Entrada para Noviembre, 2008

¡Ah! Las palomas urbanas (columba livia). ¡Cuántas bucólicas estampas hemos vivido con ellas en la infancia! ¿Quién no tiene en su álbum de fotos la típica foto en blanco y negro con ellas comiendo un tarugo de pan que le llevábamos desde casa con una gran ilusión? Qué bonitas, cómo volaban, qué blancas y puras… qué amor hacia el reino animal. Ahora hagamos una analogía e imaginemos por un momento que en lugar de palomas son ratas.

Voy a tratar de demostrar que el odio visceral que siento por tan repugnante ave está más que justificado, y aclarar ciertos aspectos que probablemente desconozca esa anciana que pasa todas las mañanas a la misma hora y suelta una bolsa de pan migado en la plaza de debajo de tu casa.

Precisamente, la Diputación de Cádiz ha presentado, hace unos meses, un estudio que evalúa el potencial riesgo sanitario de las colonias de palomas domésticas como agentes de transmisión de enfermedades.

El estudio detalla las más de 30 enfermedades transmisibles a los seres humanos y otras 10 a animales domésticos, por lo que no duda en catalogar a la especie de riesgo potencial para la salud pública de la ciudadanía. Yo iría más lejos y les cambiaría el nombre por el popular y sugestivo Ratas Aladas.

Los resultados revelan la presencia de diversos agentes transmisores de enfermedades como el hongo C. albicans, responsable de la candidiasis (enfermedad infecciosa que puede manifestarse en humanos en boca, aparato respiratorio, intestino y el tracto urogenital); Salmonella sp., uno de los agentes de mayor importancia; la bacteria C. Burnetii, causante de la fiebre Q (aparición repentina de fiebre, malestar gastrointestinal, cefalea, mialgias y sudoración profusa)… y si las dejamos campar a sus anchas por nuestras ciudades, probablemente serían las responsables de la propagación del Virus T, que muta a los humanos en zombies ávidos de sangre.

Así mismo, estos lindos animalitos son portadoras de hasta 40 ectoparásitos externos, como piojos, garrapatas, pulgas y borococos de diverso tamaño y pelaje.

En otro orden de cosas, de todos es conocido la acción química de los excrementos palomeros, con gran contenido en ácido úrico y ácido fosfórico, que desintegra cementos, hormigón, piedra caliza y deteriora gravemente el resto de materiales. Una de las peores consecuencias de la actividad de las aves sobre los edificios deriva del progresivo cúmulo de excrementos en canalones y desagües que termina por provocar su taponamiento con la consiguiente aparición de humedades y goteras.

Yo, por si acaso, sigo aplicando el método “Paloma cerca = Patada que se lleva la paloma”, y que ningún defensor de los animales ni de la colombofilia se me tire al cuello. Cierto es que gracias a las palomas mensajeras la humanidad ha prosperado más que con Internet, y que todos, Picasso incluido, la identificamos como el animal de la paz… pero hay que reconocer que esto se nos ha ido de las manos, y que hay que tener mano dura, pero que muy dura, para corregir semejante dislate.

Que se lo pregunten al bueno de Saqman si no.


Mi primo Pepe

Saqman
27 Noviembre 2008

Cuando Pepe todavía era Pepito ya apuntaba maneras. Era bastante alocado y nervioso. Muy inteligente, pero con una inteligencia mal distribuída o a la que no se le sacaba mejor partido. Pepito siempre estaba haciendo bromas, riéndose de todo y de todos, y a veces su humor lo entendía él nada más. Pero bueno, a mi primo Pepe siempre lo he querido mucho. Quizá por eso mismo, porque era bastante diferente. Con un modo de entender la vida entre infantil y alocado, era un niño de múltiples propósitos pero de pocas ganas.

La verdad es que desde siempre he conectado bien con Pepe. Nos unió bastante la infancia, con aquellos castillos de Playmobil que a mí me gustaba armar y decorar, y Pepe disfrutaba con verlos reventar a base de lanzarles catapultas de rulos. No había quien jugara con él. Uno corría el riesgo de perder todos los juguetes. Luego, en la era Spectrum y MSX compartimos juegos y vivencias por igual. Aunque me sacaba cuatro años, era bastante accesible, y disfrutaba con eso de llamarme “enano”, a pesar de que yo era más alto que él. Yo me dejaba llamar, sabedor de que si le respondía, él encontraría un modo de dar la vuelta a las cosas y volver a chuflearse de mí. Le encantaba picarme. Ahora que me acuerdo, se que, con doce o trece años, he llegado a desesperar de verdad a su lado, a irme de su casa encabronado ante tanto cachondeo. Pero claro, es que Pepe no podía evitar buscarle el punto a las cosas. Los dos teníamos una relación un tanto quijotesca, y yo actuaba de Sancho Panza llevando orden al caos y raciocinio al surrealismo de las situaciones en que me metía.

Cansino como él solo, me hizo pasar grandes momentos en mi adolescencia, a pesar de que era persona de gran hablar (nunca paraba) le estuvieras prestando atención o no. Él disfrutaba hablando, buscando ocurrencias e ingeniando bromas. Y el radicalismo era también su punto fuerte. Lo mismo te decía de alguien que le quería mucho, que al día siguiente le odiaba. A los catorce años me dí un hostión en moto, regresando de una noche en La Barrosa, por un carril de esos sin luz. Veníamos como cubas. Mi primera gran borrachera de vino tinto que acabó con la susodicha hostia y un baño en la piscina que hizo que se me cortara la digestión y vomitara. A todo eso, él descojonado. También con él descubrimos a dos vecinas haciendo topless, y nos dedicamos a chincharlas hasta que nos montaron la de Cristo. A Pepe le daba exactamente igual.

