Entrada para Octubre, 2008

Y antes de que el Sr. Peludo descargue su indignación y disconformidad total ante la afirmación del título del post, quiero aclarar que me refiero a la fiesta de Halloween, y no al grupo heavy Helloween (espero que el Sr. Peludo nos ilustre acerca del por qué de esa permuta de la letra a por la e).

Esta fiesta ha sido importada poco a poco en nuestro país, merced a los Erasmus que vienen a pasarlo bien sin dar un palo al agua, guiris que realizan el Camino de Santiago en un estado etílico avanzado y constante, e intercambios abroad de la más diversa índole. Así, lo que en un principio se podía catalogar como una fiesta de tercera fila, para unos pocos extranjeros, poco a poco, España, un país con tradición nula en este aspecto, ha ido implantado poco a poco la celebración en la memoria colectiva, llegando hasta el punto de atribuirle una solera y prosapia similar a la de la Virgen de la Inmaculada.

¿Cuál es el motivo del éxito de esta fiesta? El motivo es bien sencillo, el NEGOCIO que gira en torno a Halloween: disfraces cutres, deprimentes adornos, fiestas temáticas rave, hip-hop, reggaetoneras… y alcohol a espuertas. En fin, otra excusa más para hacer botellón, pero más abrigado porque la capa del Conde Drácula proporciona, reconozcámoslo, más abrigo que una sudadera con capucha de “El Niño”.

También resulta la excusa perfecta para que toda una generación de jóvenes roleros, siniestros seguidores de Tim Burton, heavys blanduchos (sigo insistiendo que el Sr. Peludo es el Último Gran Heavy que queda en España), góticos avinagrados e inadaptados de flequillo power den rienda suelta a sus fantasías más reprimidas y, por un día, salgan vestidos a la calle como realmente van todos los días, pero en este caso no se sientan observados y perseguidos: Es Halloween y han hecho la fiesta suya, mis felicitaciones a todos ellos.

Lo que de verdad me duele es que, si eliges a un niño cualquiera, de 6 a 20 años, y le preguntas por Halloween te puede contar mil y un detalles, aspectos de la fiesta, cuando y cómo se celebra; pero al ser inquirido por la fiesta de los Tosantos, te responderá con un lánguido “No sé”. Es enervante comprobar que los niños afirman rotundamente que el 1 de Noviembre es Halloween ¡Toma ya, ahí queda eso!.

No soy el más apropiado para hablar de fiestas religiosas de guardar, ni tampoco de fiestas paganas de tres al cuarto, pero he de reconocer que al César lo que es del César : “¡Qué jalouín ni jalouín! ¡Los Tosantos, carajo!“, dan ganas de responder a los descerebrados chavales. Quien más y quien menos ha celebrado alguna vez Halloween, pero lo que hace que en la actualidad me defeque en Halloween, es la forma en la que la gente pierde el Norte y comienza a confundir términos y suplantar conceptos.

Sólo me queda un consuelo, y es que como esta “importación” de la fiesta va a ir a más, con el tiempo se convertirá en fiesta de guardar y cumplir escrupulosamente, como por ejemplo las barbacoas del Carranza, de ahí que un día de estos, tengo la certeza de que llamarán a la puerta de mi casa una pandilla de chavales, rudamente disfrazados, esgrimiendo la gringada aquella de “trick or treat”… Aún no tengo decidido lo que voy a hacer, pero tengo rondando dos ideas en la mente que van cobrando forma; sólo queda perfilarlas.


Sin duda, éste sería el gran titular con el que soñarían nuestras musas de infinita inspiración y sin las que este blog sería como un jardín sin flores, flores de la finura, elegancia y belleza como la de Belén Esteban, nuestra gran Pe de España y hasta si me apuran la de la mismísima Sandra Bullock.

Pero hay más gente que se sube al carro; y es que Paul Boutin, un don nadie, que no creo que tenga nada que ver con el banquero Emilio Botín, asegura en una entrevista, que los blogs hace tiempo que dejaron de ser una moda, y que, citándolo textualmente “huelen a 2004”.

