Entrada para categoría ‘Sombreradas Particulares’

Éste sí que es un trauma infantil, pero de los gordos, sin duda alguna. Hay que tener poco corazón y ser un Herodes de tres al cuarto para urdir una cabronada como ésta: Los cuadernos de Vacaciones Santillana.

Cada vez que llega el verano (bueno, el verano ya está a punto de pirarse, pero qué quieren que les diga el Jefe Saqman en verano nos da vacaciones) me acuerdo de ese infame cuadernillo que enturbiaba (y de qué manera) mi merecido descanso estival cuando no era más que un pequeño mangurrial. Yo no sé en qué nefasto año salió a la venta el horroroso libro, pero estoy seguro de que fue un auténtico fenómeno editorial, ya que todos los niños que yo conocía estaban puteados con el jodido Vacaciones Santillana.

A mí en el colegio no me solía quedar nada (a no ser, como creo que ya expliqué en otra ocasión, cosas de manualidades y dibujo técnico; es lo que tiene ser un zopón) para el verano y cuando llegaba Junio, me frotaba las manos pensando en el pedazo de amasado de huevos que me iba a pegar hasta Septiembre. Y así fue hasta la aparición del infame libro. De este modo, un triste día del mes de Junio de vete tú a saber de qué ochentero año veo por la tele un anuncio de un grupo de niños que simulan (tenían que estar simulando por cojones) estar pasándoselo del carajo pipa haciendo, en pleno verano, una especie de deberes en un libro llamado Vacaciones Santillana, acompañado dicho anuncio de una música cuyo triste recuerdo no me abandonará mientras viva. Yo era pequeño, pero no era gilipollas y, en ese momento pensé, textualmente: “Nuestros más profundos temores se han hecho realidad. Algún desalmado ha ideado una putada para que tengamos que hacer deberes incluso cuando no hay clases. Éste es, sin duda alguna, el principio del fin del mundo ¡¡Huid insensatos!!”. Pero de huida nada porque a la semana, mientras estaba de vacaciones en el pueblo de mis abuelos, se presentó mi madre con un extraño paquete con forma rectangular… Este Sombrerero, que siempre ha sido muy intuitivo, sabía perfectamente de qué se trataba, pero no quería creerlo. No quería reconocerlo.

Mi madre me dio el paquete rectangular envuelto, como si de un funesto regalo se tratase, y quien esto escribe, oyendo a su madre decirle “ábrelo, hijo, que verás cómo te gusta”, empezó a rasgar el papel de regalo con manos temblorosas y ante mí se presentó un aséptico libro en el que se podía leer “Vacaciones Santillana” en grande… Me vine abajo, así se lo digo, sin ambages, sin paños calientes. Tenía ante mí lo más temido por cualquier mangurriato de 10 u 11 años cuya perspectiva más inmediata de la vida es tumbarse a la bartola todo el verano sin pensar en otra cosa que si el próximo palo del Frigurón tendrá premio o no… Además, consideré especialmente humillante que se me diera en plan regalo, cuando lo que en realidad no era otra cosa que una putada como un camión.

Por supuesto, les expuse mis quejas a mis padres (un poco más y se las pongo por escrito, del berrinche que me pegué) e incluso intenté meter al pobre Ñu por medio cuando él no tenía culpa ninguna, diciéndoles a mis padres que por qué él no hacía Vacaciones Santillana también, pero el Ñu tiene cuatro años más que yo y se libró, si mal no recuerdo, de los rigores de tener que hacer deberes veraniegos; también, cómo no, les dije a los viejos que porqué tenía que hacer cosas en el libro ese si no me había quedado ninguna… Con una dureza que aún enfría mi alma, mis padres dijeron: “Así no se te olvidan las cosas durante el verano, pequeño mangurrín”. Y se quedaron tan frescos. Y, nada, allí me tenían, en plena canícula, una hora y pico diaria por la tarde haciendo un par de páginas del libro… La “hora de la tarea” que le llamaban mis padres y yo creo que hasta lo decían con una ligera sonrisilla sarcástica.

Ahora, visto en perspectiva, yo no digo que esos cuadernos de repaso no me ayudaran en algo para el curso siguiente, no dudo de sus méritos educativos, pero eso no es óbice para que yo le cogiera asco al libro y, como yo, seguro que miles de niños más también. Y que me perdonen, por favor, los editores de este libro, pero si han sido niños alguna vez, creo que me comprenderán.


Será cosa mía, pero estoy observando que, últimamente, los modernos más modernos, esos de gafa pasta, camisetas con mensaje y cierto aire retro-progre llevan una pegatina de Apple en el coche, justo al lado de otra con el nombre del conductor acompañado de unos molones caracteres orientales, siendo el vehículo en su gran mayoría el Polo, Ibiza o utilitario de similares características.

Por lo visto, ahora toca La Manzana, ahora que eso de la esperpéntica pegatina con el nombre de él y de ella, en plan “Deborah y Yoni” ha pasado a un funesto recuerdo. Pegatina con los patronímicos que fue la encargada de suplantar a aquella del Toro de Osborne, cuya misión a su vez fue la de enterrar a aquellas de flores de Loreak multicolor  que tanto daño han hecho en las retinas de los conductores.