Días después de fallecer mi padre, Pepito, amado y amante ahijado, llegó a casa, destrozado, sin poder articular palabras, y supe de corazón cuánto lo sentía, y cuánto me quería. Y conforme nos hicimos mayores y separamos algo nuestras vidas nuestros encuentros fueron más fugaces aunque igual de divertidos. Cada vez que Pepota llegaba montaba el taco, soltaba cuarenta chistes y tenías que troncharte. Y era curioso como, sin apenas durarle uno o dos meses, nunca le faltaba una novia, o dos, o tres. Porque era pesado un rato, pero era muy muy simpático, con mucha parla y don de gentes. Estos últimos años, cada vez que nos veíamos y me seguía llamando “enano”, y descojonándose por lo ennoviado que yo estaba, me sonreía diciéndome a mí mismo que mi primo Pepe no cambiaría nunca.

Ayer se me fue mi primo, tras seis años de intensa y durísima lucha contra un cáncer que al final pudo más que él. Se fue, hasta el último momento, lleno de esperanzas, de ilusión por vivir. No pudo conocer a mi Angelito, ni tuvo oportunidad de formar una familia. Fue una putada la que le hizo la vida a mi pobre primo, que con sólo treinta y siete años nos ha dejado un horrible y doloroso hueco en el corazón imposible de llenar. Luchó como un campeón, como jamás he visto a nadie hacerlo.

Adiós, Pepito. Adiós.


La verdad es que no me gusta nada tener que visitar las pedanías de Jerez. Son todas iguales, construidas en la misma época y con un paisanaje bastante parecido. Todos piensan y hablan de forma muy parecida. Incluso me atrevería a decir que existe cierto parecido físico entre ellos, debido a la inevitable mezcla sanguínea que arrastran desde hace muchos años. Pero lo que, sin duda, más aborrezco, es el inmenso trapicheo que se traen por allí. Y es que prácticamente no hay nadie que construya una casa con proyecto oficial bajo supervisión y aprobación de un Ayuntamiento u organismo oficial. Me llama la atención los magníficos coches que por allí se ven, auténticas piezas de lujo que un bolsillo como el mío es imposible que se permita (ni se pueda permitir nunca). Esos chavales que llevan un Audi A3 o un BMW lustroso y brillante, con asientos de cuero blanco y un gran altavoz en el que retumba el último éxito del Techno Disco 2008 o del Rumba Mix (porque entre los angangos da igual una que otra cosa, lo que importa es el volumen). Y, como conozco a más de uno, y hablo con ellos, se de sobra que no tienen negocio propio, ni son autónomos, ni hijos de grandes empresarios, y el coche lo han pagado de bolsillo, ni plazos ni leches. Y mira, que la casa esa blanca de ahí arriba, trescientos veinte metros cuadrados, me la estoy construyendo y tengo una cuadrilla de colegas que me están echando un cable. Y olé, porque la mitad del material lo trincamos de escaqueo de la obra por las mañanas, cuando no mira el patrón.

Y yo me pregunto de dónde sacan el dinero. Y lo de “me pregunto” es pura retórica, porque se de sobra que prácticamente todos cobran, si no entero, gran parte de su salario en negro, dinero que no declaran, que no va a las arcas del estado, y que no ingresan en hacienda. Y el patrón, que es muy listo, se ahorra en el 34% de la Seguridad Social un pastón que no veas, y ellos, más listos todavía, viven a todo tren durante los años que les dure la obra, que ya verán en que trapicheo se meten al cumplir los cuarenta. Algo habrá, que sus tíos y sus padres han hecho lo mismo. Y si no, ya buscaremos algún tipo de ayuda o subsidio como el que ha estado cobrando mi tío, que es colega de uno en el “Ayuntamiento”. Y mientras tanto, utilizan las carreteras que los demás pagamos, con esfuerzo, con limitaciones monetarias para nuestros hijos y seres queridos, y los servicios médicos, y las escuelas públicas, y además como su declaración de la renta es bajísima, sus futuros hijos accederán a las becas, tendrán preferencia en las futuras V.P.O. (si siguen existiendo) y mientras tanto, a seguir quejándose, que si no se llora no se mama.

Un señor jubilado, allegado circunstancialmente, se lamentaba hace poco de la paupérrima situación en que le ha dejado el gobierno tras su jubilación, con una pensión tan ínfima que apenas le da para comer (y tal como está el Carrefour, ni para eso), y se arrepentía de haber estado trabajando toda su vida sin declarar apenas nada, cobrando todo en negro, porque, aunque había vivido muy bien, vaya porquería de vejez le había tocado, a él, que había trabajado como un mulo, y ahora tenía que pedirle dinero a sus hijos que, a propósito, tampoco declaran ni un duro, y también conducen Audis. Y claro, para evitar entrar en conflicto familiar, me tengo que callar, y mirar para otra parte pensando en letras mayúsculas… ¡¡¡ A MAMARLA !!!


