Entrada para Julio, 2009

Vacaciones 2009

Saqman
15 Julio 2009

Parece mentira, que año más largo. Creía yo que las vacaciones no llegarían nunca. Pero aquí están. Y, como los sombrereros también tenemos derecho a descansar un poco, renovar neuronas, y sacar tiempo para ir almacenando algunos artículos, nos tomamos unos días de vacaciones.

Muy merecidas, cojones.

Pasadlo bien allá donde estéis, y si os pasáis por Cádiz, no olvidéis ir a La Viña a comer unas caballas con piriñaca. Yo pienso ponerme púo. ¡¡¡ Nos vemos a mediados de Agosto !!!


guitarraBilly pensaba que simplemente bastaba con hacer las cosas bien.

Cuando dejó su trabajo para recorrer el país con lo puesto, su guitarra y el viejo “Pulgas”, pensaba que su vida recuperaba aliento, que volvía a tomar las riendas y no se dejaba llevar como los demás.

En un principio pensó que denunciar prácticas irregulares en su compañía era lo correcto. La idea de su marcha, que rondaba desde hacía algunos meses por su cabeza, sobre todo desde que empezó a pensar que perdía fuelle, que ya no se recuperaba tan rápido de una noche de juerga, de dormir poco entre semana o simplemente de jugar un partido de béisbol con sus amigos de universidad, se vió reforzada tras la reunión con los abogados de su compañía, en la que le quedó claro que no podría demostrar nada sin violar el secreto profesional y que incurriría en un delito grave. Y eso tampoco era correcto.

chocolate

Cathy no estaba dispuesta a aceptar el cambio que él le proponía: empezar de nuevo, como cuando se conocieron, perder la estabilidad tras tantos años de esfuerzo a cambio de un poco de independencia. Un poco de hambre a cambio de sentirse íntegro. No le sorprendió.

Tampoco le pareció correcto luchar por el reparto de bienes. No quiso rebajarse a regatear por un puñado de cosas. Cathy se empeñó en llegar a un acuerdo, no aprovecharse de la situación, pero él no dió su brazo a torcer. Quería, como siempre, darle una lección moral. A ella y a todo el mundo.

Orgulloso, se despidió uno por uno de sus amigos y familiares, conocidos y vecinos, con unos vaqueros intencionadamente gastados y la chupa de cuero de cuando la universidad, recalcando que “Pulgas” era el único que le entendía, que los animales eran más nobles que las personas. Que ahora sería libre.

CarreteraCuando las ampollas y la mierda empezaban a ser insoportables, se consolaba pensando que seguirían hablando de él en la hora del desayuno en la oficina… meses después de irse. Pensarían: “Qué suerte, él sí es alguien íntegro, haciendo lo que siempre ha querido: asaltar conciencias acomodadas con las viejas canciones de Dylan, Baez, Guthrie, Seeger…”

Cuando una noche se despertó por la fuerte comezón y el viejo “Pulgas” giró la cabeza para lamerle las manos, el bueno de Billy le dió una patada lanzándolo a media calle, sin preocuparse por si pasaban coches o no. No tenía dinero para veterinarios y estaba en contra de las perreras, así que decidió sacrificarlo él mismo.

Caminando sólo por una carretera secundaria pensó que ya era hora de volver a tomar las riendas de su vida, de recuperar el aliento, haciendo lo que mejor sabía, lo que siempre había hecho. “Al fin y al cabo, para que todo esto siga funcionando -pensó- alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Alguien tiene que levantar el país”. La Tierra Prometida.