Sus argumentos parecen demoledores: hace cuatro años, poner en marcha un blog era una idea brillante; pero en cuanto los medios de comunicación se dieron cuenta del inmenso potencial y utilidad manipuladora de los blogs, así como herramientas interesantes y sobre todo rentables, se lanzaron al asalto, de manera que hoy, los informadores profesionales y las campañas de marketing, entre otros, han acabado con la frescura de los blogueros aficionados, aniquilando sin piedad ese espíritu amateur que les daba la frescura que necesitaban, convirtiéndolos en sitios impersonales.

Así, hacía cuatro años, con talento y un poco de esfuerzo, se podía tener éxito en la blogosfera; hoy, el mercado está tan colapsado que abrirse camino es mucho más complicado. Y el esfuerzo no merece la pena, porque, seamos sinceros, quien crea un blog lo hace para tener un cierto número de lectores de entre toda una audiencia potencial inimaginable, idea en la que basó el inicial y arrollador éxito de los blogs.

Las herramientas para la comunicación personal han evolucionado y cambiado. Ahora la frescura se ha trasladado a sitios como Flickr, YouTube o Facebook según se desee mostrar habilidades fotográficas, de vídeo o sociales.
Paul Boutin se permite el lujo incluso de dar el siguiente sabio consejo ¿Aún tienes un blog personal y no quieres cerrarlo? No eres el único, pero al menos intenta dar algún salto.

Desde SombrereroLoco™, aunque se nos tache de fascistas agrestes, y hasta incluso de misóginos con cierto punto de irreverencia, nos gusta hacer encuestas para pulsar la opinión de lo que se definió en alguna entrada como “la ponzoña habitual que nos lee”, de forma que aquí queda la pregunta:

¿Debe cerrar SombrereroLoco™ sus puertas, en un alarde novelero, tal y como aconseja Paul Boutin?

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Sin palabras. Así me quedé cuando ví semejante desfachatez. Prentenden llevar al cine la mítica serie manga “Dragonball”. Y no es que lo pretendan, es que están en ello, ya se ha puesto fecha para perpetrar tan vil fechoría, 10 de abril de 2009. Aquí ya no se respeta nada. Cuando vi el trailer por primera vez pensé que era uno de esos “fake” que corren por youtube, e incluso a día de hoy todavía tengo mis dudas, porque una cosa tan cutre no puede ser real.

“Dragonball”, o mejor dicho “Bola de Dragón” o “Goku”, marcó época, como lo hizo antes “Vicky el Vikingo”, “Un globo, dos globos, tres globos” o “Barrio Sésamo”. Yo la seguía con devoción, por lo menos la primera temporada, cuando Goku aún tenía rabo y la serie era un puro cachondeo. ¿Quién no recuerda con cariño al maestro Mutenrochi (Tortuga Duende), ese viejo verde, perder los papeles por verle las braguitas a Bulma, todo un icono “sersuar”?. Si no recuerdo mal, la primera temporada fue retirada de la parrilla porque resultaba demasiado atrevida para la época, aún faltaba mucho para que llegara ShinChan y su culito, culito, troooooompa. Despues la serie cambió, Goku creció, llegaron unos malos menos divertidos y todo se tornó más violento y menos gracioso, así que poco a poco dejé de seguirla.

El caso es que ahora, años después, vienen unos señores que tienen la sensibilidad y el gusto alojados en su ojo del culo, y hacen la película. Ya de por sí la sola idea de ver a Goku hecho carne suena pero que muy mal, que echa para atrás, pero es que cuando ves el resultado confirmas tus temores, un zurullo de muy señor mío.

Los mamarrachos que han tenido la osadía de orinarse en mi infancia-adolescencia son:

James Wong, director del esperpento, Justin Chatwin, James Marsters, Chow yun-Fat, Emmy Rossum, Jamie Chung y Park Joon Hyung como protagonistas. 20th Century Fox es la productora que lo financia todo. Y pongo sus nombres para que si alguien tiene la ocasión de cruzarse con alguno de ellos pueda escupirles a la cara de mi parte.

