Entrada para Agosto, 2008

Me gustan los programas de cocina. La culpa no la tengo yo, la tiene “Con las manos en la masa” y las muchas tardes que pasó un niño acurrucado junto a su madre viendo guisar a la Santonja. Siempre que confieso mis dos perversiones televisivas, los programas de cocina y la Teletienda (las Cintas de Billy “Billy´s Boot camp” merecen post aparte), la gente opta o por descojonarse o por un “¡venga ya!”, pero así es.

El caso es que hace poco descubrí, gracias a otra seguidora de los programas culinarios, a estos dos tipos, Dave Myers y Simon ‘Si’ King, conocidos como los “Hairy Bikers”. Maquillador el primero y buscador de exteriores el segundo, un buen día decidieron recorrer el mundo en moto y darse unos atracones monumentales con los más exquisitos manjares de cada país. Y mientras se pegan la vida padre, van grabando documentales. El resultado es una mezcla entre Jamie Oliver (el chef-star británico), Ian Wright (el anteriormente simpático presentador de Lonely Planet) y Long Way Round (la serie donde Ewan McGregor y un colega se dan la vuelta al mundo en moto), pero con una alta dosis de simpatía. Si además de ser aficionado a la cocina te gustan las motos, viajar y eres un tipo peludo, regordete y sin complejos, te sentirás plenamente identificado con este dúo.

No esperéis encontrar en la serie platos al alcance de cocinas mundanas, porque seguramente no encontraréis ni la cuarta parte de los ingredientes. Lo que hace especial esta serie no es tanto qué se guisa sino cómo se guisa, y la alegría que transmiten los dos amiguetes cocinando, viajando, compartiendo, aprendiendo; en definitiva, disfrutando de lo que hacen. No hay más que verlos. Suelen preparar los platos al aire libre, compran en los mercados locales, paran las motos en algún paraje singular de la zona y sin más se ponen a cocinar en cantidades industriales, invitando a los que se encuentren por allí. A mí me han caído en gracia, y no soy al único, porque ya van por la tercera temporada. La serie está producida por la BBC, aquí la emite Localia TV los miércoles a las 23:00. Su página web es http://www.hairybikers.com/ . Voy a enviarles mi currículum por si les hace falta un pinche.


Tengo un conocido cojo. Pero cojo a un nivel normal. Vamos, que no va con muletas ni nada por el estilo. El chaval hace una vida bastante cotidiana. Compra en el super, asiste al teatro, se va de copas, disfruta de la playa, etc. Simplemente que, si te fijas, cojea un poco. Tampoco mucho, la verdad.

Resumiendo, que su situación es bastante regular, y su vida muy normal. Se le podría considerar, a todas luces, un tipo corriente. Salvo por un excepcional detalle: es un vago y un flojo de mucho cuidado.

Este chaval cumple el clásico perfil del trabajador caradura que no hace ni el huevo en horas laborales, que se escaquea de sus obligaciones y encima siempre despotrica de los inconvenientes e injusticias del trabajo. Es decir, el que espera que la empresa le devuelva un 170% cuando él entrega un 30%. El clásico ejemplo del que no da un palo al agua, pero se sabe el convenio colectivo de pe a pa. Un defecto ajeno al resto de su condición humana, por otro lado impecable. Pero vamos, que es el tipo de persona que hace que a los andaluces nos cuelguen el sanbenito de flojos.