No, no se llamen a engaño, no les voy a hablar de la infumable película de los Coen y de mi “admirado” Javier Bardem, no… Permítanme, en cambio, contarles una historia que le pasó a este Sombrerero hace muy pocos días:

Iba yo tranquilamente por la Plaza Mayor de Madrid, en dirección a Sol, cuando veo que hay una morterá de gente por los alrededores. Cuando voy bajando por la calle Postas, me encuentro que hay una procesión y todo está hasta el culo de gente. Habida cuenta de que le tengo alergia a las procesiones y demás expresiones religiosas masivas (estoy deseando que llegue la Semana Santa para hacer un artículo, ése me lo pido, jojojoojo), intento atajar como puedo, serpenteando por las calles hasta llegar a Sol. Ahí sí que me encuentro una buena morterá de gente, viendo pasar a un montón de curas, señoras con peineta e imágenes religiosas, todo ello aderezado por la voz de un tío que hablaba por un micrófono no sé qué ostias de la familia. Como yo tenía que cruzar Sol por cojones, no me quedó más remedio que pasar entre los espectadores, y cruzar entre los curatos… Pues bien, cuando voy a cruzar por el sitio en el que la cosa estaba más despejada, veo que un viejuno me impide la entrada. Literalmente se cuadró con su mujer, hombro con hombro, y no me dejaba pasar, mientras mascullaba algo. Me quité el Mp3 y le dije que hiciera el favor de dejarme pasar, con bastante educación. El viejuno, con cara de resentimiento me dice que no, que está harto de que le moleste gente pasando y que pase por el paso de cebra que hay más abajo. Yo intento razonar con él y le digo que poco importa que pase yo por el paso de cebra, si ahora mismo la única circulación que hay es una colección de sesentonas con mantilla; además, la calle es de todos y él no me puede impedir, bajo ningún concepto, el pasar por donde a mí me sale de los cojones. Además, tenía que cruzar por algún sitio. El abuelete, con la mujer allí colaborando también, se me empezó a poner borde. El tipo era tamaño Rompetechos y encima se me ponía gallito. Como vi que la gente de alrededor nos empezaba a echar cacahuetes y para evitar males mayores, me fuí de allí, dedicándole al abuelo alguna bordería y dejándole al borde del colapso. Crucé por otro sitio, petado, pero con gente más joven y más comprensiva que sabían perfectamente que la gente, a pesar de que haya una procesión, tiene que cruzar por algún sitio. Eso sí, el cabreo que me pillé por lo que pasó no me lo quitó nadie en un buen rato. Realmente me “ingdinó” que un viejuno se creyera el amo y señor de su trozo de calle y que encima se pusiera borde.

El fin de contar este rollo es por que me voy dando cuenta de que cuando llegamos a cierta edad viejunil, los modales y la educación nos la solemos dejar en casa y nos solemos creer con derecho a todo por que seamos ancianos. Estoy harto de ver a viejunas colarse en la cola del autobús o pedirte de malas maneras que les dejes el asiento; en cualquier sitio, en el trabajo, en la compra, cruzando una calle, siempre te encuentras a un viejuno que la lía parda con cualquier pretexto absurdo y usando los mismos modales que Conan el Bárbaro con cagalera y eso me jode que no veas.

Por supuesto, no es cuestión de generalizar, hay un montón de gente mayor, la mayoría, que es un modelo de educación y corrección, pero no nos engañemos, también hay un montón de viejunos que por lo que sea, por la propia edad, por amargura, por resentimiento, o por que no han sido educados en toda su vida, rezuman mala ostia y falta de respeto por los cuatro costados, amén de una intolerancia tremenda a lo que escapa de sus arcaicos límites mentales, lo que le hace ser poco menos que unos angangos de la tercera edad. Espero que cuando este Sombrerero no sea más que un anciano artrítico y con el pastillero lleno de Viagra de contrabando, al menos sepa conservar los modales y la educación, y si me pongo tonto espero que la enfermera del inmundo geriátrico donde esté me dé un buen P&P y me ponga a hacer zanjas como un loco, a ver si así se me quita la tontería.


Que gracia me hacen las medidas políticas que tan a bombo y platillo anuncian. Bueno, quizá la culpa está en el emisor, que tergiversa la verdad, o en el propio receptor, que escucha lo que quiere escuchar. El caso es que me llegó a los oídos, no hace mucho, que el SAS iba a aplicar una nueva política de recetas para los niños menores de un año. Nada más y nada menos que otorgarle caracter gratuito a todas las medicinas que un bebé de esa edad necesitara que le fueran recetadas.

Y donde está la ley está la trampa. Porque este mes, que mi niño ha empezado la guardería, con la consiguiente aceptación (a brazos abiertos) de todos los virus y bacterias habidas y por haber, hemos tenido que visitar el médico exactamente cuatro mil doscientas treinta y seis veces. Y, miren ustedes que casualidad. De las catorce o quince medicinas que he tenido que darle, la seguridad social sólo me ha RECETADO dos. Eso sí, las dos recetas, gratuitas. Una de ellas, la famosa Apiretal, un fármaco cuyo precio en mercado no llega a dos euros. La otra, una solución salina descongestionadora, cuyo precio ronda la misma cantidad. Pero no, el tarrito de gotitas para recuperarse de la barriga, que cuesta veinticinco euros no lo pasa el SAS. La leche de biberón, baja en lactosa y proteínas que cuesta treinta euros la lata (y que dura tres o cuatro días) tampoco. El Suero especial para la recuperación de la flora intestinal, que ronda los veinte euros, y sin el cual es imposible la recuperación del bebé, tampoco está contemplado como medicamento recetable por el SAS. Y la lista se alarga de manera alarmante para mi bolsillo, cada vez más lleno de telarañas.

