No es que vaya a hablar del insigne muñeco del no menos insigne Jose Luis Moreno. Aunque, no crean, algún día dedicaré un post a mis filias y fobias con Rockefeller, Macario y Monchito, el puto niño de la gorrita. No, he utilizado este título en referencia al Cine Macario, ubicado en El Puerto de Santa María, patria de Alberti (o de la abuela de mi cuñado, que es clavadita).
Cualquiera que haya visto el film Cinema Paradiso puede comprobar en sus carnes el amor que se puede llegar a sentir por el viejo cine de barrio, ya deslucido y con algunos neones estropeados, pero que tantas aventuras te regaló de pequeño. Y como vivimos en la época del retro-guay, más de uno hablará de cómo de maravillosos eran esos cines, cuando las salas eran grandes, y se iba en familia, y uno veía las películas los sábados por la tarde, con el cine repleto de gente. Y no les falta razón, el Cine Macario y, por extensión, todos los cines de barrio eran a los multicines actuales como el Vinilo al CD. Es decir, la hostia, un cúmulo de sensaciones y una calidez que no se encuentra hoy en día. Pero yo, como Sombrerero Cojonero, debo decir la absoluta verdad respecto a los mismos:
LOS CINES DE BARRIADA ERAN UNA PORQUERÍA.
Sin embargo, a mí, de pequeño, me flipaban. Cuando pasaba por su acera me quedaba embobado con esos posters en vitrinas con el cartel que anunciaban “HOY” y al lado otro que ponía “PROXIMAMENTE“. Lo mejor del asunto es que la película del hoy era “Stallone: Cobra“, que la habían estrenado hacía tropecientos años, y la película del mañana era “El Guerrero Americano 2“, cuando ya iban por la 4, con un Michael Dudikoff en su mejor y único momento. De hecho, en las películas del Macario, Bruce Willis todavía lucía pelucón. Y yo no se por qué en estos cines casi todas las películas que se proyectaban eran de acción cutre, de esas a las que va con su padre el delincuente juvenil que extorsiona a los niños de trece años. “Comando“, “Acción Jackson“, “Perseguido” y demás bazofia ochentera, hoy injustamente reivindicada. Allí no ibas a ver a Scorsese, ni mucho menos a Milos Forman. Allí se iba a lo que se iba, es decir, a liarla y a meter mano.
Porque si algo tenía estos cines, y hablo de la época de máximo fervor del VHS, era que la gente que asistía, o demostraban ser unos amantes incondicionales del séptimo arte, o simplemente les sudaba el primo pequeño Esteban. El perfil era acojonante. Y ya no hablo del Macario en particular, sino del cine que había en el pueblo de mi abuela. Antes de la proyección ya volaban por encima de las cabezas toda suerte de envoltorios, palomitas, escupitajos y algún que otro bocata de morcilla patatera. En la primera fila todos los enanos liándola y el tito Francisco en el fondo tomándose un cubatazo de ginebra con dos gotas de Fanta. Las madres evitaban completamente pisar semejante lugar, porque no aguantaban al marido, ni al niño pelón, ni la de mierda que generaba la gente, y sobre todo porque les daba tiempo de descansar de tanto varón hijoputa en la casa. Así que eso era la selva, y con la pantalla aún en blanco.
Otra cosa que nunca entendía cuando iba era por qué coño siempre aparecía el mismo trailer de una película de El Zorro del año de la pera, de Alain Delon, que jamás proyectaron (y menos mal). Supongo que era el único que tenían propiedad de la casa. Pero lo mejor era la proyección en sí. Yo no he visto copias en un estado tan lamentable en mi vida. En la pantalla no se veía prácticamente un carajo. Entre la lámpara del proyector, de las de 125 voltios, que se iba de vez en cuando, hasta la cantidad de rallones y suciedad en el celuloide, por no hablar de los continuos cortes y círculos en pantalla, que hacían parecer hasta guapo a Luke Skywalker (y hablo de Mark Hamill después del carajazo). Lo mejor era que, inevitablemente, siempre había una secuencia completamente boca abajo, digno de “La Gran Superproducción”, de Superlópez, y a la gente le daba por montar un taco espectacular entre silbidos y gritos, para avisar al proyector (que también estaba de cubatazos con el tío Francisco), y de paso algún vándalo aprovechaba para escupir un gargajo dos filas más para delante, o sacarse la churra a oscuras y mear, por eso de no levantarse. Porque, no se engañen señores, el liquidillo que rozaban sus pies no era producto del vaso de Coca-Cola que se le había caído al niño, no.
Porque el peor defecto de estas “salas” siempre ha sido que no se escuchaba un carajo. En plena época del THX o del Dolby Digital, el sonido era monofónico y las voces eran más huecas que mi billetera. Recuerdo, y ya me retrotraigo al Cine Nuevo, en Cádiz, que aunque multicines era otra porquería, que viendo “Creepshow 2“, no conseguí entender un mojón de los diálogos (ni falta que hacía, la verdad) de lo imposible de descifrar que era. De hecho, en la única psicofonía que he hecho en mi vida (y que funcionó, hoygan), al espíritu en cuestión, que era un cabrón de tomo y lomo, se le escuchaba mejor que a Terminator en el Cine Nuevo.
El como poco a poco éstos cines han ido desapareciendo en pos de las grandes multisalas es una desgracia a medias. Pena por el dueño, generalmente un particular que no podía hacer frente a las poderosas corporaciones de multicines, y que en el fondo, dentro de su cutrez y mal gusto seleccionando películas, amaba el séptimo arte. Pero por otro lado, es de entender que en la era del DVD nadie vaya a esos cines (yo me atrevería a decir que nadie debería ir a ningún cine).
Termino así una terrorífica historia que tendremos que contar a nuestros nietos, que verán las películas mediante lentillas desechables o implantes retinoidales. Y acabo la cuestión lanzando al aire dos preguntas:
¿Por qué todos los viejos cines cutres ahora son supermercados?
¿Por qué ahora, con todos los adelantos y tantas chorradas, las salas de los grandes multicines siguen d-e-s-e-n-f-o-c-a-d-a-s? ¡¡¡ CARAJO !!!