El caso es que soy consciente de que este hombre le contrataron, en perjuicio de otro candidato, porque la empresa recibía un beneficio fiscal nada desdeñable. Encima, si no recuerdo mal, en su declaración le retenían menos. Y eso me lleva a preguntarme en qué punto legislativo una minusvalía se convierte en un factor de discriminación positiva. Porque tengo entendido que se ha presentado a una oposición, y ha conseguido plaza por haber reservadas plazas para minusválidos en relación mayor al número de presentados que en plazas ordinarias. Y lo más curioso del asunto es que el puesto en sí es de oficina, que supongo que será en un edificio oficial con sus correspondientes rampas de acceso. Es decir, para realizar un trabajo informático, o de burocracia legal, o de asistencia al público, ¿qué tiene de diferencia este chaval con respecto a una persona sin su problema en el pie? Permítanme autoresponderme: absolutamente nada. La minusvalía debería estar categorizada según el puesto a cubrir, pues si no, se producen situaciones de injusticia como la que les comento. Esto tiene un nombre y es discriminación positiva. Por poner un ejemplo, para un puesto burocrático en un organismo oficial, una persona en silla de ruedas debe ser considerada un igual a una que no. No así una persona con problemas auditivos, puesto que ésto sí que se consideraría una minusvalía a la hora de realizar su trabajo y es justo que exista un proceso de inserción favorable. A fin de cuentas, pienso que es una labor muy loable la inserción de los minusválidos, de cualquier tipo, en el mundo laboral, y que es parte de una política social concienciada hacerlo. Ya es putada tener un problema de este tipo, y encima carecer de trabajo. Pero como estamos en España, lo que se hace, se hace muy mal, y no se tiene en cuenta las igualdades de condiciones. Y este es un ejemplo.

Lo que son las cosas, oigan. Este hombre recibió un descuento muy, muy favorable al comprar un coche de marchas automáticas para poder conducir, de tal modo que al final el vehículo le salía más barato que su equivalente con marchas manuales para un conductor ordinario.

Y, aunque esta persona no es laboralmente constante, por utilizar un eufemismo, hay una cosa en que se le puede considerar una persona muy disciplinada e inamovible. Todos los domingos por la mañana queda para jugar al fútbol.


Nonis de barrio

¿A que suena raro? Ahora que el verano está en sus últimos estertores uno echa la vista atrás y aparte de las típicas preguntas de perspicaz reportero a pie de calle o hasta incluso del mismísimo Matías Prats: ¿Has hecho mucho más el amor en verano con tu amante?, ¿Tu melanoma ha crecido de tamaño?, se me ha encendido la bombilla y me he preguntado, en un moneto de hastío: ¿Un verano sin canción del verano?

Este año, y si me apuran, el anterior, se ha producido un vacío en tan dudoso honor, que para muchos, entre los que me incluyo, es un descanso, un gusto y hasta un alivio. Otros, sin embargo con las manos en la cabeza no hacen más que preguntarse ¿Qué ha pasado este año para que, como decía King África, con las boqueras blancas en la comisura de los labios, no haya un tema bomba del verano?

¿Dónde están las niñatas de encefalograma plano conocidas como las Ketchup? ¿Andarán recuperando las asignaturas que les quedan pendientes para terminar su Programa de Garantía Social (P.G.S.)? ¿Hay alguien ahí? Nada de nada… ni cachete, ni pechito, ni ombligo… ni bomba, ni aserejé, y mucho menos opá y su puñetero corral.

¡Ah! Y no vale decir que la canción del verano ha sido el ChikiChiki… porque ¿Quién recuerda al Adolfo Chiquileche en las fechas que estamos?

Hay un método que no falla para detectar la canción del verano, y es el de estudiar detenidamente los anuncios que echan por la tele de descargas de monotonos, politonos, multitonos y über-tonos para teléfonos móviles.

A partir de este método más que seguro, creo que quizás, y sólo digo quizás, lo que más se haya acercado a ser aspirante a la canción del verano es Corazón Contento, discreto éxito del verano cuya versión ha sido perpetrada por una nueva generación de subnormales de Operación Triunfo. Aun así, y a Dios gracias, no se ha escuchado hasta la saciedad, menos mal, porque se trata de una canción cargante en exceso.

En segundo lugar, y para que comprueben lo desierta que ha estado la lucha por la canción del verano, se encuentra el conejo que canta eso de caricias, besos y mimitos… ahí queda eso.

