Entrada para Junio, 2008

Qué os podría contar del bueno de Dimitri Shostakovich, aparte de que es considerado por muchos el músico más importante del s. XX. Ahí es nada. Os podría contar que fue un pedazo de torero, y por lo mismo sufrió más de una cogida grave, bastante grave. El toro: un mihura de más de 500 kilos: Stalin y su política de control sobre el panorama cultural y artístico de la Rusia de mediados del siglo pasado: todo lo que se saliera de una música de carácter popular y que ensalzara los valores de la patria era considerado un acto de traición. (Ya sé que he metido en la misma frase tres veces los dos puntos: me debe estar afectando el fenómeno “hoygan”).

Así pues, ¿cómo podía un músico en tal ambiente desarrollar un trabajo que no se quedara en la anécdota del momento político-histórico y consiguiera trascender a lo largo de los años hasta llegar a tener el prestigio de este hombre? ¿Y sobre todo, desarrollarse libremente a sí mismo como músico? Pues “con musho arte y con musho arrojo”. O mejor, siendo un auténtico maestro del subtexto, como lo atestiguan, por ejemplo sus 7ª y 9ª Sinfonías, un ejemplo de bofetada artística al fascismo, pero como él mismo decía: “a los dos fascismos”. La 7ª no es, como oficialmente se aceptaba, una sinfonía dedicada sólamente al pueblo ruso asediado por las tropas alemanas, resistiendo estoicamente el envite, sino en general a las víctimas que cayeron tanto a manos de Hitler como del propio Stalin. Y la 9ª no es sino una parodia artificiosa y extremadamente espectacular, fuegos artificiales que no ensalzan al poder militar sino que más bien se ríen de él. Una bofetada tras otra aceptada de buen grado por el régimen. Un torero, vamos.

Pero no es alegría lo que siente Dimitri, es una terrible tristeza, artística y humana. En dos ocasiones fue acusado de ir en contra de los intereses del régimen (lo que le costó a algún compatriota suyo la deportación e incluso el fusilamiento), le fue retirado temporalmente su sueldo, fue humillado públicamente en el periódico “Pravda”, fueron censuradas algunas de sus mejores obras e incluso tuvo que aguantar que a su hijo en el colegio le obligaran a reconocer que su padre era un traidor.

Se sigue discutiendo si su posterior “claudicación” durante los años en que vivió Stalin fue un acto de cobardía o un intento simplemente de subsistir en un entorno tan complicado. Si queréis que os diga mi opinión: un par de cojones. Entre otras cosas porque el resultado de su obra está cargado de dobles intenciones, frustración e ironía a la vez. Y también porque se habla mucho desde fuera, desde lejos, sin sufrir en primera persona los avatares de tal situación, el aguante de tanta estupidez.

He estado tentado de utilizar alguna de las fotos de sus últimos años, donde expresa en su mirada una tristeza profunda, resultado de tantos años de resignación, pero he preferido utilizar ésta última, más joven, en la que parece decirnos con la cabeza apoyada en la mano. “¡Qué paciencia, madre mía!”

Sin desmerecer a Williams, encontraréis en su serie de quince sinfonías retazos de “Parque Jurásico”, “Indiana Jones” y “La Guerra de las Galaxias” (no en sus temas principales, sino en cortes de música incidental) con gran riqueza rítmica y contrastes tímbricos que hacen muy entretenida su audición.

Casi más interesante es su música de cámara, guardada durante años en su escritorio, por ser impensable su publicación en su momento. Indispensable para cualquier buena tarde de toros.


Muchas veces, cuando salgo a la carretera con mi zopa-móvil, me doy cuenta que no somos más que especies, unas en vías de extinción, otras no, al volante, como si de los conductores de los Autos Locos se tratase. Seguro que, como yo, sois o habéis pertecido a alguna de estas especies:

- El de la “L”: Todos hemos pasado por ese trance. El tío que luce una “L” en la parte de atrás del coche no suele pasar de 80 km/h en carretera, y los ves siempre sudando y en tensión ya que van con mil ojos para no saltarse ni una sola señal y para que la aguja no supere ni un milímetro los 80. Si vas detrás de uno de éstos y hace poco que te has sacado el carné, sueles ser comprensivo con él, pero si ya hace mil años que pasaste por la autoescuela, sueles disfrutar bastante poniendo nervioso al de la “L”, pasándole a toda ostia con una pitada.

- El Étnico: Te los sueles encontrar en verano, y siempre van para abajo, hacia el sur. Van en unos cachos furgonetones que no veas, y en cada furgonetón no suelen ir menos de 40 tíos metidos. Y la baca del buga es un poema, ya que se llevan, literalmente, la casa a cuestas: Fardos del tamaño de cabezas de enano coronan los bugas étnicos.

