Entrada para categoría ‘Los libros de Mr. Norrell’

Cordura

Alfonsina
14 Mayo 2010

“Uno puede pasarse la vida diciéndose que la vida es lógica, prosaica y cuerda. Sobre todo, cuerda. Y creo que así es. He tenido mucho tiempo para pensar en ello. Y siempre vuelve a mi memoria la declaración de la señora Underwook antes de morir: “Así se entiende que cuando aumentamos el número de variables, los axiomas en si no sufren cambios.”.

Estoy realmente convencido de ello.

Pienso, luego existo. Tengo vello en la cara, luego me afeito. Mi esposa y mi hijo se encuentran en estado crítico tras un accidente de coche, luego rezo. Todo es lógico, todo es cuerdo. Vivimos en el mejor de los mundos posibles, de modo que ponme un cigarrillo en la izquierda, una cerveza en la derecha, sintoniza Starky y Hutch y escucha esa nota suave y armoniosa que es el universo dado vueltas tranquilamente en su giroscopio celestial. Lógica y cordura. Como la coca-cola, la vida es así.

Sin embargo, como tan bien saben la Warner Brothers, John D. McDonald y la Long Island Dragway, existe un Mr. Hyde para cada feliz rostro de doctor Jekyll, una cara oscura al otro lado del espejo. El cerebro tras esa cara nunca ha oído hablar de hojas de afeitar, plegarias y de la lógica del universo. Vuelves de lado ese espejo y ves tu rostro reflejado con una siniestra mueca, medio loca, medio cuerda. Los astrónomos denominan a la línea entre la luz y la oscuridad “el terminador”.

Esta lógica se devora a sí misma e indica que la vida es un mono sobre un palo, que gira histérica y errática como esa moneda que se lanza al aire para decidir quién paga el almuerzo.

Nadie mira ese otro lado a menos que sea preciso, y lo entiendo perfectamente. Es una ruleta y quien afirme que el juego está manipulado no hace más que lamentarse. No importa cuántos números haya, el principio de esa bolita blanca no sufre cambios. No digáis que es absurdo; es todo muy lógico y cuerdo.

Y esa naturaleza extraña no sólo se halla en el exterior, sino también dentro de uno, en este mismo instante, creciendo en la oscuridad como un puñado de setas mágicas. Llámala la “Cosa del Sótano” o el “Zorro de las Melodías Animadas”. Yo lo concibo como mi dinosaurio privado, enorme, viscoso y lerdo, que recorre a trompicones los hediondos pantanos de mi subconsciente sin encontrar nunca un hoyo de brea lo bastante grande para caber en él. ……(Rabia de Stephen King)”.

¿Será cierto que cada uno de nosotros tiene una especie de botón on/off que, de encenderse, nos haría perder el control?…¿y de ser así…….cual es el detonante que a cada uno de nosotros nos haría pasar de “nomal” a “loco”: un engaño, una ruptura, una injusticia, que se te cuelen en el súper, qué ocupen tu plaza de garaje?, ¿puede que al igual que Michael Douglas en “Un día de furia” halla algo concreto, particular, que a cada uno de nosotros nos hiciera perder el control?; y…………¿Qué sería?.


El Culpable

Alfonsina
30 Abril 2010

Me atrevo a afirmar que en un 99,99% de las personas que nos consideramos lectores empedernidos, esta afición es debida a un primer libro que causó, en su momento, tal impacto en nuestro cuerpo/mente que automáticamente, ipso facto, se sufre la transformación en un “devora-libros”.

En mi caso, siendo pre-adolescente, el libro que me “soliviantó”, fue “La vida sale al encuentro” de Martín Vigil. Vale, que sí, que posiblemente si me lo leyera ahora pensaría que es una “chonchá”, pero en ese momento y en mí pueblo,o leías a Martín Vigil o “Esther y su mundo”, qué podía hacer yo…

No recuerdo absolutamente nada del argumento, lo que sí recuerdo es la panzada a llorar y haber salido corriendillo con mis tiernas “paticas” treceañeras o catorceañeras, en busca de la librería más cercana (y única) del pueblo, para comprarme otro del tal Vigil. Ni que decir tiene que mi ímpetu literario por el susodicho duró dos telediarios, quizás uno y medio nada más. Lo que sí que consiguió y no me ha abandonado, es mi requete-gusto por la lectura.

