Entrada para categoría ‘Elegí mal día para dejar de oler pegamento’

Cansinería en 3D

Zopaias
3 Septiembre 2010

El otro día tuve la oportunidad de ver mi primera película en 3D. La verdad es que tenía ganas, oía a todo el mundo hablar maravillas de ver una película en relieve y tenía curiosidad. Eso sí, yo, que soy muy mío, me negué en rotundo a ver “Avatar” (que fue la película culpable de esta moda) y que ya la vería en mi casa sin necesidad de 3D ni zarandajas: Pienso que la película es buena o mala sin necesidad de mayores artificios. Pero lo cierto y verdad es que ya quería ver con mis propios ojos si el tan cacareado efecto de ver una película en 3D era para tanto como decía la gente y, sobre todo, si justificaba esta manía de hacer hasta “Los Bingueros” en 3 dimensiones.

Los primeros contactos que tuve con el 3D fue hace la tira de años. Imagino que los lectores del blog que ya tengan solera recordarán que a mitad de los años 80 se puso de moda lo del 3D. Recuerdo perfectamente que pasaron en la tele una película del oeste que era en 3D y que en los estancos vendían las gafas bicolores. Para mí fue todo un acontecimiento y me puse a ver la película esperando que los indios salieran de la pantalla y se pusieran a hacer la danza de la lluvia en mi salón y que cogieran a mi abuela y le cortaran la cabellera, pero lo único que vi fueron manchurrones rojos y verdes, menudo sebo de 3D. Luego, también por esa época, recuerdo que la cosa llegó al cine, concretamente en una película que se llamaba “Tiburón 3D“, pero el resultado también fue muy foski, nadie veía al tiburón saliendo de la pantalla para darte un sustillo, por lo que jamás se volvió a saber nada del 3D hasta ahora y supongo que el que tuvo la idea  de usar el 3D en esa película se descerrejó un tiro.

Así que allá que fui a ver “Toy Story 3“. Lo primero que me llamó la atención es que esa película en concreto la tenías que ver en 3D pero por cojones, ya que ni siquiera existía copia en 2D. Lo segundo es que te cobraban 2 euracos más por la entrada por el mero hecho de ver la película en relieve. Lo tercero es que yo pensaba que te podías quedar con las gafas y nada de eso. Es más, al final incluso había un guripa allí puesto vigilando que todo el mundo dejara las futuristas antiparras en una especie de cesta y ay de a quien se le ocurriera hacer la bromita y llevarse las gafas a casa…

Así que, vistas las circunstancias, imagínense de qué humor llegué a la sala. Además, cuando giraba la cabeza y me encontraba a una sala llena de mangurrinos (yo incluido) portando las gafas, con ese aspecto de frikardo que se nos pone (parecíamos la versión esperpéntica de la portada de “Equinoxe”), no sabía si reírme o echarme a llorar al hombro del acomodador.

En eso que empieza la película y a la media hora yo ya estaba hasta los cojones de las gafas; como este Sombrerero gasta una apreciable almendra, las gafas me venían pequeñas y se me clavaban a los lados de la sesera, jodiéndome vivo. Además, llegaba un momento que el efecto 3D se me hacía muy cargante y optaba por quitarme las lentes cada dos por tres con el resultado de que empezaba a ver la película distorsionada. Total, que salí de allí con la cabeza como un avión.

Y me di allí cuenta de que, en mi opinión, el 3D era una “tontá” más. Vamos a ver, ¿de qué me vale a mí que el Woody ese, el muñeco vaquero de la película, salga un poco más adelantado con respecto del resto de la pantalla y que parezca que esté flotando delante tuya? ¿O de qué me vale que hagan algún sustillo que otro haciendo como si algo saliera de la pantalla y parezca que te salte encima? Quiero decir, son efectos que, si bien están bien conseguidos y no como en los 80, nada o muy poco aportan a la película o a su historia, y no hacen que, como he dicho antes, sea mejor o peor película. Es exactamente igual que el dolby surround, que parece que te están pegando el tiro al lado tuyo, sólo que en el caso del 3D es con imágenes. Y a mí no me cobran 2 eurazos más por oír la película en surround ni veo necesario para el desarrollo de la película ni que tenga surround ni 3D. Yo puedo ver y disfrutar de una película sin ningún tipo de efecto, lo que importa es lo que te cuentan, no que lo adornen de mil maneras y que encima te cobren por ello. No quiero con esto decir que haya alguna película en la que el efecto 3D sea cojonudo, pero se me hace muy difícil pensar en que dicho efecto sea indispensable para la película en cuestión.