Hay que ver la importancia que tiene un icono, sobre el propio icono del S. XX, el automóvil. Pero hoy nos vamos a centrar en un icono automovilístico de los ochenta casi olvidado, el logo de Penélope, esa enigmática mujer con sombrero y cabello largo, y que desde siempre su significado ha representado un gran misterio para mi…hasta hoy.

Primero conviene aclarar, para los neófitos, que esa mujer representa el logo de la Discoteca Penélope, creada en 1968 en Benidorm, destino turístico hortera donde los haya, y más en aquella época de la que hablamos.

Por tanto, la adopción de aquel logotipo haría las veces de rito iniciático a la movida nocturna, al Dabadaba Project, a las bolas de espejos y mullets en ciernes, al canalleo trasnochador de los macarrillas de los postreros 70 y principios de los 80, que colapsaban los Golfs GTI , SEAT Fuego y Citroën CX 2400 Palas con pegatinas de “la disco más cañera del momento”. Incluso, y he aquí un dato curioso, sólo habiendo acudido una –o ninguna- vez a la discoteca en cuestión.

El logo de Penélope y su filosofía de vida asociada rivalizaba, por aquellos entonces, con el memorable sol sonriente y su “Nuclear, no gracias!”, que indicaba, a todas luces, que el conductor de aquel R5 GT Turbo comulgaba con los ideales de Tierno Galván y Alfonso Guerra más que con los de Fraga Iribarne.  También era muy común encontrar, sobre la parte trasera de un destartalado SEAT 131 Supermirafiori, una pegatina con la efigie de Camarón. No hace falta revelar la calaña que viajaba a bordo.

Todo aquello se perdió en la noche de los tiempos, sobre todo si hablamos de Penélope. Hoy día cuesta ver algún coche, con matrícula de tres letras, que lleve detrás dicho icono, quizás porque no se identifican con la vida nocturna que la discoteca Penélope ofrece, o simplemente porque Penélope ya no es lo que era (nada más que hay que visitar su página web y comprobar que los espectáculos de antaño brillan por su ausencia).

En cualquier caso, sirva este artículo para hacer un poco de justicia y darle la importancia que se merece a Penélope, esa enigmática mujer del sombrero en la parte trasera de un coche, icono de la vida nocturna y canalla ochentera donde los haya. Pero ya se sabe, la moda es pasajera, para bien o para mal.


Un año más, nos vamos de vacaciones. Y, como este verano, he prometido ayudar a pintar el piso, la remodelización del blog va a tener que esperar. Nos vemos en Septiembre. Os deseamos las mejores de las vacaciones.


Si no recuerdo mal, fui el último en llegar a la casa de Jose Antonio. Y además, el novato. El reloj no llegaba a marcar las cinco, y la recién estrenada primavera había llegado avisando de lo que sería un sofocante verano. De esto hace ya dieciocho años, y desde entonces no he vuelto a hacer espiritismo.

Sin duda fue producto de la edad, o de una moda pasajera de esas en que anuncian por televisión un coleccionable de fascículos donde regalan tablas de ouija. Doy gracias porque ya no existan entregas de este tipo. En aquellos años toda mi generación adolescente había tenido contactos con el espiritismo, y me sorprende que ahora el tema no interesa en absoluto y parece completamente olvidado.

Porque, confieso abiertamente, yo no creo en esas mamarrachadas del espiritismo. Y estoy tan convencido de que todo es mentira, como estoy convencido, y además pude comprobarlo en mis carnes y en mis vellos erizados de que funcionar, funciona. ¿Será cosa de la mente? ¿Autosugestión? ¿Algún participante que mueve el vasito, el aro, lo que sea? Pues no sabría decirlo. Me inquieta indagar demasiado en ello.

Como venía diciendo, en la casa de Jose Antonio se encontraban ya Jaime, Carlos, Juan, y creo recordar que también estaba Jose Luis. Todos expectantes. Jose Antonio casi siempre pasaba las tardes solo, lo que nos daba oportunidad para vaguear hasta límites insospechados, ver mucho porno y emborracharnos cuando nos venía en gana.

La tabla de ouija no era de esas de los anuncios que antes comentaba, más bien todo lo contrario. Pura madera de caoba, bien pulida, y con los caracteres finamente trazados. Juan, que todas estas cosas se las tomaba muy a pecho, venía provisto de todo tipo de material adicional, y su actitud seria y forzada me recordaba a Bellocq en las escenas en que se abre el Arca de la Alianza. Me decepcionó un poco encontrarme una anilla roja en lugar del tenebroso vasito de chupito que aparece en todas las películas.

En fin, que nos sentamos a la mesa, y Juan accionó la grabadora de cassette, con su micrófono bien colocado, por si de paso teníamos suerte y registrábamos alguna psicofonía.

La dichosa anilla tardó más de la cuenta en moverse. Jose Antonio invocaba una y otra vez. Tenía serias intenciones de llamar a un espíritu con el que habían mantenido contacto en sesiones anteriores. No recuerdo bien su nombre, pero parecía de criatura de Lovecraft. Estuvimos así como diez minutos en que no recibíamos señal alguna y, de pronto, sucedió.