Pocos años después, pasaría por mis manitas manchegas un libro que marcaría mi inclinación por la literatura de terror, en especial por el maestro Stephen King; el libro en cuestión: “La Tienda”. Mi afición por los libros del escritor nativo de Maine sigue vivita y coleando, aunque (y con diferencia) siento predilección por sus primeros libros: “Carrie”, “El Resplandor”, “Misery” y por supuestisísismo por “It” aunque a raíz de leérmelo, poquita gracia me hace el payaso del Mcdonald´s.

Para mí, fueron estos los libros que me engancharon a la lectura, pero las personas, a la par que humanas, somos tan distintas como distintos pueden ser los libros enganchadores, puede que para alguien su libro sea “La Colmena” y para otro sea “Sentimientos de una Thermomix”.

En mi intrínseca meditación de hoy me pregunto, ¿cuántos libros-culpables habrá por el mundo que hayan convertido el hábito de leer en uno de los más placenteros-placeres de la vida? ¿Y él tuyo, cuál es?…


Dándome el otro día una vuelta por una librería de esas grandes vi que habían reservado un espacio enorme dedicado exclusivamente a la novela negra… ¡¡sueca!! ¿Es que hace falta ser sueco para hacer buena novela negra? ¿Los escritores suecos sólo escriben novela negra? ¿O es que todos los escritores suecos quieren ser Stieg Larsson? Y lo más importante… ¿Los habitantes de Socuéllamos, suecos también, también le darán a la novela negra? Si es que cuando nos da por algo…


Descansa en Paz

Saqman
26 Abril 2010

Recién sacadito del horno he comprado este libro, “Descansa en Paz“, al que tenía ganas de hincarle el diente desde hace un tiempo. ¿La razón? Es fácil. La película Déjame Entrar despertó mi interés por este escritor sueco, John Ajvide Lindqvist, capaz de dar la vuelta a la mitología vampírica y sorprender a propios y extraños con una visión apartada y terrorífica de la oscuridad.

En esta ocasión, Lindqvist regresa a dar una vuelta de tuerca a otra de las temáticas recurrentes en el cine y la literatura de terror: los zombies.

Pero no nos confundamos. Este libro está muy alejado del ‘zombiexplotation‘ que asalta nuestras librerías y pantallas cinematográficas. Aquí no hay muertos que van cojeando, ávidos de sangre, ni chicas de senos turgentes que son las primeras en morir. Aquí no hay ningún pánfilo adolescente que las circunstancias (y una buena motosierra) transorman en héroe. Para nada. El escritor vuelve a incidir en la necesidad de mostrar el horror como reflejo de la propia consciencia humana, y cómo un suceso terrorífico puede afectar a la sociedad.

La historia se centra en la muerte. En todos sus aspectos. En los hospitales, en el depósito de cadáveres, en los cementerios. La muerte es protagonista del relato. El argumento gira en torno a un grupo de personas, que no se conocen entre sí, pero que comparten una suerte común. Todas han perdido recientemente un ser querido. Es abrumador (e incido en ello) el modo en que la pérdida y la desolación está tratada en este libro. El autor maneja a la perfección los sentimientos de sus personajes, hasta el punto de hacer sufrir al lector. Cualquiera que haya sufrido una muerte cercana ve reflejado, con maestría literaria, el absurdo del momento. Cómo el mundo cotidiano que rodea a los que quedan se hunde en un sinsentido desolador. Lindqvist demuestra una sensibilidad inusual en el género para ahondar en lo más profundo de sus personajes.

Es inevitable sentir un tremendo dolor ante la muerte de Eva, leyendo los sentimientos de David, incapaz de retomar su vida, de mantener la felicidad de su hijo pequeño, huérfano de madre y de cariño. No menos abrumador resulta asistir a la lucha interior que sufre un abuelo ante la muerte accidental de su nieto. Los pensamientos, a veces absurdos, a veces tremendamente reveladores, de estos seres que ya no encuentran su sitio entre los vivos, reflejan a la perfección el sentimiento de pérdida y de desesperación.