Y como muestra un botón, así que aquí van unas imágenes de los personajes.

Este “carapapa” es al que pretender hacer pasar por Goku. Me supongo que las manos se le han quedado agarrotadas del exceso masturbatorio, lo que explica la cara de pringao, inane e insulso que tiene el gachón.

Atentos porque ahora viene lo peor, este es el maestro Mutenrochi, ¡tócate los güevos!. ¿Donde carajo está la barba, el pelo blanco, las gafas de sol, el aspecto de abuelete depravado? ¡Vete a cagar, chaval!

Y por último piccolo, con una pinta de maricona reina de la cabalgata del orgullo gay que pa qué te cuento. Con esa miradita de “te lo como tó” culito a la pared.

Total, que me he igdinado ¡HOYGAN!.


Digan lo que Digan

Saqman
28 Octubre 2008

Presentar el post de hoy no es nada fácil, entre otras cosas porque es más que probable que me gane el odio y el desprecio de la mayor parte de nuestros lectores, así como compañeros Sombrereros, que verán en mí no un amigo, sino un friki de tomo y lomo, y me calificarán de gran hortera.

Pero me da igual, la verdad. soy un hombre de principios sólidos, y aquí, en SombrereroLoco.net™ me he propuesto poner las tildes sobre las íes, y soltar a bote pronto la siguiente frase: Raphael es un crack.

Ya está dicho, ea. Y es que no lo puedo evitar. Conforme pasan los años, voy descubriendo en este artista un auténtico genio de la interpretación, un niño prodigio de las artes escénicas que hoy en día es verdaderamente ignorado como tal. Y es que no muchos artistas pueden presumir de tener un Disco de Uranio por las ventas de su álbum. De hecho, en España ninguno, y mundialmente, conocemos sólo el caso de Michael Jackson. Y lo curioso es que fue por el mismo Raphael por el que inventaron dicha categoría, puesto que eran tantos los discos de oro y platino que acumulaba que podía alicatar seis cuartos de baño.

Mi señora me ha hecho escuchar varias veces el doble disco recopilatorio de Nino Bravo, después de mucho insistir. Y tengo claro que, siendo un artista con una potencia vocal notable, no tiene ni punto de comparación con el auténtico torrente musical de la voz de Raphael. Y es que este chaval (para mí siempre tendrá el aspecto de sus películas de los sesenta) despuntó desde pequeñín por su timbre perfecto y poderosa voz, recibiendo un premio como niño prodigio en un festival de corales en Austria. Y es curioso, según leo una escueta biografía que, proveniente de una familia humilde, el chico consiguiera entrar en el colegio capuchino San Antonio de Madrid gracias a su propia voz, con la que adorna los oídos de sus profesores y compañeros. Eso es labrarse un futuro…

De todos es sabido que Raphael (que según Wikipedia adornó con “ph” su nombre en honor al contrato con discográfica Philips) ganó varios festivales y lanzó su carrera con una proyección internacional tan amplia que incluso fue número uno en Japón (claro, que a los japoneses les gusta muchas cosas raras). Pero lo que me ha sorprendido es saber que incluso participó en el famoso “Show de Ed Sullivan” allá por los setenta. Que tío más grande.

He de reconocer el hecho de que Raphael, un hombre cargado de excentricidades y adicto al histrionismo y al negro, ha creado como intérprete un personaje con el que se desenvuelve en pantalla, en televisión y en conciertos. En su vida privada muestra una calma muy distinta al arrojo emocional que destila en el escenario. Y es ese mismo personaje quién le ha reportado los mayores éxitos y las peores derrotas. Quizá por no saber adaptarse a los tiempos, y ser objeto fácil de imitación por parte de dúos cómicos sin puñetera gracia, el público empezó a percibir ciertos amaneramientos y conductas prestas al cachondeo, y el propio artista se convirtió, poco a poco en una sombra de si mismo, en una parodia, incluso una caricatura. Pero yo, personalmente, admiro la honestidad con que se presenta a su público. Raphael no duda en hacer gestos exageradísimos con tal de arrojar fuerza a una canción. Parece decir, “así soy yo, os guste o no”.