Yo no sé cuál será el futuro del 3D pero, actualmente, parece que de nada vale un estreno sin su versión 3D. Quizá sea otra manera de atraer a la gente al cine, pero yo les aseguro que a mí me ha reforzado más en mi idea de ver las películas a la antigua usanza. Espero que esto no sea más que una moda (otra de tantas) de esas que van de cool y de recool, pero que ya llegan a la auténtica cansinería. Aunque, eso sí, cuando saquen “Los Bingueros” 3D yo seré el primero en verla.


Ya se acaba el mes de Agosto y, para mí, las vacaciones. El verano ha dejado momentos inolvidables (ese concierto en Santiago), estupendos días de playa, piscina, tapas y reencuentros con amigos.

Pero como este blog frikardo no trata de nuestra vida personal, sino de las memeces que se nos ocurren, he de confesar que hay un hecho que ha marcado indiscutiblemente este verano. El estreno de… ¡¡¡Los Mercenarios!!!

Años llevaba yo esperando esta película que nuestro querido Sly anunciaba a bombo y platillo. Así que no iba a dejar pasar la oportunidad que se me presentaba, y nos fuimos el señor Pettenman, nuestro amigo Julliet Charlie y un servidor al cine. A ver hostias y mamporros. Y compramos un jumbo de palomitas. Si señor, con dos cojones.

Prácticamente estrenamos la sala del Yelmo Cineplex (cine tan estupendo como carísimo), y allí parecía que no iba a haber nadie en esa sesión de las 18:15. ¿La fila? La siete, en el centro. Para que las piñas nos den de cerquita. Poco a poco la sala se fue llenando de grupitos de amigas muy pijas ellas que venían a ver a los protagonistas, unos señores mayores con sus esposas, y un par de padres de familia con sus hijos pequeños cargados de chucherías. Y un carajo. Allí había un pestazo a morcón mortal. Ni una chica, ni un niño, ni un abuelete con cistitis. Por la escalera subían un montón de angangos de barrios hipermusculados, recién salidos del gimnasio, con camisetas de tirantas y bíceps del tamaño de un melón. Sí, de esos que te encuentras sentados en un parque leyendo a Reichenbach.

El film rezuma nostalgia de los ochenta por los cuatro costados. Si bien comienza con unos títulos de crédito al más puro estilo de la década dorada, con un grandísimo “Directed by Sylvester Stallone” que ocupa la pantalla entera, en pocos minutos el espectador está sumergido en plena acción. No se corta un pelo Stallone en planificar las escenas con un componente bestia cargado de humor. El primer disparo de la película, aquella brutalidad de Dolph Lundgren marca el tono del metraje, es decir, bestia, salvaje y pasota. Un gustazo reencontrarnos con el mítico Ivan Drago en la pantalla, al lado de Sly, con la explosión de testosterona y homosexualidad reprimida que destilaba alguno de la sala. Y no pude evitar reirme recordando que mi hermana era vecina de Dolph Lundgren en Marbella, y se lo encontraba por las mañanas comprando el pan. Imaginad lo que tiene que ser que Ivan Drago se te cuele en la cola del pan. Como para echarle cojones.

Volviendo a la película, hay que reconocer que la historia es bien simple, cargada de incongruencias, y de una sutilidad inexistente. Es decir, el más puro estilo Stallone. Pero esta vez me da la sensación de que está hecho a propósito. He visto dirigir Rocky Balboa a Sly y se de lo que es capaz. En esta ocasión, el film es una reunión de amiguetes venidos abajo con ganas de cachondeo.

Pero el director/actor no se olvida de lo importante, la acción. Es por ello que cuenta con el que, para mí, es el mejor actor de películas de acción del momento: Jason Statham. Un intérprete capaz de dar credibilidad a cualquier papel por absurdo que parezca. Y que, señores, se merece un post, pero YA, en el Sombrerero Loco. Las escenas en que Statham se luce son las mejores del film. Sobre todo aquella en que va a una cancha de baloncesto buscar al chulo que ha pegado a su chica. La paliza que le da es de las de aplaudir y eyacular, oigan. También cuenta con la ayuda de Jet Li, en un papel más divertido de lo que nos tiene acostumbrado, aunque quizá un poco desaprovechado en cuestiones de peleas. Los demás actores son pura comparsa y el espectado prácticamente los ignora.

