Entrada para categoría ‘Comisario Gordon’

Hablar hoy de Adam Hughes es hablar de una institución. Desde luego, un modelo a seguir. Un artista de lo más completo con un estilo inconfundible que ha hecho mella en el mundo de los cómics y, algunas veces, también fuera de él.

Adam Hughes comenzó dibujando comics, como cualquier hijo de vecino estadounidense con dos dedos de frente. Pero realmente no duró demasiado. Quizá su mayor problema es la famosísima lentitud con que aborda sus trabajos. Y aunque el resultado es bastante bueno, no es hasta cuando da el salto a la ilustración de portadas cuando su nombre empieza a circular rápidamente por la red.

Hablamos de un tío que es el paradigma friki de una generación. Precisamente porque cumple todos los requisitos: amante de los comics, fan recalcitrante de Star Wars, de StarTrek y la ciencia ficción y, sobre todo, un auténtico ilustrador rijosillo que disfruta dibujando mujeres espectaculares. Es prodigiosa la capacidad de retratar a lápiz la sensualidad del cuerpo femenino (cuanto más voluptuoso, mejor).

Hughes es un maestro del photoshop. Un modelo a seguir por todo aquél (como yo) que esté estudiando las técnicas de coloreado con tan insigne programa. Su estilo se mueve entre el Art Nouveau y el Pin-Up de los años cincuenta. De hecho, las referencias a Alphonse Mucha son una constante en su trabajo.

Entre sus virtudes destaca el milimétrico uso de la luz en sus dibujos. Y no crean que es fácil conseguir la perfecta iluminación que da Hughes a sus ilustraciones. Tiene una facilidad asombrosa para introducir luz natural o artificial y aplicarla de un modo coherente que no resulte extraño al ojo humano. La técnica de coloreado y entintado también es vistosa. Así como fortalece el grueso de las tintas externas en las siluetas, como es común en en arte de Mucha, disminuye la intensidad de los trazos internos, haciéndolos casi invisibles, y aportanto un toque de irrealidad bastante efectivo. Tampoco hay que desdeñar el perfecto conocimiento de la anatomía humana, y el modo en que se toma licencias artísticas sobre la misma, potenciando las curvas y la sexualidad femenina.

Dejo aquí una pequeña galería de este ilustrador, que ha trabajado para los grandes: Dark Horse, DC, Marvel, etc.


Jimmy Corrigan The Smartest Kid On Earth me ha hecho de nuevo sentir el placer de leer una obra única, ese regocijo privado que te hace conmoverte a medida que avanzas por una historia, admirando al acabar al ser humano que es capaz de llevar a cabo una obra de arte, y te preguntas de qué manera puedes hacer que otras personas disfruten de lo que tienes entre manos, porque el arte, cuando nos llega de verdad, nos hace querer compartirlo con los demás.

Chris Ware, autor de este comic, comenzó su andadura sorprendiendo a lectores al igual que a diseñadores gráficos con su peculiar obra The Acme Novelty Catalogue (lo podeis mirar de gorra en la Fnac, yo estoy convencido de que me lo terminaré comprando), donde reinventa sin pudor sus variopintas influencias, como los catálogos de publicidad antiguos, la prensa de principios de siglo o los carteles soviéticos, a la par que desarrolla múltiples personajes y crea un estilo limpio de dibujo dejando patente su capacidad y buen gusto con el diseño y el hervidero de ideas que tiene en la cabeza. Uno de esos personajes es Jimmy Corrigan, una especie de alter ego del autor, tras un tiempo de historias de una o dos páginas autoconclusivas Ware se decidió a llevar más allá su mini-yo en una historia larga que llevó siete años de elaboración y le sirvió para sacar sus traumas y miserias a la luz.

La historia retrata a los Corrigan desde 1890 hasta finales del siglo XX, estableciendo un paralelismo entre el Jimmy del presente y su abuelo. El Jimmy actual es un triste hombre de 36 años, solitario y tarado para las relaciones sociales, con una castrante y dominante relación con su madre, con la que habla varias veces todos los días por teléfono y con la cual se muestra como un inseguro niño chico; del otro Jimmy, el abuelo, se nos narra su infancia en una casa junto al trabajo de su padre: la construcción de la exposición universal de 1892. Es maltratado física y psíquicamente por su padre, haciendo de él una persona insegura, humillada en el colegio y deseosa de soledad para quedarse con sus ensoñaciones de una infancia mejor. Ambos Jimmys están retratados físicamente como personas prematuramente envejecidas, auténticos niños ancianos, uno marcado por la dominancia de su padre y la falta de su madre y el otro justo lo contrario. Al poco de arrancar la historia el Jimmy del presente recibe una llamada de su padre, al que no conoce, invitándole a pasar unos días en su casa; Jimmy accede.

Como veis la historia trata de de personas totalmente vulgares, sin nada digno de recordar y que sin embargo han quedado impresas en mi memoria por el talento de Ware. Siempre he pensado que el más mediocre de los argumentos puede dar lugar a una gran historia en buenas manos (y al revés, claro). El dibujo es de una complejísima simpleza, como todo buen minimalismo es necesario un gran trabajo y saber hacer para quedarte con lo verdaderamente esencial, un dibujo limpio, simple (pero no feo) y a la vez cargado de detalles. La mejor manera por supuesto de entender lo que digo es leer el comic, pero para que os hagais una idea es como los Playmobil, un gran trabajo de diseño para elaborar una versión simple de la realidad que resulta tremendamente atractiva y completa. El autor además sabe darle la importancia adecuada a cada viñeta, manejando el ritmo de la historia de forma adecuada además de original. Insisto, a pesar de lo aparentemente poco llamativo del dibujo es uno de los comics que más me han cautivado en ese sentido.