Y es que un amigo que está metido en los entresijos del los servicios de salud, me comenta desde hace tiempo que los presupuestos del año 2008 y del 2009 se han agotado ya, y un gran grueso del mismo ha “desaparecido” misteriosamente. Y así vamos, en un país que encubre el descubierto (y valga la antiredundancia) monetario de una Seguridad Social que todos pagamos. Bueno, casi todos, que hay mucho cabrón cobrando en negro…


Tal y como se lee, la censura sigue haciendo acto de presencia en pleno Siglo XXI. Lamentable.

Lo que pasa es que realmente uno se rebela y se caga en tó cuando la censura le afecta de forma más o menos directa, y es que mi última experiencia con esta moral de doble rasero que tanto me pone de los nervios se ha cobrado una nueva víctima, tratándose en este caso que de un juego de ordenador.

¿Pettenman adicto a los videojuegos? Más bien no, pero debo confesar que soy ferviente seguidor de una saga de survival-horror que lleva ya años en el mercado y que siempre ha estado flirteando con la censura, las miradas retorcidas y la moralidad de pacotilla.

Malas noticias para los seguidores de Silent Hill, entre los que me incluyo, y que tenía previsto el lanzamiento de su quinta entrega, Silent Hill: Homecoming, para finales de Noviembre de 2008, ha quedado pospuesto a través de un anuncio oficial de Konami Digital Entertainment.

El lanzamiento previsto para el próximo mes de noviembre para PlayStation 3, Xbox 360 y Pc se retrasa hasta principios de 2009“, reza el comunicado en el que la empresa desarrolladora lamenta las molestias.

En un principio el retraso afecta sólo a Europa ya que en EE UU está disponible para ambas consolas y próximamente para ordenador.

Las razones de esta demora no han sido explicadas por Konami aunque toda la prensa especializada apunta a posibles problemas con la calificación por edades que obligaría a Silent Hill: Homecoming a “suavizarse” con respecto a su versión americana.

Total, que vamos a tener, por un lado a los americanos jugando una versión, sangrienta, oscura y bastante terrorífica y a los europeos, jugando otra, en la que probablemente salga Mickey Mouse y el Pato Donald de vez en cuando aconsejando sobre el abuso de las drogas, conducir sin casco y a saber qué pamplinas más.

Siempre que ocurre este acto bochornoso de la censura, me pregunto lo mismo, ¿Censura de qué? ¿De qué intentan protegernos? Desde luego, también hablan de censura en la tele, y que yo sepa, ayer por ejemplo, a las cinco de la tarde, con todos los niños mirando la tele, salió un nota con ínfulas de estrella y llamó puta a una que discutía con él.

La solución creo que es bastante sencilla: el que no quiera ver sangre ni violencia, que no compre el juego en cuestión, que no lo mire, que apague la tele y que se olvide de él, y deje al resto decidir por sí mismo, y que jueguen al juego tal y como se ha concebido. El resto es llevarse berrinches innecesarios, tanto por la parte moralista, como por la parte afectada.

Allá cada uno con su conciencia y su sensibilidad. Yo desde luego la tengo muy tranquila, y eso que estoy buscando la versión americana por ahí.


Series Deplorables

Zopaias
22 Noviembre 2008

Hasta ahora, los Sombrereros hemos escrito sobre las series de televisión que más nos gustaban o que con más nostalgia recordamos, pero ha llegado la hora de poner en la palestra las series que, al menos a este Sombrerero, le parecen las más lamentables del globo.

En un principio, este artículo iban a ser en realidad tres o cuatro artículos independientes, cada uno de ellos dedicado a series que me habían parecido el no va más de la memez supina en lo que a series de televisión se refiere, pero luego, reflexionando, me di cuenta de que serían unos artículos bastante repetitivos, ya que todas estas series, que a mí me parecen sebo puro de oveja, están cortadas por el mismo patrón: Son españolas, suelen ser de corte familiar (niño-abuelo-perro) y han sido líderes de audiencia o las ha visto hasta mi mismísimo padre. Comencemos:

- Farmacia de Guardia: Menudo mierdón. Pero así de claro. Fue una de las series pioneras en imitar un poco el formato de las sitcoms americanas, o al menos así lo recuerdo yo. Como todo el mundo, comencé a verla, aunque yo sólo era un Sombrerero enano, pero ya se sabe, cuando no tienes el cerebelo aún muy formado y cuando era todo una novedad que hubiera más cadenas en España además de la Primera y el UHF, pues te veías a las Mama Chicho, al Juanito Navarro y a la madre que ciscó a todo el mundo. No aguanté muchos capítulos de esta teleserie, ya que, aunque era un chavea con el hipotálamo aún un poco reblandecido por la edad, no se me tangaba así como así. Ver al Larrañaga haciendo de galán maduro (¿alguna vez este tío ha sido joven?), con aires de canalla de geriátrico y chistosete, me daban nauseas anales. Y no te digo ná de cuando veía a Concha Cuetos (¿alguna vez ha sido joven esta tía?), a esos dos niños, uno más grande, el otro más chico y panocho, a una especie de manceba que hacía de (o era) gilipollas, con un novio macarra que supuestamente tenía que hacer muchísima gracia (a mí lo que hacía era tocarme las pelotas) y demás personajes deplorables (tengo recuerdos espeluznantes sobre una pareja de policías, uno de ellos la Julia de Verano Azul y otro policía ronquillo, que decían no sé qué ostias de una puerta), hicieron que, mientras el resto de mi mundo se despepitaba cada vez que empezaba la serie ahí frente al televisor, yo me fuera a mi habitación a leerme un buen Mortadelo. Hasta la sintonía, del repetitivo Bernardo Bonezzi, hacía que se me cortara la digestión, con ese aire argentino insufrible que tienen muchas composiciones suyas. Jamás entendí el éxito de esta serie. Yo creo que ni su propio director, Antonio Mercero, ese director sobrevaloradísimo y con obsesiva tendencia al almíbar y la ñoñería, lo entendió, pero bien que se tupió el tío a pasta con la chorrada esta…