La historia en realidad no tiene ni pies ni cabeza, y puede perfectamente haber sido el guión de “Rambo V”, pero Stallone le da la gracia del absurdo. Los malos son muy pero que muy malos, y ahí nos encontramos con nuestro siempre-admirado Eric Roberts. Haciendo lo que sólo el sabe hacer, de malo antipático y despiadado. No pude evitar fijarme que durante el metraje no se le mueve ni un pelo al tío, ni siquiera cuando da saltos. Qué percha señores, qué percha.

Como es habitual en la filmografía de Stallone, la chica es un pibón exótico del quince, que no pinta nada en la historia, pero que sirve de detonante para que Sylvester tuerza la boca y se dedique a acribillar adversarios. Aquí hay que reconocer que el protagonista se conserva bien, y rueda prácticamente todas las escenas de acción (incluyendo el desastre de persecución en automóvil) casi sin despeinarse.

Sin embargo, para mi gusto, lo mejor del film es Mickey Rourke, y el personaje que interpreta. Sorprendentemente muy contenido, tiene una pequeña escena de esas que resultan una joya inesperada, y nos desvela un actor de grandísimo talento que ha necesitado toda una vida de cicatrices para dar lo mejor de sí. Grande Rourke en este film.

Técnicamente la producción es más bien cutre. No existen secuencias bien planificadas, la partitura de Brian Tyler brilla por su ineficacia y los planos son rudos. Por no hablar de que parece haberse rodado sin director de fotografía. Pero bueno, lo importante ya sabemos que no era eso, sino ver la famosa escena del trío calavera reunirse por primera vez en pantalla. Bruce Willis aguanta el tipo (y con la voz de Ramón Langa uno no puede evitar reirse), Stallone está realmente bien; natural y relajado. Sin embargo, la entrada de Arnold Schwarzenegger es ridícula. Se nota el paso de los años por nuestro Chuache, y su actuación es nefasta. Es decir, es pura coña. Bien decía Pettenman al apuntar que recordaba a Charlton Heston en sus últimos años, casi sin poder andar y muy cascado.

Tras recaudar en pocos días su presupuesto, Stallone ha anunciado ya la secuela. Esperemos que esta vez pueda contar con todos aquellos que le negaron, o bien no estuvieron. Léase Steven Seagal, Van Damme, Chuck Norris o Kurt Russell.

Lo dicho, este film saca la parte más animal del espectador.


TRON: LEGACY

Saqman
27 Julio 2010

Esta es, sin duda, la única película de 2010 por la que cuento las horas… Esperemos que, esta vez, las segundas partes (treinta años después), sean buenas.


Hubo un tiempo en que los vampiros eran unos seres infernales, repulsivos, infectos, infames. Era el tiempo en el que los hijos de la noche se dedicaban a buscar víctimas para chuparles la sangre, raptaban niños para papeárselos en la lobreguez de sus inmundas criptas y hacían todas las putadas habidas y por haber por clavarle su puntiagudo piñonate al desprevenido mangurrino.

Además, los vampiros a la vieja usanza eran más feos que yo, y si no, acuérdense de Nosferatu: Madre mía, qué feo, el tío, con esos dos dientecetes (que no colmillos) puntiagudos ahí puestos en mitad de la boca, con esa cabeza de huevo, esas manos que no habían visto un cortauñas en su vida y ese aspecto delgadino y acartonado que caracterizaba los movimientos de semejante esperpento. Eso sí que daba miedo.

Por no hablar de la jeta del vampiro más famoso, Drácula, tanto un su versión Christopher Lee como Bela Lugosi, vaya dos. Luego han habido Dráculas más apañadetes, como Gary Oldman o Frank Langella, pero vamos, que seguían dando el pego como vampiros de a pie. Y, por favor, no olvidemos, a Brácula, ése sí que era un vampiro hecho y derecho, de los de la vieja escuela, el orgullo de los no-muertos. Y encima cantaba.

Pero la cosa vampírica empezó a torcerse. Para este Sombrerero, gran amante de la literatura y el cine de vampiros de calidad, o de cierta calidad porque “Noche de Miedo” no es que sea la “ostien”, el primer síntoma de que los vampiros empezaban a desteñir a lo rosa fue con la saga de “Crónicas Vampíricas” de Anne Rice. Yo, con mi inocencia de chavea, pensaba que me iba a encontrar un aterrador relato de vampiros de los que te dejaban el cuello como la cama de una ciega, al mejor estilo “El Misterio de Salem’s Lot”, un tremendo y acojonante libro de vampiros, y me encontré con un relato en el que los chupasangres eran más bien suavones y delicados. Tenían sentimientos, se lo pensaban dos veces antes de chuparle la sangre a cualquier mangurriato que pasara por allí y, en genereral, se la cogían con papel de fumar. Es una visión diferente del mundo vampírico, sí, pero a mí no me gustó un pelo y al segundo volumen de la saga decidí donar los libros a los Huerfanitos del Hobbit.

