Un amigo es aquella persona que te acompaña durante toda la vida, con la que mantienes una relación afectuosa, que te presta consuelo en los momentos difíciles, que te aporta felicidad y divertimento. Como decía Victor Manuel, un amigo es aquella persona que nunca pide nada y siempre da.
Quería haber dejado este artículo para un futuro, pero ha querido el destino que se convierta en la tercera entrega de “Mis Músicos de Cine”. No voy a hablar de John Williams en calidad de compositor, de sus cualidades artísticas, o de su pericia técnica. Ni siquiera voy a hacer una breve reseña biográfica. Voy a hablar de Johnny como lo que es para mí, un amigo.
Desde mi más tierna infancia, jamás he podido separar cine y música. Para mí ambos conceptos han ido de la mano durante tantos años, que no he llegado a entender una película sin banda sonora, ni una música sin banda visual (aunque fuera en mi cabeza). También he de decir que poco o nada me ha interesado la música con letra hasta bien entrada mi edad adulta, y siempre que me ha gustado una canción ha sido por su melodía, más que por su contenido. He desarrollado en mi cerebro una capacidad para sobreponer la música a cualquier interferencia visual o sonora que pueda tener. El responsable de estos extraños comportamientos mentales ha sido, por supuesto, el viejo Johnny.
Nos conocimos allá por el año 79, en una sala de cine muy oscura, que sufrió el acoso y derribo de los ochenta, y que estaba encalomada en la calle Ciudad de Santander, en Cádiz. En pantalla aparecía un cielo muy estrellado, y el archiconocido símbolo de Superman, a tamaño gigante, brillaba en mi retina mientras la expresión de mi cara era de absoluto asombro. Recuerdo los créditos azules volando por el cielo, y la fantástica melodía que parecía decir “Suuuu - per - maaaaaan - ta - chán - tata - chán”. Mi padre, que me había llevado al cine, supongo que para disfrutar de mi ilusión, me explicaba la película escena por escena. A la salida, no puedo olvidar una barra de bar, un botellín de Coca-Cola y mi voz cantando, una y otra vez, esa sintonía que jamás me ha abandonado y que incluso, hoy en día, llevo encima en el iPod.
Por supuesto que esta presentación fue de lo más informal. Era demasiado pequeño para saber lo que era una orquesta, un director, un compositor. Sólo percibía la música, que llegaba a mi pequeño corazón y ahí rebotaba una y otra vez.
Luego llegó La Guerra de las Galaxias, El Imperio Contraataca y El Retorno del Jedi. ¡Guau! Lo curioso es que, para mí, venía a ser lo mismo. Una pantalla con el espacio de fondo y letras, y otra música espectacular que volvía a inundar mis sentidos. Y vuelta a empezar. Otra vez a tatarear la melodía, a separarla de la de Superman (hay gente que todavía no ha sido capaz, ni de adulto) y a revisar, una y otra vez, las escenas de Luke con el sable, de Vader ahogando a un imperial, de Chewbacca asustando al pequeño robotito que rodaba por la Estrella de la Muerte. Claro, con los años aprendía que la banda sonora de La Guerra de las Galaxias había sido un hit, un éxito de ventas, había vuelto a poner de moda el sinfonismo cinematográfico de Korngold, Steiner o Waxman. Entendamos que para mí, con tan poca edad, me era literalmente imposible adquirir el LP o el cassette con la banda sonora. De hecho, ni sabía que eso existiera. Pero recuerdo a la perfección que cuando utilizaban la música con tintes publicitarios en algún anuncio de la radio o de la tele, me entraba por el cuerpo una emoción insuperable. A mi memoria viene, invariablemente, esos magníficos anuncios de Reyes Magos en los que aparecían los muñecos de Obi-Wan, de Luke, de Han Solo, de la Princesa, las naves, los AT-AT, con unos fondos espectaculares, y con los Main Titles de Star Wars de telón de fondo. Un recuerdo imborrable en cualquier chaval de aquella época.