- Médico de Famila: O “Cabestro de Familia” como yo llamaba a este esperpento, no sé porqué. Madre mía, yo creo que ésta es la peor serie que he visto en toda mi vida. Ésta sí que es un absoluto plagio de las sitcoms americanas de esas de familias que conforman trescientas cincuenta personas en una misma casa y con delirantes lazos de unión. Esta serie la empecé a ver engañado, ya que pensaba que iba a ser de cachondeo (como era una serie orquestada por Emilio “Milikito” Aragón), pero qué va. Me encontré con una serie no apta para diabéticos de un tío más bien feo, políticamente correcto y fachuzo, que ligaba que no veas y además con tías buenísimas, que se había quedado viudo y a su cargo tenía un niño cabezón, una cuasi-adolescente de esas con pavuncio descomunal encima, granos y que se pasa el día diciendo “tíaaaaaaaaaaaa”, con un abuelo cascarrabias al que te dan ganas de mandar al Hogar del Jubilado y sellar la puerta para que no salga y, la estrella de los personajes, la chacha. Una chacha andaluza, supuestamente graciosa, con noviete también supuestamente gracioso. La gracia la tenían en los cojones. Una marca de la casa, y de todas las series donde Milikito ha metido la mano de alguna manera, es los desayunos pantagruélicos que se pegaba toda la familia, pero todos juntos, que parecía aquello el camarote de los Hermanos Marx, todo ello trufado de un despliegue de marcas de productos alimeticios que ni la Teletienda. Sus delirantes guiones que buscaban la lágrima fácil y la sobredosis de almíbar me parecían tan lamentables como su música de cabecera, obra, por cierto, del propio Milikito, que no pasará a la historia por ser Mozart precisamente. Yo también vi alguna vez la serie esta, pero sólo y exclusivamente con intereses onanistas ya que Lydia Bosch siempre me ha puesto bastante palote.

- Ana y los Siete: Esto sí que ya me parece surrealista y de cachondeo. Una tía con más años que el hilo negro que trabaja de stripper y que a la vez cuida de unos cuantos cabezones me parece sencillamente delirante. Sólo por esto ya incluyo esta serie en mi lista, porque confieso que no llegué a ver ningún capítulo de este esperpento y poco más puedo añadir al respecto. De verdad, de todas las series que he puesto aquí, el éxito de ésta es el que menos entiendo.

- 7 Vidas: Ésta es la excepción que confirma la regla, por que no me parece una serie deplorable en cuanto a guión. Es más, alguna vez la he visto y sus guiones me han hecho gracia y no es la típica serie almibarada y familiar que tanto desprecio. Pero es que es una serie que “me caía mal”. Es de esas series que no te entran por el ojo, que ves a los actores y piensas “vaya plantel de cacatúas que hay aquí metido”. Perdonen a este Sombrerero los muchos fans de esta serie, pero es que no aguanto ni al Toni Cantó, ni a Paz Verga (estará muy buena, pero no aguanto sus aires de diva), ni a mi aborrecidísimo y sobrevaloradísimo Javier Cámara, ni a Amparo Baró, ni a Willy Toledo (¿alguien me puede indicar, por favor, dónde coño tiene la gracia este tipo?), Santi Millán (uf, no puedo con este tío), ni al tipo ese que hacía de barman que tenía cara como de tristón. Y es que creo que Milikito estaba implicado en esta serie, por lo que ya de por sí me repatea. Lo mismo se puede decir de su spin-of, Aída, serie en la que me reí en varias ocasiones, pero a cuyo elenco, encabezado por Paco León, no aguantaba más de dos minutos seguidos.

Por supuesto, éstas son apreciaciones puramente personales, y seguro que el resto de los Sombrereros y comentaristas de SombrereroLoco™ tiene su propia lista de series infectas, que, os aseguro, me encantaría conocer.


Los musicales nunca han sido de mi agrado. Me parecen un poco ñonos y sosos, tanta cancioncita que no viene a cuento, tanto baile chorra me aleja de la historia y me aburre. Sin embargo hoy voy a hablaros de un musical, y lo voy a hacer bien.