Pero eso es caspa comprarado con lo que se vive ahora con eso de la saga “Crepúsculo” (vulgo, Crepújculo), esa suerte de cruce entre “Física o Química” y “La Noche de Walpurgis”, en la que chupasangres y hombres lobo buenorros y hormonados en vez de dedicarse a su oficio, dejar a la gente con menos sangre que un flash de limón, se dedican a enamoriscar adolescentes que suspiran por los huesos de estos tíos. Y, bueno, si las películas estas fueran de las que ponen después de comer en Antena 3, vale que vale, pero se ha desatado una fiebre, una pasión, toalmente exagerada y desmedida. La historia ha llegado hasta tales extremos que hasta en España se hizo una miniserie de parecidos sospechosísimos con la saga “Crepúsculo” con vampiro guaperas y adolescente “ennortá” que tuvieron que retirar por falta de audiencia. Y es que el público tampoco es tan tonto.

Ahora todas las adolescentes quinceañeras quieren su propio vampiro para que las haga suspirar de amor. Pues a unas cuantas de éstas les mandaba yo a Max Schreck, y se les quitaba la tontería pero de raíz.


Como diría el típico niñato de mi barrio: “CRANK es la caña de España“.

Llegué a esta película a través de nuestro inestimable colaborador Pettenman que, durante un almuerzo en familia, se deshacía en elogios a esta película y, sobre todo, a esa romántica y sutil escena en que el protagonista unta la escopeta de petróleo y se la introduce por el culo a un negro. Sí, lo que oyen, una escopeta por el orto.

Total, que tamaña barbaridad llamó mi atención y el otro día que conseguí estar solo me dispuse a verla. Y eso que ni siquiera he disfrutado de la primera parte. Ni falta que hace, porque Crank 2 es un auténtico festín de sinsentidos todoterreno, donde da igual si existe una historia o no, si el espectador se debe entfrentar a personajes atormentados, inolvidables, interpretador por, digamos… ¿Ralph Fiennes? Nada de eso. Crank 2 Va a lo que va. Es decir, a derrochar testosterona por los cuatro costados y jugar a la autosuperación de brutalidades y aberraciones.

Y, siendo justo, debo afirmar que la película triunfa en todos sus aspectos. Principalmente porque el espectador al que va dirigida (o sea, a un toro de Miura) entra rápidamente en el juego cachondón que le proponen, y simplemente se impregna de una acción sin límites (nunca mejor dicho) y de una absoluta falta de sentido del ridículo. En Crank 2, absolutamente todo vale. Y si en ese todo se dan cita actitudes homófobas, misóginas, racistas y ultraviolentas, pues mejor que mejor.

Centrándonos en la calidad artística del film (que la tiene, la tiene), lo más destacable es su vertiginoso ritmo, causa principal de que el metraje resulte corto y el espectador se quede con ganas de más. Sin embargo, se entiende que el director apuesta por la velocidad, acelerando el ritmo conforme avanza el film, impidiendo al espectador, y a sus propios personajes, siquiera pensar qué están haciendo. El duro protagonista, Chev Chelios, vive una insufrible búsqueda de su propio corazón (léase literalmente, y dejémonos de gilipolleces románticas) a ritmo bakalao. Por el camino se le cruzarán toda suerte de individuos que acabarán siendo sexualmente vejados (si es chica) o con los sesos esparcidos por doquier (si no lo es). Por culpa de un desafortunado encuentro, el pobre Chelios se ve obligado a alimentarse de electricidad pura, y cada vez que se da un chute ocurren las más dispares situaciones. Y eso aporta tremenda diversión a la película, puesto que el guionista se salta a la torera cualquier ley física universal, y apuesta por la fantasía desmedida y el más puro cachondeo. Incluso se marca un homenaje a las películas de monstruos japonesas, con un combate sin igual entre dos gigantones. Y es que nadie se toma en serio la película, y eso tiene como consecuencia que la libertad artística es abrumadora. Ocurren situaciones de lo más esperpéntico, absolutamente incoherentes, pero realmente entretenidas. Todo con tal de ofrecer una de tiros y tías buenas.

