorra que se me ponía por delante, llegaba la hora de saber dónde poner el huevo. Yo entonces vivía en Puertollano, que dista, en AVE, a 10 minutos de Ciudad Real. Como es obvio al principio mis viejos me sugirieron que fuera y viniera todos los días, que, total, eran 10 minutos, y yo les hice caso. Durante dos años estuve yendo y viniendo, estudiando en mi casa, muy aplicadito y tal. De hecho, en esos dos años, y para mi tremenda sorpresa, y la de los viejos, saqué los dos primeros cursos prácticamente limpios… Pero, claro, veía que el resto de mis compañeros se pegaban unas fiestas los jueves que “pa qué”, que presumían de que, al estar fuera de casa, hacían lo que les salía de las pelotas, sin horarios, sin que te dieran por saco para que estudiaras y, en definitiva, pegándose la vida padre.

Así que, ni corto ni perezoso, les dije a los viejos que los años que me quedaban en la carrera me los quería pasar en Ciudad Real viviendo en un piso, que ya estaba hasta los cojones de ir y venir (eso no era cierto, yo lo que quería era el cachondeo universitario) y a los viejos no les quedó más remedio que acceder a mis hedonistas peticiones.

Fue iniciarse mi vida universitaria “de verdad” fuera de casa y haciendo lo que me salía de las santas pelotas y empezar a aflorar, como vergeles primaverales, de manera devastadora el número de suspensos por cuatrimestre… !Qué despliegue de cates, amigos míos, no aprobaba ni el recreo! Y no es de extrañar, porque nuestra vida en el piso se limitaba a levantarnos tarde, comer el sebo que prepara cualquiera de nosotros, jugar a la cuatrola, ir a clase cuando era absolutamente necesario (esto es, cuando el profesor sólo daba apuntes, no había libro. Si había libro, le podían dar por culo ir a clase), echarse unas cañas de camino al piso, jugar al parchís, cenar la fritanga que correspondiera, jugar a la cuatrola, ver la tele un rato, jugar al parchís de nuevo y acostarnos a las mil, y vuelta a empezar. Quizá echen en falta en esta secuencia la palabra “estudiar”, pero es que nosotros no estudiábamos hasta que no teníamos los exámenes prácticamente encima. Así nos iba…

Por no hablar de las famosas cervezadas que se organizaban en la Facultad que más tarde fueron prohibidas; es que a quién se le ocurre organizar una cervezada al lado del aula magna de la Facultad y encima en horas lectivas; a este Sombrerero, en cierta ocasión, lo tuvo que desalojar un bedel de dicho aula magna cuando entró con un mini de cerveza, y en lamentable estado, y se sentó en la silla del profesor, con las patas encima de la mesa, mientras los alumnos esperaban a que éste llegara… Memorable.

Y, cómo no hablar de los días sagrados para todo universitario: Los jueves… Ése era el día en el que había que salir por ahí a desfasar a base de bien, el día grande… Grandes pedales, míticos chascarrillos y aventuras nos han acontecido durante esos jueves de cabezonismo. De hecho, hay una prueba bien gráfica del cabezonismo de los jueves, ya que recuerdo que la foto de la orla me la echaron un viernes en la que yo tenía una resaca del copón bendito y en la foto de la orla se puede comprobar perfectamente el careto resacoso que luzco.

Como ya dije en cierta ocasión en este mismo blog, tardé ni más ni menos que siete años en terminar la carrera, pero no me arrepiento en absoluto, no lo considero tiempo perdido, sino muy al contrario. Esos años universitarios fueron, probablemente, los mejores años de mi vida. Durante esos años descubrí el amor (y de qué manera, en esos tiempos conocí al “love of my life”), la juerga, lo que es vivir fuera de casa, la despreocupación y el vivir el día a día casi como si fuera el último; descubrí esas cosas que ahora recuerdas con nostalgia y con cariño. Quizá no conseguí el título en un tiempo más corto, pero que me quiten lo “bailao”, yo me lo pasé pipa y eso para mí queda por siempre, mientras mi título universitario hace bulto en la pared. Así que, desde aquí… ¡Vivan los universitarios crápulas!