El libro comienza realmente con una gran tormenta eléctrica que asola la ciudad de Estocolmo, en el año 2002. La intensidad de la misma es tal que afecta a los aparatos eléctricos, que no pueden apagarse, así como a los residentes de la capital, que casi no pueden resistir la presión. Son varios los accidentes que ocurren debido a la misma. Y después, ¡zas!, tal como llega se marcha y deja todo igual. ¿Todo? No, todo no. Porque todos los cadáveres fallecidos en un intervalo de dos meses de pronto despiertan.

Me gustaría destacar que el éxito de esta novela radica en el planteamiento realista con que el autor dota a la trama. Bajo las circunstancias descritas, ¿qué ocurriría realmente si los muertos se levantasen? ¿Cómo acturaían las instituciones, el gobiernos, el pueblo y, sobre todo, los familiares? Esa es la pregunta que parece hacerse Lindqvist, y que resuelve con maestría. Puesto que, si el dolor que sienten los protagonistas es inmenso ante la muerte de sus seres queridos. ¿Cómo pueden sentirse cuando les ven despertar, putrefactos y deshidratados, casi sin cerebro, con sus funciones vitales menguadas debido al tiempo que han pasado descomponiendose? ¿Pueden amar igual a estos “redivivos“? ¿Pueden considerarlos sus padres, sus hijos, sus hermanos, o sólo un mera sombra de lo que fueron? ¿Y cómo pueden incorporar a sus vidas de nuevo a estos seres? ¿Cuán grande puede ser la desesperación de un hombre que le lleve a desenterrar a un niño aunque casi le pueda llevar a la locura?

Son preguntas que el escritor trata de responder con humildad y sin pretensiones. No pretende juzgar a sus personajes, y por ende, a la sociedad en la que vive, que intenta pasar esta crisis como si de otra cualquiera fuera. Algo en el orden de las cosas ha cambiado. La resurrección de los muertos se configura como un acto innatural del cosmos, que provoca serios problemas en aquellos que los rodean, que deben enfrentarse a la realidad de sus pensamientos, y a la de los demás, en un alegato a la verdad al que no están preparados.

Es un libro recomendable cuya lectura es sencilla y fluida. Quizá demasiado directa a veces, pero que deja un gran sabor de boca. El lector que sepa conectar que John Ajvide Lindqvist no quiere salir de su universo, y desearía que las páginas del libro fueran infinitas. Sobre todo por qué es de esos que, utilizando la ficción como telón de fondo, reflejan a la perfección la realidad tan cruda y cruel en la que vivimos.


Queridísimos Reyes Magos de Oriente. Si es verdad que existís, y apuesto a que sí, no tendréis problema alguno en regalarme el día 6 de Enero la obra completa del Peter Pan de Loisel.

Creo que es de los cómics más bonitos e interesantes de los noventa, y pienso que quedaría magnífico en mi estantería. Pero si, cosas de la entropía del contínuo espacio tiempo, resulta que no existís, o vivís en una dimensión paralela que se abre entre los espacios euclídeos, no me importaría que algún sombrerero con espíritu navideño colocara Peter Pan debajo de mi árbol.


Es una verdad universalmente reconocida que un zombi que tiene cerebro necesita más cerebros“. Así empieza Orgullo y prejuicio y zombis, una versión ampliada de la clásica novela de Jane Austen, sólo que con escalofriantes escenas de zombis que siembran el terror y devoran a seres humanos. Cuando esa misteriosa plaga llega a la apacible población inglesa de Meryton y los difuntos empiezan a resucitar convertidos en temibles muertos vivientes, la intrépida heroína Elizabeth Bennett tendrá que acabar con la amenaza y, al mismo tiempo, evitar que la llegada del altivo y arrogante señor Darcy la distraiga de su empeño. Reescritura en clave de solfa de un clásico fundamental, Orgullo y prejuicio y zombis es una comedia deliciosa, aderezada con civilizadas peleas entre los dos jóvenes enamorados y otras más violentas en el ensangrentado campo de batalla donde Elizabeth libra una guerra sin cuartel contra legiones de zombis que se alimentan de seres humanos. Orgullo y prejuicio y zombis, con sus desengaños amorosos, sus duelos, su canibalismo y sus cadáveres putrefactos, transforma una obra maestra de la literatura mundial en algo que realmente desearemos leer.