Pero ahí están los discos, los EPs, los CDs, sus inolvidables películas (siempre que veo el final de “Cuando tú no estás” me da un subidón emocional, ¡¡¡pobre Laura!!!) y sus actuaciones recargadas y rimbombantes. ¿Quién no recuerda la primera actuación en televisión de “Escándalo” o “Toco Madera”?. Pero lo cierto es que escuchar sus primeros temas, los escritos por Manuel Alejandro, te trasladan a la España inocente (aunque cruel) de nuestros padres, donde las canciones destilaban cierta infantilidad y frescura, pero eran en el fondo muy bonitas. De vez en cuando me entran ataques febriles y me tiro seis días escuchando su disco doble recopilatorio, y flipando con el “Yo soy Aquel”, “Cuando tú no Estás”, “Como yo te Amo”, “Qué sabe Nadie” y el clásico, “Digan lo que Digan”, cuya interpretación es tan subjetiva como cachonda. Como que me pongo a cantar a pleno grito en el coche, eso sí, sin alcanzar, ni de lejos, la potencia del Niño de Linares.


Otra duda más…

Saqman
27 Octubre 2008

De El Periodico de Extremadura

CRISIS EN LA INDUSTRIA
Lois anuncia el cierre de 4 plantas y 548 despidos

Supongo que en tiempos de bonanza los directivos se pusieron las botas, y no se dedicaron precisamente a repartir ganacias entre los empleados. Y esto me lleva a preguntarme… ¿En este país por qué se hace capitalización de las ganacias y socialización de las pérdidas?


Montaplex

Zopaias
27 Octubre 2008

A los que nos estén leyendo y tengan menos de 30 años, el protagonista de este artículo les sonará a turco-chipriota, pero a los que sean de la quinta de los Sombrereros, seguramente les suene e incluso hayan tenido algún Montaplex entre sus manos.

Los Montaplex venían en unos misteriosos sobres que solían vender en kioskos de esos donde vendían chucherías y que normalmente estaban regentados por una vieja sorda y totalmente vestida de negro que te aterrorizaba porque pensabas que su verruga con pelos tenía vida, o por el típico abuelo gruñón-cabronías en cuya mente paranoíca se pensaba que le estabas robando los Escalofríos. Pero… ya está este Sombrerero divagando otra vez, me desvío del tema.

Como digo, te podías hacer con los Montaplex en cualquier kiosko y por 5 ó 10 pesetas a la vez que te comprabas una bolsa de Monchitos o de Rufinos. Cuando el kiosquero paranoíco te daba aquel sobre de papel, con unos grotescos dibujos en la parte delantera y con una aséptica parte trasera de color blanco guarreras, y tocabas, por entre el sobre, lo que había en su interior, no podías casi esperar a casa para ver lo que tenía dentro.

Cuánto misterio para una mierda de juguete, ¿verdad? Y sí, es que, sin duda alguna, los Montaplex eran una mierda como un piano Steinway, pero, como todos los recuerdos y los juguetes de la infancia, tan entrañables a la vez… Pues bien, estos Montaplex no eran más que una serie de muñequitos de plasticucho barato que venían en el interior de ese sobre y que generalmente representaban soldados de las más variopintas épocas y regimientos.

Podías comprar cuarenta sobres de Montaplex, cada uno de ellos asegurando que contenía un regimiento distinto de soldados y de diferentes épocas (había soldados del ejercito americano, del ejercito japonés, del español, e incluso famosas batallas de la I y II Guerra Mundial) que siempre, impepinablemente, te encontrabas el mismo número y la misma forma de soldados. O sea, el muñequito que representaba a un soldado del ejercito de Rommel era el mismo muñecarro que venía en el sobre “La Batalla de Midway“… Lo único que cambiaba era el color de los soldados y que en algunos sobres, venían caballos, cañones, aviones o barcos, y eso si tenías mucha suerte.