Porque el factor decisivo del film es el público al que se dirige. 100% a jóvenes machos alfa. La película es una consecución de tías buenas e incorrección política. Lo que se muestra en pantalla es una irrealidad total, pero se hace cómplice al espectador para indicarle que vive un sueño sin barreras morales. En el film las mujeres son tratadas como mera carne, prácticamente destinadas a ser objeto de deseo sexual, y su papel queda relegado a salir en pelotas o medio desnudas portando metralletas.

Pero lo que más me gusta del film es su actor principal, Jason Statham. Porque, fíjense, que no me imagino yo otro actor que tenga la suficiente caradura como para interpretar un papel tan sinvergüenza, y parecer tomárselo en serio. Statham clava a la perfección aquello que se le pide, que tampoco es mucho, no nos engañemos. Es decir, poner cara de “estoy muy cabreado” y dedicarse a correr, dar puñetazos, soltar tacos y disparar a diestro y siniestro.

En fin, una película realmente entretenida, con escenas inolvidables, plagadas de torturas genitales, pibonas cachudas, y escenas tórridas de sexo de lo más disparatado (impresionante hipódromo). Recomendable para ver con los amigotes cuando uno se queda de Rodríguez.


La noche que estaba padeciendo era absolutamente toledana… dolores fuertes de barriga, retortijones, pesadillas en las que Sandra Bullock ganaba un Oscar (ah, no, que eso es cierto).
El caso es que no podía pegar ojo, y a eso de las 3 de la noche decidí irme al salón, al igual que lo hacía, años atrás, cuando uno era un púber hiper-hormonado, protagonizando aquellas escaramuzas nocturnas con intenciones no muy castas.

Pero si la televisón de día es un completo excremento, la programación de madrugada es una retahíla de concursos estúpidos en los que la banca siempre gana (y eso lo sé de buena tinta), salvo algunas gratas excepciones, y no estoy hablando de programas como Erotissimo, ni Narciso’s Show

Por un momento, viví unos angustiosos minutos para los que mi cuerpo a duras penas estaba preparado. En un fugaz zapping, comprobé que en la 1 estaban echando “Fuga de Alcatraz”, protagonizada por el gran Clint Eastwood, disfrutando de unas escenas al más puro estilo clinteastwoodiano, con frases cortas, miradas fulminantes y acciones contundentes. Cambié de canal; en La 2 echaban una especie de homenaje a Clint Eastowood, de nuevo, con memorables escenas de Walt Kowalski, de Gran Torino, William Munny de Sin Perdón, o el Sargento de Hierro Thomas Highway…

“No puede ser”, pensé para mis adentros, a la vez que, con un nudo en el estómago, ponía canales de noticias y miraba el teletexto para confirmar, o mejor dicho, para asegurarme, de que Clint Eastwood seguía vivo y coleando. Esos minutos en los que buscaba la información los recuerdo con una mezcla de tristeza, angustia y rabia; y es que el bueno de Clint no me podía haber dejado así por las buenas, sin avisarme, sin haberse despedido de mi.

Al fín respiré tranquilo, no sería esa la maldita noche en la que me quedaría huérfano de Clint. De todas formas, ya se lo que se siente, al menos por unos minutos, cuando él no está… y la verdad, no me ha gustado nada.

Clint, no nos faltes nunca.


De casualidad, es la única forma de explicar mi tropiezo con esta película, y eso que me encanta el sub-género de los zombies. El caso es que ni había escuchado hablar de “Bienvenidos a Zombieland”, y es que, saliendo Woody cara-de-cartón Harrelson en el cartel, puede quitársele las ganas a más de uno (a mi desde luego no). Nada más lejos de la realidad.

Zombieland, tal y como ocurre con la última gamberrada del estilo que he visto, “Dead Snow”, cumple con creces la difícil tarea de mezclar acción, comedia y zombies sin que la cosa chirríe demasiado.

Así, el film nos presenta un mundo plagado de zombies en el que un heterogéneo grupo de personajes trata de sobrevivir a la complicada situación a base de astucia, y por qué no, un poco de violencia gratuíta. Así, nos encontramos con Columbus, un friki inadaptado de tomo y lomo, a quien la situación le ha superado hace tiempo, pero que aún sigue vivo gracias a que sigue un conjunto de reglas inquebrantables. Luego está Tallahassse (Woody Harrelson) un ultra-violento, maniático y desequilibrado vaquero caza-zombies cuyo mayor placer, después de matar no-muertos, es comer unos pastelitos parecidos a los Pantera Rosa de nuestra infancia. A estos dos se unen Wichita y Little Rock, dos hermanas de cascos ligeros que atraviesan el país en busca del último refugio libre de amenaza zombie.