Hay que tener poca verguenza para autoproclamarse rey...Por eso, aunque esté en contra de toda forma de expresión como éxito del momento, bombazo efímero, copla refrescante… id est, la canción del verano, y esté celebrando con alegría unas vacaciones en paz, musicalmente hablando claro, uno es un caballero y no puede hacer más que quitarse el sombrero y reconocer la valía de uno de los grandes, el único que es capaz de poner a reggaetoneros (algún día hablaré de esta estirpe que necesita ser aniquilada con extrema urgencia), niñatos, puretas y demás gente de mal vivir en fila, a hacer el estólido al son del ritmo que sólo él sabe marcar con acierto.

Desde aquí pido el regreso de Georgie Dann, por la puerta grande, como no puede ser de otra forma ¡¡El trono te reclama, maestro!!


Abueletes

Saqman
27 Agosto 2008

Que lista fue Mary Wollstonecraft Shelley al elaborar Frankenstein como la más terrorífica historia jamás escrita. El prometeo moderno que dota de vida a una criatura hecha de despojos e inmudicias. Un hombre que se ve acosado por un monstruo que le persigue hasta su fin. Pero quizás el horror que la insigne escritora quería retratar no era el que sufría Victor Frankenstein como consecuencia de su desmedida ambición. Porque subyace a la trama el verdadero terror. El que produce la absoluta soledad. La criatura, el monstruo, no es tal, si no es movido por motivos de venganza contra su padre, que le ha dado la vida, pero le ha robado el amor de la humanidad. Le ha dejado completamente solo. Sin nadie. Sin un amigo.

Si algo he aprendido estos años es que la amistad no está condicionada a la afinidad. Aunque esta sea el motor inicial y la puerta de más fácil acceso, pueden, a veces, verse atenuadas por los complementos circunstanciales: el dónde, el cuándo, etc. En la infancia, el ser humano es completamente abierto a la amistad, aunque a veces existen poderosos factores condicionantes que pueden ofrecer impresiones equivocadas. El niño que tiene la pelota es el que no está solo. Pero… ¿es el que tiene amigos? En la adolescencia, se forjan lazos que pueden parecer poderosos, pero que sí están condicionados a la circunstancia del momento. Sin embargo, el grueso de la población recuerdan las amistades adolescentes para siempre. Y, conforme llega la edad adulta, las personas se vuelven cautelosas, quizás más miedosas, pues la experiencia les ha hecho comprender que la amistad es un regalo que se entrega sin envoltorio, y es una parte del corazón ofrecida y desprendida para siempre. Algo muy importante y doloroso para ser tomado a la ligera.

El domingo por la noche, de vuelta a casa, mientras el bebé dormía, no pude dejar de pensar en la amistad. Y, sin rubor alguno, me sentí un privilegiado de pertenecer a ese club de los Abueletes de Heidi que tantos años lleva ya a cuestas. Habíamos pasado la tarde unas diez o doce personas, comiendo, bebiendo, jugando a la wii, charlando, celebrando, recibiendo un anuncio de boda, pasando de brazo en brazo a Angelito… en fin, lo normal en una reunión de ese calibre. Pero allí estábamos los de siempre. Aunque había notables ausencias, claro está. Pero es curioso constatar que, en nuestro caso, los caminos divergentes siempre encuentran la forma de cruzarse, aunque sea de vez en cuando. Y me acordé de los momentos vividos años ha, cuando todavía éramos críos, de la primera adolescencia que fue a la vez cruel y divertida, donde las noches en el tejado del chalé de Eligna y las búsquedas de piedras del Camello Baldomero, se alternaban con cumpleaños de la Coñeta, con barbacoas en que… “pom!!! que el Jaime ha comío boca”, del cuarto y mitad de badajo del LorenCaballa, de la sede, de las primeras actuaciones de Nacional IV, y las mañanas de litronas en la playa, cuando andábamos ya por COU. Y de como fuimos conociendo a nuestras novias, que luego fueron amigas también, parte contratante de la primera parte, e incluso algunas llegaron a esposas, etc.