La característica común de los Montaplex es que eran prácticamente minúsculos (los muñecos carecían de rasgos faciales y eran “tojuntos” es decir, eran muñecos amazacotados, el cuerpo y las supuestas armas eran un todo y, además, eran monocromáticos) e iban pegados en una especie de travesaños (que luego venían de coña para utilizarlos como porterías en las chapas) por lo que para sacar los muñecos tenías que darles varias vueltas, como si de una tuerca se tratase, para conseguir sacar al soldadito del puto travesaño. Esta operación implicaba dos inconvenientes: Que te tirabas media tarde quitando al jodío muñeco de donde estaba pegado y que una vez que conseguías desprenderlo, tras darle unas cuarenta vueltas, el muñeco lucía un bonito cuerno retorcido en el casco (ya que travesaño y soldado eran parte de un todo de material plástico) por lo que parecía que todas las mujeres de los soldados del ejército se habían fugado con el butanero.

Si no eras un niño muy remilgado, dejabas a los soldados con el cuernecete, pero si eras un niñato perfeccionista, tenías que cogerle las tijeras a tu madre o la lima de uñas e intentar extirpar ese apéndice craneal que salía del soldado. Más de uno de los soldados de este Sombrerero cayó decapitado en acto de servicio…

Aunque la inmensa mayoría de los Montaplex eran de soldaditos, no todos eran de temática bélica… Había algunos que trataban de monstruos y bicharracos de las películas de terror, otros eran de dinosaurios y trogloditas o de vaqueros e indios y otros, los menos, de temática extraterrestre, pero a pesar de este cambio conceptual, en su interior yo sólo conseguía ver soldados…

No hay que olvidar a los primos de los Montaplex, los Montaman, que también venian en un sobre y eran del mismo material infecto que los Montaplex, con los mismos travesaños que dejaban el cuerno aquel, pero en este caso se trataba de una figura humana articulada con una cabeza color carne de cara inexpresiva, una especie de mezcla entre un golem cutre y los robots de Kraftwerk, a la que tenías que poner diversos adminículos según el Montaman que fuera, ya fuera el Montaman bombero, submarinista, chapero, etc, aunque, como en el caso de los Montaplex, todos los adminículos se parecían sospechosamente, fuera de la profesión que fuera… Lo malo de los Montaman es que la diversión acababa en cuanto terminabas de montarlo y vestirlo, porque el resultado era tan espantoso que te daba vergüenza ajena jugar con eso o que tus amigachos te vieran con uno de ellos.

Para la chavalería que nos lee: Como veis, en los tiempos en que los Sombrereros no eran más que unos chaveas onanistas no había ni Play Station, ni Internet, ni Disney Channel ni pollas en ollas, fijaros con lo que nos teníamos que divertir… ¡¡No sabéis la suerte que tenéis, cabronardos!!


Leo en elmundo.es que una cadena norteamericana, concretamente la ABC ha visto como una demanda internacional ha cruzado sus aguas desde nada menos que Japón. Y la circunstancia se da porque, con todo el descaro del mundo, han lanzado un programa titulado “Wipeout” que plagia flagrantemente, y de un modo desvergonzado, el famoso programa “Takeshi’s Castle” que se popularizó por esos lares allá en los años ochenta, y que aquí conocimos y disfrutamos bajo el sobrenombre “Humor Amarillo”. Todo un despliegue de inteligencia por el ahora Fashion Cult Takeshi Kitano.

Y es que Humor Amarillo, un título que en esta época talantista (y encubiertamente fascista) de Zapatero sería acusado de xenófobo y racista, fue uno de las grandes apuestas de Telecinco en los noventa. Además, aquí, con dos cojones, se adaptó simplemente poniéndole un doblaje cachondo por encima, que defenestraba a los simpáticos concursantes, obra y gracia de Juan Herrera y Miguel Ángel Coll, que inventaron al mítico Chino Cudeiro (que según la leyenda sacaron el apellido de un jefe) y que le pusieron la guinda sinvergüenza a un programa que, ya en serio, era bastante pamplinoso.