Y al mismo nivel que lo visual está la historia de los Corrigan, la humanidad del guión da calidez a las páginas, no hay concesiones al humor, pues la historia es triste, si bien afortunadamente nunca cae en el dramatismo. Es la tristeza melancólica de los solitarios, de los que, como en un momento dice el Jimmy actual, simplemente quiere que alguien le quiera. Solo con esa parte de la historia ya habría sido un magnífico comic, pero la sal y la pimienta que hacen que sea una obra extraordinaria se la dan las ensoñaciones de Jimmy, oníricas e imaginativas historias que sacan a la luz sus pensamientos.

Cerré el libro con la seguridad de haber disfrutado de algo extraordinario, podría seguir hablando de múltiples detalles, como la cubierta del libro, que se despliega mostrando un originalísimo arbol genealógico, o la cantidad de detalles insertados intencionadamente en la historia, por ejemplo la reticencia a mostrar caras femeninas, pero esta crítica se haría un plomazo además de dejar pocas sorpresas al futuro lector, creo que he dejado claro mi parecer hacia este libro, ya cada cual valorará si vale la pena conocer a los Corrigan. Yo volveré a hacerlo de nuevo algún día cuando lo tenga casi olvidado.


Soy fan de Superman pero no soy fan de Superman.

Me explico. El Hombre de Acero, como personaje, siempre llamó mi atención. El icono en que se había convertido. Ese símbolo del American Way of Life llevado a su cota más alta. Ese héroe por encima de la humanidad, a la que quisiera pertenecer, a pesar de ser un eterno extraño. El dios invencible, el líder de los metahumanos. Todo en Superman me encantaba. La “S” del pecho, la capa roja, el modo de volar, cerrando los puños cuando quería aumentar la velocidad. Y la agnífica interpretación del malogrado Christopher Reeve, que dotó de entidad y aplomo al personaje, y le convirtió en otro nuevo mito cinematográfico.

Sin embargo, algo en los cómics de Superman no terminaban de encajar. Las historias, incluso ante mis ojos infantiles, resultaban algo ridículas. Era la época en que el último kryptoniano tenía que convivir con seres de otros mundos, galaxias, espacios paralelos, etc., a cada cual más surrealista y absurdo. El propio viruete tiene un artículo sobre las portadas más bizarras de Superman.

Si bien su más famoso antagonista, el Hombre Murciélago, contaba con mil historias intrigante, divertidas, que mezclaban sabiamente novela negra y cómics de superhéroes, el propio carácter omnipoderoso de Superman hacía que la lectura fuera aburrida. ¿Quién podía derrotarle? Siempre ganaría. No tendría a su lado a un Joker que asesinara a Robin. La hija de su mejor aliado no sería violada por un demente impredecible. Superman vivía en un mundo de luz donde los enemigos, malos de opereta, vestían colores chillones y lanzaban parrafadas inmensas para explicar sus maquiavélicos planes.

El propio John Byrne, uno de los grandes revoluionarios del cómic, entendió el problema y propuso el primer reboot a una saga de superhéroes (no te atribuyas tanto mérito a la idea, Mr. Nolan), reescribiendo un Superman más vulnerable, más cercano, con problemas personales, y cambiando la figura de Lex Luthor, de científico malvado a perverso hombre de negocios. Luthor se acercaba a Kingpin en la medida en que Clark Kent lo hacía a Peter Parker. En resumidas cuentas, una “Marvelización” del universo DC. El éxito de ventas fue arrebatador, y las críticas aplaudieron con energía la propuesta.

Pero desde entonces ha llovido mucho. Superman se enfrentó con Brainiac,  se casó con Lois, murió, resucitó, se vio convertido en un robot, se dejó melenas, y un largo etcétera que poco a poco volvió a enviar al personaje a la paupérrima senda que anteriormente había recorrido. Kal-El volvía a ser un ente sin el más mínimo atractivo.

Por eso me sorprendió tanto leer tan buenas críticas de este “All * Star Superman”. Despertó mi curiosidad los comentarios de muchos lectores alabando la sencillez, y a la vez, la frescura de la propuesta. Eso, combinado con una portada magnífica en que se ve a Superman descansando en una nube, reflexivo, sobre el cielo de Metrópolis. ¿Alguna vez hubo otra más bonita? La respuesta es sencilla: no.

Grant Morrison, otro mito del cómic, se une a Frank Quitely, un muy peculiar dibujante, para presentar esta serie de historias del Hombre de Acero. Y puedo asegurar que son las que más me han gustado en toda mi vida.

Superman va a morir. Y no bajo los puños de un archienemigo, sino por causa del propio ente que le da poder; nuestra estrella, el sol. Una enorme radiación a la que se ve sometido en una misión de rescate, satura el cuerpo de Kal-El, haciéndole si cabe más poderoso, pero consumiéndolo rápidamente. Ante el anuncio de su próximo fin, el chico de Smallville deberá poner orden en su vida, dejar un legado, aclarar su relación con Lois Lane, abandonar el mundo con un mensaje de paz y esperanza. La ironía del destino reside en el hecho de que Lex Luthor también morirá pronto, condenado a pena capital y pasando sus días en el corredor de la muerte. Clark Kent intentará, una vez más, entender a ese hombre que pudo ser el benefactor de la humanidad, y se convirtió en su peor enemigo.