Y es que claro, en mi relación con John Williams un factor decisivo fue la suerte. Y digo esto porque, si las películas en que intervino no hubieran sido las maravillas que eran, no me hubiera podido gustar tanto su música. El clásico dicho de “los amigos de mis amigos son mis amigos”, en mi caso y el de Johnny, fue axiomático. Y andaba yo por segundo o tercero de la E.G.B. cuando llegó un tío con barbas, del que luego me enteré que era judío, que vino a compartir también la amistad con Johnny, y que se convirtió en otro inseparable. Los niños de mi clase, que ya parecían desarrollar un amor por el cine inusual, estaban revolucionados con el bicho ese feo, bajito, que hablaba raro, y que tanta expectación había generado en Estados Unidos. Que si cuando se estrena, que si no va a llegar a Cádiz, que se quedará en Jerez y habrá que verla allí, que si yo ya la he visto en Video-2000 pirata, que si mi padre me ha traído de la Base de Rota un muñeco que, al moverle la pierna, se le enciende el dedo. Me refiero, claro está, a Steven Spielberg y su E.T. el Extraterrestre.
Un auténtico fenómeno de masas por aquella época que marcó un antes y un después en la historia del cine. Yo no fui de los primeros en verla, y recuerdo que las colas eran tan largas en el Cine Municipal, que tuvimos que esperar a sesión de las once de la noche para verla. Mi madre, destrozada de cuidar de sus tres hijos, no pudo aguantar la proyección y se quedó dormida, la pobre. Pero yo, lo que son las cosas, con los ojos como platos. Yo era Elliot, sin duda, si hasta me parecía a él. Yo tenía ese amigo maravilloso y entrañable que me hacía sentir especial. Recuerdo a la perfección asombrarme con la escena del chico tirando la pizza y recogiéndola hecha una bola. Y de E.T. vestido de mujer, y del asco que me dió ver al extraterrestre blanco y hecho polvo tirado en un río, y del susto de los hombres de blanco que los metían por tubos y los estudiaban. Pero lo que recuerdo con más cariño es aquella famosa escena de Halloween, cuando Elliot cruza el bosque y E.T. utiliza su poder y entonces… ¡¡¡ la bicicleta volaba !!! Y ahí estaba otra vez. Que música, que maravilla. El tema principal de Williams sonaba con estruendosa potencia monofónica en el cine, y yo me quedaba maravillado con la música. ¡¡¡ Que bonita !!! Lo que son las cosas. Con los años, E.T. se ha convertido en mi banda sonora favorita de John Williams. Cuenta el propio Spielberg que durante la grabación de la música, en la interpretación de la Orquesta Sinfónica de Londres de las escenas finales de los chicos en bicicleta, era tan difícil cuadrar el tempo de la música (realmente espectacular, de verdad) con las imágenes, tanto que después de muchos intentos Williams llegaba a desesperar. El propio director optó por que se apagara la pantalla, Williams grabara la música a su antojo y luego, a última hora, volver a remontar la escena a ritmo de la música.
En 1984 conocí a Indiana Jones, cuando paseaba palmito por El Templo Maldito. Años después vería En Busca del Arca Perdida, La Última Cruzada, y hace bien poco, desgraciadamente, El Reino de la Calavera de Cristal. Vi la película en VHS pirata, sacada de un videoclub en Cádiz que tenía todas las películas de estreno en cine piratas, yo no se como lo haría. Pude ver a tiempo de estreno Los Goonies, Lady Halcón, o Rocky IV. Los tíos eran unos máquinas del pirateo en aquella época. Pero bueno, volviendo al tema, vaya tío Indiana Jones. Yo quería ser Indiana Jones, ir con el látigo por ahí saltando de aquí allá, salvando niños, y besando a Willie, que a mí me parecía preciosa. La verdad es que volví a alucinar con esa película, con las escenas de los raíles, y del puente colgante. Reconozcámoslo, es el film de Indy más injustamente tratado. A ojos de un niño es espectacular. El caso es que me volví a fijar en la música, con esa melodía que sonaba bastante en la película. Era chulísima, y estuve tatareándola durante mucho tiempo. De hecho, a día de hoy, escuchando En Busca del Arca Perdida, se me siguen poniendo los vellos de punta con el tema musical que adorna el descubrimiento del Arca.