Pero es que la cosa tiene su gracia. Porque si es cachondo ver a un tío caerse, que menos que descojonarse vivo al ver a una sarta de japoneses pirados pegarse unos carajazos del copón y unos hostiazos tremendos. “El Laberinto del Chinotauro”, “La Lluvia de Rocas”, “Donde tenga la olla no metas tu…”, “El asalto al fuerte chino”, “Los rollitos de primavera”, y una cantidad de pruebas míticas, todas con nombres graciosillos y sin vergüenza.

Y ahora llegan los de la ABC y se dedican a plagiar a estos tíos. Y me pregunto yo ¿no era más fácil contratar a dos actores fracasados (póngase Charlie Sheen y Martin Short) para que hagan cuatro doblajes asquerosos con las pruebas de los japooneses? Porque ver a una americana gorda de esas consideradas “basura blanca” que viven en roulottes meterse carajazos contra los rodillos, y caerse al agua, no se, no me pone. Donde pongan un “chino paletudo” romperse los piños, que se quiten los gringos.


Ahí está el tío. Más chulo que un ocho. Ni corto ni perezoso me permito el lujo de incluirme en la lista de compositores que siguen la “línea dinástica real” que inicié con Beethoven y que continuaron Mozart, Shostakovich, Bach… Y es que no tengo abuela. Con un par. Para eso soy yo el que escribe, ¿no?

Pues eso, un par.

Evidentemente no voy a hablar de mi música. Sería un post demasiado corto. Si hay un sitio que ha marcado mi vida desde mi infancia y que ha concentrado multitud de experiencias y recuerdos, ése es sin duda el estanco de mi madre. Al enviudar mi abuela se le concedió el punto de venta en un quiosquito cercano al local actual. Mi madre prosiguió con la tarea de envenenar y timar al público en general, de todo tipo y condición social y económica, en un local que había sido durante años una oficina de la parada de taxis de la plaza de San Antonio.

Mi señora esposa y yo continuamos desde hace tres años con la muy tóxica y legal tarea de servir al Estado en funciones de distribución de documentos oficiales varios, venta de sellos y la consabida labor de recaudar “impuestos voluntarios” a través del tabaco y los juegos activos de la Organización Nacional de Loterías y Apuestas del Estado: Bonoloto, Primitiva, Quiniela, Quinigol, Gordo de Primitiva, Euromillón, Quíntuple Plus y Lototurf.

En mi infancia fui una especie de arquitecto en ciernes, constructor de autopistas, edificios y puentes de distintos tamaños que unían las cajas de tabaco que llenaban el almacén, hechos como podéis suponer a base de cartones de tabaco, a través de los cuales corrían y se precipitaban al vacío coches y los típicos muñecos de plástico de indios y vaqueros, en una especie de gazpacho anacrónico en el que siempre ganaban los malos. Me imagino que era la influencia del tabaco: lo que es malo es malo.

El almacén también servía de refugio para hartarme de llorar cuando las cosas me salían mal, o cuando los malos eran más malos que yo. O cuando mi madre se negó a regalarme una guitarra eléctrica por reyes. Pobre ilusa: le quedaban unas cuantas peticiones más… y por no querer oírme más (siempre he sido un “jartible”; no te preocupes Sr. Saqman, no es sólo percepción tuya), al final cayó. Esa misma guitarra con la que hacíamos tanto ruido los de “N-IV”.

Desde la puerta del estanco se ve la ventana a la que se asomaba la primera niña de la que me enamoré, tres años mayor que yo, y con los ojos más bonitos que había visto hasta entonces. De hecho, cuando la vi por primera vez, me quedé como veinte segundos completamente embobado, hasta que el chaval con el que estaba jugando con un avioncito de papel (hecho con una quiniela de fútbol, por supuesto) me pegó un grito: “¡Eh, que estoy aquí!”. Y es que ya entonces daba buena cuenta de mi archiconocida caraja, aunque la chica lo merecía. En una ocasión llegué a dar cien vueltas en bici a la plaza de San Antonio, contabilizadas, para cruzar miraditas con ella desde su ventana cuando pasaba por debajo de su casa. Ella no se esperó hasta las cien vueltas, las acabé yo solo, más que nada por coraje. Algunos años después le despachaba un Fortuna Light tragando mucha saliva. Yo agachaba la mirada porque ella siempre agujereaba mis ojos con los suyos, como si lanzara rayos láser.