- El Viejuno: Es el típico tío que ya no cumple los 70 que va con 600, un 127 o similar. No suele superar los 20 km/h aunque vaya en autopista. Suelen ser bastante peligrosos porque van a su puta bola, mirando sólo para alante. Jamás miran a los lados a no ser que les pegues una voz desde la ventanilla acordándote de su difunta madre; y ay de a quien le toque delante un viejuno en una carretera comarcal de ésas donde apenas se puede adelantar… También suelen tener bastante mala leche y suelen mascullar eso de “me cagüen la puta juventús ésta”.

- El Familar: Los sueles ver también en verano, pero no yendo hacia el sur, sino hacia cualquier lado mientras quede lejos de su casa. Como en el caso de los Étnicos, en el coche, que suele ser monovolumen, suelen ir no menos de 25 personas, niños, abuela y perro incluídos. A diferencia del Étnico, suelen llevar la casa encima, pero no en el capó, sino en el maletero, que parece la chepa de un burro. El conductor suele ser el padre de familia y se le reconoce por la cara de desesperación que lleva ante la lluvia de frases del estilo “cuándo llegamos??”, “pápa (acento en la primera “a” aunque lingüísticamente no la lleve) tengo sed”, “pápa, me hago pis”, “Pepe, no corras tanto”, “Pepe, para, que mi madre se está poniendo amarilla!!”.

- El Neng: Son los típicos jovenzuelos pelo-cenicero, con el coche tuneado hasta las trancas y con pegatinas de discotecas valencianas y catalanas donde, seguramente, no han estado en su puta vida. Acostumbran a ir a toda ostia y por las ventanillas, que suelen ir bajadas, sale un sonido así como “PUM PUM PUM!!”. Suelen ir en manada y en vía urbana no es raro verles sacar el coco por la ventanilla para increpar a las gentes que se cruzan por su camino. A la hora de aparcar, suelen hacer uso del método “palma”, esto es, girar el volante, en plan chulo, con la palma de la mano, sin agarrar el volante.

- El Pijo: Suele ir en un buga estilo Mini, Smart y demás pijerías de éstas. Si el conductor es masculino, suele llevar dos kilos de gomina en todo lo alto, jersey anundado a los hombros y gafas de sol aunque vaya conduciendo de noche. Si es femenino, suele estar bastante buena, y también con las obligatorias gafas de sol. Cuando van a buscar el coche suelen abrirlo, con el mando a distancia, unos 500 metros antes de llegar al coche, para que todos puedan admirar el alcance del mando y melodioso “bip bip” del coche al abrirse. También son muy amigos del método “palma” para aparcar.

- El Calorro: Es una derivación del tipo Neng, sólo que de raza caló. Suelen ir en coches que conocieron tiempos mejores, desmantelados y vueltos a montar en una infinidad de veces, con piezas que, por regla general no se corresponden con el modelo original, de ahí que estod vehículos motorizados sean una bonita explosión de colorido y mestizaje, al más puro estilo Benetton.
Y en sus cassettes (no suelen llevar CDs) suena “flamenquito” estilo Camela o Andy y Lucas, eso sí, a toda ostia. Suelen llevar menos papeles que una liebre en la guantera.

- El Conductor Sin Coche: Éstos dan muchísimo por culo. Cuando los llevas de copiloto, actúan como si de un GPS humano se tratara: Te indican a cada instante por dónde y por dónde no ir, te indican los giros y los no giros que tienen que hacer, dónde sí y dónde no tienes que parar… Y todo ello sin que tú se lo hayas preguntado… Y si están en la acera, suelen estar ahí justo cuando estás aparcando, haciéndote indicaciones con las manos, moviéndolas así en plan molinillo o rebuznando palabras como “endereza el volante, coño!!” o “para, paraaaaaaaaa, que le daaaaaaaaaaaas!”. Estos especímenes harían perder la paciencial al mismísimo Ghandi del porculo que dan.

- El Rústico: Suele ser un conductor viejuno a lomos de tractor, vespino o vehículo a tracción animal. Su indumentaria suele componerse de boina, gorra de Caja Rural o sombrero de paja y mono azul de ñapas. Como el conductor Viejuno, sólo existe para ellos la dirección “p’lante” sin existir la derecha ni la izquierda. Y también son peligrosísimos y temibles si te encuentras a uno de éstos en una comarcal.


Durante mi adolescencia fui fiel seguidor de los lanzamientos de Timun Mas (bien, bravo, has sido muy valiente, ¿ves como no era tan difícil? Sigue contándonos…). Pasé de leerme El hobbit y El señor de los anillos, a tragarme casi cualquier dragonada que me pusieran por delante, quería épicos enfrentamientos entre el bien y el mal, un variado bestiario y mucha magia. Y si se trataba de una muchología, mejor que mejor. No encontré apenas nadie con quien hablar de mi afición, más que nada porque si me paro a pensar, solo uno de mis amigos de entonces leía. Y qué decir con respecto al material, hoy en día la situación en Cádiz a mejorado notablemente, no hay nada a lo grande tipo Fnac, pero sin duda muchísimo más que entonces, que la búsqueda se limitaba a entrar en una pequeña librería de pueblo y examinar unos pocos libros con monstruos o guerreros en la portada que no ocupaban más de una o dos filas de la estantería. Ante la poca salida que se le daba a la fantasía, los estantes estaban ocupados casi por completo por Timunmasadas, que era lo más comercial, pero aún así no muchas, ya que entonces incluso la infinita Dragonlance no contaba más que con las dos trilogías clásicas de Weis y Hickman.