No deja de sorprenderme la heterogeneidad del grupo. No podemos ser más distintos los unos de los otros, con intereses muy dispares. Quizá es, precisamente, dicha diversidad el factor decisivo de ese tan difícil equilibrio en que nos movemos. Berni siempre me dice que se queda maravillada al ver que la amistad que tenemos es incondicional, sin envidias, sana y pura, donde somos capaces de decirnos las verdades y las mayores barbaridades sin miedo a ofender.

Por eso este post se lo quiero dedicar a todos los abueletes que han estado ahí, en el camino, que nos hacen sentirnos queridos, y a los que queremos como son, con sus virtudes y defectos. Tened por seguro que, cuando el único pelo que tengamos sea el que nos sale por las orejas, seguiremos ahí, dando el callo.


La catástrofe aérea acaecida hace tan poco tiempo y la cobertura que de ésta se está haciendo en las distintas televisiones me ha hecho reflexionar mucho.

Durante toda la tarde de ayer y prácticamente todo el día de hoy, todas las cadenas de televisión han estado pasando continuamente imágenes de la tragedia y, lo que es aún peor, imágenes y declaraciones de los familiares de las víctimas del siniestro. Era una avalancha de imágenes de dolor muy difícil de soportar, sobre todo por que ya lindaba con el morbo; y es aquí a donde quiero llegar, por que estos supuestos “especiales” que hacen los servicios informativos de las televisiones, en mi modesta opinión, no se hacen por el noble y legítimo derecho a la información, sino por la puta audiencia, porque saben que a la gente nos va el morbo, nos va la sangre, las grandes catástrofes, nos va la compasión y el decir “es que no somos nadie”; como nos va todo eso, pues eso nos da la puta televisión: Morbo a raudales. Y, nosotros, agradecidos, les damos audiencia, o sea, pasta muy rica.

Se me ponían los pelos de punta al ver cómo se agolpaba un auténtico enjambre de reporteros con sus alcachofas rondando, como auténticos buitres sedientos de despojos, ante las puertas de la improvisada morgue instalada en el IFEMA, intentando por todos los medios conseguir declaraciones de los familiares de las víctimas. No le echo la culpa a estos reporteros, yo sé que es su trabajo y que tienen que comer. Le hecho la culpa al director de la agencia o de los servicios informativos que ordena a estos reporteros a comerse este marrón, a buscar las caras del dolor, a conseguir las declaraciones más desagarradoras y las imágenes más espeluznantes.

Como he dicho antes, gran parte de la culpa es nuestra, es como una siniestra retroalimentación, donde nosotros buscamos morbo, las televisiones nos dan morbo y nosotros les damos audiencia; y estamos tan imubuídos en esta sórdida dinámica que he tenido que ver, completamente espantado, como una señora que acababa de perder a un familiar cercano en el accidente enseñaba a toda España, a través de las cámaras de televisión, el último mensaje escrito por ese familiar justo antes del fatal despegue. No sé, no cargo las culpas contra esa pobre señora que acaba de perder a una persona querida, pero es que enseñar publicamente ese último mensaje es algo tan sumamente morboso, innecesario, es algo tan íntimo y tan doloroso, que me causa espanto haberlo visto, y que dice mucho de cómo es y lo que busca la sociedad de hoy en día.

Yo no sé si esta saturación de “información” que nos ofrecen las distintas televisiones es periodismo o no (para mí no lo es), pero sin duda esto es, ni más ni menos, lo que nos merecemos y lo que nos hemos buscado.


El Indigente

Roarrum
26 Agosto 2008

Era negro, no debía de ser mayor de cuarenta y cinco o cincuenta años. Sus pantalones estaban sucios, sus zapatos desgastados y agujereados y su larga barba, descuidada, comenzaba a estar ya cana. Al lado tenía un viejo carrito de la compra en la que amontonaba sus escasas pertenencias, un paraguas de rayas rojas, una mochila azul y varias bolsas de plástico llenas de ropa. Era un indigente.