Con asombrosa fluidez la anilla empezó a desplazarse por las letras de una en una, construyendo primero pequeñas palabras, y luego expresiones más complejas. No recuerdo bien la conversación, aunque no se me borra de la memoria el absurdo hecho de que Juan, con sus paranoias de siempre, empezó a interrogarle sobre si era un soldado francés caído durante la invasión a España. El espíritu, que para mí que se lo tomaba a guasa, iba respondiendo “Sí” o “No” según le apetecía. La verdad es que recuerdo una sensación de tranquilidad diametralmente opuesta al miedo que se supone había de tener.

Al final no saqué en claro nada del ente en cuestión, salvo que debía estar muy aburrido en el más allá para venir a aguantar el interrogatorio sin pies ni cabeza al que le estaba sometiendo Juan.

De aquello que sí acabé completamente convencido es de que aquella arandela no la movía nadie. Las trayectorias que describía, la suavidad de las mismas, y el modo en que las recorría, hacía imposible que fuera forzada por alguno de los dedos allí reunidos. Y eso realmente fue lo que más miedo me dio. ¿Es posible que hubiera alguna fuerza que lo moviera? ¿Qué daba más miedo? ¿Que fueran los espíritus o nuestros cerebros los que dotaban de vida al aro?

Y en esas estaba cuando el espíritu cambió su actitud bruscamente. Recuerdo que las respuestas empezaron a ser más secas, más negativas. Quizá había perdido la paciencia con las tonterías de Juan. Puede ser. La anilla se desplazaba de un lado a otro sin sentido, cada vez más rápido. Jose Antonio, que tenía más experiencia en esto, hizo la clásica (e inevitable) pregunta: “¿Alguien de esta sala te molesta?

La respuesta fue fulminante. El aro se movió con una inercia insospechada y señaló directamente a Jaime que, al igual que yo, apenas había hablado durante la sesión. Nos quedamos en silencio. Juan comenzó a hablar de nuevo y el ente respondía sólo con monosílabos. Por segunda vez Jose Antonio preguntó: “¿Estás molesto con alguien de la sala?“. Con un fortísimo empuje la anilla apuntó de nuevo a Jaime, que se quedó blanco ya. Lo curioso es que nadie hizo el intento de levantarse, ni el propio afectado, que empezaba a ponerse muy nervioso. “¿Quieres que se vaya?” Aventuró Jose Antonio. ““, fue la rotunda y rápida respuesta.

No sabíamos muy bien qué hacer, aunque creo recordar que acompañamos a la puerta a Jaime, que salió disparado hacia su casa (supongo que directo al retrete). Nos quedamos los restantes, y no sabíamos si parar la sesión o seguir. Juan, chalado como estaba, siguió adelante, pero el espíritu se tornó más y más agresivo. Fue en esos momentos cuando empezaron los portazos, las luces temblaron, la perra se puso muy nerviosa y comenzó a ladrar desesperadamente. Jose Antonio recitó rápidamente una especie de conjuro para desinvocar al espíritu y que se marchara. Eso marcó el punto final a la reunión, y mi absoluta determinación a parar ahí mismo con las “chorradas” del espiritismo.

Yo me fui a casa y al día siguiente prácticamente me había olvidado de todo. Principalmente porque fui por probar y no me gustó demasiado. Pero claro, ese fui yo, el más prudente. Juan y Jose Antonio siguieron, una vez, y otra. A la siguiente, la sesión empezó a torcerse, y ante la petición de terminar sesión, el ente se negó a marcharse. No hubo manera. A los días Jose Antonio empezó a notar cosas extrañas en la casa, y la familia empezó a sufrir inquietud, y Juan dejó de dormir, y comenzaron las pesadillas. Una tarde al entrar en la casa, el tío de Jose Antonio se quedó petrificado y, sin que su hermana le viera, se llevó a su sobrino a la habitación y le dijo. “Jose Antonio, dime la verdad. Aquí has estado haciendo espiritismo ¿no es cierto?“. Y cuando mi amigo se derrumbó, su tío, que tenía bastante experiencia, hizo varias llamadas a conocidos y en pocos días el problema se solucionó no me preguntéis cómo.

Ahí terminó mi experiencia con el espiritismo. ¿Realidad, pura sugestión? Ni idea, no merece la pena incidir más en ello.

Un pequeño factor se nos olvidó a todos. Al cabo de los meses nos reunimos de nuevo en casa de Jose Antonio para ver una película. Él, de paso, quería grabarse un vinilo que yo me llevaba. Estando allí reunidos, fue buscando entre las cintas vírgenes una que estuviera libre para usarla. De pronto, probando el contenido, escuchamos la voz de Juan. La cinta grabada durante la sesión aquel día. No pudimos más que quedarnos todos callados a ver si podíamos escuchar algo.

Algo, algo no. Mucho. Porque entre entre los ladridos de la perra y nuestras voces, había una que no era nuestra. Gutural y a la vez susurrante. Que de vez en cuando decía frases cortas, que no se entendían, pero que ahí estaba, a nuestro lado. Recuerdo que todos hicimos copia de esa cinta, y la llevamos a casa. Y mi padre, que era un auténtico escéptico (como yo) se quedó estupefacto. Y me pidió ponerla una vez, y otra, y otra. Pareció tomárselo como una simple curiosidad, y me pidió que nunca volviera a hacer espiritismo. Ahí quedó la cosa. Nunca volvimos a hablar de ello.