Por supuesto todo eso coincidía con la afición rolera, por lo que atesoraba unos pocos ejemplares de la revista Líder, que supuso toda una revelación en esa época. Dicha revista tenía una sección de una escasa página dedicada a la literatura fantástica: La biblioteca de Ankh Morpork, de Alejo Cuervo (ya nos vamos aproximando…), donde se hablaba de títulos como El color de la magia, Bosque Mitago, y unos misteriosos premios llamados Gigamesh… Cierto día, un tiempo más tarde, leyendo un número de Líder, me encontré con una publicidad a página completa de una nueva revista: Gigamesh. Ese nombre me impactó, era totalmente adecuado, gigameshgigameshgigamesh… Acababa de encontrar el arca de la alianza, me moría de ganas por ver sus secretos ¿Pero dónde coño se compra una revista así? Pues debieron de ayudarme los hados, porque en el primer sitio que pregunté, un quiosco (sí, quiosco, de esos con las típicas revistas y nada más en teoría) de Jerez, lo tenían. Así de fácil.

Los tres primeros números de esa revista son objeto de culto, todo un referente para miles de personas aficionadas al género en España, el tiempo pasado y el efecto causado hacen que esta afirmación categórica no sea una exageración. Era un concentrado variado y potente: multitud de agudas, ácidas y concisas críticas de libros del género, especulaciones y premios sobre las mejores publicaciones del año, cine fantástico, rol, cómic, relatos de gran calidad, noticias… Y una periodicidad dirigida a numenoreanos, con capacidad para vivir cientos de años. Fui suscriptor de la revista, y en vista de que no llegaba nada, envié un escrito (a mano con boli Bic y en una página con recuadros arrancada de un cuaderno, cutrísimo) protestando por la falta de formalidad, y exigiendo que si no eran capaces de cumplir que me devolvieran el dinero. Y eso hicieron, me llegó, para mi sorpresa, una carta de disculpa y un cheque. Era como dejar a una pareja y luego arrepentirte, coño, si no nos llevábamos tan mal… Pero ya estaba hecho. El feliz reencuentro fue años más tarde, cuando las tiendas diferentes abundaban más, y termine viendo ejemplares de la revista, que por supuesto adquirí.

Me hizo cambiar mi visión del fantástico, descubriendo autores y posibilidades que desconocía, fui dejando las dragonadas, me atreví (afortunadamente) con gente como Stanislaw Lem y John Crowley. Me ayudaron a madurar como lector y saber buscar algo más. Y desde luego me lo pasé del carajo pipa con las glorias y vergüenzas del microcosmos de los aficionados y profesionales al fantástico. El misterioso pique entre Miquel Barceló (director de la colección Nova CF) y Alejo Cuervo (Gran Jefe de Gigamesh), las críticas vapuleadoras a un tal Bel Atreides (un escritor a la altura de Paeolo y con igual capacidad de asimilación de críticas negativas) y sus pataletas en defensa propia, el enfrentamiento entre los sectores que defienden la forma y el fondo y los que ven a la CF como una literatura de ideas exclusivamente… Un largo etcétera que te hacía más cercano a ese mundillo.

Que la revista ha perdido parte de su chispa creo que es evidente, pero ahí está, aún como gran referente, en especial desde que se dedicaron al mundo de la edición también. Por cierto, con una periodicidad digna de la paciencia de un Ent…


Ol mai lovin, lolailolailolaaaaaaa¿Existieron los macarras de radiocasete al hombro? ¿Son recuerdos implantados? Es una duda que me reconcome por dentro, puesto que a veces me vienen flashbacks de ellos, pero a mí me da que no son verdaderos, sino elucubraciones sobre leyendas urbanas, estereotipos y topicazos ochenteros.
Pero aún así existen testigos que presenciaron el deambular de aquellos personajes, y de de aquella deferencia que tenían para con el resto de viandantes de deleitar al personal con música atronadora en espacios públicos.
Dicen los más avezados en el tema, que el instrumento empleado constaba de un voluminoso radiocasete, alimentado con ocho pilas de las gordas en su interior, lo que le dotaba de una gran autonomía de funcionamiento, amén de un decibelaje que rozaba el estruendo.