Si lo hubiera visto en un parque, una plaza, por la calle no me hubiera extrañado lo más mínimo y posiblemente, por no decir seguro, no me hubiera fijado en él, ni siquiera recordaría habérmelo cruzado. Pero estaba en una biblioteca, sentado en la mesa de al lado, estudiando con ahínco unos libros. Nunca antes había visto un indigente en una biblioteca y francamente, me sorprendió. Se les presupone que son personas que se han apeado del tren, que han perdido el interés por cualquier cosa que tenga que ver con nuestra sociedad, con nuestros logros, con todo lo relacionado con nosotros en general… ¿o quizás no?

Estaba allí, tomando notas cuidadosamente, observando y consultando múltiples libros de gran volumen usando cómo atril un maltrecho maletín de mano. Curioso, me pregunté qué estaría leyendo. No pude evitar mirar los libros que tenía repartidos por toda la mesa. Cuando los vi, aún más intrigado me acerqué para comprobar que mis ojos no me engañaban.

Desde una estantería cercana a él, llena de libros de Terenci Moix, estaba yo, disimulando cómo mejor podía mientras hojeaba uno de los libros. Desde mi improvisada atalaya vi los títulos leía. Ya no tenía duda. Eran todos manuales de Física, de Electrotecnia, Electrónica, Electricidad Industrial… Observé como leía con sus gafas destrozadas con una única patilla y como cogía apuntes sobre una vieja agenda, quizás del 2007, quizás de cualquier otro año, quizás de otra década mejor. No dejaba de escribir con su pequeño lápiz de apenas cinco centímetros. Y me perturbó. Su imagen parecía sacada de la mente de Clive Barker.

Ahí estaba él. Sentado en la biblioteca, con su carro lleno de andrajos apoyado sobre la mesa, estudiando con más ganas y necesidad que cualquier estudiante universitario que nunca haya visto. Sin levantar un momento la vista de esos libros, con un maletín que en otro tiempo debió costar mucho sobre la mesa, cerrado a cal y canto. No pude dejar de preguntarme el porqué de justamente esos libros, el porqué de tanto interés, qué guardaría en su maletín, en definitiva, cual sería su historia y cómo le había conducido la vida hasta allí.


No se si ustedes ven mucho la televisión, a tenor de la bazofia que suelen echar. Entre programas de corazón, testimonios de salidas de armario, telereportajes de asesinos de pareja e insulsos partidos de fútbol, la verdad es que a uno le entran ganas de pasar el resto de sus día resolviendo Sudokus de los fáciles que ponen en el 20 Minutos. Sin embargo, hay que reconocer que a veces, misterios de la vida, un canal despunta y saca de la manga una serie, generalmente americana, de excelente facturación, guiones consistentes e interpretaciones más que aceptables. Series que se mueven, como novela río, entre varias temporadas, y crean un hilo argumental muy interesante con un notable valor artístico.

Bueno, pues este no es el caso.

Desde hace unas semanas, en mi adorado canal La Sexta, se está emitiendo una serie titulada Moonlight. Dicho programa ha sido anunciado hasta la saciedad por televisión, como si de una mezcla entre novela negra y cine de terror se tratara.

Esta serie, producida por el inefable Joel Silver, sigue los pasos de un detective privado que estudia casos paranormales, y debe convivir con su condición de vampiro. Toma ya. ¿Les suena de algo? Que salte el listo de la clase y nos diga a qué otra serie andan plagiando. En su interesantísimo camino, se topa con una cyber-periodista (¿?) con cara de feladora que se siente irremediablemente atraída por tan inquietante personaje, y establece una especie de romance con una madurez propia de Dawson Crece que resulta, sinceramente, vergonzoso. En fin, ante una premisa tan hedionda poco se puede hacer para estropear más la serie. Pero los creadores, Ron Koslow y Trevor Munson, en un alarde de inventiva, reinventan la mitología vampírica, una vez más, y le da al personaje la propiedad de moverse de día, eso sí, esquivando la luz (el tío se pone unas gafas de sol y ahí está, con dos cojones) sólo por dar un poco de coherencia a una más que evidente falta de presupuesto.