Dr. Horrible’s Sing-Along Blog es un proyecto de Joss Whedon que tras visitar varias productoras y ser rechazado en todas, decidió hacerlo con sus propios medios. El resultado es una historia de superhéroes y villanos en formato de musical, dividido en tres pequeños capítulos de un cuarto de hora cada uno. Es terriblemente divertido y te puedes bajar gratuitamente de Internet, o verlos en http://drhorrible.com/ y http://www.youtube.com/doctorhorrible

Sin reventar mucho la trama, decir que el Dr. Horrible es un supervillano que quiere entrar en la Malvada Liga del Mal y orienta sus fechorías con este fin. Tiene un blog en el que va contando sus planes y contestando a las preguntas y comentarios que sus lectores le dejan. Este es el punto de inicio de la historia. Este, y que aparte de su vida como villano, tiene su otra vida, una vida en la que es un ciudadano más, con sus amigos, sus inquietudes, su ropa que lavar en la lavandería y un amor secreto al que quiere conquistar.

Dr. Horrible’s Sing-Along Blog está plagado de canciones geniales (Bad Horse, Bad Horse…) que no puedes dejar de tararear tras ver los capítulos. Los personajes, como todos los de Whedon, son muy humanos, las relaciones entre ellos realistas y emotivas. Y los actores están estupendos, destacar a Nathan Fillion (Mal en FireFly… y al que yo hubiera convertido en Indiana Jones por cierto) como el Capitán Hammer, el archienemigo del Dr. Horrible, que se sale. Se quiere en su papel, se lo cree y lo borda, un gustazo verlo.

Es fantástico, de verdad, muy divertido. Imprescindible para los amantes de los musicales y para los que los detesten.


Un amigo es aquella persona que te acompaña durante toda la vida, con la que mantienes una relación afectuosa, que te presta consuelo en los momentos difíciles, que te aporta felicidad y divertimento. Como decía Victor Manuel, un amigo es aquella persona que nunca pide nada y siempre da.

Quería haber dejado este artículo para un futuro, pero ha querido el destino que se convierta en la tercera entrega de “Mis Músicos de Cine”. No voy a hablar de John Williams en calidad de compositor, de sus cualidades artísticas, o de su pericia técnica. Ni siquiera voy a hacer una breve reseña biográfica. Voy a hablar de Johnny como lo que es para mí, un amigo.

Desde mi más tierna infancia, jamás he podido separar cine y música. Para mí ambos conceptos han ido de la mano durante tantos años, que no he llegado a entender una película sin banda sonora, ni una música sin banda visual (aunque fuera en mi cabeza). También he de decir que poco o nada me ha interesado la música con letra hasta bien entrada mi edad adulta, y siempre que me ha gustado una canción ha sido por su melodía, más que por su contenido. He desarrollado en mi cerebro una capacidad para sobreponer la música a cualquier interferencia visual o sonora que pueda tener. El responsable de estos extraños comportamientos mentales ha sido, por supuesto, el viejo Johnny.

Nos conocimos allá por el año 79, en una sala de cine muy oscura, que sufrió el acoso y derribo de los ochenta, y que estaba encalomada en la calle Ciudad de Santander, en Cádiz. En pantalla aparecía un cielo muy estrellado, y el archiconocido símbolo de Superman, a tamaño gigante, brillaba en mi retina mientras la expresión de mi cara era de absoluto asombro. Recuerdo los créditos azules volando por el cielo, y la fantástica melodía que parecía decir “Suuuu - per - maaaaaan - ta - chán - tata - chán”. Mi padre, que me había llevado al cine, supongo que para disfrutar de mi ilusión, me explicaba la película escena por escena. A la salida, no puedo olvidar una barra de bar, un botellín de Coca-Cola y mi voz cantando, una y otra vez, esa sintonía que jamás me ha abandonado y que incluso, hoy en día, llevo encima en el iPod.

Por supuesto que esta presentación fue de lo más informal. Era demasiado pequeño para saber lo que era una orquesta, un director, un compositor. Sólo percibía la música, que llegaba a mi pequeño corazón y ahí rebotaba una y otra vez.

Luego llegó La Guerra de las Galaxias, El Imperio Contraataca y El Retorno del Jedi. ¡Guau! Lo curioso es que, para mí, venía a ser lo mismo. Una pantalla con el espacio de fondo y letras, y otra música espectacular que volvía a inundar mis sentidos. Y vuelta a empezar. Otra vez a tatarear la melodía, a separarla de la de Superman (hay gente que todavía no ha sido capaz, ni de adulto) y a revisar, una y otra vez, las escenas de Luke con el sable, de Vader ahogando a un imperial, de Chewbacca asustando al pequeño robotito que rodaba por la Estrella de la Muerte. Claro, con los años aprendía que la banda sonora de La Guerra de las Galaxias había sido un hit, un éxito de ventas, había vuelto a poner de moda el sinfonismo cinematográfico de Korngold, Steiner o Waxman. Entendamos que para mí, con tan poca edad, me era literalmente imposible adquirir el LP o el cassette con la banda sonora. De hecho, ni sabía que eso existiera. Pero recuerdo a la perfección que cuando utilizaban la música con tintes publicitarios en algún anuncio de la radio o de la tele, me entraba por el cuerpo una emoción insuperable. A mi memoria viene, invariablemente, esos magníficos anuncios de Reyes Magos en los que aparecían los muñecos de Obi-Wan, de Luke, de Han Solo, de la Princesa, las naves, los AT-AT, con unos fondos espectaculares, y con los Main Titles de Star Wars de telón de fondo. Un recuerdo imborrable en cualquier chaval de aquella época.