Si hay que destacar algo en este cómic es la facilidad para leerlo. Un enorme esfuerzo conjunto entre guionista y dibujante que deriva en una fluidez asombrosa. La vista pasa por las páginas con una dinamicidad que casi da la sensación de ver a los personajes moverse. El dibujo ayuda, mucho. Sobre todo por alejarse del concepto de supermúsculos-hiperanabolizados tan explotados en la pasada década, y volver a las raíces del dibujo anatómico real. Una pretendida eliminación de los claroscuros infiere a las viñetas una luminosidad, supongo que buscada, para presentar el mundo de Superman tal y como él lo ve: claro y definido.

En la historia se dan citas todos los elementos comunes a la mitología del Hombre de Acero. Personajes de otras galaxias, héroes absurdos viajeros del tiempo, chicas que de pronto se convierten en heroínas, una vuelta de tuerca a Jimmy Olsen (aquí forzosamente heterosexual), robots, kryptonianos, Supermanes del futuro, duendes, legiones de bizarros, amores y desamores con Miss Lane. Pero todo está mezclado con sabiduría, dotando de comicidad al surrealismo del Universo DC, y demostrando un profundo cariño por los personajes. Es precioso descubrir los valiosos recuerdos que Superman guarda en la fortaleza de la soledad, así como mostrar el trabajo y la dedicación, en silencio y en las sombras, por el bien de la humanidad.

El cómic derrocha nostalgia, amor y buen humor. Y es de agradecer, puesto que lo que llevamos muchs años leyendo cómics estamos hartos de econtrarnos una y otra vez con las mismas historias repetidas (como hace actualmente la Marvel). Otro volumen muy recomendable, que no defrauda y te reconcilia con el último descendiente de Krypton.


El Bruto

Saqman
16 Junio 2009

Bueno, bueno, una vez más llego tarde a esto de leer magníficos cómics en el momento de su publicación. Siempre me pasa igual, cuando me entero de que una serie en concreto ha ganado tropecientos premios Eisner y me dedico de lleno a su lectura, resulta que ya han pasado varios años desde su edición española. Entonces escribo multitud de correos recomendándolo y todo el mundo me responde “Ah, ¿pero no lo habías leído?”

En esas estamos hoy. Y, una vez más, he de darle las gracias al estimable asturiano Pablete, que insistió en que me comprara esta serie, que era lo mejor de lo mejor, que tío, por favor, cómo no la vas a comprar, hostias. Guaje, que es un tebeino muy bueno.

“The Goon”, aquí libremente traducido como “El Bruto” no es, para nada, un tebeo de esos que vende la Fnac, y que a cuatro entendidillos les da por llamar “Novela Gráfica”. Una leche. El Bruto es un tebeo con T y con B, pero de los buenos, buenos. Para aquel que no lo conozca, la serie narra las peripecias de “El Bruto”, un matón a sueldo de un mafioso llamado Labrazio que, junto a su pequeñajo amigo Franky, defiende a golpe de porrazo los intereses del capo en la parte de la ciudad que éste controla. Y lo más cachondo es que su adversario no es otro grupo mafioso, que va, sino una jauría de zombies putrefactos (zombimbéciles, como los llaman) que se expanden a base de tiernos bocados humanos por toda la ciudad.

El Bruto debe mantener a raya a estos inmundos seres, creados por el malvadísimo Pope Zombie (no se por qué en la traducción al castellano no se ha utilizado el término “Papa Zombie”, o “Cura Zombie”, teniendo en cuenta el original Zombie Priest). Pero los muertos vivientes no serán sus únicos enemigos. Hombres lobos, vampiros, primos pequeños de Cthulhu, etc. Toda una caterva de seres despreciables, cada cual más cabronazoidiota, que sufren todo tipo de torturas físicas y mamporros.

El autor, Eric Powell, configura una serie basándose en los arquetipos de las películas de serie B, mezclando un poco el terror, la comedia y el pulp. La serie destila mala leche por los cuatro costados, y es de agradecer que no se corta un pelo en mostrar auténticas barbaridades impensables en un cómic americano. De ahí que haya sido Dark Horse quien decidiera lanzarlo mundialmente, y no grandes del cómic como Marvel o DC. Un cómic puramente irreverente. El Bruto y Franky no muestran pudor alguno por cometer actos realmente deleznables con los pobres no muertos. Llega el punto en que realmente los villanos de la función dan hasta lástima. Lo que ocurre es que Powell, que es un cachondo, y de los buenos, sazona el guión con piruetas sencillamente descacharrantes.

Un dato curioso en esta serie es la sensación constante de que uno ya conoce a los personajes. El Bruto, grandote y simiesco, lleva a partes iguales su condición de matón con una especie de código moral extraño pero tangible. Todo lo contrario a Franky, que no demuestra arrepentimiento alguno ante las cafradas que perpetra en cada número, las más divertidas, claro está. Como suele suceder, es el segundón, el personajillo feo y pequeño, el que se convierte en el más entrañable del cómic, un auténtico icono de la historieta. Pero no es el único, puesto que el plantel de secundarios, aparte de desternillante, es muy recomendable. Destacando, por supuesto, a Araña, una araña (lógico) ludópata y pendenciera que pasa los días debiendo pasta a la gente. La Mamá Norton, una vieja loca que no duda en un instante en bañarse en barro, y con dotes proféticas. También es divertidísimo Pete el Pescado, una especie de pez-humano que odia al Bruto con todas sus fuerzas, amén de las atrocidades y descuartizamientos que éste le ha hecho. Otro punto es la foca psíquica, una profeta a ritmo de Ark!, Ark!. Y, mi favorito, Carroña, la antítesis de los villanos, un humano condenado a comer carne zombie para sobrevivir.