Ice Age 3

Zopaias
14 Julio 2009

Este Sombrerero que les escribe no es muy amigo de las películas de dibujos animados, pero reconozco que se han hecho auténticas maravillas en este campo y por eso, aunque sin mucho convencimiento, el otro día fui a ver Ice Age 3. La fama precedía a esta saga de películas. Gente hablándome de lo descacharrante que era la ardilla con la bellota, las hilarantes patochadas del perezoso, etcétera, etcétera. Yo no había visto ninguna de las otras dos partes pero me daba igual, no pensaba que fuera muy influyente el ver las anteriores a la hora de ver ésta. Además, contrariamente a lo que pasaba hace unos años, las películas de dibujos animados ya no son estrictamente para niños, sino que se hacen para todos los públicos. Es más, en la sala donde fui a verla, no había ni un sólo niño, ni siquiera un chaval joven, todos éramos ya viejunos.

Pues bien, he de decir que ésta es una de las mayores mierdas que he tenido la desgracia de ver . La película, a grandes rasgos, trata de una familia de bichos, bichos que representan estereotipos muy definidos, a saber: Un mamut calzonazos y tontaina; una mamut embarazada, equilibrada y que representa la coherencia y la voz de la conciencia en el grupo (y que pone los ojos en blanco cada vez que el mamut calzonazos perpetra alguna pollada); un tigre con dientes de sable que va en plan crepuscular y amargadote; y los peores, los que van de graciosos y con los que supuestamente te tienes que partir la pepita: Un perezoso desmañado y zopesco (a menudo me recordaba a mí mismo) que, supuestamente, es el más gracioso de todos, te tienes que reír muchísimo con él, con sus caídas y con sus ocurrencias; un par de zarigüellas con las mismas características que el perezoso, pero te tienes que reír aún más con los chascarrillos que cuentan; y, por último, la famosa ardilla prehistórica que persigue la bellota: Con ésa las carcajadas han de resonar en el cine hasta que se caigan las paredes.

Pues bien, este Sombrerero sólo consiguió esbozar una media sonrisa en toda la película y no fue por ningún chascarrillo soltado por los bichos, sino por la aparición de dos dinosaurios bizcos que estuvieron en pantalla dos segundos: Conmigo, los guionistas se colmaron, porque no fueron capaces de arrancarme ni media carcajada. Y me sentí solo, porque el cine entero se partía el culo, mientras que yo parecía que estuviera viendo el último film de Emir Kusturika.

Y es que el guión, a mi parecer, es malísimo. La historia no tiene ni pies ni cabeza, los gags son malos hasta decir basta, porque es que buscan la risa a toda costa, no te sorprenden estos gags sino que parece que te están obligando a reírte, sobre todo con el perezoso ese de los cojones. Además, hay momentos edulcoradísimos, exaltación de la amistad, de la familia, del compañerismo, todo muy bonito, grandes valores, pero pasado por ese tamiz tan yanki que hace que esos valores se vuelvan repipis y rechupantes.

Eso sí, en mi opinión esta película es una enorme mierda pero envuelta en un precioso papel de celofán… Es como cuando te dan el regalo, con una envoltura maravillosa, lo abres y resulta que es una boñiga de becerro coronada por una banderita; pues este film igual, ya que, si bien es sebo puro, la factura visual es impecable. No sé cómo coño consiguen esos efectos, pero es que los bichos parecían de verdad, su pelo, sus movimientos, sus expresiones… estaban magníficamente conseguidas, así que un diez por ese lado. Pero poniéndolo en la balanza, todo lo que ganan en el aspecto visual lo pierden estrepitosamente en todo lo demás, que es lo más importante, a mi juicio, en una película.

Por tanto, y en conclusión, si hay un Ice Age 4, que vaya a verla su señor padre, porque a este Sombrerero ya le han tangado suficiente.


Ley de vida: el comienzo del éxodo era inevitable. La múltiple, y numerosa, descendencia del Rey Silvestre y la cortesana Turrón, comienza su migración hacia tierras alejadas de su lugar de nacimiento.

Cuatro de los afortunados gatitos no andan muy lejos de aquí, han caído en gracia en el seno de familias jerezanas, y espero que los genes felinos que llevan en su interior les brinden a sus nuevos dueños grandes momentos de cálidos ronroneos y subidas por las cortinas de encajes de sus nuevos hogares.