Y es que claro, en mi relación con John Williams un factor decisivo fue la suerte. Y digo esto porque, si las películas en que intervino no hubieran sido las maravillas que eran, no me hubiera podido gustar tanto su música. El clásico dicho de “los amigos de mis amigos son mis amigos”, en mi caso y el de Johnny, fue axiomático. Y andaba yo por segundo o tercero de la E.G.B. cuando llegó un tío con barbas, del que luego me enteré que era judío, que vino a compartir también la amistad con Johnny, y que se convirtió en otro inseparable. Los niños de mi clase, que ya parecían desarrollar un amor por el cine inusual, estaban revolucionados con el bicho ese feo, bajito, que hablaba raro, y que tanta expectación había generado en Estados Unidos. Que si cuando se estrena, que si no va a llegar a Cádiz, que se quedará en Jerez y habrá que verla allí, que si yo ya la he visto en Video-2000 pirata, que si mi padre me ha traído de la Base de Rota un muñeco que, al moverle la pierna, se le enciende el dedo. Me refiero, claro está, a Steven Spielberg y su E.T. el Extraterrestre.

Un auténtico fenómeno de masas por aquella época que marcó un antes y un después en la historia del cine. Yo no fui de los primeros en verla, y recuerdo que las colas eran tan largas en el Cine Municipal, que tuvimos que esperar a sesión de las once de la noche para verla. Mi madre, destrozada de cuidar de sus tres hijos, no pudo aguantar la proyección y se quedó dormida, la pobre. Pero yo, lo que son las cosas, con los ojos como platos. Yo era Elliot, sin duda, si hasta me parecía a él. Yo tenía ese amigo maravilloso y entrañable que me hacía sentir especial. Recuerdo a la perfección asombrarme con la escena del chico tirando la pizza y recogiéndola hecha una bola. Y de E.T. vestido de mujer, y del asco que me dió ver al extraterrestre blanco y hecho polvo tirado en un río, y del susto de los hombres de blanco que los metían por tubos y los estudiaban. Pero lo que recuerdo con más cariño es aquella famosa escena de Halloween, cuando Elliot cruza el bosque y E.T. utiliza su poder y entonces… ¡¡¡ la bicicleta volaba !!! Y ahí estaba otra vez. Que música, que maravilla. El tema principal de Williams sonaba con estruendosa potencia monofónica en el cine, y yo me quedaba maravillado con la música. ¡¡¡ Que bonita !!! Lo que son las cosas. Con los años, E.T. se ha convertido en mi banda sonora favorita de John Williams. Cuenta el propio Spielberg que durante la grabación de la música, en la interpretación de la Orquesta Sinfónica de Londres de las escenas finales de los chicos en bicicleta, era tan difícil cuadrar el tempo de la música (realmente espectacular, de verdad) con las imágenes, tanto que después de muchos intentos Williams llegaba a desesperar. El propio director optó por que se apagara la pantalla, Williams grabara la música a su antojo y luego, a última hora, volver a remontar la escena a ritmo de la música.

En 1984 conocí a Indiana Jones, cuando paseaba palmito por El Templo Maldito. Años después vería En Busca del Arca Perdida, La Última Cruzada, y hace bien poco, desgraciadamente, El Reino de la Calavera de Cristal. Vi la película en VHS pirata, sacada de un videoclub en Cádiz que tenía todas las películas de estreno en cine piratas, yo no se como lo haría. Pude ver a tiempo de estreno Los Goonies, Lady Halcón, o Rocky IV. Los tíos eran unos máquinas del pirateo en aquella época. Pero bueno, volviendo al tema, vaya tío Indiana Jones. Yo quería ser Indiana Jones, ir con el látigo por ahí saltando de aquí allá, salvando niños, y besando a Willie, que a mí me parecía preciosa. La verdad es que volví a alucinar con esa película, con las escenas de los raíles, y del puente colgante. Reconozcámoslo, es el film de Indy más injustamente tratado. A ojos de un niño es espectacular. El caso es que me volví a fijar en la música, con esa melodía que sonaba bastante en la película. Era chulísima, y estuve tatareándola durante mucho tiempo. De hecho, a día de hoy, escuchando En Busca del Arca Perdida, se me siguen poniendo los vellos de punta con el tema musical que adorna el descubrimiento del Arca.

Llegó un día, no se cómo, que de pronto todo cuadró. Creo que fue viendo En Busca del Arca Perdida en vídeo, que me puse a leer los títulos de crédito (para delante y para detrás mil veces) y vi que mi amigo se llamaba John Williams, y que ese nombre me sonaba ya de haberlo visto. Y en la reposición en la tele de Superman descubrí que era el mismo. Y luego me dijo alguien que el que había hecho La Guerra de las Galaxias era amigo que el que había hecho E.T., que además era el que había hecho Indiana Jones. Y yo, como buen matemático, sumé dos más dos y deduje que John Williams era el mismo tío que había compuesto toda la música, y que la “London Symphony Orchestra”, fuera lo que fuera eso para mi pobre inglés, estaba relacionada con todo.