El diseño del cómic es espectacular. Las portadas a color demuestran que Eric Powell es un maestro del óleo, así como de las acuarelas. La única lacra que parece haber es un desigual dominio de las sombras, lo que resta profundidad a los dibujos. En las viñetas, Powell navega entre varios estilos. Cuidando en exceso el entintado, a veces recuerda algo al gran Mike Mignola (bueno, Mignola es insuperable). Pero, por encima del dibujo, está la capacidad narrativa del comic, todo un fuerte en Powell, que es capaz de contar una buena historia en poquísimas páginas. Ya sólo por eso le hace merecedor de ese premio Eisner que debe andar en su estantería.

No estamos hablando de una serie al uso. Esto es puro cachondeo, mala hostia y grandes dosis de imaginación. Recomendable a todo aquel lector al que le gusten los cómics trasgresores en otra onda… ¡¡¡cuchillazo en el ojo!!!


Hacer una crítica justa de Watchmen es una tarea casi tan complicada como su adaptación a la pantalla grande. Porque ocurre algo similar a lo acontecido con El Señor de los Anillos. El espectador intenta ver el film de un modo objetivo, ignorando comparativas y guiños, pero al final se rinde ante la evidencia. No es posible adaptar ciertas novelas, series o cómics al cine. Hablar de Watchmen, en términos de tebeo es hablar de la obra de Tolkien en términos literarios. Es decir, una novela gráfica que cuenta con una legión de seguidores por todo el mundo que la veneran y la respetan como lo que es; una redonda obra maestra. Y ese es el primer punto de riesgo de la propuesta, porque es literalmente imposible contentar al gran público y al fan acérrimo. Por tanto la confrontación entre director y productor está asegurada.

Y es que la gran lacra de esta puesta en escena cinematográfica es el propio Zack Snyder. El “visionario” director de 300 muestra una paupérrima condición para narrar la historia. Bien que Watchmen es muy complicado, pero no imposible. Snyder, queriendo abarcar demasiado y contentar a los amantes del cómic, llena la película de pequeños detalles que complementan la narración, pero que no cumplen su propósito, puesto que no terminan de encajar con la trama. Es decir, no tiene sentido que el kiosquero abrace al chaval si no se ha visto en todo el film, o las secuencias del doctor, que si bien en el cómic son parte fundamental de la narración, aquí están meramente esbozadas. Ni siquiera están introducidos con sentido lógico. En ningún momento queda patente que Walter Kovacs lleva el letrero anunciando el fin dle mundo, ni siquiera que sea casi un homeless desquiciado. Aparece en el cementerio, y luego ya se conoce su identidad. Es absurdo el modo en que incluye las subtramas.

El ritmo aplicado a la trama resulta bastante lento, pero se perdona por lo inevitable del guión. Es completamente necesaria la hora y cuarto de diálogos y presentaciones. Permiten conocer a los personajes y entender sus motivaciones. Quizá ahí Snyder juega su mejor baza, y calca a la perfección el cómic. Incluso a veces viñeta por viñeta. Existen momentos sublimes en esta presentación, como la historia del Dr. Manhattan, quizá lo mejor adaptado, o el patetismo con que transcurre la vida del Búho Nocturno. Pero el director influye demasiada linealidad a la historia. Recordemos que Watchmen es un cómic circular, que puede leerse a partir de cualquier número acabando en el anterior. Zack Snyder no parece entender el concepto, u opta directamente por obviarlo, y así las secuencias del Comediante se acumulan al principio de la narración y desaparecen de un modo casi abrupto a mitad del metraje. Si bien, una vez Rorschach es aprisionado el tempo del film se recupera, vuelve a caer en un gran letargo en su última media hora.

Otro de los grandes errores en los que cae Snyder es suponer que el público mundial es tan inocente como el americano. La película es explícita hasta un punto desesperante. Siendo Watchmen un cómic con multitud de lecturas y una deliciosa mezcla de ambiguedad y sugerencias, el film no deja via libre de opinión, y se contenta con explicar todo lo que en el cómic se mostraba con los mínimos apuntes, e incluso llegaba casi escondido en alguna línea. Realmente produce una desgarradora pérdida de alma a la obra, puesto que visto en pantalla, pierde la gracia. ¿Qué necesidad había de incidir en que el Comediante fue quien disparó a JFK, y no sólo sugerirlo, como en el original? Puesto que con esta decisión, Zack Snyder elimina de un plumazo la subjetividad del cómic, sin duda su punto más aclamado.

El film resulta a veces demasiado gore, y esperpéntico. Ni en el cómic se ven volando brazos cortados, ni hay vísceras, ni los perros muerden el hueso con el zapato de la niña. Y que decir del opulento miembro viril del Dr. Manhattan, más parecido al del mítico Rocco Sifredi que al Manhattan de las viñetas. ¡Y es que se te ve un poco el plumero Zacharias!

El plantel de actores no está mal. Se puede decir que incluso está bastante bien. Destacan por su actuación Patrick Wilson como Búho Nocturno y Jackey Earle Harley, como el mejor Rorschach que un amante del cómic jamás pudo imaginar. Su caracterización es perfecta, y el modo de interpretarlo parece sacado directamente de la pluma de Alan Moore y el lápiz de Dave Gibbons. Todo un acierto a celebrar, porque fallar el personaje principal hubiera sido catastrófico. Tampoco están nada mal Billy Crudup como Dr. Manhattan y Jeffre Dean Morgan como el Comediante. Las dos chicas quedan regular, sobre todo Malin Akerman, quizá más por falta de edad (todos los personajes han sido rejuvenecidos diez años) que por carencia de talento. Y el personaje de Carla Gugino queda grotesco y mal adaptado, una pena proviniendo de una actriz magnífica. Pero no tiene nombre el desastre interpretativo perpetrado por Snyder y Matthew Goode en el papel de Adrian Veidt, Ozymandias. Ni el actor tiene el físico necesario, ni la actitud, ni la mirada, nada. Adrian Veidt es el equivalente a Superman en Watchmen, es decir, un hombre fuerte y musculado, pero cuya vanidad se esconde en una capa de humildad forzada. Un hombre incapaz de hacer el daño, el auténtico benefactor de la humanidad. Aquí Goode interpreta a un Veidt que, desde la primera escena, se muestra como el villano de la historia, que resulta pedante, cuyas motivaciones son pobres y al final queda como malo de opereta, por mucho que el diálogo quiera evitarlo.