Ya desde los primeros minutos nos damos cuenta que asistimos a una película un poco fuera de lo común, con esos títulos de crédito a lo Watchmen y una introducción atípica donde las haya. Además, el film, cuenta con varios aciertos, en los que conviene detenerse.

En primer lugar, las perspicaces normas de supervivencia de Columbus con las que empieza la película, y a medida que avanza la misma, se nos van recordando lo importantes que son éstas para sobrevivir en un mundo de bestias hambrientas, y lo difícil que puede llegar a ser cumplirlas según la situación que se presente.

En segundo lugar, el pirado de Woody Harrelson lo clava a la perfección, quién lo iba a decir, sin resultar demasiado histriónico. Debo admitir que desde “Asesinos Natos”, es un actor que me ha caído en gracia, y el papel que interpreta le viene como anillo al dedo. Harrelson en estado puro, con esa mirada turbadora, para bien o para mal, según cada cual.

Por último, la inclusión de algún gag intermedio, sin venir a cuento, pero muy bien insertados (el premio al mata-zombies de la semana); la inesperada aparición del también amado y odiado a partes iguales, Bill Murray haciendo de Bill Murray, riéndose de si mismo y  de su clásicos ochenteros (¿Quién dijo que estaba últimamente sosete?)

Como he mencionado al principio, desconocía la existencia de “Bienvenidos a Zombieland”, pero el posterior redescubrimiento en DVD me ha dejado con un gratísimo sabor de boca. Una comedia sencillita y ligera para echar el rato.

En definitiva, con esta película he podido comprobar que se puede hacer humor zombie sin parecer idiota, tanto como para el que hace la película, como para el que la ve sentadito en su casa. No os la perdáis.


Libera tu mente, y ve a ver “El Libro de Eli”… sólo así no saldrás decepcionado al no ver un remake de Mad-Max, o en su defecto, una película de acción pueril al más puro estilo de Avatar.

Desde luego, yo entré en el cine así, completamente predispuesto a nada, y con sólo la referencia de los hermanos Hughes como directores. Esos mismos hermanos Hughes que, hace años ya, hicieron un más que meritorio debut con ‘From Hell’, adaptación de una novela gráfica de Alan Moore y Eddie Campbell, con Jack el Destripador como eje central y una destacable interpretación de Johnny Depp en el papel protagonista.

Con “El Libro de Eli” ahora más que nunca, se puede decir aquello de “para gustos, los colores”, ya que este film puede encantarte, o no decirte absolutamente nada; Eli, encarnado por un Denzel Washington que no tuvo que ensayar mucho para meterse en el papel, vaga con cara de cartón por una tierra post-apocalíptica (merced a una excelente fotografía) custodiando un tesoro que debe ser protegido a toda costa y llevado hacia un lugar indeterminado de la costa Oeste norteamericana… o al menos eso es lo que él piensa.
En su camino lleno de vicisitudes se cruzará un cacique con mal olor y peores ideas, el gran Gary Oldman, y que busca desesperadamente justo lo que Eli lleva. Ya con esto la película ya está planteada.

Aunque más de uno puede pensar que la gracia del film está realmente en lo que Eli transporta, la cosa va mucho más allá, y ahí entran en juego las ganas que tiene el espectador de involucrarse en la historia, o de aburrirse soberanamente. Desde luego, me quedo con la feroz crítica que se hace, con el papel de Gary Oldman, de la religión como instrumento para dominar a las masas, de la situación que nos llevará, más pronto que tarde, a convertir a la Tierra en un planeta baldío, y por último, ese alegato a la fe ciega, al convencimiento inquebrantable en algo… esa fe que ya tan poco se ve hoy en día, y de la que llego incluso a dudar si alguna vez llegó a existir alguien así.

En definitiva, no quiero desvelar el contenido entre líneas de la película, sólo diré que si queréis ver un film de motoristas crueles, héroes infatigables y virtuosos, salvajismo de carretera, acción a raudales y violencia explícita, no la busquéis en “El Libro de Eli”, ved de nuevo “Mad Max” y dejad esta película para otro momento. Entretenida, a ratos, impactante, a ratos, inquietante, a ratos, irregular, a ratos… “El Libro de Eli” desde luego no es la mejor película que se ha estrenado este año pero es digna de verla y, con los tiempos que corren de guiones vacíos e historias insulsas, es de agradecer.


Hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a una película cuyas críticas eran tan negativas como unánimes. Tanto que la he relegado durante mucho tiempo hasta que me he visto en la tesitura de elegir entre ver la televisión pública o el film.