Mi hermana se quedó a cuadros cuando le dije: “Irene, ¿sabes que el que hizo la música de La Guerra de las Galaxias, Indiana Jones y Superman es el mismo?”. Y mi hermana tuvo que pensar: “Este niño es que es tonto…”

Llegué a Primero de B.U.P. y mi amistad con John Williams estaba soldificada. Entró en escena un profesor de inglés, llamado Rafa Marín, que compartía exactamente mis gustos: los tebeos, Indiana Jones, Regreso al Futuro, las bandas sonoras, Star Wars, la literatura (y a día de hoy me atrevería a decir que Serrat), y fue una iluminación. Rafa era toda una fuente se sabiduría para mis catorce años en todos los aspectos. En particular volaban las cintas TDK que le pasaba para que me grabara las bandas sonoras de Williams ¡¡¡ Las tenía todas !!!. Así que entre Rafa y mi búsqueda personal descubrí que, además de las que ya conocía, existía una composición de Drácula, de caracter gótico, que me dejó alucinado, una obra maestra titulada Nacido el Cuatro de Julio, una sintonía genial para Encuentros en la Tercera Fase, composiciones que no me gustaron nada como El Turista Accidental o Presunto Inocente. Pero llegué a la conclusión de que John Williams era mi músico favorito, y así ha sido desde entonces.

Y este conocimiento me hizo rebuscar y descubrir a otros músicos, como John Barry, James Horner, Basil Poledouris, Danny Elfman y un largo etcétera que poco a poco voy a ir desgranando en esta sección. Descubrí bandas sonoras magníficas como Conan, o Rocketeer, o Somewhere in Time, y empecé a aficionarme en serio por coleccionarlas, llegando al día de hoy, que no puedo contar ya la cantidad de discos que tengo. Y todo gracias a John Williams.

Con los años he estudiado más en profundidad su música, y he llegado a amar obras menores, menos sinfónicas, mas intimistas. John Williams ha ido envejeciendo tremendamente bien, hasta convertirse en el entrañable ancianito que es hoy en día. Si bien sus últimas composiciones han cambiado un tanto en cuanto a estilo, siendo su música más incidental, menos melódica, el trabajo de Williams siempre ha sido digno de elogio. Un hombre con las ideas muy claras, que ha sabido compaginar con humildad su caracter artesano y de estrella mediática, fiel a sus amigos, nos ha regalado durante estos años un sinfín de melodías que han pasado a formar parte del subconsciente colectivo: Tiburón, Superman, La Guerra de las Galaxias, Harry Potter, Indiana Jones, La Lista de Schindler, Parque Jurásico, Encuentros en la Tercera Fase, E.T., y muchísimas más. Un gran hombre que ha hecho grande al cine. Así pues, querido Johnny, este artículo sólo puede acabar con la siguiente exclamación: ¡¡¡ Bravo, Maestro !!!


Ni la serpiente de Adán y Eva, ni la tarántula escamoteada comiéndose al macho tras la cópula, ni la Mantis Religiosa. ¿Por qué la cucaracha es un animal tan repudiado, como ignorado? Me da a mi la sensación de que los que escribieron el Génesis no anduvieron muy listos, no. ¡Poner a una serpiente como desencadenante de todas las desgracias de la raza humana, teniendo a la cucaracha en las filas del reino animal!

El propio nombre, su estilo de vida, esa apariencia traicionera y huidiza, su capacidad de reacción y reflejos… y hasta incluso esa manera de morir bajo la suela del zapato son aspectos desagradables al máximo que contribuyen a su mala imagen. ¿Quién no ha tenido alguna vez un desagradable y fugaz encuentro con la conocida por todos Periplaneta americana, especie importada a través del Atlántico, y que se ha adueñado por completo de nuestros hogares?

Hay una expresión popular que viene a decir algo así como “conoce a tu enemigo para dejar de temerle”, pero claro, me parece a mi que no tuvieron en cuenta a la cucaracha en dicho refrán, puesto que, cuanto más investigo a tan repugnante sabandija, más las temo:

Se conocen más de 4.500 especies de cucarachas, y todas por lo general son omnívoras, aunque la escasez de recursos alimenticios no representa tampoco ningún problema, puestos que son capaces de mantenerse activas durante un mes sin comida o siendo capaces de sobrevivir con recursos limitados tales como cola de sellos, cuero y pastillas de jabón. También pueden vivir sin aire durante 45 minutos mediante la ralentización los latidos del corazón, y son capaces de sobrevivir durante más de un mes sin agua, absorbiendo, caso de necesidad, la humedad ambiental a través de su cuerpo.

Todo el mundo conoce de ellas que desarrollan su actividad durante la noche y pasan el 75% de su vida en una grieta, junta, o pequeña cavidad, de ahí que sea prácticamente ciegas, utilizando sus antenas en contacto continuo con las superficies para detectar vibraciones y cambios de temperatura y humedad.

Pero el aspecto que más me ha llamado la atención, dejándome boquiabierto, ya que quizás es el más aterrador, es que las cucarachas han cambiado muy poco desde su aparición en el Carbonífero, hace unos 300 millones de años. ¿Las leyes de Darwin no se aplican a estos animales? ¿O es que la Madre Naturaleza dio en el clavo con un diseño biológico tan perfecto que no ha habido necesidad de cambiarlo?

Sea como fuere, supongo que desde las alcantarillas más apestosas, desde debajo de tu húmeda y cálida lavadora, están esperando su momento, en el que, por fin, hagan valer su supremacía y pasen a reclamar un mundo que desde hace siglos les pertenece, aunque lo neguemos una y otra vez… Mientras tanto, planteo una insignificante y banal pregunta para quitar un poco de hierro a tan escabroso asunto ¿Por qué en los cómics no hay villanos bajo ese sobrenombre?