Y esto nos lleva a hablar del final del film. Ya se anunciaba, desde años atrás, que una adaptación de Watchmen al cine implicaría un cambio radical en las últimas secuencias, para otorgar credibilidad a la película. Puesto que es lógico que cosas que funcionan en las viñetas no tienen por qué comportarse igual en pantalla grande. Y, si bien el gran ser interdimensional con forma de horror de Lovecraft vaginiano puede no resultar real en cine, tampoco hubiera desmerecido por ser Watchmen, por propia idiosincrasia, una película muy arriesgada. En un absurdo intento de hacer llegar el film a todos los sectores, los productores habrán forzado este cambio tan absurdo. Y digo ésto porque, puestos a cambiar, no tiene ningún sentido el plan que urde Ozymandias para hacer llegar la paz al mundo, y que al final parece desembocar en un intento de controlar las corporaciones. El gran logro de Moore fue hacer que el monstruo emitiera ondas que provocan terror, por lo que tenía asegurado el miedo en la población para siempre, y así evitarían la guerra mundial. En la resolución de Snyder, todo queda realmente insulso.

Y, paradójicamente acabo esta crítica por el principio. Hacía años que no disfrutaba en el cine de unos títulos de crédito tan bonitos, tan logrados, tan bien contados, y que me hicieron casi saltar una lágrima. Una auténtica delicia.

En resumidas cuentas, Watchmen pudo ser peor film. Bastante peor. Se agradece el intento de llevarlo a la pantalla con dignidad, sin caer en el ridículo, pero, como suele ocurrir, su formato debió permanecer intacto impreso en papel.

WHO WATCHES THE WATCHMEN…


Fueron varias las alegrías que me llevé en mi último viaje a Madrid. Disfrutar de los viejos amigos, ver a Jr. paseando por la Gran Vía, redescubrir otra vez la capital, esta vez más amable y tranquila, visitar la exposición de Star Wars, etc. Una de ellas fue volverme a encontrar con mi ex-compañero Pablo Selgas. Asturianino convencido, este caballero ve transcurrir su existencia entre su música rock, su chica y los cómics. Y de todo sabe. De cómics, el que más.

Así pues no dudé en invitarle a nuestra tarde friki, esa que pasaríamos visitando tiendas de cómics, de rol y de figuras, y que acabaría con la señora de Pettenman y la mía con caras de pocos amigos, tras el sablazo a la cuenta corriente. Compré dos figuras Kotobukiyas que me encantan desde hace tiempo, una hucha que replica el ídolo de los hovitos y varios cómics, aunque mucho menos de los que Pablo casi me obliga a adquirir. Leave it to Chance, Muerte: Lo Mejor de tu Vida, Dracula y Fafhrd y el Ratonero Gris.

De este último les hablo hoy. He de confesar mi completa ignorancia respecto a la obra de Fritz Leiber, de hecho ni le conocía. Sin duda se le reconoce, junto a Robert E. Howard, como pilar fundamental de las novelas de espada y brujería. De hecho, Fafhrd (pronúnciese Fafird) y el Ratonero Gris está considerada una obra de culto, todo un clásico del genero.

Es por ello que Howard Chaykin, aclamado guionista de cómics, quiso recuperar el estilo de novela negra mezclado con fantasía que tienen los susodichos relatos. Ambientados en una era indeterminada, como es usual, Leiber traza paralelismos con su amada y odiada New York, con una Lankhmar directamente inspirada en el Manhattan de los años treinta. Sin embargo, la adaptación de la misma al estilo bárbaro y surrealista inspirado en las ciudades de conan, no era tarea fácil. Sin duda, siendo Lankhmar otra protagonista de la historia, incluso a veces más que los personajes de carne y hueso, necesitaba en su adaptación los trazos de un artista que fuera capaz de recrear esa visión mundana y fantástica, llena de miseria, tinieblas y humor. Qué mejor dibujante que el magnífico Mike Mignola para tan ardúa tarea. Y no se equivocó Chaykin, puesto que el dibujante demuestra, en esta novela gráfica, una maestría y soltura en los dibujos impresionante. Mignola no es sólo un gran ilustrador, sino que, por encima de todo, es un gran narrador visual.

Fafhrd y el Ratonero Gris sigue las aventuras de dos amorales ladrones, un norteño gigante y fortachón, y un sureño vividor, estratega y fanfarrón. La clásica pareja que se hace amiga a base de encontronazos de caracteres, fórmula que luego sería popularizada por las buddy-movies hollywoodienses con bastante éxito. Y, aunque los personajes pueden resultar arquetipos, a veces sorprenden con declaraciones de amor profundas, o con un sentido de la ética que choca frontalmente con sus comportamientos. Pero, principalmente, hay que destacar que el cómic se lee con puro deleite. La combinación de Chaykin y Mignola, con las magníficas tintas de Al Williamson rozan la perfección. Una vez comenzada su lectura, es imposible frenar. Resulta irresistible.

