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Turismo con Clase |
Saqman
30 Julio 2008 |
Ya llegó el verano y nuestro querido Matías Prats pone su característica voz de teleñeco para anunciarnos el clásico “suben las temperaturas y las playas de toooda Españñña están abarrotadas de turistas sedientos de cerveza y mar“.
Y es que da gusto ver esas imágenes de los turistas apiñados en la playa como abejas en un panal, haciendo cola desde tempranas horas por un metro cuadrado de arena contaminada. Además, Televisión Española, como siempre anclada en los setenta, no desaprovecha la oportunidad de ilustrarnos, a la hora del almuerzo, con infinidad de senos turgentes, fruto de esa moda que fue el top-less y que hoy significa una institución en toda noni de barrio que se precie.
Pero lo que más me gusta del verano es ese gran turismo de calidad que vivimos en Cádiz. Ole y ole. Y es que no se puede pedir más… que alguien me explique por qué todos los andrajosos del mundo deciden visitar la provincia.
Y es que ya empiezo a cansarme de andar por el paseo y ver que los cuatro pulgosos de turno ha aparcado sus macro-caravanas, y hacen su vida en la acera, como si de un camping público se tratara. Venga a despegar sillitas, mesas del Simago y tres botes de aceitunas con anchoas. Y es que no dan para más, estos turistas de élite, que se gastan todos sus ahorros en una furgoneta “folsvaguen” de esas que llevaban los libios de Regreso al Futuro. Luego llegan a Cádiz, ciudad permisiva donde las haya, y se dedican a expandir el ébola, la fiebre del pollo, la hepatitis y hasta la salmonela, si me apuran. Amén de que su bañera es la ducha pública de la playa, que no dudan en utilizar a mansalva, con los botes de champú del LIDL, intoxicando una arena que ya de por sí empieza a preocupar del color gris asfalto que tiene.
También me toca la moral el playero de turno, sin señalar a cierta provincia española que empieza por Sev… y acaba por …illa. Éstos son legión, y cuando llegan, cual Starship Troopers, se dedican a erradicar a los allí presentes a base de estoques de sombrilla, catapultazos de sandías, diluvios de tintorros y demás horteradas que solo un hispalense de gomina en el pelo y con afanes de grasioso es capaz de hacer. Y es que me uno al sentimiento de afecto hacia nuestros pobres vecinos onubenses que llevan aguantando el martirio desde hace cuarenta años. Ni que decir tiene que los que más me gustan son aquellos que vienen con el cuñado, la suegra, la hermana gorda, el sobrino cabezón, el hermano tonto, la mujer en estado, el abuelo chocho, la consuegra con la cadera rota, el hijo del vecino, el charcutero de la esquina y todos embutidos en un Seat Panda abarrotado de fiambreras y bolsas de congelar. Y no gastan un puto duro en el pobre señor del carrito de los refrescos que, año tras año, gana con dignidad su salario ofreciendo al personal las cervezas más frías que jamás se hayan probado.
Y es que estos personajes no pueden compararse, ni de cerca, con ese grupito de viejas setentonas, autóctonas, cuyos tobillos desaparecieron hace tres lustros, que se reúnen a la vera de un bingo de playa, a media tarde noche, a apostar los euritos de su pensión y a reirse con las picardías y chistes verdes que les gusta soltar. Y siempre recogiendo sus trastos con cautela, y sin molestar a nadie. Una imagen digna de imitar por el playero de chiringuito, especie en peligro de extinción, que ha hecho las delicias de Los Morancos durante tantos años.
Pero quien me toca los cojones más que nadie es el pedazo de zurnormá que, creyéndose un Michellangelo del siglo XXI, pretende asombrar al caminante con unas estatuas de arena que, les digo la verdad, son de auténtica vergüenza. Cómo se puede tener la cara dura de perpetrar semejante mamarracho y pretender cobrar por ello. Estatuas, por llamarles de algún modo, amorfas donde las haya, con la expresión facial de un excremento de perro en descomposición, que no levantan cuarenta centímetros del suelo, y que el artistazo luce orgulloso, pues decidió estudiar Bellas artes, y hacer oídos sordos al profesor de primaria que le aconsejó dedicarse a coger cocos de las palmeras. Disfrutan “modelando” cuerpos femeninos, que adornan (con exquisito gusto) con conchas y algas en las zonas púbicas, y no dudan en decorar la arena con sprays de colores, con el consecuente beneficio ecológico que supone. Que arte, que estilo, que elegancia. Yo los cogía y los ponía a asfaltar Almería entera, junto a ZP, al Juanca, y al seleccionador nacional.
Y me dejo para el final el hippie guiri puerco centroeuropeo que llega todos los veranos a Los Caños, de mierda hasta arriba, acompañado, cómo no, de un perro lleno de sarna y de una flauta. Este andrajoso esperpento, que no puede ser llamado de otra manera, pretende comer, cagar, copular, dormir y llenar de pulgas la playa, a base de tocar la flautita de los cojones. Aunque la verdad es que la única flauta que se toca es el cipote, desde hace veinte años cuando su padre, generalmente un ex-miembro de las SS, o antiguo coronel de la dictadura de Nicolae Ceaucescu, lo expulsó de casa por vago, facineroso y sadomasoquista. Usualmente este piojoso suele encandilar al personal acudiendo muy temprano a la playa nudista, a enseñar su miembro sifilítico a cualquier guiri desesperada que pueda venir de los Paises Bajos, dispuestas a pillar una gonorrea a cambio de una melodía de Simon & Garfunkel tocada a flauta.
Así, la invasión veraniega, año tras año, genera toneladas de basura industrial y horas extras en los servicios de sanidad. Un esfuerzo por parte del Ayuntamiento que, encima, como imbécil que es, les da la bienvenida, en perjuicio del sector hotelero, y hostelero, que no ve un duro, lo que se traduce en pérdidas para la ciudad, y en una enorme fatiga para los vecinos de la zona que, si les digo la verdad, prefieren de lejos aquellos años en que no venía ni el tato…
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Mi sobrino Rodrigo tiene sólo seis años, pero ya ha sentido la llamada de la aventura. A veces, al caer la tarde, una señal terrible ilumina el cielo. Una silueta que le produce un escalofrío de adrenalina y excitación. Sabe que no está solo, que en algún lugar, entre gárgolas y sombras, alguien vigila por su seguridad. Y, cada noche, dirige su mirada al cielo, esperando que suceda algo, quizá un milagro.


Como siempre, nos quedábamos rezagados a la hora de volver a casa. Y es que, para Sergio y para mí, era pate del ritual sentarnos en esa pequeña esquina de los jardines, justo debajo de la ventana de 5ºD, donde el buitre tanto nos había hecho pasar un par de años antes.