Hablando de ojos bonitos, los más requeterechifladamente bonitos de México, ¡ay, chingaderas!, me llevaron tres años por tierras levantinas para hacerme un hombre (en todos los sentidos), hasta que mi señora madre, con setenta y cinco años, decidió jubilarse, dándonos la oportunidad de volver por tierras gaditanas para seguir con la muy tóxica y legal tarea de etc, etc, etc.

Y aquí estamos…


Los dos años de mi vida que pasé en Madrid marcaron mi existencia en varios aspectos. Consolidé viejas amistades, conocí e hice amigos que me han acompañado desde entonces, aprendí mucho a nivel laboral sobre qué hacer, qué no hacer, y cuanto hijoputa lameculos hay por ahí. Aprendí que a la mayoría de cines en v.o.s. asistían gafapastas que aplaudían auténticos truños sin sentido. Comprendí que no podía vivir sin mi chica y, resumiendo, viví una experiencia maravillosa en muchos aspectos.

Sin embargo, uno de los aspectos de los que he hablado poco (o nada) desde mi regreso ha sido el mítico Bar del Beni.

Fue una de esas tardes aburridas de domingo cuando Pablito y Neythe me llevaron de improviso a un pequeño local situado a la espalda del teatro Lope de Vega cuyo nombre rezaba “Bar Gran Vía”, a pesar de no estar ubicado allí. Uno de esos sitios cutres pero cutres que sabes que te va a gustar desde que plantas allí el pie.

El caso es que nadie llamaba al local por su nombre real, sino que era globalmente conocido como “El Bar del Beni”. Y no podía ser de otro modo, puesto que Beni, dueño, cocinero y camarero, era el alma máter del bar. Toda su controvertida personalidad se reflejaba en cada rinconcito del mismo. Y digo rinconcito porque era así, no había ni un espacio libre en todo el lugar. Decorado al más puro estilo kistch, combinaba todo tipo de tendencias, a cada cual más extraña, que confería al local un ambiente psicodélico y surrealista. Miles de fotos, ¡¡¡ qué digo, millones de fotos !!! poblaban las paredes, las columnas, la barra, las luces, etc. Un auténtico doctorado de la historia del local, en el que destacaban los más insignes clientes, léase Leonardo Dantés, Tony Genil o Paco Porras. Bueno, también se podía ver por allí a Ismael Serrano y alguno más que comprendía y amaba la idiosincrasia del lugar. Acompañaba a las fotos miles de banderines de colores, extraídos de alguna feria local que dispersaba sin orden ni concierto y combinaba con no se cuántos botes llenos de bolígrafos gastados que alguna función debieron cumplir en su momento pero que veían pasar el tiempo mientras su antiguo dueño envejecía.

Beni era un tío estupendo, siempre abierto a charlar con el cliente. Recuerdo con especial cariño la primera vez que llevé allí a Eugenio, una tarde en que no había nadie, sólo nosotros, y Beni se encontraba especialmente contento, y nos contaba cosas de su vida, de su mujer, de sus hijos y de su infancia en Extremadura. Eugenio, como ya suponía que pasaría, cayó rendidamente enamorado ante el encanto del local. La tarde acabó con unos treinta y tantos quintos de cerveza consumidos, no se cuantas tapas y platos, y una foto cojonuda que el propio Beni nos hizo y que colgó en algún lugar recóndito de su bar.