Hace no mucho tiempo que me terminé de leer “Yo, Claudio”, de Robert Graves. Sin duda, una obra fantástica de la literatura histórica. Una narración magnífica, dotada de un sentido del ritmo increíble y bastante instructora. Durante varios días estuve recomendando a varias personas su lectura, alabando sus cualidades y minimizando sus defectos. Llevaba yo tiempo queriendo adquirir el libro, y fue este verano, en una feria del libro, que lo compré por tan sólo dos euros.

Lo que no quita valor al libro. Y ocurre que, muchas veces, casi prefiero leer un libro en papel malo, con una impresión irregular, y en formato bolsillo. ¿Y por qué? Depende de la narración. En casos como el que toca, probablemente sea porque le aporta un caracter antiguo que subconscientemente asignamos a un objeto del pasado. Y siendo la historia su principal leit motiv, la inmersión en la novela es como más sencilla y a la vez profunda.

Pues como siempre, las cosas me ocurren por bocazas. De tanto pregonar las cualidades de la obra, un compañero del trabajo (que ya ha sido mencionado en este blog), insistió en que se lo prestase. Y dicen por ahí que nunca jamás se debe prestar un libro, el coche o la mujer de uno. Con toda mi buena fe le presto un regalo sin parangón, es decir, la posibilidad de saborear una obra inteligente y perspicaz, con ironía y humor. Un regalo imposible de superar. Lo que todos sabemos, o deberiamos saber: el mejor de los regalos, sin duda alguna.

Dos meses ha tardado el buen hombre en leerse el libro, y todos los días tenía que escucharle decir que le parecía un poco lento, que no se explicaba cómo no contaba la vida de Claudio, sino de los que le rodean, que es un libro muy raro en su forma, que no termina de convencerle. Al final, después de tragarme tres o cuatro veces una respuesta inapropiada, que acabaría inmediatamente con nuestra relación más que cordial, pero que me dejaría más a gusto que una buena ventosidad tras un cocido de garbanzos, conseguí que me devolviera el libro.

Y cual fue mi sorpresa cuando el buen señor lo deja encima de mi mesa y se marcha apresuradamente. Y al rato, cuando me da por mirar el libro, resulta que me ha roto la portada. Pero no un poco, sino un “muy mucho”. No doy crédito. Se lo comento y, cual Steve Urkel me responde “¿he sido yo?”. No, han sido tu bisabuelo el bombero torero.

Si yo fuera un dios, y perdonen que me salga la vena fascista, dejaría inmediatamente ciego a todo aquel que sea capaz de maltratar a un libro. ¿Acaso vamos por la vida maltratando un perro, un hermano, o un frigorífico? ¿Acaso un, cuando le prestan un CD, lo devuelve con el libreto destrozado? ¿Cómo es posible que haya gente que relegue el valor de un libro al de simple lectura de letrina? Un libro es un amigo fiel, un objeto precioso que debe ser cuidado y conservado, independientemente de su calidad editorial, de su aspecto y su olor. Un libro viejo es como el abuelo al que visitas de vez en cuando, que vuelve a encariñar con sus historias de un pasado siempre mejor. Un libro nuevo, recién editado, es ese bebé que llega al mundo esperando deslumbrar, y perdurar en los demás.

Un libro prestado no es ni más ni menos que una muestra sincera y afectiva de amistad. Maltratar un libro prestado es renegar de un amigo, es traicionarlo y despreciarlo. Yo he prestado libros que han maravillado al receptor del mismo, que han alabado sus virtudes, y han significado algo en sus vidas. Tanto que al final he acabado por regalarlos. Y a mí me ha ocurrido igual. Hay libros que me han prestado que ya se impregnan de mí, y yo de ellos, y de un día para otro uno se acaba dando cuenta de que el verdadero dueño del libro es aquel que lo ame.


