Soy fan de Superman pero no soy fan de Superman.
Me explico. El Hombre de Acero, como personaje, siempre llamó mi atención. El icono en que se había convertido. Ese símbolo del American Way of Life llevado a su cota más alta. Ese héroe por encima de la humanidad, a la que quisiera pertenecer, a pesar de ser un eterno extraño. El dios invencible, el líder de los metahumanos. Todo en Superman me encantaba. La “S” del pecho, la capa roja, el modo de volar, cerrando los puños cuando quería aumentar la velocidad. Y la agnífica interpretación del malogrado Christopher Reeve, que dotó de entidad y aplomo al personaje, y le convirtió en otro nuevo mito cinematográfico.
Sin embargo, algo en los cómics de Superman no terminaban de encajar. Las historias, incluso ante mis ojos infantiles, resultaban algo ridículas. Era la época en que el último kryptoniano tenía que convivir con seres de otros mundos, galaxias, espacios paralelos, etc., a cada cual más surrealista y absurdo. El propio viruete tiene un artículo sobre las portadas más bizarras de Superman.
Si bien su más famoso antagonista, el Hombre Murciélago, contaba con mil historias intrigante, divertidas, que mezclaban sabiamente novela negra y cómics de superhéroes, el propio carácter omnipoderoso de Superman hacía que la lectura fuera aburrida. ¿Quién podía derrotarle? Siempre ganaría. No tendría a su lado a un Joker que asesinara a Robin. La hija de su mejor aliado no sería violada por un demente impredecible. Superman vivía en un mundo de luz donde los enemigos, malos de opereta, vestían colores chillones y lanzaban parrafadas inmensas para explicar sus maquiavélicos planes.
El propio John Byrne, uno de los grandes revoluionarios del cómic, entendió el problema y propuso el primer reboot a una saga de superhéroes (no te atribuyas tanto mérito a la idea, Mr. Nolan), reescribiendo un Superman más vulnerable, más cercano, con problemas personales, y cambiando la figura de Lex Luthor, de científico malvado a perverso hombre de negocios. Luthor se acercaba a Kingpin en la medida en que Clark Kent lo hacía a Peter Parker. En resumidas cuentas, una “Marvelización” del universo DC. El éxito de ventas fue arrebatador, y las críticas aplaudieron con energía la propuesta.
Pero desde entonces ha llovido mucho. Superman se enfrentó con Brainiac, se casó con Lois, murió, resucitó, se vio convertido en un robot, se dejó melenas, y un largo etcétera que poco a poco volvió a enviar al personaje a la paupérrima senda que anteriormente había recorrido. Kal-El volvía a ser un ente sin el más mínimo atractivo.
Por eso me sorprendió tanto leer tan buenas críticas de este “All * Star Superman”. Despertó mi curiosidad los comentarios de muchos lectores alabando la sencillez, y a la vez, la frescura de la propuesta. Eso, combinado con una portada magnífica en que se ve a Superman descansando en una nube, reflexivo, sobre el cielo de Metrópolis. ¿Alguna vez hubo otra más bonita? La respuesta es sencilla: no.
Grant Morrison, otro mito del cómic, se une a Frank Quitely, un muy peculiar dibujante, para presentar esta serie de historias del Hombre de Acero. Y puedo asegurar que son las que más me han gustado en toda mi vida.
Superman va a morir. Y no bajo los puños de un archienemigo, sino por causa del propio ente que le da poder; nuestra estrella, el sol. Una enorme radiación a la que se ve sometido en una misión de rescate, satura el cuerpo de Kal-El, haciéndole si cabe más poderoso, pero consumiéndolo rápidamente. Ante el anuncio de su próximo fin, el chico de Smallville deberá poner orden en su vida, dejar un legado, aclarar su relación con Lois Lane, abandonar el mundo con un mensaje de paz y esperanza. La ironía del destino reside en el hecho de que Lex Luthor también morirá pronto, condenado a pena capital y pasando sus días en el corredor de la muerte. Clark Kent intentará, una vez más, entender a ese hombre que pudo ser el benefactor de la humanidad, y se convirtió en su peor enemigo.
Si hay que destacar algo en este cómic es la facilidad para leerlo. Un enorme esfuerzo conjunto entre guionista y dibujante que deriva en una fluidez asombrosa. La vista pasa por las páginas con una dinamicidad que casi da la sensación de ver a los personajes moverse. El dibujo ayuda, mucho. Sobre todo por alejarse del concepto de supermúsculos-hiperanabolizados tan explotados en la pasada década, y volver a las raíces del dibujo anatómico real. Una pretendida eliminación de los claroscuros infiere a las viñetas una luminosidad, supongo que buscada, para presentar el mundo de Superman tal y como él lo ve: claro y definido.
En la historia se dan citas todos los elementos comunes a la mitología del Hombre de Acero. Personajes de otras galaxias, héroes absurdos viajeros del tiempo, chicas que de pronto se convierten en heroínas, una vuelta de tuerca a Jimmy Olsen (aquí forzosamente heterosexual), robots, kryptonianos, Supermanes del futuro, duendes, legiones de bizarros, amores y desamores con Miss Lane. Pero todo está mezclado con sabiduría, dotando de comicidad al surrealismo del Universo DC, y demostrando un profundo cariño por los personajes. Es precioso descubrir los valiosos recuerdos que Superman guarda en la fortaleza de la soledad, así como mostrar el trabajo y la dedicación, en silencio y en las sombras, por el bien de la humanidad.
El cómic derrocha nostalgia, amor y buen humor. Y es de agradecer, puesto que lo que llevamos muchs años leyendo cómics estamos hartos de econtrarnos una y otra vez con las mismas historias repetidas (como hace actualmente la Marvel). Otro volumen muy recomendable, que no defrauda y te reconcilia con el último descendiente de Krypton.