Y, una vez más, me enfrento a mis propios amigos al salir a defender una cinta que, a mi entender, es realmente magnífica. Hablamos, como el título indica, de “The Lovely Bones“, la adaptación para la gran pantalla que Peter Jackson ha hecho de la conocida novela “Desde mi Cielo”, de Alice Sebold.

Es difícil valorar esta película, puesto que hay tres modos de hacerla. Visualmente, dramáticamente, y en su conjunto. No deja de ser muy extraño el modo en que Jackson afronta su realización. La película narra el brutal asesinato de una chica de catorce años, Susie Salmon, a manos de un vecino de su propia localidad. Se centra en el trauma que acarrea a su familia, afectada por una pérdida tan terrible como sórdida, así como las reflexiones de la propia chica desde el lugar donde yace su cadáver, que interpreta y percibe como un cielo particular.

El tono del film no deja de recordar a “Criaturas Celestiales“, aquella tremenda película que dio a conocer a Kate Winslet, dirigida por el propio Peter Jackson. La recreación del cielo de Susie Salmon es tan fantástica como imposible. Incluso pareciera que los efectos visuales son poco creíbles a propósito. Se ha criticado hasta la extenuación a Jackson por aferrarse a esa recreación visual tan exagerada pero, a mi entender, tremendamente acertada. No olvidemos que es la visualización de la muerte de una chica de catorce años. Los constantes cambios de escenarios y el abuso del CGI no dejan de ser una triquiñuela para hacer sentir incómodo al espectador. Al fin y al cabo estamos hablando de un “no-cielo” virtual exagerado y recargado, donde rige el surrealismo, y con una inspiración clara en los cuadros de Dalí.

El dramatismo del film está fuera de toda duda. El impacto familiar de una noticia tan terrible está perfectamente reflejado. tanto que yo mismo, como espectador, poniéndome en la piel de los padres, noté mis vellos erizarse, y sentí como la impotencia y la rabia se apoderaba de mí. Si bien es cierto que se nota que Jackson ha recortado metraje del drama humano contraponiéndolo a la visión celestial. Hay por detrás un magnífico trabjo de Mark Wahlberg, que se muestra como un padre atormentato, incapaz de perdonarse el asesinato de su hija. Grandes están sobre todo los dos actores principales, la jovencísima Saoirse Ronan, interpretando a Susie Salmon, y el afamado Stanley Tucci, en su primer papel dramático destacable, el del asesino en serie George Harvey. Increíble ambos por su fuerza y su convicción, y por llevar al límite su interpretación. Ronan está esplendorosa en una actuación que le va como anillo al dedo, dejando que el público se encariñe con su mirada, y sienta ternura hacia ella. Opuesto pero no menos admirable el propio Tucci, como uno de los más conviencentes psicokillers cinematográficos de la historia. Es decir, un tipo corriente con un impulso irrefrenable. SIn traumas, sin historias por detrás. Un hombre normal con necesidad de sangre. Por otro lado, hay que reconocer la indiferente interpretación de Rachel Weisz, como madre destrozada que, por desgracia, no consigue transmitir nada. Igual ocurre con la veterana Susan Sarandon, réplica humorística al tono triste del film, pero que se queda en mera anécdota. Probablemente sea culpa del director el no sacar partido a estas dos magníficas actrices que aquí se encuentran desorientadas y realmente incómodas en su papel.

Jackson demuestra un ingenio sin igual, propio de él, en el planteamiento de las escenas. Un talento que ya ha quedado demostrado y del que hace gala. La secuencia del asesinato está brillantemente resuelta sin necesidad de abrumar al espectador explícitamente, pero tocando su fibra sensible con un mero efecto CGI. También lleva con pulso constante y mano de hierro aquellas secuencias de tensión. La entrada furtiva de la hermana de Susie en casa del asesino está milimétricamente diseñada, con un primer plano de las hojas de un cuaderno que imprimen terror y nervio al espectador.

Personalmente, pienso que la película ha sido rechazada por navegar entre dos mundos, el dramático clásico y el CGI moderno. Y sin embargo, para mí es ese mismo contraste el que le da valor. El film emociona, transmite pérdida e injuticia. Y deliberadamente prefiere mostrar la ensoñación y despertar a la muerte de la chica Salmon que el propio thriller de asesino en serie. Un espectador acomodado y conservador encontrará la cinta fallida. Sin embargo, si uno es capaz de liberarse de prejuicios cinematográficos y centrarse en la historia, con independencia del medio, llegará a sentirla como tal.