Este radiocasete iba posado cual mosca verde en un mojón, (así se diría en Cádiz, con esa arrolladora finura y distinción que nos caracteriza), o, empleando un lenguaje más elegante, el aparato viajaba en el hombro de su dueño como el loro de un pirata, de ahí ese pseudónimo con el que todos lo recordamos, el loro.

Si maquiavelo viviera en el Siglo XX...

La tribu urbana pionera en desarrollar la musculatura encargada de soportar semejante apósito de 1 a 5 kg, fueron los primeros macarras ochenteros, cuyo amplio espectro musical abarcaba desde Europe hasta El Pelos y los Marus. De esta guisa cargaban con él, mientras la cinta de turno emitía los berridos de Los Amaya (Vete, vete no quiero verte /Vete, vete con tus mentiras / Vete, vete lejos de asquí /La lalaylala nananananananana”)

El portador del loro emprendía así una larga peregrinación hacia su lugar de destino: el banco del parque público con nombre de alcalde progre, o, en su defecto la toalla raída de playa, recuerdo del viaje de estudios a Canarias en 1980. Una grabación pésima, aberrante selección de temas, ecualización imperfecta y ese ruido de fondo que caracterizaba a las grabaciones analógicas del Siglo pasado, podían convertir a un padre disfrutando de una apacible tarde en el bosque en un terrible Némesis dispuesto a asesinar a sangre fría al portador que tan mal uso hacía de aquel engendro electrónico.

Pero todo eso se perdió, si es que llegó algún día a existir. Y la verdad no sé si alegrarme o echarlo de menos, puesto que en el Siglo XXI, la cultura del ruido no ha decaído, ni mucho menos, y ahora podemos encontrarnos a los mismos individuos con aparatos más manejables y fashion pero igual de molestos.

¿Quién no ha viajado en transporte público o almorzado en un MacDonald’s y de repente, un grupo de falis, nonis y/o niñatos de estamento social variado han puesto politonos, reggaeton y tecno balcánico en su móvil a un volumen ofensivo, convirtiéndolo en un improvisado y grotesco jukebox del mal gusto?
Podría seguir citando ejemplos, pero me temo que el post se encamina inevitablemente hacia los zubormales del coche tuneado… y como eso da para mucha tela que cortar, que quede aquí la duda planteada inicialmente ¿Los tipos con el loro a cuestas existieron?


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Saqman
25 Junio 2008

Unas palabrillas de Saqman…

Aunque noticias más importantes eclipsan a día de hoy esta que queremos relatar, Sombrerero Loco llega ya a los cien posts. Una marca que, para la mayoría de los blogs, es ínfima, pero para nosotros, que somos una serie de personajillos de mentalidad sumamente egocéntrica, nos parece todo un logro.

Lo que comenzó hace tres mesecitos como una evasión en momentos de trabajo aburridos, hoy se ha convertido en un auténtico agente creador de endorfinas que genera una dependencia abrumadora. Aquí nos volcamos y nos mostramos sin tapujos, sin corrección, e incidiendo de manera obsesiva en aquellos temas que tanto nos han marcado, y que tanto nos darán que hablar siempre.

Todavía nos queda por escribir sobre mil millones de cosas. Aún tenemos fuerzas. Siempre tenemos personajillos populares a los que criticar, excrementos sociales a los que insultar, películas que adorar o actrices que denostar, así como seguir nuestra cruzada contra el fenómeno hoygan.

Evidentemente, sobra decir que os damos las gracias a todos, absolutamente a todos los que nos leéis cada dos o tres días (los saltos en las estadísticas así lo demuestran), cada día (las pequeñas constantes), aquellos que colaboráis puntualmente, o asiduamente (las coñetas, los peludos, los albertillos, las bloodymary, etc.)

Sobre todo gracias a nuestra panda de camorristas colaboradores, auténticos cracks de la genialidad y la incorrección: el multi-instrumentista y compositor Erwillillo, veintitantos años con nosotros, el red-friki Roarrum, al que explotaremos más, el Peter Pan de los ochenta, nuestro Zopaías de Ciudad del Pecado, el inclasificable e inconfundible Atlante, este entrañable transgresor despistado que siempre deja huella.

Y mil gracias a mi medio-hermano Pettenman, que siempre ha apoyado, incondicionalmente, cualquier proyecto en que me haya embarcado, y que lleva una vida tan paralela a la mía que a veces creo que soy él y él yo.

Y ahora, la amenaza se cumple… unas palabrillas de Pettenman:

Cien ya… quién iba a pensar que teníamos tantas cosas que contar. Y es que no puedo más que agradecer a Saqman esta terapia de desahogo que me propuso hace unos meses ya, y que a día de hoy la necesito como el respirar.

Gracias a este blog he podido comprobar que el interiorizar la crispación, la indignación y las injusticias del mundo no es nada bueno para la salud, y este ejercicio de desfogue salvaje (siempre intentando guardar el estilo y la compostura) se lo recomiendo a todo el mundo.