En concreto, una de los descendientes directos de Silvestre, pasará a ser dueño y señor de un campito en la campiña de Jerez… un principio bastante prometedor para seguir prolongando la saga por el ancho y vasto mundo.

Con respecto a los otros vástagos, correrán distinta suerte, aunque no por ello tiene que ser mala. Partirán en breve hacia La Mojonera (Almería), uno de los parajes con más densidad de inmigrantes y ratones por metro cuadrado, tres de los gatitos, y su madre, Turrón.

Habéis leído bien, la hermosa Turrón también se marcha.

Ha sido una decisión larga y meditada, sopesando pros y contras de dejar a la madre en Chiclana o buscarle un nuevo hogar. La verdad es que echaremos de menos a esta gata tontorrona y cariñosa que desde el primer día ha hecho de la entradilla de nuestra casa su confortable hogar. Echaremos de menos los recibimientos con grandes maullidos cuando llegábamos de trabajar, maullidos que, por otra parte, nunca sabré si son de que tenía hambre, de que estaba contenta o de que llegaba tarde a la peluquería.

Pero las dotes de cazadora de Turrón, ese instinto que no pierde nunca, es el que le hará ser en Almería una gata temida y respetada. Su nuevo hogar para ella, y para tres de sus hijos, está en una gigantesca Hacienda con caballos, y como todo el mundo sabe, los caballos comen heno, y en los lugares donde se almacena el heno están infestados de ratones y demás alimañas.

El dueño de la Hacienda ha requerido del servicio de Turrón y sus pequeñas criaturas, con el objeto de que la madre enseñe a sus crías en el noble arte de la caza ratonil. Suponemos que la vida allí será más fácil, alejada del escarnio y la humillación que supuso para ella yacer con el Rey Silvestre y el posterior abandono de sus actividades paternales.

Espero que le vaya bien a todos y cada uno de los gatitos de Turrón, y por supuesto, a Turrón misma. Con que se porte la mitad de bien que lo ha hecho con nosotros, les auguro a todos un futuro brillante.

Mientras tanto, Silvestre se queda aquí, como el gran superviviente de toda esta historia… preparando el siguiente capítulo de sus crónicas. Me pregunto qué nos tendrá preparado.


Anoche llegó al mundo Carlitos, con la batería preparada y una camiseta de Dream Theater. Muchos besos a la mami y un abrazo al Peludo ¡¡¡ hostias, joder, a ver si nos vemos !!!


Un año es suficiente para poder establecer un balance acerca de si un cambio en la vida ha sido positivo o no, para comprobar si una decisión ha sido la correcta, o si por el contrario, merece de arrepentimiento.
Un año hace ya que dejé la disciplina naval, en un trabajo que calificaría de “casi perfecto” para embarcarme en la docencia de secundaria, o como dicen los niños, de “profezó”.

Por lo pronto, puedo asegurar que ni es tan duro como me intentaron hacer ver los más pesimistas, ni es tan cómodo como me intentaron hacer ver los más optimistas (o envidiosos, que también me he topado con un par de ellos).

Aquello de “los niños están peor que nunca” he podido comprobarlo en mis carnes; semi-analfabetos, dogmatizados, politizados, embrutecidos… todo esto y más describe a una juventud que se encamina hacia la autodestrucción más certera que jamás se haya presenciado. Hasta ahí lo reconozco, pero de ahí a pensar que todos los días en clase son una auténtica refriega de guantazos, violencia sanguinaria y sadismo puro (como nos muestra, tan objetivamente en sus noticiarios, Matías Prats), hay bastante diferencia.

Y es que salvo dos o tres casos que, efectivamente, los consideraría como peligrosos delincuentes en ciernes, la normalidad en el aula ha sido la nota predominante, apreciando hasta incluso cierto respeto, a su manera, claro está, de los alumnos hacia los profesores. El problema surge cuando cuatro cacatúas del pleistoceno intentan reverdecer viejos laureles y pretenden, por ejemplo, que los alumnos se levanten cuando entra el profesor en clase. Si yo fuera alumno hoy día, también me rebelaría contra esas vetustas pamplinas que no llevan a nada. Modernizarse, o morir en el aula.