Recientemente se ha cumplido un cumpleaños que desde este inefable blog no podemos dejar pasar. Se trata de una onomástica especial, ya que hace medio siglo de la publicación del primer álbum de Astérix, que abría por primera vez con aquella introducción que muchos de nosotros se sabe de corrido como un padrenuestro: “Nos situamos en el año 50 a.C., toda la Galia está ocupada por los romanos, ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos, resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no resulta fácil para las guarniciones de legionarios de los campamentos fortificados de Babarórum, Acuárium, Laudánum y Petibónum…
Y de esta forma han resistido, hasta hoy el paso el tiempo estos aguerridos guerreros, creados por la mente calenturienta de René Goscinny y el gran dibujante Albert Uderzo.

Por todos es conocido el personaje de Astérix, y el universo de magníficos personajes que le apoyaban y seguían a través de los 32 libros publicados, 8 películas de animación, y hasta incluso un parque temático dedicado a Astérix y compañía.

Y es que también hay que reconocer que el mérito no sólo es de Astérix. Las aventuras del galo, con más de 300 millones de ejemplares vendidos y traducidas a más de 100 idiomas, no serían las mismas si no existieran los legionarios Monosabius y Romeomontescus, el corso Ocatarinetabelachitchix, el incombustible Edadepiédrix, el corrupto Cayo Coyuntural, el hispano Sopalajo Arrierez y Torrezno… Podría tirarme horas y horas hablando de esta o aquella historia, de aquel guiño de Goscinny, o de aquel hilarante diálogo que he releído infinidad de veces desde mi infancia y que aún hoy, siguen arrancándome una gran sonrisa: Astérix en Bretaña, El Combate de los Jefes, La Cizaña… todos y cada uno de ellos un ejemplo de genialidad, humor fino y diversión a raudales.

Pero si la muerte de Goscinny, en 1977, no supuso el fin de Astérix, si supuso un declive, desde mi punto de vista, en la fina ironía, y por qué no, en el chauvinismo y la mala leche que había en cada historieta de Astérix. Uderzo había caído en una infantilización de los guiones que no todos los seguidores supieron encajar muy bien (entre los que me incluyo), de ahí que los lanzamientos de las nuevas aventuras de Astérix y Obélix fueran espaciándose más y más en el tiempo.

Sea como fuere, este cincuenta aniversario es una ocasión espléndida para poner un broche de oro digno a la saga, de manera que, para celebrarlo, llega a las librerías de todo el mundo una nueva entrega de las aventuras de los galos: “El aniversario de Astérix y Obélix. El libro de oro“. Uderzo, que sigue firmando sus trabajos junto a Goscinny, nos presenta esta vez a nuestros héroes ya jubilados y con nietos a los que contarles las viejas batallitas con los romanos en un álbum compuesto de 56 páginas de dibujos inéditos de Uderzo que ilustran un texto que Goscinny no llegó a publicar antes de su fallecimiento en 1977, por lo que parece que, a priori, disfrutaremos de una gran historia con los irreductibles galos, y espero que así sea, ¡por Belenos!

Me siento muy orgulloso de haber crecido con Astérix y Obélix, es algo que ya siempre irá conmigo, y por eso, no puedo hacer otra cosa que felicitarlos como a un padre o a un abuelo… con muchísimo cariño.


Hoy he tropezado, casi de casualidad con una de esas perlas que no deben caer en el olvido, y he pensado que debía ofrecerla a nuestra nutrida y culta audiencia.

De vez en cuando fisgoneo por esas web de coleccionistas a ver si puedo encontrar algún juego de Spectrum para mi modesta colección retroinformática. El caso es que he acabado leyendo, no sin cierto estupor primero, y con lágrimas en los ojos después, los anuncios de venta de su propia obra puestos por un artista conocido como A. Beleña. No soy crítico de arte, pero si de “harte”, hoygan.

Un paseo por la galería de “harte” de este artista nos lleva a épocas imposibles, a situaciones pretéritas y futuras, perjudicando severamente nuestra visión, tanto a la hora de ver su arte, como sus anuncios (os pongo los links porque después me acusáis de que se trata de un montaje):

- La dama de inconito es cultura en piedra natural: A veces dudo si se trata de la Dama de culo, o del mojón que salió del culo de la Dama.
Nótese que empiezan a aparecer los primeros curiosos, buscando grandes diamantes en bruto, haciendo preguntas acerca de la obra.