Llegó un día, no se cómo, que de pronto todo cuadró. Creo que fue viendo En Busca del Arca Perdida en vídeo, que me puse a leer los títulos de crédito (para delante y para detrás mil veces) y vi que mi amigo se llamaba John Williams, y que ese nombre me sonaba ya de haberlo visto. Y en la reposición en la tele de Superman descubrí que era el mismo. Y luego me dijo alguien que el que había hecho La Guerra de las Galaxias era amigo que el que había hecho E.T., que además era el que había hecho Indiana Jones. Y yo, como buen matemático, sumé dos más dos y deduje que John Williams era el mismo tío que había compuesto toda la música, y que la “London Symphony Orchestra”, fuera lo que fuera eso para mi pobre inglés, estaba relacionada con todo.
Mi hermana se quedó a cuadros cuando le dije: “Irene, ¿sabes que el que hizo la música de La Guerra de las Galaxias, Indiana Jones y Superman es el mismo?”. Y mi hermana tuvo que pensar: “Este niño es que es tonto…”
Llegué a Primero de B.U.P. y mi amistad con John Williams estaba soldificada. Entró en escena un profesor de inglés, llamado Rafa Marín, que compartía exactamente mis gustos: los tebeos, Indiana Jones, Regreso al Futuro, las bandas sonoras, Star Wars, la literatura (y a día de hoy me atrevería a decir que Serrat), y fue una iluminación. Rafa era toda una fuente se sabiduría para mis catorce años en todos los aspectos. En particular volaban las cintas TDK que le pasaba para que me grabara las bandas sonoras de Williams ¡¡¡ Las tenía todas !!!. Así que entre Rafa y mi búsqueda personal descubrí que, además de las que ya conocía, existía una composición de Drácula, de caracter gótico, que me dejó alucinado, una obra maestra titulada Nacido el Cuatro de Julio, una sintonía genial para Encuentros en la Tercera Fase, composiciones que no me gustaron nada como El Turista Accidental o Presunto Inocente. Pero llegué a la conclusión de que John Williams era mi músico favorito, y así ha sido desde entonces.
Y este conocimiento me hizo rebuscar y descubrir a otros músicos, como John Barry, James Horner, Basil Poledouris, Danny Elfman y un largo etcétera que poco a poco voy a ir desgranando en esta sección. Descubrí bandas sonoras magníficas como Conan, o Rocketeer, o Somewhere in Time, y empecé a aficionarme en serio por coleccionarlas, llegando al día de hoy, que no puedo contar ya la cantidad de discos que tengo. Y todo gracias a John Williams.

Con los años he estudiado más en profundidad su música, y he llegado a amar obras menores, menos sinfónicas, mas intimistas. John Williams ha ido envejeciendo tremendamente bien, hasta convertirse en el entrañable ancianito que es hoy en día. Si bien sus últimas composiciones han cambiado un tanto en cuanto a estilo, siendo su música más incidental, menos melódica, el trabajo de Williams siempre ha sido digno de elogio. Un hombre con las ideas muy claras, que ha sabido compaginar con humildad su caracter artesano y de estrella mediática, fiel a sus amigos, nos ha regalado durante estos años un sinfín de melodías que han pasado a formar parte del subconsciente colectivo: Tiburón, Superman, La Guerra de las Galaxias, Harry Potter, Indiana Jones, La Lista de Schindler, Parque Jurásico, Encuentros en la Tercera Fase, E.T., y muchísimas más. Un gran hombre que ha hecho grande al cine. Así pues, querido Johnny, este artículo sólo puede acabar con la siguiente exclamación: ¡¡¡ Bravo, Maestro !!!