Y con respecto a eso de que decían que me iba a rascar la barriga literalmente, no estoy muy de acuerdo. Tampoco voy a decir que la vida de profesor sea estresante ni mucho menos, y como en botica, hay de todo un poco, desde aquellos irresponsables que se van a su casa a hacer de comer en las horas de guardia, hasta esos otros que siguen preguntándose una y otra vez de qué manera pueden conseguir que sus alumnos estén motivados y mejorar su práctica con el tiempo. El trabajo de profesor es un trabajo como otro cualquiera, con sus ventajas e inconvenientes.

Con esto quiero decir que no echo nada de menos anteriores trabajos, salvo en determinados momentos en los que echo de menos a antiguos compañeros con los que se podía hablar de todo, y anhelo con ansia la tranquilidad de un despacho con la única compañía de un ordenador, y no la algarada de un aula a última hora, con la compañía de niños chillones y alborotados por las hormonas.

Aún así, las muestras de cariño que te encuentras esporádicamente por parte de los chavales, la curiosidad que eres capaz de despertar en ellos en algunos momentos acerca de las cosas que les rodean, y hasta incluso algún que otro divertido momento de los que eres un mero espectador, hacen que haya merecido la pena arriesgarse, cambiar el rumbo y mirar con cierto optimismo hacia el futuro. Que siga así la cosa.

Y ahora, a disfrutar de unas vacaciones, que creo me merezco.


Hará unos diez años, más o menos. Por aquel entonces vivía en una residencia de estudiantes. Algo particular, todo hay que decirlo. Por allí pululaba una fauna propia de película de Fellini, y el ambiente era más bien pitotesco (y algo quijotesco, de paso). La residencia, que era propiedad de la Junta de Andalucía, hacía a veces las funciones de albergue juvenil. Allí venían a acampar excursiones de italianas (mmm), algunas del inserso (jrrr) y muchos, muchísimos jóvenes perroflauta, auténticos vagabundos en potencia.

Tenía una estancia de televisión común, alargada, que más parecía una sala pequeña de multicines, siempre abarrotada. La casualidad, el destino, o una improvisada tirada de dados hizo que yo anduviera allí, un sábado por la mañana, en chanclas y bañador. Descansando, relajado, en soledad, disfrutando de la romántica intimidad que existía entre el televisor y yo.

En esas entró una adolescente, rubia, relativamente mona, portando un carrito de bebé. Parece que, entre la multitud de asientos vacíos, desangelados, esperando ser ocupados, justo el que estaba a mi lado disfrutó de tal honor. Supongo que la chica pensó que, para perder el tiempo, mejor cerca de alguien. Y yo ni me inmuté. Mi tranquilidad robada en menos de diez segundos. La chica me sacó conversación, me preguntó sobre lo que hacía allí, qué estudiaba. “Debes ser muy inteligente para estudiar matemáticas”. Seguro, pensaba yo, con la lista de suspensos que guardaba en el escritorio. Al final cedí, convencido de que ya no podría atender al programa, y le seguí la conversación.

“Pues yo estoy aquí gratis”, me dijo. Lo que me dejó muy extrañado. Y justo, mientras decía “me ha traído aquí…” observé que tenía la cara llena de hematomas, alguna herida, los brazos igual, y las manos enrojecidas “…el programa de protección de mujeres maltratadas”.