Como era de esperar, el vampiro no está solo. Resulta que, situados en distintas esferas sociales, se encuentra toda una legión de criaturas de la noche (o del día con Raybans) que intentan pasar desapercibidos mientras se dedican a beber sangre humana. Y, como es normal, cuando el médico forense de turno estudia el cadáver de una chica con dos putrefactas incisiones en la carótida, y completamente anémica, nunca piensa en que pueda estar Drácula dando vueltas por ahí, sino que es un tío que, inexplicablemente, después de violarla, le ha sacado la sangre sin dejar manchas. Pues eso, que el vampiro no está solo, y tiene como colega a otro engendro nocturno que no es más que un niñato pijo con tendencias puteras.

Los casos a investigar son tan interesantes como último disco de Loquillo, y el pavo se dedica a dar vueltas en coche toda la noche. No gana para gasolina el chaval. La verdad es que si a uno le tocara ser un vampiro tan carajote como éste, mejor dedicarse al contrabando de estupefacientes, digo yo. En fin, a todo esto el romance entre el colega y la cyber-periodista tiene la intensidad sexual de la Duquesa de Alba con un tanga de cañamaque. El tío habla y se comporta como un auténtico memo, y no hace más que hacerse el blando y el sensible con la piba, a ver si moja su vampichurra. La verdad, si yo tuviera que contratar un detective privado, al último al que le iba a soltar mi pasta es al soplapollas ese. Que tío más mamarracho.

Y para rematar la faena, hay que ser imbécil para contratar como vampiro a un actor que es clavadito a Iker Jiménez. Es que cada vez que le veo el careto se me viene a la mente las intrincadas frases del presentador de lo paranormal: “…que misterio o hechicería debe acompañar a la sombra de este hombre que asoló el terror en Barbate de Franco en los años de posguerra”. La poca credibilidad que tenía el actor se termina de derrumbar con este lamentable parecido que, seamos justo, es de lo único que no tienen culpa los anormales de los productores.


Justo enfrente del pájaro que ya hemos comentado en este blog, ha aparecido recientemente, en los jardines que alojan al drago situado frente a la Plaza de la Constitución, una estatua de una vaca que ‘pasta’ plácidamente, ajena a la situación que se vive en la cuidad… paro desbocado, incultura y cerrilismo a espuertas, angangos defenestrados…

Esta aparición está relacionada con la iniciativa Cádiz de Color, que llenó de flores algunas plazas del centro de la ciudad, y que le da un toque pintoresco a las Puertas de Tierra.

Pero una cosa es promocionar la cuidad, y otra que nos tomen por tontos del mismísimo culo. ¿Una vaca lechera Holstein? ¿En la ciudad de Cádiz? Si se hubiera tratado de un cangrejo moro subiendo por el torreón de puerta tierra, hubiera tenido su pase.

En mi humilde opinión, yo hubiera puesto algo más típico, como un perro mixto-lobo cagando una mierda como una caballa de grande, mientras el dueño impertérrito mira con desprecio al cánido, con una expresión de “la mierda la va a recoger el que venga detrás”.

O mejor aún, una estatua coral, retratando una bella estampa bucólica de una familia (con abuela incluída) acampando en pleno jardín, ejerciendo su derecho constitucional de hacer una barbacoa donde les salga de los huevos, y dejándolo todo hecho una mierda, homenajeando así, de forma sentida y cariñosa, a la típica familia gaditana.

¡Ay Teo! Con la de cosas urgentes que quedan pendientes por resolver en Cádiz, más importantes que poner una estatua de una vaca en un jardín que, dicho sea de paso, de aquí a una semana aparecerá convenientemente descuartizada en algún puestecillo del baratillo: Parques semiabandonados, miseria social y cultural, una ciudad cuyos propios habitantes chuflas se encargan de desprestigiar día a día…

Pero claro, eso no se arregla poniendo una vaquita en el Parque de Varela. Para eso hay que ahondar en las raíces del Cádiz más profundo… y ahí si que nadie tiene agallas de atacar, porque corre el riesgo de dejar de salir en las fotos del Diario de Cádiz, haciendo autobombo y lo que sea necesario por un puñado de votos.