La vida misma se ve desde una perspectiva distinta, no digo que sea mejor ni peor, sólo simplemente diferente.

Plantear aquí, cada uno a su manera, nuestras indignaciones, opiniones sobre ciertas materias, filias y fobias en una explosión inicial para luego entrar en un estado de relajación posterior, es una experiencia sumamente aconsejable, una excelente forma de dar salida a todo lo malo que nos llega, y quedarnos sólo con lo bueno.

De ahí que quiera agradecer esos Lunes musicales con el inevitable erwillillo, los comentarios sosegados del conciliador y crítico Sr. Peludo, los inestimables Pico y Pala de Zopaías, la incógnita de la verdadera identidad de la Coñeta Enmascarada. Ellos nos han acompañado desde el primer día en esta singladura tan especial.

Y poco a poco crecemos… digo yo que esto será bueno: Atlante, BloodyMary, Albertillo y después todos aquellos que dicen que nos leen a diario pero que no saben, o no contestan… allá ellos.

Y lo que queda por venir.

Os puedo asegurar una cosa, vamos a seguir igual, porque nos sentimos como en casa arropados por vosotros.

Sólo pido un deseo por este post número cien, y es que para el post doscientos, ojalá tengamos un anónimo y asiduo hoygan que nos haya tachado de “facistas“, “inbesiles“, y nos haga peticiones del estilo “haber si dejas de hinsultar a los colegas“. ¿Estará al caer?

Hasta mañana.

Gracias Saqman.

Gracias a todos.


Y no se trata del Episodio IV de la saga de la Guerra de las Galaxias. Me refiero al querubín, por no decir querubón, de 4 kilos que nació ayer por la tarde, fruto de la historia de amor vivida a lo largo de estos años entre Saqman y su amadísima esposa.

Llegó un poco de sorpresa, puesto que estaba previsto que viniera al mundo un par de semanas más tarde, de ahí que nos haya cogido a todos un poquito con el paso cambiado. Pero, entendedlo, con 4 kilos, uno ya se siente incómodo en el vientre materno, y lo menos que se puede hacer es pedir pista libre para aterrizar.
Así que ya está aquí una nueva esperanza, un nuevo miembro de una generación que, espero y deseo, supere con creces a la nuestra en todas las facetas, pero sobre todo, en satisfacciones y orgullo. Y no tengo ninguna duda de que será así, puesto que la sola forma de venir al mundo lo dice todo: “Abran paso, que voy”.

Pero la sensación que me queda después de la inmensa alegría producida, es la de tristeza por la rapidez con la que pasa el tiempo, ya que hemos pasado del “Quillo, que me voy para Cádiz” al “Quillo, que nos casamos” y al reciente “Quillo, que vamos a ser padres” en tan breve lapso de tiempo que parece que suena a broma macabra.
Es como si el tiempo pasara como un rayo sólo cuando la felicidad viene a raudales, pasando tan rápido que enseguida sólo queda el recuerdo de esos momentos.
Pero la vida nos ha enseñado lo suficiente como para asimilar tantos cambios, tantas alegrías y tantas desazones, de forma que ahí los tenéis, a Angel y a Berni, a Berni y a Angel, padres de su primogénito, origen de futuras noches en blanco, bodorro-muniones, sonrisas, lágrimas y algún que otro cate (en el culo, qué menos, no todo iba a ser de color de rosa).

Tan sólo me queda desear que la vida de Saqman Jr. esté plena de alegrías, que crezca con sabia humildad, y que, cuando en el futuro mire hacia atrás y compruebe todo lo que vivió y aprendió de sus padres, se le llene el corazón de orgullo, tanto como se me llena a mi hoy.
Y es que me siento tan orgulloso de ellos, y de poder compartir juntos esta larga y azarosa andadura que es la vida, que sólo me queda desearles lo mejor, de todo corazón, a los tres.

Enhorabuena.

ACTUALIZACIÓN:

Angelito 1Angelito 2


El Exorcista

Saqman
23 Junio 2008

¿Has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija?

¿Quién, entre todos los lectores, no conoce la famosa película “El Exorcista“? Sin duda, un gran éxito cinematográfico del año 1973, que pasó a la posteridad por ser quizá una de las películas más terroríficas de todos los tiempos. El film, dirigido por William Friedkin, ha tenido incluso una revisión en su veinticinco aniversario, así como varias secuelas. De hecho, si uno nombra el título de la película, automáticamente asalta al cerebro la inconfundible secuencia musical de Mike Olfield y sus Campanas Tubulares.

Si les digo la verdad, a mí el film me gustó en su día, cuando tenía ocho o nueve años, me dio algo de miedo. Pero ni de lejos tanto como “El Resplandor”, “Al Final de la Escalera”, u otras películas de la Hammer. Pensé que el film no era para tanto, e incluso hoy en día no puedo evitar defender su sobrevaloración. Eso sí, tanto Max Von Sidow como padre Merrin y Jason Miller como el padre Karras estaban estupendos. También tenía su punto Linda Blair (tuvo más punto cuando creció unos años…) como niña poseída escupidora de blandi-blu.