Para quien aún no se haya enterado, ya llegó el verano.

Y con él, desembarcan a orillas de la playa las prácticas más execrables y las maneras más chusqueras del panorama nacional. Si hace un año dábamos nuestro punto de vista acerca de esos desdeñables top less de grandes ubres deslavazadas por la arena, hoy realizamos una aproximación a la pasajera moda del tatuaje, el cual se está convirtiendo cada vez más en un acto de puro exhibicionismo, perdiendo cualquier connotación religiosa, cultural o de grupo que tuviera en sus orígenes.

Y es que este viernes en la playa me dio por observar esos cuerpos tatuados para llegar a la conclusión de que en las mujeres, lejos de mejorarla, destruye la sensualidad femenina. Y en los hombres, supongo que más de lo mismo. Pero ahí están, con tatuajes de todos los gustos y colores; desde cansinos y repetitivos tribales, caracteres chinos, hebreos y/o rúnicos, jesucristos en cinemascope, conejitos de playboy, amores de madre… hasta grandes escudos del Bétis o del Xerez, o indescriptibles motivos naif, que bien podían haber sido dibujados por el vástago de Saqman.

Pero desde luego, ese día me llamó especialmente la atención el de una matriarca gitana que vociferaba al lado mío mientras intentaba controlar a su horda de pimpollos maleducados y asilvestrados. Por más que lo intenté, no pude llegar a identificar el motivo del tatuaje que lucía en su seno izquierdo. Al poco caí en la cuenta de que, probablemente, la señora se hizo el tatuaje cuando estaba en edad de merecer, pero ¡ah¡, quizás no tuvo en cuenta que el tiempo no perdona, y donde por aquellos entonces se encontraba una piel tersa, recia y suave donde poner el nombre de su Manolo, con el tiempo, aquella zona de su cuerpo se iría dilatando, desparramando más bien, convirtiendo unos centímetros cuadrados de piel, en el lienzo sobre el que pintar “La Rendición de Breda”.

Supongo que tarde o temprano a todos los petardos y petardas que hoy lucen una espectacular flor élfica en el ombligo, el día de mañana, se encuentren con que tienen una especie de escabroso cagajón de gaviota en el centro de la panza oronda y reventona. De la misma manera, el que orgulloso muestra en sus pectorales, modelados hasta la saciedad por el gimnasio, un Joker firmado por el mismísimo Jim Lee, cuando el cuerpo diga “basta”, éste se transformará en un horrible Clayface, deforme y antiestético.

Y así todos, marcados como convictos patibularios o piratas de los siete mares siguen esta moda, incomprensible para mi. Porque un tatuaje es para toda la vida, pero la moda de los tatuajes es pasajera, y eso, me parece, que más de uno todavía no lo ha pensado.


Se busca señorita, bueno, se admite pedorrilla, preferiblemente carente de educación, para follarse a torero cateto y simplón, y quedarse embarazada. Se ruega mala presencia, ordianriez y gran facilidad para lagrimear en plató. A cambio, se ofrece colaboraciones especiales televisivas junto a presentador revenido y resabido. Se ruega falta de discrección y nula capacidad para cocinar el pollo.

Salario aproximado: 100000 euros/mes

Y con esta cara de gilipollas me quedaría yo si leyera en el suplemento del ABC un anuncio de tal calibre. Pero, fíjense ustedes, que esto está a la orden del día. Porque manda cojones que la princesa del pueblo ganes 1,2 millones de euros anuales simplemente por soltar barrabasadas y escupitajos leprosos por la boca.

Fíjense, ¿lo oyen? Sí, ahí, ahí al fondo. En la última fila está el típico subnormal profundo diciéndome eso de “Tú lo que tienes es envidia. Pues si a ella le ofrecen ese dinero, hace bien en cogerlo“. Pues perdone que le diga que usted es un mamarracho. Espere que lo escriba en mayúsculas y en negrita: MAMARRACHO. A usted y a toda la panda de descerebrados que sintonizan Telecinco y consienten que se promulgue por ahí el orgullo analfabeto de este país, habría que colgarlos en la plaza del pueblo. De paso sea dicho, junto a la cartera de politicazos y politiquillos de este u otro partido que, al final del día, se toman cervezas juntos y se descojonan de nosotros. Todos a la guillotina, así de claro.

Los primeros, porque consienten que se haga de este país un lugar de analfabetos sin educación ni cultura, sin la más mínima inquietud salvo salir en “Mujeres y hombres, y vicecersa, y su puta madre“. Porque, como ellos son unos auténticos excrementos, prefieren que el resto del país sea igual, y así mierda junto a mierda disimula peste. ¿No os da vergüenza ver como vuestros hijos crecen en la ignorancia, para que sean manipulados por caciques (en este país no tenemos políticos) que les den cuatro duros y veinte días por trabajar poniendo cuatro ladrillos? Lo siento, chavales, no están dispuestos a enseñaros nada más. Pueblo que piensa, pueblo peligroso. Pueblo fanático e ignorante, pueblo maleable. Y a nuestra monstruosa rubia, la del barrio, la que enseña las tetas y los dientes negros y escupe barbaridades por la cadena amiga… ¿Cómo podéis adorarla, odiarla, cómo podéis perder el tiempo pensando lo que dice o deja de decir? ¿Qué carajo importa si Andrea se come un pollo o la madre una poXXX…? Me indigna sobremanera comprobar como España prefiere desconectar el cerebro de los problemas reales para preocuparse porque Fran Rivera tiene novia nueva o no, o porque la Roja (la picha tienen roja) pierden un partido.

