¿Cómo empezar un artículo sobre un capullo bienqueda?
Llevo conviviendo con bienquedas desde que andaba por Madrid. Allá en mi antigua empresa (aunque de mía no tiene nada) me topé ya con un personajillo de esos que suelen pulular por cualquier consultora informática que se precie, además de carapanes y katana boys. El tipo este, lleno de pecas y con el peinado de Tino el de Parchís siempre llegaba una hora tarde al trabajo, con una sonrisa de listillo perdonavidas que provocaba la ira de sus compañeros de equipo. Un auténtico arribista cabrón. El bueno de Eugenio sabrá a quién me refiero. Lo peor es que la última vez que le vi, unos tres años después, había llegado a gerente.
Hace poco tuve la suerte de encontrarme con un bienqueda en mi actual empresa. El tipo se llama Juan Luís, pero para mantener su anonimato le llamaremos… Juan Luís Bienqueda. Un auténtico capullo, oigan. Porque para acatar la normativa 2.25/38 de la Ley de Protección de Bienquedas hay que cumplir con ciertos requisitos. El primero de ellos es una eterna sonrisa. Da igual que la persona a la que se dirija sea el jefe, el lechero o un negro homosexual adicto al crack. El bienqueda de turno contraerá los músculos faciales para mostrarle la mejor caja de dientes de la que dispone. Tampoco importa si uno está en plena discusión con él. Siempre sonreirá y te dirá algo así como “tranquilo, chaval…”, dejando clara su superioridad social e intelectual. ¿Qué “chaval” ni que “chaval”? Lo que voy a hacer es cagarme en tu putísima madre, imbécil. Otro de los requisitos de los bienqueda es vestir a la última moda. Si lo que se lleva es traje de diplomático con corbata estampada, este personaje no dudará ni un instante en subirse al carro de los fashion victims. Y, cuanto más grande y llamativo sea el puño de la camisa, mejor. y si encima lleva gemelos y zapatos de punta larga, más bienqueda. Sobre su eterna sonrisa, siempre lleva el pelo de tal modo que parece despeinado, pero que es producto de horas de ajustes tras el espejo. Un pelito para acá, otra puntita para allá.
En el capítulo 7 del Manual del Joven Bienqueda se especifica claramente que es obligatorio incluir un “¡hostias!” o un “¡joder!” en el vocabulario del sujeto. Así mismo, en cualquier conversación es axioma mencionar a la mujer o los niños del interlocutor, siempre evitando el nombre, puesto que jamás se lo sabrá. Por último, un bienqueda siempre debe acabar una conversación con el prefijo “A ver si” y el sufijo “Un abrazo”.
En resumidas cuentas, el sujeto dirá, “Joder, hace mucho que no veo a tu mujer. ¿Qué tal los niños? Unos monstruos, ¿eh? A ver si quedamos un día para almorzar los cuatro, ¡hostias! Un abrazo, chaval”.
No piensen ustedes que los bienquedas se limitan a cuidar su vocabulario. Son unos auténticos adictos a la belleza y al deporte. Lucharán contra viento y marea para que les quepa la ropa de talla M de Sfera, e intentarán evitar la tripita cervecera tan agradecida en esta edad. Para ello, se machacarán en los gimnasios y destacarán en cualquier deporte. Pero no se confundan, un bienqueda no juega al futbito, se va a esquiar. O a jugar al Polo. Otro clásico es ver al bienqueda llegar a la oficina con su traje de diplomático y la funda de la pala de Paddel.
Lo más accesible, sin duda alguna, de los bienquedas es el agujero del culo. Estos tipos tienen una facilidad asombrosa para bajarse los calzones y adoptar la posición del “potrillo de Paterna” cuando al jefe le entran ganas de joder a alguien. Lo malo es que suelen ser bastante rencorosos, y si por desgracia tienen un subalterno, no tendrán piedad y repetirán la operación “toma Tulipán” con el pobre becario.
Nuestro amigo Juan Luís Bienqueda cumplía a la perfección todos los requisitos. Aunque, día a día, demostraba su completa ignorancia en cuanto a temas laborales se refiere, el tipo se movía como pez en el agua en eso de pelotear a diestro y siniestro, y utilizar todo tipo de eufemismos para decir mucho sin decir nada. Todo un político populista, de verdad. Este tío demostró su miseria durante mucho tiempo, y luego se marchó montando un espectáculo patético. El tío mierda para despedirse, invitó a comer y todo. Un auténtico despliegue culinario en el restaurante de menús a 8 euros que hay al lado de la factoría. Lo gracioso del caso es que el muy cabrón pasó tres kilos de invitar a sus compañeros de equipo (al que yo no pertenecía, a Dios gracias) e invitó sólo a los jefes de cada equipo de la empresa. Tó wena gente…
Otro clásico de los bienquedas son los correos de despedida. Después de muchos años he tenido la desgracia de leer demasiados emails de este tipo pero, sin duda, el que más me gustó fue el de nuestro amigo Juan Luís Bienqueda, que les copio abajo.
Queridos Todos,
Como os anticipé días atrás, hoy es mi último día trabajando para XXX. En este tiempo he tenido la oportunidad de compartir buenos momentos con la gran mayoría de vosotros, y aunque es triste tomar la decisión de partir, a todos nos llega el momento de decir adiós.
He aprendido mucho, con y de vosotros, y esto es algo que siempre irá conmigo a donde quiera que vaya. Me voy contento de haber tenido la oportunidad de conoceros personalmente y de haber trabajado con vosotros, y por ello quisiera agradeceros el compañerismo con que siempre me habéis tratado.
Especial mención y mi total gratitud a YYY (éste es el jefe), por darme la oportunidad de formar parte de esta empresa, y apoyarme en los momentos difíciles.
Un abrazo y hasta siempre
Lo que les digo, un crack.