Años después, en su re-estreno cinematográfico, no pude evitar sentir cierta tristeza al observar que el público se reía en las supuestas secuencias terroríficas. Acusé el paso de los años en mí mismo y en el film, cuyo título ya no evocaba terror, sino que simplemente se configuraba como un icono del Séptimo Arte.

La que sí que resulta aterradora, pero aterradora de verdad, es la novela en que se basa. Una auténtica obra maestra la que William Peter Blatty desarrolló a lomos de una casa solitaria en el lago Tahoe. Fue Virginia quien me prestó el libro (y que me he quedado, Virch, lo siento, pero no puedo desprenderme de él) una de esas mañanas de verano en que andábamos hacia la biblioteca. De aspecto antiguo, algo raído, con una portada tricromática que imitaba el cartel cinematográfico. Supongo que era una reedición tras el éxito del film. Con sus hojas amarillas y su olor a polvo, se quedó durante varias semanas en la estantería de mi habitación hasta que acabaran los exámenes.

Una vez terminados, y de nuevo suspenso, una mañana de septiembre, recién levantado, a eso de las diez de la mañana, me repatingué en el sillón para leer la novela. Ni que decir tiene que me fue completamente imposible parar de leer incluso para las comidas. El libro me atrapó desde la primera página hasta la última. Recuerdo que, durante ese día, estuve completamente obsesionado con su lectura, inmerso en el entorno terrorífico que Platty me proponía, devorado por las mismas dudas que atormentan al padre Karras, sintiendo la incredulidad inicial, y luego el absoluto pavor de la madre de Regan. Fue una absoluta pesadilla terrorífica, llena de golpes de efecto magistrales, y de una narración donde el autor ofrecía una de cal y una de arena constantemente. No me levanté durante todo el día, seguí en pijama hasta la noche, ante los incrédulos ojos de mi madre, que al fin reconocía, en su interior, que su hijo estaba medio loco. Cuando ya todos se habían ido a la cama, a eso de las doce, yo me sumergía en los últimos capítulos de la narración, en la llegada de Merrin y en la eclosión demoníaca de la niña. Pasada la una de la madrugada, con el silencio que me rodeaba, leí la última página de la novela, cerré la tapa del libro y me quedé quieto como una estatua, incapaz de moverme, casi sin respirar, digiriendo todavía la terrorífica historia que me habían contado, intentando que el cuerpo encajara, que los sudores se acabaran y que desapareciera la perturbación de mi mente.

Fue imposible ir a la cama, incluso siendo tan tarde, y apagar la luz, así sin más. Tuve que hacer de tripas corazón y leer algo que me quitara ese miedo que me poseía (nunca mejor dicho). Tomé la elección correcta y me leí de un tirón “La Gran Superproducción” de SuperLópez, que como todos saben, es la más desternillante de sus aventuras.

Pero ayer, al entrar en el salón y ver el libro en la estantería, tuve que enfrentarme de nuevo al hecho de que Blatty consiguió lo que ni Stephen King, ni otro autor de terror había hecho: que experimentara de verdad el miedo. Y es que la obra tiene un ritmo imparable, y una lectura tan atrapadora que es difícil resistirse. No sólo eso. La inteligencia con que está escrita es digna de mención. William Peter Blatty juega al despiste toda la novela. El lector (que ha visto mil veces la película) se hace partícipe de la incredulidad con que Karras se enfrenta al caso. No puede evitar las explicaciones lógicas, cada vez más inverosímiles, con tal de no aceptar la posibilidad de que ese horror realmente exista. Además, el autor dosifica a la perfección la posesión de la niña, dejando pequeñas y confusas pistas que, poco a poco, van asentándose en el subconsciente, e imponiendo un tempo in crescendo en los últimos capítulos hasta un clímax final inolvidable y aterrador.

Es una lástima que, para el gran público, el éxito del film suponga el rechazo a leer la novela. Creo que es un imprescindible de la literatura de terror que nadie debería dejar pasar.


Robert Fisk

Soy bastante maniático en lo que se refiere al cuidado de los libros, me gusta mimarlos, y por lo tanto me pone enfermo cuando alguien coge un libro mío y lo abre con un ángulo de 180º si es pasta dura y de 360º si es blanda, muy tranquilamente, ignorando el crujido quejumbroso de la encuadernación, luego dobla las esquinas al pasar las páginas, arrojándolo finalmente una vez finalizada la deshonra. Me entran ganas de hacerme un corte y decir, ya hemos visto mi sangre, veamos ahora la tuya… Sin embargo hay un libro que lo tengo en un estado lamentable, y he sido yo el culpable, nadie más. La gran guerra por la civilización, de Robert Fisk, es un un tocho de 1500 páginas y pasta dura, por el buen gramaje de sus páginas es de un volumen tal que un bebé podría usarlo como banco para sentarse. Sucede que este tipo de libros los dejo para leerlos en casa, y para el autobús o el tren uso el formato bolsillo, más fácil de transportar. Pero en este caso no podía dejarlo, y me lo llevaba a cualquier parte aunque supusiera que terminara como si hubiera sido rescatado de un terremoto.