Y a los Mariñas, a los Ferrandos, a los JorgeJavierVazquezSoyDiosEncarnadoEnGay, a las AnaRosasMeEscribenLibros, a todos esos habría que eliminarlos de la parrilla de inmediato y condenarlos al averno de la ignominia.

No digo yo que dejen de emitir programas entretenidos, no todo va a ser Punset. Pero hay una gran diferencia entre entretenimiento y escoria. De hecho es que Telecinco ni siquiera llega a emitir telebasura. Está a años luz de alcanzar el nivel. Directamente emite EXCREMENTO de rinoceronte vejado y con almorranas. Señoras, por favor, vosotras que abogáis por la igualdad, no os desmarquéis hasta el punto de enorgullecerse de tanta ignorancia, bajundad y ordinariez.

Y a los segundos, a la clase política de hijos de, cuñados de, primos de (y a todos los “de” se le podría añadir un gran “mierda“)… Espero que llegue el día en que os quemen en las hogueras que merecéis. Pues habéis hecho infeliz a un pueblo feliz. Habéis oprimido al pueblo. Sí tú, el subnormal de la ceja y toda tu panda de amiguetes actores. Y tú, el otro, el soplapollas de las barbas, y toda tu panda de corruptos. Entre todos os cargáis la ilusión de la gente. Habéis hecho POBRE a España. Joder, ganamos MENOS dinero que nuestros padres hace veinte años.

Pero, perdónenme este estilo grotesco y obsceno, carente de estilo y estructura. Producto de una mente deshilvanada y pesimista, que oscuro el futuro ve. Perdónenme principalmente porque la culpa la tengo yo, como parte del pueblo, por consentir sin protestar que hagan de nosotros lo que quieren. Por no salir a manifestarme a la Castellana, a quemar autobuses, romper escaparates y reventar coches. Por, al fin y al cabo, comentar estas cosas en un blog que no lee nadie en lugar de ponerme a reunir un gran grupo que proteste e intente cambiar algo.

Así nos va. Y es por eso que preferimos ponernos tetas y abrirnos de piernas, a ver si trincamos taco y vivimos de lujo riéndonos del pueblo otros veinte años más.


Les voy a confesar una cosa; no sé si le ocurrirá a alguien más pero a mí me pasa desde que tengo uso de razón, y es que siento una desmedida atracción por lo cutre, me explico: Yo por ejemplo estoy haciendo zapping un día y de repente en una cadena me encuentro que están echando una de Esteso y Pajares y les aseguro que me quedo pegado a la pantalla irremediablemente y además puede que aguante toda la película. O sea, yo soy consciente de que lo que estoy viendo es sebo puro, pero me atrae, me subyuga.

Y si no que nos lo pregunten al Hobbit y a mí que, años ha, nos pasamos una buena temporada comentando una película de esta simpar pareja cinematográfica (actualmente “fatás” ambos) llamada “Padre No Hay Más Que Dos”, cinta en la que salía la, por entonces, promesa del cine y posterior estudiante modelo (sólo le falta ya ganar el Nobel) El Piraña. Pues bien, nos tiramos con ese sebo filmíco en la boca ni se sabe el tiempo e incluso interpretando las canciones que sonaban en la película.

Por no hablar de una película de Zipi y Zape que era la versión en carne y hueso de los personajes de Escobar. Ambos comentábamos fascinados el hecho de cómo era posible que los actores elegidos para encarnar a Zipi y Zape fueran dos gitanetes de alguna barriada chabolista de Cintruénigo y nos maravillábamos con el hecho de que Don Pantunflo estuviera tan bien conseguido o que Doña Jaimita parecía como si le faltara o le sobrara algún que otro cromosoma.

Recuerdo que cuando estudiaba lo hacía de madrugada y me tragaba en la tele todas las mierdas habidas y por haber; por ejemplo, cuando la Teletienda no era tan conocida como ahora (que en la TDT hay canales temáticos de teletiendas y todo) me veía todos los productos que mostraban, con esos presentadores histriónicos haciendo panegíricos sobre las zarrias que nos pretendían vender: Nunca olvidaré a Tony Little, una especie de enano forzudo, que al grito de “Technique, technique!!!!!” (Técnica, técnica!!!!) se afanaba en intentar cantarnos las maravillas de un cacharro llamado Power Stripper que hacía que te pusieras como el Stallone en 10 minutos. O Tony Hoffman, una suerte de Álvaro Vitali mercachifle, que nos intentaba meter como fuera un juego de cuchillos que cortaban de todo o el gafas aquel de los jerseys horrorosos que nos mostraba a grito “pelao” un fantáaaaaaaaastico quita arañazos para el buga.