Es de esos films que me han dejado varios días afectado, reflexionando y dejando que impregnemi piel. Quizá la magnífica y simplista partitura de Brian Eno habrá contribuido. Pero estoy seguro que en unos años se verá como una película visualmente trasgresora, una pequeña joya escondida en un mundo de superproducciones y falsos indies.


Es indignante lo que hacen en España los responsables de traducir el título de una película al castellano. ¿Es que piensan que somos imbéciles? Soy de los que opinan que es un tremendo insulto al espectador. Sobre todo cuando se hace tan mal como en el caso de la última producción animada de la Disney, “The Princess and the Frog“, cuya traducción literal (y lógica) es “La Princesa y la Rana“. Aquí, que somos como somos la conocemos por “Tiana y el Sapo”. ¿Por qué? ¿porque una rana no puede ser macho? ¿porque una princesa no puede ser negra? No lo entiendo en absoluto.

Mi indignación viene a cuento porque pienso que este nefasto título es un atentado a una película, a mi entender, casi redonda. Porque resulta una alegría que la factoría de las ideas vuelva a deleitarnos con un clásico de los de siempre. Los que me conocen saben cuánto me gustan los dibujos y la animación. Por eso la llegada de Pixar incitó a pensar que el futuro estaba en el 3D. Nadie tuvo en cuenta el factor esencial, y es que Pixar siempre, y digo siempre, ofrece un guión sólido y una dosis de calidad y entretenimiento en sus películas. No se puede decir lo mismos de los subproductos de Dreamworks, o de la Fox, léase Shrek o Ice Age; films hechos con un meor propósito comercial aparcando completamente el lado artístico.

Como les decía, la llegada de Pixar y el empeño absurdo por parte de Disney de sacar un film al año (cuestión de vender juguetes, oigan) llevó a la compañía a producir películas animadas de calidad más que dudosa, como Hércules, El Emperador y sus Locuras, Atlantis o la inefable Zafarrancho en el Rancho (otro ejemplo de traducción exquisita). Así, la inmejorable onda que habían generado películas como La Sirenita, La Bella y la Bestia, o Mulan, se difuminó hasta llevar al cierre de la sección animada de la compañía.
La Princesa y la Rana nos devuelve el mejor Disney, el que se convierte en un clásico desde el momento de su estreno. Un film innovador en muchísimos aspectos, pero que retorna al estilo de animación clásico, alejado de líneas rectas y aristas de las últimas superproducciones.

Y no puede llegar en mejor momento esta primera princesa negra, ¿casualidades de la vida? con un recién presidente de color en la Casa Blanca. No seamos injustos. Disney llegó primero. Una película de este tipo lleva una preproducción de varios años, y su gestación y posterior postproducción pueden alcanzar los cinco o seis años. Así que dejemos en Disney el crédito de intentar innovar y hacer algo que nunca se había realizado antes.

Y ese es quizá el acierto del film. Situarlo en New Orleans en un entorno humilde, en la primera mitad del siglo XX, permitiendo a los ilustradores dibujar escenarios realmente magníficos (¿nadie se fija en los fondos de las películas de Disney?) Por ello, la joven Tiana, muchacha sin recursos, decidida y con mucho sarcasmo, se perfila como el arquetipo de personaje Disney trasladado a nuestra sociedad actual. Y realmente simpático resulta el Príncipe Naveen, alejado al cien por cien de los ñoños principitos de capa y pluma tantas veces retratados. Aquí Naveen se presenta como un auténtico vago sinvergüenza, sin escrúpulos pero con un toque inocentón, y perfectamente doblado por el actor Bruno Campos. La película cumple con todos los requisitos establecidos: canciones, aventuras, secundarios divertidos, malo malísimo. Pero hay novedades. En este caso  mi preferida es la incorporación del villano d eturno, el Hombre Sombra, el Dr. facilier, interpretado por Keith David. Un diseño realmente conseguido, penamente acorde con la tonalidad del film. Me gustan casi todos los secundarios, quizá menos Mama Odie, pero Jim Cumming se lleva la palma con Ray, esa pequeña luciérnaga fea de horrores, enamorada de una estrella.

La película tiene muchos gags, en general sencillos y efectivos, pero desprende frescura. Es por eso que se hace tan agradable de ver, puesto que no hay ínfulas de crear una obra maestra. Quizá falla Randy Newman y, aunque sus composiciones cumplen su tarea, no consigue enganchar al público con sus canciones.
Recomiendo llevar a los niños a ver este film de los de antes. Un aapuesta segura para ellos que resulta, además, gratificante para nosotros.