Sin embargo creo que el estado natural de este libro no debe ser el de estar brillante e impoluto en la estantería, por el contrario el estar baqueteado lo hermana en cierto modo con su interior: guerras, matanzas (discriminadas e indiscriminadas), torturas, violaciones múltiples, holocaustos… Y no estoy hablando de ninguna ficción apocalíptica, sino de la más cruda realidad, lo cual lo hace absolutamente más estremecedor. Robert Fisk, periodista inglés del diario The Independent, ha estado toda su vida adulta en sitios donde lo normal es que la gente quiera alejarse lo máximo posible. No es una narración prestada, ni escrita por un ratón de biblioteca, Fisk no se ha perdido uno solo de los conflictos desde que comenzó hace décadas a trabajar de enviado especial en Oriente Próximo, por lo que conoce de primera mano, tan de primera como para salpicarle la sangre, los enfrentamientos bélicos de la zona durante la segunda mitad del siglo XX. Cada uno de los amplios capítulos narra un conflicto distinto, Fisk nos pone en situación con un repaso histórico, y a continuación nos narra, con un vigor digno del mejor de los novelistas, acontecimientos como la invasión de Iraq a Irán, de Iraq a Kuwait, la toma y posterior expulsión de los rusos en Afganistán, la guerra civil de Argelia, el eterno conflicto entre Israel y Palestina, el holocausto armenio, la persecución de los kurdos, etc.

Fisk se moja, hasta el cuello, no hay ninguna intención panfletista, pero tampoco se trata de un plano artículo de periódico con objetiva profesionalidad. Es su libro, son sus vivencias, y por lo tanto opina, se enfada, se alegra, se indigna, revive las emociones que sintió en el momento narrado. Y menudos momentos… Sus vivencias son tan extremas como enorme su erudición, nos coge de la mano y nos sube a la montaña rusa más trepidante que podáis imaginar. Veremos las opiniones de todos los bandos, los sucesos, unos loables y heroicos, la mayoría enormemente crueles e innecesarios, el juego de los gobiernos, lo que pretenden hacer creer de cara al exterior y lo que realmente pretenden, y siempre omnipresente la reacción y opinión de la gente del pueblo, los siempre sufridos y desdeñados civiles.

Irán alternándose momentos esclarecedores de actitudes repulsivas por parte de distintos gobiernos, con momentos de auténtica emoción (increíble las situaciones en las que se mete), y también ciertas partes que requieren abandonar por un tiempo la lectura, para asimilar la repulsión de ciertas escenas de crueldad intolerable narradas con chocante detalle. Esto no lo convierte en un libro morboso, quien ha vivido esto de primera mano tiene derecho a contarlo, a no hacer pensar a la gente que la guerra es una divertida aventura como en las películas bélicas antiguas, ni tan aséptica y quirúrgica como a veces pretenden vender en el Telediario. A pesar de lo terrible de lo que se cuenta, he de reconocer la fascinación que produce una historia bien contada, como es el caso, máxime cuando esas historias además son Historia. Crea una adicción que hace imposible no llevarte el libro a donde sea, aunque termine destrozado.


Hoy he recibido el típico correo, que ya no clasificaría como spam, sino como deleznable excremento directamente. Pero como estaba aburrido, lo abrí, en busca de sensaciones fuertes… y vaya si las encontré. El hilarante rato que he pasado leyéndolo, merece una entrada en el post, y un análisis en profundidad, tanto en el fondo como en las formas.

Transcribo literalmente, incluido los colores:

La verdad es que, para convencerme de que vaya a una huelga general, el primer detalle es que esos colores no son los mejores para publicitar una huelga, ni nada que no sea un cartel anunciando la fiesta de primaria en el cole.

Después, la persona en cuestión debe convencerme, hacerme ver que estoy en el camino equivocado, hacerme sentir la huelga como una necesidad, y no hacerme sentir vergüenza ajena ante tal explosión de colorido, incoherencias y borriqueces.

Definitivamente se ha perdido el arte de la oratoria, ese arte de hablar con elocuencia para informar, convencer, deleitar a un auditorio.

Ahora, cualquier cretino con la E.S.O con un vocabulario más que limitado se cree que puede convencer a un país a secundar una huelga general con argumentos como este:

-SUBIR LA LUZ UN 20% : Que yo sepa, en lo que llevamos de historia civilizada, nunca se ha producido semejante subida.