Que se lleven a la vaca ya de ahí, y que hagan algo serio en Cádiz, no cualquier chorrada para salir durante treinta segundos de gloria en “Está pasando…”, paradigma de la cutrez y la ordinariez supina.

Tenemos lo que nos merecemos.


De un tiempo a esta parte vengo viendo que una pléyade de cocineros vienen saliendo en portadas de semanarios, en entrevistas en diarios de tirada nacional e internacional, en programas de televisión, etcétera, y prácticamente en todos estos medios son tratados como auténticas estrellas de cine o televisión o como si fueran futbolistas de ésos llamados “galácticos”. Se les rinde pleitesía en artículos escritos por periodistas snobs con sobredosis de ver “Sexo en Nueva York”, se dice que son auténticos genios de la gastronomía, pioneros en una nueva forma de ver la cocina como arte.

Y, por supuesto, estos cocineros se dejan querer, se dejan endiosar y, cómo no, aprovechan la situación para tangar al típico snob que ha leído de las bondades de esta cocina en “El País Semanal” o en el “Magazine” de El Mundo, al típico borrego que va allí por que está de moda y por que va todo el mundo, o, simplemente al tío al que le gusta ese tipo de cocina.

Los platos de estos cocineros “galácticos” se definen por llevar nombres raros, estilo “reducción de no sé qué”, “lecho de no sé cuantos”, “construcciones y deconstrucciones de no sé qué ostias” y polladas de ese calibre. Detrás de esos nombres rocambolescos, el más optimista (y pardillo) de los comensales podría pensar que hay un plato enorme de comida y que se va a poner como el Tenazas, pero la triste realidad es que le traen un gran plato, sí, pero con poco papeo en él, ya que si por algo se caracterizan estos platos es por su (exagerado) minimalismo que hace que tengas que buscar la puta “reducción” (y tan reducida) con un microscopio.

Y luego, llega la hora de la cuenta, la gran tangada, ya que te cobran una auténtica fortuna por dejarte con más hambre que el perro de un ciego. Eso sí, hay que decirlo, todo muy bien presentado, todo muy limpio, todo muy geométrico y todo muy rico, pero, en definitiva, estos tíos se lo llevan bien crudo.

Además de los cocineros “galácticos”, que todos conocemos, también están los que se han subido al rebufo de esto de la “nueva cocina” y ahora no hay ciudad más o menos grande, donde no haya un aprendiz de Adriá o de Arzak, que un mes antes de abrir su nuevo negocio de “nueva cocina” hacía hamburguesas en el MacDonalds o era cocinero del restaurante “Casa Pepe”, intentando que su local sea el de moda en la ciudad y no escatimando esfuerzos en inventar platos a cual más gilipollesco, y con precio más delirante, para estar en la “onda” y esquilmar a los incautos que osen pasar por allí.

Este Sombrerero ha estado comiendo en algunos de estos sitios donde la comida pierde su sentido primigenio y pasa a convertirse en una especie de pseudoarte. Por fortuna, no tuve que hacerme cargo de la cuenta, pero sí les dije a los que me llevaron allí a comer que a la próxima me avisaran con antelación para comerme un bocata chorizo antes de ir a comer a un local de éstos.

Y es que, en opinión de este humilde Sombrerero, donde esté la cocina tradicional de mamá o de la abuela, o el menú del día de la tasca “Casa Mamerto” que se quiten todos los Adriás del mundo. Ya que nos ponemos snobs… viva la comida “vintage”!!