Es de suponer que la traslación a este medio visual no fue tarea fácil para el guionista, y a veces los saltos de viñeta resltan un tanto bruscos, pero el maestro Mignola demuestra su experiencia enganchando viñetas, aparentemente inconexas, del modo más dispar y asombrador. Y con mucha coña. Porque si en algo destaca esta obra es en el dibujo del artista. Realizado antes de Hellboy, Mignola modifica un poco su trazo habitual para adecuarse a las exigencias del guión, y realiza un cómic de líneas más realistas. Eso sí, sin abandonar las características que tan famoso le han hecho. No duda en implementar elementos anacrónicos si con ello ayuda al look de la historieta, y a definir mejor a sus protagonistas. Se luce con el Ratonero Gris, su personaje favorito, sin duda, y juega con él de un modo divertido y descarado. Le añade gafas de sol, le impone una panza cervecera incipiente y modifica el aspecto a su antojo.

Las historias cuentan con un componente de humor ácido que sorprende en cada número y que al final es lo más divertido de la obra. Las tramas son rápidas, divertidas y sorprendentes, y las interacción entre los personajes, desternillante. En resumidas cuentas, un tebeo digno de ser recomendado aquí, en Sombrerero Loco.


From Hell

El Atlante
20 Febrero 2009

Quiero hablaros del que para mí es el mejor cómic jamás creado: From Hell, del guionista Alan Moore y el dibujante Eddie Campbell. Cualquier aficionado al cómic tiene su preferido, evidentemente algunos no estarán de acuerdo conmigo al situarlo en lo más alto, pero me extrañaría que muchos pusieran en duda que merece estar en el Olimpo de los Grandes Cómics. Para todos los que se han deleitado con la lectura de esta magna obra, este artículo no va a proporcionar nada nuevo, está dirigido a los que aún no lo conocen, en un intento de que se decidan a degustarlo. Me arriesgo a decir que pocas piedras me caerán por parte de los que sigan mi recomendación, y quizá sí muchos “coño, está genial, coincido contigo, gran cómic”.

La historia es la de Jack el Destripador, solo que en este caso, a diferencia de la multitud de versiones anteriores, no se intenta mantener ningún misterio al respecto de quién se trata, se sabe desde el principio. Y ese es uno de los grandes aciertos de Alan Moore, el dedicar la mitad de la historia a la investigación de los asesinatos y la otra mitad a William Gull, médico de la familia real y ejecutor de los asesinatos. La historia está totalmente documentada, existiendo un apéndice de unas cuarenta páginas referenciándonos las situaciones planteadas en el cómic con los libros publicados al respecto. En este caso Alan Moore ha tomado como punto de partida la teoría expuesta en Jack el Destripador, la solución definitiva, de Stephen Knight, en la cual se intenta demostrar que los crímenes fueron encargados por la Reina Victoria a William Gull para acallar el hecho de que el príncipe Albert Victor alias Eddie se había casado a escondidas con una tendera y la había dejado embarazada. Tal teoría al parecer está muy lejos de haber quedado demostrada, pero Alan Moore la eligió (acertadamente a mi entender) por las fascinantes posibilidades narrativas que despliega.

Así encontramos a un Alan Moore, posiblemente el mejor guionista de cómics con una carrera plagada de joyas, desgranándonos los distintos niveles sociales de la época Victoriana. Desde los entresijos de la familia real, con su orgullo y sus miserias, al paupérrimo barrio del East End, repleto de borrachos, putas, vividores y malvividores, con sus propios códigos de conducta, como un microcosmos dentro de Londres. En esos escenarios tan bien recreados transcurren las dos historias principales, una la del investigador Frederick Abberline, quien tras trabajar durante años en el East End consiguió salir de allí, y tras serle encomendado el caso de Jack tiene que volver, muy a su pesar, al barrio. Abberline no es ningún héroe novelístico, ni siquiera es demasiado avispado, aunque sí razonablemente honrado y sensato; en el barrio elaborará una línea de investigación con bastante poca fortuna, en el transcurso de la cual se enamora de una de las prostitutas. Finalmente la historia más apasionante, sin demérito alguno del resto de líneas argumentales, la de William Gull, Jack el Destripador (apodo adoptado por un periodista bastante amarillista en una nota enviada a la policía donde se hacía pasar por el asesino), donde se nos cuenta su pertenencia a la masonería, lo que causa su preocupación por el simbolismo en cada uno de los asesinatos. Una vez completados los mismos, el personaje queda totalmente vacío, sin ganas de vivir, dándole exactamente igual que le atrapen, pues su gran misión ya ha sido completada y no encuentra otro objetivo en la vida.

El guión es literariamente impecable, con una preocupación por el detalle exquisita, los personajes son uno de sus grandes logros, no siendo para nada estereotipos, sino personas que viven dentro de la historia; y los cabos están todos perfectamente atados, en definitiva, insisto, un trabajo de guionización de una calidad excelente. Además, como gran obra que es, admite varias relecturas que sirven para encontrar nuevos detalles y son tan placenteras como la primera. El dibujo de Eddie Campbell reconozco que en un principio no me atrajo demasiado, pero a medida que me sumergía en la historia estaba cada vez más convencido de que se trataba del dibujante perfecto: al finalizar la obra no me la podía imaginar con otros trazos que no fueran los de Campbell. Su cuidado por la ambientación y su sentido del ritmo en la narración van a la par con respecto a su compadre guionista, además resulta fascinante su alternancia entre dibujos al detalle y meros esbozos, así como el buen uso que hace de la oscuridad. No conozco más obras de este artista, pero sin duda lo tendré en cuenta si alguna vez me lo encuentro en la portada de otro cómic.

Lo dicho, si ya habéis leído From Hell poco os habré aportado, pero si no… hacedme caso, y luego me contáis.