El Beni no era un lugar para gente que disfruta de las grandes presentaciones y del arte culinario. De hecho, había que hacer un serio esfuerzo de pérdida de escrúpulos para disfrutar de su estancia. En otras palabras, que el local muy limpio no era. Pero, como se dice en Cádiz, eso formaba parte de su encanto. Había por allí dos neveras de esas del Frigodedo y el Frigurón que estaban abarrotadas de quintos de cerveza, y que el personal cogía a su antojo, sin rendir cuentas al dueño, que se fiaba siempre del número de consumiciones que le referías al final. Es por ello que la gente era justa con él y hacía honor a esa confianza depositada en el cliente. Y Beni siempre agradaba al cliente con unas cuantas tapas gratuitas que preparaba con sus grasientos y regordetes dedos mientras uno se hinchaba a cerveza. De ellas destacaba el famoso queso de Trujillo, que era el queso viejo más rico que he probado. También su clásico plato de jamón con tomate y aceite, que siempre era una sorpresa al cliente y que regalaba con una gran sonrisa. Pero entre todos, el más famoso y recordado era el Pollo Flambeado. Un plato hasta las trancas de pollo que rociaba con alcohol, prendía, y entregaba literalmente en llamas. Receta personal que conseguimos sonsacar Eugenio y yo tras mucho comerle el bolo. Nos explicó que el secreto era volcar todos los culos de licores, ginebra y ron que sobraban en una misma botella, y rociar el pollo con ello. Como cada vez que lo hacía las proporciones de cada bebida cambiaban, el resultado y el sabor nunca era el mismo, pero el encanto se mantenía.

A Beni le encantabla el folclore, los programas tipo “Menudas Estrellas” y “Operación Junior” (vete a saber por qué), y reconocía que no les gustaba ni Dantés ni Genil, ni ninguno de esos. Tenía devoción por los andaluces y extremeños, aunque trataba a todos por igual, no así su señora, que siempre aparecía gruñendo. Supongo que porque su marido siempre andaba escondido tras la barra del bar. A nosotros siempre se alegraba de vernos y a mí me gustaba decirle “Beni, ¿me puedes dar una cerveza?”, para chincharlo y que me respondiera “Tú nunca has venido por aquí ¿no?”.

Una vez me fui de Madrid y emprendí una nueva vida no volví a ir al Bar Gran Vía, ni siquiera en mis fugaces visitas laborales. Hace un par de años me llegó la triste noticia de la defunción del Beni. Un hombre que dedicó su anónima vida a servir al público, entendiéndolo a su peculiar manera, pero que encandiló a muchos, artistas, gente de la calle, incondicionales, que veían allí un lugar en el que siempre, y digo siempre, se disfrutaba. Como este Sombrerero es, ante todo, un caballero, quería rendir homenaje al hombre, al artista, y al pollo flambeado.


Uno de los grandes artistas cinematográficos de la historia anuncia su retiro. Nos referimos, claro está, a Drew Struzan. Pocas palabras se pueden decir de este ilustrador, portadista y dibujante que no sean meras alabanzas hacia su trabajo.

Nacido en Oregón, despuntó desde su más tierna infancia en el arte de pintar, y fue considerado niño prodigio, circunstancia con la que convivió a pesar de una dislexia hasta que se enrola en el Art Center College of Design. Su acercamiento casual a George Lucas en 1978, y su ilustración para el cartel del re-estreno de Star Wars le catapultó al olimpo hollywoodiense. A partir de ese momento ha ilustrado carteles para toda clase de películas, muchísimos taquillazos, y contratado por directores de la talla de Brian de Palma, Steven Spielberg, Richard Donner o incluso… ¡Santiago Segura!.

Su estilo, entre modernista e hiperrealista es inconfundible, así como los trazos que acompañan a las siluetas de los caracteres dibujados en primer plano. Con base aerógrafo, suele completar sus trabajos utilizando óleos, lápices, y siempre en una escala 1:1 que le permite un nivel de detalle elevadísimo. Como siempre, suele firmar con su nombre de pila, en un breve trazo que es indicativo de la calidad de la obra.

Me considero un gran admirador de su trabajo, así que, en lugar de extenderme en una biografía que fácilmente se puede encontrar en la Wikipedia, prefiero dejaros aquí un pequeño muestrario de su talento.