Desde hace unos años, cada vez que en un grupo de amigos, en la empresa, en cualquier circuito en que me encuentre, sale a relucir como tema de conversación los cómics, todos los fans presentes no pueden evitar ofrecer su visión personal acerca de cuál consideran el mejor cómic de la historia. Es casi axiomático. No conozco ningún lector de cómics que no lo haga. Así, por ejemplo, Ferlubi no duda en asegurar que Batman: El Regreso del Señor de la Noche, de Frank Miller, es lo mejor que se ha hecho. Diana lo flipa en colores con Fábulas, y Virginia, durante muchos años, fue una acérrima defensora del Sandman de Neil Gaiman. Incluso diría que Zopaías aseguraría que Mundial 78, Valor… y al Toro, o El Sulfato Atómico están entre los mejores cómics jamás creados.

Yo, ante esa tesitura, opto siempre por mostrar mi mejor media sonrisa y responder: “Eso es porque no habéis leído Príncipe Valiente“.

Y, aunque pueda parecer pretencioso, lo digo de corazón. Porque con Príncipe Valiente, es Hal Foster quien dota al cómic de entidad propia, de seriedad, y de una calidad tal que debería pasar a la historia como la obra literaria que realmente es.

Durante muchísimos años, Hal Foster estuvo dibujando la aventuras y hazañas de Valiente, desde su primera juventud, sus primeros amores, los días en la corte de Arturo, la amistad con Sir Gawain, el matrimonio con la reina Aleta, el nacimiento de Arn, de las gemelas, y tantas y tantas maravillas que encandilaron a varias generaciones.

Hay que reconocer al autor el doble valor como guionista y dibujante. Un auténtico maestro de la narración, que en Príncipe Valiente ofrece numerosas lecciones de historia (si bien, a veces apócrifas y mezcladas) pero siempre buscando el divertimento, la originalidad, y la atención los lectores que, una vez inmersos en el mundo del príncipe de Thule, se convierten en devoradores de sus aventuras, sus conflictos y sus temores. Y bien es cierto que la pluma de Foster puede compararse, sin miedo a salir mal parado, con la de Dumas o la de Dickens. Por mi parte, puedo asegurar que tiene el mismo (y enorme) valor literario la saga de la caza y captura de Aleta que las intrépidas aventuras de Artagnan y los Mosqueteros.

Por otro lado, no se puede leer los cómics de Príncipe Valiente sin detenerse a admirar cada viñeta. Cada recuadro. Cada plancha dibujada, cuyo tamaño original superaba con creces el impreso, y que está llena de detalles. Foster se desenvuelve como un auténtico maestro de la anatomía y la composición. Todas sus viñetas, sin dejar de ser obras de arte como ente propio, contienen tremendas dosis de sabiduría en el arte de narrar. Si a ésto le añadimos la versatilidad de un dibujante que ilustra perfectamente animales, plantas, seres humanos, ropa, armas, paisajes y barcos, por poner varios ejemplos, el conjunto queda sencillamente espectacular.

Tan magnífica era la obra del autor, que el archiconocido magnate William Randolph Hearst le ofreció los derechos completos de la serie con tal de que concediera su publicación. Algo impensable hoy en día. Foster dedicó más de cincuenta años a escribir las historias de Valiente, y cuarenta años a su ilustración (que tuvo que abandonar, muy a su pesar, por la edad). Toda una vida. Y es en esta serie donde alcanza su máximo esplendor como artista. Un hombre digno de admirar.

Y los lectores jóvenes ni le prestan atención. Al visitar una tienda especializada, queda claro que es el manga japonés quién se lleva la palma en cuanto al sector femenino, el comic-book de superhéroes entre los más jóvenes, y el cómic pseudo adulto sello Vértigo entre los que se acercan a la treintena. Quizá una metáfora de la pobre educación y cultura que nuestra juventud recibe. Quizá no. Porque Foster, y su Príncipe Valiente, traspasan eras e ideologías. Sólo les hace falta ese pequeño empujoncito para que lean las primeras líneas…

“Seguido muy de cerca por sus implacables enemigos, el rey de Thule llega a la costa tras una ardua cabalgada.”