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Trauma Infantil (III): Vacaciones Santillana |
Zopaias
10 Septiembre 2010 |
Éste sí que es un trauma infantil, pero de los gordos, sin duda alguna. Hay que tener poco corazón y ser un Herodes de tres al cuarto para urdir una cabronada como ésta: Los cuadernos de Vacaciones Santillana.
Cada vez que llega el verano (bueno, el verano ya está a punto de pirarse, pero qué quieren que les diga el Jefe Saqman en verano nos da vacaciones) me acuerdo de ese infame cuadernillo que enturbiaba (y de qué manera) mi merecido descanso estival cuando no era más que un pequeño mangurrial. Yo no sé en qué nefasto año salió a la venta el horroroso libro, pero estoy seguro de que fue un auténtico fenómeno editorial, ya que todos los niños que yo conocía estaban puteados con el jodido Vacaciones Santillana.
A mí en el colegio no me solía quedar nada (a no ser, como creo que ya expliqué en otra ocasión, cosas de manualidades y dibujo técnico; es lo que tiene ser un zopón) para el verano y cuando llegaba Junio, me frotaba las manos pensando en el pedazo de amasado de huevos que me iba a pegar hasta Septiembre. Y así fue hasta la aparición del infame libro. De este modo, un triste día del mes de Junio de vete tú a saber de qué ochentero año veo por la tele un anuncio de un grupo de niños que simulan (tenían que estar simulando por cojones) estar pasándoselo del carajo pipa haciendo, en pleno verano, una especie de deberes en un libro llamado Vacaciones Santillana, acompañado dicho anuncio de una música cuyo triste recuerdo no me abandonará mientras viva. Yo era pequeño, pero no era gilipollas y, en ese momento pensé, textualmente: “Nuestros más profundos temores se han hecho realidad. Algún desalmado ha ideado una putada para que tengamos que hacer deberes incluso cuando no hay clases. Éste es, sin duda alguna, el principio del fin del mundo ¡¡Huid insensatos!!”. Pero de huida nada porque a la semana, mientras estaba de vacaciones en el pueblo de mis abuelos, se presentó mi madre con un extraño paquete con forma rectangular… Este Sombrerero, que siempre ha sido muy intuitivo, sabía perfectamente de qué se trataba, pero no quería creerlo. No quería reconocerlo.
Mi madre me dio el paquete rectangular envuelto, como si de un funesto regalo se tratase, y quien esto escribe, oyendo a su madre decirle “ábrelo, hijo, que verás cómo te gusta”, empezó a rasgar el papel de regalo con manos temblorosas y ante mí se presentó un aséptico libro en el que se podía leer “Vacaciones Santillana” en grande… Me vine abajo, así se lo digo, sin ambages, sin paños calientes. Tenía ante mí lo más temido por cualquier mangurriato de 10 u 11 años cuya perspectiva más inmediata de la vida es tumbarse a la bartola todo el verano sin pensar en otra cosa que si el próximo palo del Frigurón tendrá premio o no… Además, consideré especialmente humillante que se me diera en plan regalo, cuando lo que en realidad no era otra cosa que una putada como un camión.
Por supuesto, les expuse mis quejas a mis padres (un poco más y se las pongo por escrito, del berrinche que me pegué) e incluso intenté meter al pobre Ñu por medio cuando él no tenía culpa ninguna, diciéndoles a mis padres que por qué él no hacía Vacaciones Santillana también, pero el Ñu tiene cuatro años más que yo y se libró, si mal no recuerdo, de los rigores de tener que hacer deberes veraniegos; también, cómo no, les dije a los viejos que porqué tenía que hacer cosas en el libro ese si no me había quedado ninguna… Con una dureza que aún enfría mi alma, mis padres dijeron: “Así no se te olvidan las cosas durante el verano, pequeño mangurrín”. Y se quedaron tan frescos. Y, nada, allí me tenían, en plena canícula, una hora y pico diaria por la tarde haciendo un par de páginas del libro… La “hora de la tarea” que le llamaban mis padres y yo creo que hasta lo decían con una ligera sonrisilla sarcástica.
Ahora, visto en perspectiva, yo no digo que esos cuadernos de repaso no me ayudaran en algo para el curso siguiente, no dudo de sus méritos educativos, pero eso no es óbice para que yo le cogiera asco al libro y, como yo, seguro que miles de niños más también. Y que me perdonen, por favor, los editores de este libro, pero si han sido niños alguna vez, creo que me comprenderán.
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