Watchmen… ¿Qué podría contar de la novela gráfica que recientemente he terminado de leer sin destripar los entresijos de una trama simplemente perfecta?

Le he dado muchas vueltas, puesto que hay tantas cosas que me gustaría destacar acerca de esta obra maestra, escrita por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons, pero quizás la que más me ha llamado la atención es un planteamiento que nunca, con esta escasa culturilla comiquera que poseo, había leído anteriormente.

Por todos es de sobras conocida la historia de Superman, un ser prácticamente invulnerable llegado del planeta Krypton, con poderes comparables a los de una divinidad.

La pregunta que se plantea en Watchmen tiene toda su lógica ¿El mundo sería igual con un superhéroe entre nosotros? ¿No tendría que influir la presencia de una deidad en la sociedad en la que se halla incrustado? ¿Y si, de pronto, en plena Guerra Fría, el gobierno de los Estados Unidos contase con los servicios de un ser capaz de lanzar rayos, desmaterializar objetos y cambiar la estructura molecular de los cuerpos, siendo prácticamente invulnerable? ¿Habría perdido Estados Unidos la guerra de Vietnam? ¿Richard Nixon habría dimitido?

Watchmen plantea lo que se conoce como la paradoja Newton, o ucronía: Esto es, historias y universos alternativos, donde hechos que todos conocemos se han desarrollado de un modo diferente… tan diferente que, por ejemplo, los chavales de esa sociedad alternativa ni siquiera leen tebeos de superhéroes y sí los de piratas, puesto que si ya existen en la realidad, éstos pierden todo el misticismo que podría envolverlos.

Y es que los personajes, trazados con precisión y maestría, se adaptan en todo momento a la adictiva historia de esos superhéroes que han transformado tan profundamente a la sociedad: El cínico Comediante, vigilante fascista vendido al sistema; el enloquecido, pero a la vez íntegro, Rorscharch; el divino y a la vez fenómeno de circo Doctor Manhattan; el calzonazos del Búho Nocturno; la groupie definitiva, Espectro de Seda; y el rey Midas con un sueño no menos desquiciado, el hombre perfecto y quizá por eso tan ajeno a la humanidad, Ozymandias, todas ellas personas comunes, disfrazadas, que actúan como justicieros anónimos, y que cargan con el lastre de sus acciones, de sus personalidades en constante conflicto, y con el desprecio de la misma sociedad a la que prestan sus servicios.

Y no sólo la historia es perfecta merced a la presencia de los superhéroes; Un plantel de secundarios, como el kioskero, los redactores de las revistas Nova Express o New Frontiersman, supervillanos venidos a menos y gente de la calle venida a mucho más, hacen de esta obra aún más redonda y simétrica, consiguiendo con el paso del tiempo ser un referente de sí misma.

La rigurosa narración, la fuerza de la trama, la entrega total del dibujante a una historia que engancha y no suelta (y que gana con cada relectura), con su ácida crítica al poder, al medio y a los medios, hacen de Watchmen no sólo un cómic de superhéroes, sino una historia con tintes políticos y morales, una metáfora del poder y del control de ese poder.

En definitiva, un cómic realista, pero de superhéroes ¡Menuda paradoja!


El Eternauta

Macman
6 Octubre 2008

Confieso que hasta que no dí por casualidad con él rebuscando en internet no tenía ni la más remota idea de su existencia. Lo primero que me atrajo fué el título, me pareció maravilloso. Después descubrí que la red está lleno de seguidores de este clásico del comic argentino, y que en su país de origen es casi texto obligado en las escuelas, segunda cosa que me pareció maravillosa. Tras la pertinente recopilación de opiniones, ya que no compro ni comic ni libro que no haya pasado antes por la recomendación de alguien capacitado, me fuí a la tienda friki que está de guardia casi las 24 horas del día con la pequeña esperanza de que lo tuvieran en sus estantería, o si no hubiera suerte pedir que me lo trajesen. Finalmente no hizo falta, allí estaba el último ejemplar que les quedaba, el mío.

La ilustración de la portada era muy atractiva, la imagen más representativa del Eternauta, como más tarde pude comprobar, y un icono casi tan usado como la fotografía del Ché que todos conocemos. Lleno de curiosidad tras el atracón que me había dado por internet comencé presto la lectura, dándome cuenta tras varias páginas que no iba a ser comic de lectura rápida y continuada. Para poner un poco en antecedentes, “El Eternauta” es la obra magna del guinista y editor Héctor Germán Oesterheld y del dibujante Francisco Solano López. Se publicó en entregas semanales entre los años 1957 y 1959 y debido a su enorme éxito tuvo varias secuelas y reescrituras que no lograron alcanzar, como era de prever, el nivel del original. En España me supongo que no se editó, aunque no lo sé con certeza, pero no creo que fuera bien acogido por el régimen.

El comic arranca con la inesperada visita de El Eternauta al propio escritor, Héctor Germán Oesterheld, materializándose el cansado viajero de la eternidad en la silla de su despacho. Este le narrará los acontecimientos que le llevaron a convertirse en “El Eternauta”. La trama, que en un principio estaba inspirada en Robinson Crusoe, trata de la invasión extraterrestre de la Tierra, comenzando con la misteriosa nevada que produce la muerte inmediata de todo ser que entre en contacto con ella.

Todo son elogios para este comic, nadie le pone ni un “pero”, pero los tiene, el primero de ellos originado por su edición original. En el primer cuarto del comic, que tiene en total más de 300 páginas, es fácil reconocer donde empieza y acaba cada una de las entregas semanales, impidiendo que la narración coja el ritmo necesario. Así que, una vez superado el magnífico comienzo empieza a hacerse cada vez más pesada la lectura. Una vez pasado este primer bache la cosa mejora, cogiendo velocidad la acción y haciendo más ameno el relato. El tiempo narrativo va “in crescendo”, tanto en velocidad como en amplitud de la historia, empezando en el desván de la casa del protagonista y acabando….bueno, no diré donde para no reventar el final.