- La vendedora de sueños: Al menos ha escrito bien el título, pero ya su leyenda comienza a forjarse, teniendo cada vez más adeptos, los cuales se han dado cuenta de su extremo potencial como pintor realista  (lean de nuevo las preguntas, y la seriedad y aplomo en su respuesta)

- Tarde de lluvia Pintura al oleo. Obra indescriptible, en la que juega con efectos visuales que M.C. Escher no pudo ni llegar a imaginar.

Nuestro artista maldito vuelve a recibir una gran oleada de preguntas acerca de tan impactante obra.

- Consecuencias del ajente naranja Biennan Haños 70: Mi favorito, mi debilidad, mi predilecto.

Aquí, nuestro artista alcanza las más altas cotas picasianas. El no va más del buen gusto en la pintura al ¡Qué trazos! ¡Qué crudeza! ¡Qué realismo en las deformidades! ¡Qué desagradable!

A estas alturas de la etapa creativa, hay literalmente piñas por llevarse el cuadro a alguna galería de arte, o cuarto de baño en su defecto, de ahí la cantidad de comentarios (más abajo) recabando más información acerca de la excelente pintura.

Por lo visto, este talento tiene muchas más obras circulando por Internet, amén de esas excelentes respuestas, técnicas y cuidadas, acerca de su obra.

Habrá que seguirle la pista a este “Hartista Hincomprendido”, con mayúsculas.


Fucking Dago

Pettenman
7 Octubre 2009

Desde hace mucho tiempo he tenido siempre la certeza de que el lenguaje español es infinitamente más rico, semánticamente hablando, que el inglés, sobre todo en cuanto nos referimos a los insultos del día a día, cosa que practican, desde la más tierna infancia los chavales de nuestras guarderías (y si no, pregunten a Saqman, o al Sr. Peludo, padres licenciados con honores).

Y para muestra, un botón. Estamos hartos de escuchar, de labios del protagonista de una película americana o inglesa de turno la frase “What the fuck is this?” para, seguidamente, poder leerse en los subtítulos en español multitud de acepciones, dependiendo del día, hora e incluso estado de ánimo del doblador, verbigracia:

-¿Qué coño es esto?
-¿Qué demonios es esto?
-¿Qué carajo es esto?
-¿Qué cojones es esto?
-¿Qué mierda es esta?
-¿Qué huevos es esto?
-¿Qué carajotada es esta?
-¿Qué gilipollez es esta?

Además, si se permiten expresiones compuestas, el resultado de la combinatoria se eleva a guarismos espectaculares (¿Qué puta mierda es esta? ¿Qué cojones de gilipollez es esta?…)

De esta forma, como ya he mencionado al principio, uno está tranquilo desde su privilegiada posición frente a la lengua de Shakespeare. O al menos eso era así hasta hace un tiempo.

Hace unos meses ya tuve la gran fortuna de toparme con un vocablo, usado tanto en América como en Inglaterra, que no es otro que la palabra dago.

Por lo visto, tan extraordinario insulto, parece que hunde sus raíces en nuestro patronímico más castizo, “Diego”, y modificado al inglés como dago, no sirve más que para vilipendiar, denostar y arrojar el más absoluto desprecio del que habla hacia un español, portugués y, si me apuran, hasta un italiano. Es un auténtico esputo dialéctico que nos deja en una posición no muy agradable, y con nuestra riqueza ultrajante-dialéctica al borde del colapso.

Desde que por primera vez escuché ese magnífico ejemplar léxico, no he podido encontrarle una traducción fiel y que respete su más profundo significado.

Y nosotros que creíamos que con decir fuck al final de la frase, quedábamos como Clint Eastwood. Más vale que nos tomemos en serio eso de las palabrotas, a ver si estos ingleses van a darnos de nuevo, a los fucking dagos, por el orto, como ya sucedió en Trafalgar, ¡cojones!