Pues yo, religiosamente, me tragaba esas mierdas totalmente fascinado, no porque me pareciera la ostien lo que anunciaban esos mangurrinos, sino porque me maravillaba la cantidad de chorradas que hacían y decían para hacernos creer que esos productos eran la bomba ante un público que aplaudía a rabiar en un plató. Y a los tíos no les daba vergüenza ni nada. Fascinante.

Además, hace años la madrugada era una especie de refugio para los programas y series cutres. Además de la Teletienda yo era irredento fan de una espantosa serie holandesa (sí, sí, holandesa) que echaban a las tantas de la madrugada y que se llamaba “Diga 33“. Era el sebo más grande que te podías echar al rostro, pero ahí me quedaba pegado al televisor siguiendo las absurdas peripecias de Koos y Jopi (que así se llamaban dos de sus protagonistas). Es más, si me pongo, todavía les puedo cantar, en perfecto holandés, la sintonía de la serie…

Y mi atracción por el cutrismo también alcanza a la música pues hasta los discos más cutres de mis artistas favoritos los escucho con auténtica veneración y fascinación, como por ejemplo “Téo & Téa” de Jarre, “Never Let Me Down” de Bowie y “Hot Space” de Queen, discos estos de los que hasta sus propios autores han renegado.

Y yo me pregunto, ¿esto por qué pasa? Mi teoría es que a mí me fascina el cutrismo en sí, es decir, me fascina el hecho de que un tío haga una película, haga un disco o un programa sabiendo que es sebo puro y el tío tenga los santos cojones de presentarlo ante una televisión o ante una discográfica y que éstos lo publiquen o lo emitan. No sé, es algo inexplicable que está ahí y me ocurre. Si a alguien más le pasa, por favor díganlo, incluso podríamos formar una asociación.


Una de las fuentes de inspiración para escribir en este blog es la de darme un paseo por Cádiz y sus estrechas calles. No falla, siempre ocurre algo digno de mención, y esta vez no podía ser menos.

Iba caminando, disfrutando de una introspección plena, con el viento de Levante de popa, cuando, por una de esas casualidades de la vida, me crucé con una antigua compañera de Instituto.

Se puede decir que esta chica en concreto formaba parte de una élite, de una casta aparte de alumnas, que eran denominadas por los alumnos rijosos con el acertado nombre de “Reinas del Instituto”; voluminosa melena rizada y castaña, preciosos ojos celestes, acorde con el resto de su cara, y sobre todo, su potente delantera, que estaba en boca de todo aquel que llegaba a conocerla.

Con respecto al carácter, puedo llegar incluso hasta el punto de afirmar que tenía un toque amable y accesible, aunque siempre salvando las distancias entre la diferencia de personalidad que, por aquella época, existía entre una mujer hecha y derecha y un mono pajillero, como era mi caso.

Como es evidente, esta persona, y todas las pertenecientes al selecto grupo de las reinas, eran objeto de deseo, y motivo de más de alguna polución nocturna de los alumnos de aquel 2ºA de BUP. Desde luego, yo me hubiera dejado rasurar el bigotillo incipiente en seco con tal de ir al cine con semejante chavala.

Coincidí con ella sólo en aquel largo año de bachillerato, puesto que no era muy buena estudiante y repitió curso, o quizás dejó los estudios, lo desconozco. El caso es que, como dice el refrán, a Rey muerto, Rey puesto, y enseguida, la vacante sería sustituida inmediatamente por otra pechugona de piernas largas y mirada lasciva del centro.

El caso es que el otro día me crucé con ella, si señor, pero caí en la cuenta de quién era al rato, cuando por fin, pude encajar aquellos ojos celestes en mis recuerdos de adolescencia.

Era ella. O al menos el espíritu de ella, puesto que aunque los ojos la delataban, estaban muy hundidos en una cara abatida, escuálida, arrugada, irreconocible. Su boca revelaba la vida que había estado llevando desde entonces, prácticamente sin dientes. Su pelo, abundante y brillante antaño, ahora era una maraña alborotada y nada profusa. Arrastraba con prisa un destartalado carrito con una niña muy pequeña, y detrás, siguiendo a duras penas el ritmo de su madre, un niño con ropa mugrienta y mirada torva.

La consumida yonqui con la que me había cruzado era una de las Reinas del Insituto, la de mi clase, la más simpática y guapa de todas las Reinas. Siempre había pensado que ese tipo de personas es de las que tiene la suerte de elegir el futuro que hubiera deseado, o al menos eso es lo que creía hasta que me crucé con ella.

Hoy día sigo dándole vueltas a ese encuentro fortuito, y a las duras ironías que la vida guarda.

Desconozco cuándo empezó a torcerse la vida de esta chica. Quizás cuando ya la conocí ya iba por mal camino, o quizás fue después de coincidir conmigo. Sólo me pregunto si la vida que lleva la eligió a propósito o fue un cúmulo de desgraciadas circunstancias (eso que se llama el destino). En cualquier caso, muchas de las personas que antes la admiraban por ser quien era, hoy sólo pueden sentir lástima y compasión hacia ella.

Que la vida te sea leve, mi Reina.