El segundo “pero” es el excesivo protagonismo de la acción, a veces reiterativa, añadido esto a la dificultad que tiene el formato comic de por sí para transmitir la acción de forma creible, entendible y entretenida. Se supone que esta parte gana si eres bonaerense y conoces las calles donde se desarrolla la acción, pero si no, la verdad es que te quedas un poco igual.

Una vez puestos los “peros” que creía necesarios debo decir que este comic es áltamente recomendable. No solo porque es una buena historia de ciencia ficción, que ya es mucho, también porque es capaz de mostrar al lector todas las reflexiónes sobre el ser humano que inspiran al autor sin resultar pedante ni moralista. De forma casi premonitoria Oesterheld logra recrear la Latinoamérica que le tocó vivir, o más bien sufrir, a través de los Ellos, los Manos, Los Cascarudos y los Hombres. Y si subimos un peldaño más, aunque quizás esté empezando a desvariar, yo diría que recrea la relación del individuo frente a la masa, de la individualidad frente a lo colectivo. Oesterheld apuesta por la felicidad del reducido espacio de la persona, de la familia, de los amigos, que irremediablemente se ve destruida cuando irrumpe la sociedad a gran escala, esa de la macroeconomía y la globalización, la de la masa y no la del individuo.

Sobre el dibujo diré que a mi me encanta, aunque advierto que soy un enamorado de la tinta negra sobre el papel blanco, así que ese toque a lo “Roberto Alcázar y Pedrín” sin color es un valor añadido. Habrá quién no lo soporte. De todas formas la ilustración acompaña a la perfección a la historia.

Y no quiero en esta “crítica” hacer mención al triste final de Oesterheld, no quiero darle ni una sola palabra de protagonismo a quienes no merecen ni el recuerdo, solo diré que Oesterheld finalmente fué alcanzado por el Odio Cósmico, aunque me gustaría pensar que logró lo mismo que Juan Salvo y finalmente se convirtió en El Eternauta.


Me mola Jae Lee

Saqman
2 Octubre 2008

De entre todas las sandeces que se han dicho sobre el mundillo del comic-book, está la famosa expresión “dibujar al estilo Marvel”. Quien promulgue semejante sentencia, además de demostrar su ignorancia hacia el universo Marvel, deja palpable su falta de conocimiento en cuanto a estilos artísticos y narrativos.

Y es que la Neoyorquina editorial (ahora productora cinematográfica, también) tiene entre sus numerosos logros haber dado cabida a un sinfín de artistas de estilos tan variopintos como diferentes capacidades. Entre los más famosos, Steve Ditko, Jack Kirby, John Buscema, Jim Lee, Neal Adams, Brian Bolland o John Byrne, por mencionar algunos. Todos ellos excelentes ilustradores y narradores, pero con un estilo tan visualmente dispar que a veces cuesta asimilar, en una colección, el cambio de dibujante de un número a otro. Así pues, nada tiene que ver el Conan de Barry Smith con el de John buscema. Uno es más joven, atlético, mientras que el otro es el paradigma del bruto, del bárbaro de mandoble de hoja ancha.

Uno de los autores que tienen una impronta más personal es Jae Lee. El coreano, residente en los USA, ha conseguido que, a través de los años, me fije en su trabajo, y alcance una admiración hacia el mismo que supera con creces a la de autores más renombrados como el mencionado Neal Adams o Dave Gibbons.

Y es que Jae Lee tiene un estilo tan peculiar que resulta chocante en un cómic de superhéroes. Pero a la vez, es esa misma cualidad la que le hace un dibujante a ser muy tenido en cuenta. Se aleja en demasía del arriba denominado perfil Marvel en varios aspectos. El estilo es casi fotorrealista. No utiliza la exageración anatómica propia de dibujantes con menos recursos. Su conocimiento del cuerpo humano es, si no tan profundo como otros autores puedan tener (léase Carlos Pacheco), mucho más efectivo. Sabe encontrar y dibujar la postura en que el cuerpo parece natural, sin forzar poses, aportanto así una entidad al personaje que da la sensación de estar leyendo una adaptación de una película. Y no crean que ésto es fácil, de hecho suele ser uno de los puntos flacos de muchos dibujantes consagrados. Otro factor que me llama la atención en el dibujo de Lee es la claridad de sus trazos. No se si utiliza el mismo entintador en todos los casos, pero es curioso que no necesita grandes grosores de tintas, ni grandes efectos para dotar de volumen a sus figuras. con un trazado fino (a veces demasiado) consigue delimitar muy bien los personajes, obteniendo un dibujo muy limpio, en que no se apabullan trescientos elementos en escena, moda que implantó Pacheco hace unos años y que resulta algo cargante. En su estilo visual destaca, por encima de todo, la excelente utilización de claroscuros. Todos los dibujos se desarrollan entre sombras, y el juego con las mismas es realizado con maestría para determinar la profundidad de los objetos o personas. Sin embargo, hay que reconocer que, prestando atención a las viñetas, el propio Lee se escuda en las sombras para disimular ciertas limitaciones en cuestión de perspectiva y, sobre todo, evitar tener que dibujar elementos que le aburren. Es este, sin duda, un defecto achacable al ilustrador, que bien podría trabajar para alcanzar el olimpo de los dibujantes.

Abajo os dejo varias ilustraciones…