-POR TODO LO QUE HICIERON NUESTROS PADRES, NUESTROS ABUELOS……….. Mi frase favorita… enigmática ¿Cierto?… Me parece muy bien que dejemos de quejarnos, y pasemos a la acción, pero, la verdad, no sé qué hizo ayer mi padre.

La verdad es que el que elaboró el documento tuvo la gran idea de, para dejarlo ya niquelado, darle al botón raro ese que dice “Ortografía”, que ha visto usar por algún familiar suyo cerebrito, aunque no sabe muy bien qué es ni para qué sirve.

Pero ese botón no hace milagros, y la falta de signos de puntuación, la incorrección e inconexión de las frases denota que estamos ante un hoygan puro y duro, pero que al menos llegó a terminar 4º de E.S.O, no sin cierto sufrimiento.

Si triunfa esta convocatoria, para mí será el triunfo de la incultura, el triunfo de la chuflería y el comparseo. Menos mal que esto es España, y se lleva mucho eso de “yo hasta que no vea que hay muchisima gente que la va ha hacer no pienso hacer nada” (Extraído de un foro, atención a ese “ha” que chirría cual uña en pizarra)

Pero me temo que al final habrá huelga, y significará esto el fin del sueño de Martin Luther King, de las arengas Winston Churchill y hasta si me apuran de Adolf Hitler (sería un mierda, pero arrastraba a las masas que daba gusto verlas), de la revolución de Robespierre y la lucha política de Emilio Castelar.

Al menos espero que vaya Manolo el del Bombo en la cabecera de la manifestación, junto con Belén Esteban y Ramoncín, con una pancarta que rece así: “Nos sentimos igdinado”


GordiHubo una época en que uno se sumergía sin dificultad alguna en un mundo interior, distorsionado reflejo del que nos rodeaba. Desde grandes aventuras hasta sencillas macocas mentales, todo tenía cabida: un día eras un piloto de Galactica, otro un Conan forzudo, y también estaban los días en que simplemente te imaginabas cualquier situación en que te tirabas a la que te gustaba de la clase… o al menos un beso o un vistazo sin ropa, que eso era suficiente en esos días en que el porno era un material altamente valorado.

Días de gloria, de despreocupación, de grandes alegrías y chocazos con la vida que al poco eran olvidados. A la mínima de cambio uno podía verse dentro de la piel de cualquier personaje, a pesar de tenerlos ya negros. Esa introspección sin fronteras se compensaba con pandilla multitudinarias, locuras en absoluto meditadas, y detalles que uno aprecia especialmente cuando ya no están. No quiero hacer grandes análisis de películas ochenteras ni de los aparatos de 8 bit, sino ir desvelando mi púber cerebro de forma minimalista, centrarme en un pasaje emocional concreto: un instante, un sonido o una imagen que en su momento me hiciera vibrar el corazón como el gong de Fu-Manchu, y haya quedado en un rincón especial de la memoria.

En esta ocasión destacaré una escena de una película. Los Goonies, película pandillera por excelencia, la evasión en su máximo apogeo. Creo que somos legión los que no nos limitamos a ver una película, sino que la vivimos plenamente. Pero no voy a analizar la película, como ya dije, solo recordar un momento concreto: la memorable escena en que nuestra pandilla tiene que abrir el camino a través de las teclas del órgano de huesos es para mí un clímax, el momento en que me encontraba más sumergido en ese mundo subterráneo. En momentos así, especialmente en la oscuridad del cine, uno no estaba dentro de la película, era justo al revés, la historia que nos estaban narrando estaba totalmente encerrada en nuestro cráneo, incrustada en el cerebro, nada más tenía cabida en ese momento, la atención era plena. Era verdadera emoción la que sentía cuando presionaban cada tecla y el suelo desaparecía, o la puerta subía. Ese momento concreto de esa película es una impronta indeleble en mis confusas neuronas.

El porqué da para desvariar mucho, aunque sea en otra ocasión, creo que la idea de mundos subterráneos con trampas y/o enemigos es una fantasía complaciente compartida por casi todo adolescente. La mayoría de películas de aventuras tienen algún momento similar (todas las de Indy), y los juegos de rol nacieron con esa base, mazmorras llenas de monstruos, trampas y objetos mágicos. Supongo que es una forma fácil de evadirte de la realidad, encuentras una entrada subterránea, y una vez desciendes te apartas de la realidad, puedes imaginar que cualquier suceso imposible en la superficie lo es ahí abajo, de modo que se ha convertido en una fantasia de evasión universal. Por ese mismo motivo, el reverso oscuro de la escena del órgano, uno de los momentos anticlímax de la película, es cuando hablan con unos amigos que están en la superficie a través de un pozo (escribo de memoria, lo mismo era una fuente). Suponía un contacto con la realidad cotidiana, ese momento te sacaba de la fantasía subterránea.

Y hasta aquí mi breve primer retazo (léase pajilla mental) de treintañero nostálgico en este blog. Qué vejez más mala voy a tener a este ritmo…