¿He comentado alguna vez que soy un pornófilo? Pues ya lo sabéis, no soy un mero consumidor sino además alguien interesado en conocer sobre el tema. Considero el porno como un complemento de la vida en pareja, no necesariamente como un sustituto del que hacer uso porque no se está con nadie. Y mi afición me lleva a saciar mi curiosidad buscando las más variopintas variantes y tendencias del género (me refiero a las legales… no está de más aclararlo para evitar confusiones), principalmente por mera curiosidad, pues una vez vistas algunas de ellas me resultan excitantes y otras repulsivas, pero verlo tengo que verlo aunque sea una sola vez, cual coleccionista.

Mi conclusión tras el visionado de miles de vídeos de distintas nacionalidades es que los japos son con diferencia los más fetichistas del mundo entero, su imaginación al respecto no tiene límites, son capaces de inventar las más extravagantes situaciones; estamos hablando de un género en el que es muy difícil innovar, y los japos son capaces de sorprenderte numerosas veces. Resulta chocante en un país donde la moralidad y la apariencia son tan estrictas; seguramente todos habéis escuchado historias sobre hijos que no abrazan ni besan a sus padres siquiera tras un prolongado tiempo sin verse, igualmente sabréis que en el porno japonés los genitales aparecen tan pixelados que uno no sabe si se trata de un pene o de Horacio haciendo un cameo. En mi opinión, mera especulación, es ese estress de su vida cotidiana y esa represión la que hace que luego afloren los más variopintos deseos carnales.

En cualquier caso no voy a describir la filmografía porno japonesa, sino a contar por encima el resultado de mi himbestigación: los negocios montados alrededor del fetichismo japonés.

- Burusera: éste es el nombre que reciben las tiendas que se dedican a vender ropa usada. Pero no al estilo de Madre Coraje, digamos que en este caso la ropa no ha sido lavada y el producto estrella son las bragas con aromas del mar. El precio aumenta proporcionalmente al número de días que ha sido usada y según contenga una foto de la antigua propietaria o no. Por lo visto se valora especialmente que contenga tropezones de algún tipo (jojojo me imagino vuestras caras). Puesto que llevan existiendo desde los ochenta deduzco que tienen un mercado lo suficientemente amplio como para prosperar más allá de lo que sería una moda pasajera. Y digo yo, para echar leña al asunto, ¿no les quedará la duda de que la foto la hayan bajado de internet y el verdadero usuario sea el gordo cabrón que regenta la tienda y se pone las bragas para ir al gimnasio? La simple duda debería echar para atrás al más fetichista incluso…

-Pantsu Getta: es una variante de lo anterior pero así en plan gymkana. Una moza publica en un foro que ha escondido sus bragas usadas, los participantes salen a la ciudad en su busca con ayuda de las pistas que la susodicha va dejando en internet. Cuando alguien la encuentra tiene que publicar la descripción de las braguitas o colgar una foto. Evidentemente se queda con la prenda aromatizada como premio. Por lo que veo la afición del maestro Muten Roshi de Dragon Ball o de Chicho Terremoto por las braguitas son fiel reflejo de este extendido fetichismo japonés.

- Love Hotels: bajo este romántico nombre se montan puticlubs especializados en las más diversas temáticas. En unos las muchachas van vestidas de heroínas manga, en otros llevan el típico traje de chacha y tratan con servilismo a los clientes, hay para todo, y lo mismo sucede con la habitación donde se consumará el viejo uno-dos: puede tratarse de una habitación completamente decorada con objetos de Hello Kitty (no se me ocurre nada menos excitante, pero si hay demanda hay negocio) o bien un simulacro de vagón de metro donde meten a una quincena de clientes para que simulen ser acosadores con la muchacha en cuestión. ¿Tienes un extraño deseo sexual? pues los japos seguro que ya lo han descubierto y han montado un negocio para satisfacerlo.

- Salones rosa: los que me conocen de hace tiempo saben que esto lo inventé yo hace muchos años; de adolescente bromeaba con la idea del éxito que tendría la invención de un bonoputa, y mira por donde van lo japoneses y lo llevan a cabo… En estos salones el cliente se sienta en un sofá, al poco llega la meretriz, pica el bono, y procede a efectuar una felación (una mamada de toda la vida, vamos). A los quince minutos se retira, no sin antes decir arigato, y viene otra distinta a picar y continuar el trabajo y así hasta que el cliente quede saciado o se le agote el bonoputa. Quién me hubiera dicho que con mi peculiar idea en la actualidad hay japoneses forrándose.

Hay muchas más historias, pero ya está bien por hoy, si la acogida es positiva habrá segunda entrega. Espero vuestros comentarios, queridos mangurrinos.


Según la R.A.E, la Universidad es “la institución de enseñanza superior que comprende diversas facultades, y que confiere los grados académicos correspondientes”. Sí, “mú rico”, pero prácticamente todos los que hemos pasado por dicha institución sabemos que más bien la Universidad es donde aprendes a jugar a las cartas, a desfasar como un cabrón, a zumbar cual mono y demás necesidades del joven mangurrino. Ah, y a veces también se estudia.

Siguiendo la trilogía que este Sombrerero inició tiempo ha con sus aventuras y desventuras en el colegio y en el instituto, ahora es el turno de relatar lo que vivió en la Unversidad. Nada más empezar el curso me di cuenta, con gran alegría por mi parte, que en la Universidad no pasaban lista como hacían en el instituto; que no pasaba nada si no ibas a clase, nadie te iba a poner falta por no asistir. También vi que las aulas, al menos en mi Facultad, eran enormes: Ya no éramos los 30 ó 40 mangurriatos los que asistíamos a la clase de un instituto, sino que lo mismo había unos 150 tíos ahí metidos, por lo cual eso de que “te sacaran a la pizarra” o que te preguntara el profesor pasaba a mejor vida… ¡Qué grande la Universidad! ¡Cuántos pesares me estaba quitando de encima! Además, allí había gente de todas las edades, no como en el instituto, que, salvo el repetidor de turno, todos éramos más o menos contemporáneos… Allí en la Facultad podías tener al lado a un tío de tu edad como tener a un viejuno/a a tu vera, viejunos universitarios éstos que se tomaban las clases muy en serio y siempre te mandaban callar si armabas escandalera al final del aula.

Una vez descubiertas las tremendas diferencias entre la vida que había dejado atrás y la vidorra que se me ponía por delante, llegaba la hora de saber dónde poner el huevo. Yo entonces vivía en Puertollano, que dista, en AVE, a 10 minutos de Ciudad Real. Como es obvio al principio mis viejos me sugirieron que fuera y viniera todos los días, que, total, eran 10 minutos, y yo les hice caso. Durante dos años estuve yendo y viniendo, estudiando en mi casa, muy aplicadito y tal. De hecho, en esos dos años, y para mi tremenda sorpresa, y la de los viejos, saqué los dos primeros cursos prácticamente limpios… Pero, claro, veía que el resto de mis compañeros se pegaban unas fiestas los jueves que “pa qué”, que presumían de que, al estar fuera de casa, hacían lo que les salía de las pelotas, sin horarios, sin que te dieran por saco para que estudiaras y, en definitiva, pegándose la vida padre.

Así que, ni corto ni perezoso, les dije a los viejos que los años que me quedaban en la carrera me los quería pasar en Ciudad Real viviendo en un piso, que ya estaba hasta los cojones de ir y venir (eso no era cierto, yo lo que quería era el cachondeo universitario) y a los viejos no les quedó más remedio que acceder a mis hedonistas peticiones.

Fue iniciarse mi vida universitaria “de verdad” fuera de casa y haciendo lo que me salía de las santas pelotas y empezar a aflorar, como vergeles primaverales, de manera devastadora el número de suspensos por cuatrimestre… !Qué despliegue de cates, amigos míos, no aprobaba ni el recreo! Y no es de extrañar, porque nuestra vida en el piso se limitaba a levantarnos tarde, comer el sebo que prepara cualquiera de nosotros, jugar a la cuatrola, ir a clase cuando era absolutamente necesario (esto es, cuando el profesor sólo daba apuntes, no había libro. Si había libro, le podían dar por culo ir a clase), echarse unas cañas de camino al piso, jugar al parchís, cenar la fritanga que correspondiera, jugar a la cuatrola, ver la tele un rato, jugar al parchís de nuevo y acostarnos a las mil, y vuelta a empezar. Quizá echen en falta en esta secuencia la palabra “estudiar”, pero es que nosotros no estudiábamos hasta que no teníamos los exámenes prácticamente encima. Así nos iba…

Por no hablar de las famosas cervezadas que se organizaban en la Facultad que más tarde fueron prohibidas; es que a quién se le ocurre organizar una cervezada al lado del aula magna de la Facultad y encima en horas lectivas; a este Sombrerero, en cierta ocasión, lo tuvo que desalojar un bedel de dicho aula magna cuando entró con un mini de cerveza, y en lamentable estado, y se sentó en la silla del profesor, con las patas encima de la mesa, mientras los alumnos esperaban a que éste llegara… Memorable.

Y, cómo no hablar de los días sagrados para todo universitario: Los jueves… Ése era el día en el que había que salir por ahí a desfasar a base de bien, el día grande… Grandes pedales, míticos chascarrillos y aventuras nos han acontecido durante esos jueves de cabezonismo. De hecho, hay una prueba bien gráfica del cabezonismo de los jueves, ya que recuerdo que la foto de la orla me la echaron un viernes en la que yo tenía una resaca del copón bendito y en la foto de la orla se puede comprobar perfectamente el careto resacoso que luzco.

Como ya dije en cierta ocasión en este mismo blog, tardé ni más ni menos que siete años en terminar la carrera, pero no me arrepiento en absoluto, no lo considero tiempo perdido, sino muy al contrario. Esos años universitarios fueron, probablemente, los mejores años de mi vida. Durante esos años descubrí el amor (y de qué manera, en esos tiempos conocí al “love of my life”), la juerga, lo que es vivir fuera de casa, la despreocupación y el vivir el día a día casi como si fuera el último; descubrí esas cosas que ahora recuerdas con nostalgia y con cariño. Quizá no conseguí el título en un tiempo más corto, pero que me quiten lo “bailao”, yo me lo pasé pipa y eso para mí queda por siempre, mientras mi título universitario hace bulto en la pared. Así que, desde aquí… ¡Vivan los universitarios crápulas!