Realmente no se cómo ocurrió, pero de pronto me estaba contando cómo su novio (con el que vivía) la pegaba desde hacía mucho. Cómo le había dado una paliza brutal el día anterior y había escapado de casa para que alguien la ayudara. Yo no salía de mi asombro, y eso que de siempre mi sino ha sido el del pañuelito de lágrimas. Estuvimos hablando durante horas, mientras ambos tratábamos de entretener al bebé, que contaba ocho meses, y que ya se había acostumbrado a la falta de atención. La chica se llamaba Mari Angeles, y su vida era un completo desastre. Estaría en el albergue por espacio de una semana, y luego la Junta de Andalucía estudiaría qué hacer con ella, cómo buscarle un trabajo y otorgarle algo de independencia.

Conforme los días iba pasando me fui acercando más a ella. Hice la dura tarea de calmarla, de escucharla, de hablarle de otras cosas, de convencerla de que el mundo va más allá de lo que había conocido. Jugamos al parchís, vimos películas, paseamos con el bebé por la noche, por la Avenida de la Palmera. Pero, cuanto más tiempo pasaba con ella, más me convencía a mí mismo de que hay veces que la vida le niega a uno las oportunidades que merece. Mari Angeles fue contándome su historia, triste y desgarradora, casi de película de sobremesa.

Diecisiete años tenía. Nació en el seno de una familia pobre, en Pilas, rodeada de tres hermanas y uno que estaba por venir. Su padre era alcóholico en las últimas, en ese estado terminal en que se pierde la dignidad, vagabundo, violento, que los pegaba a todos. A la madre, a las niñas. Vivían en un cuartucho de nada, donde acampaban ratas y demás especies, incluso habiendo sido mordida su hermana por una. La madre, alcohólica y drogadicta, pedía dinero por las casas, y a veces hacía la calle, cosa que parecía no importarle a su marido, que se limitaba a pegarla y hacerle niños. Mari Angeles conocía el colegio más bien de lejos, y eran las vecinas quienes la alimentaban. No era demasiado mayor cuando su padre intentó violarla por primera vez. Y las hermanas, según contaba, corrieron la misma suerte. No tardó el estado en hacerse cargo de ellas, y las enviaron a un muy famoso convento de Sevilla de alumnas internas. “Me han estado pegando desde que era niña”, me contaba, a raíz de las experiencias vividas allí. Las cosas que vió y vivió dentro de los muros del convento resultaban difíciles de creer. En cualquier caso, las palizas continuaron allí, pero al menos comía, y recibía educación. Claro que lo bueno no dura para siempre, y pronto estaba de vuelta a casa, con un padre fallecido y una madre que iba de hombre en hombre. Su hermano pequeño comenzó a llevar dinero sospechosamente a la casa, y pronto descubrieron que también hacía la calle. Es entonces cuando, sin esperanza, empieza Mari Angeles a arrimarse al primer chico que la pueda sacar de casa. Imaginando la situación, es fácil de comprender. El típico hijo de maltratador, con una novieta fácil que de pronto se queda embarazada y se va a vivir con él. Donde no hay amor, ni respeto, ni amistad. Donde este hombre, egoísta y cruel por naturaleza y por vivencias, ve como su rencor crece día a día. Si has crecido aceptando maltratos, luego maltratarás. Si el Betis perdía, si la cerveza no estaba fría, si salía con las amigas, cualquier excusa era buena para una paliza. La más grande, que la llevó al hospital, estando embarazada de ocho meses.

Las noches con Mari Angeles se convirtieron en una mezcla extraña entre tortura y piedad. Aceptar que alguien al lado mía había tenido esa vida era duro, para conmigo mismo. Pero ignorar su desgracia era inconcebible. A los pocos días llegó la asistente social, que inmediatamente me miró con mala cara y me catalogó en el tipo “hombre que se hace amigo de una niña desgraciada a ver si se la tira”. Lo triste de todo es que, siendo menor, no tenía posibilidad de elegir. Tenía que depender de alguien. “Si le pido a mi madre volver a casa me dirá que no”. Dicho y hecho. Estando yo presente en la conversación telefónica, escuché a la madre decir que no la dejaba volver porque entonces ella acabaría ligándose y tirándose al actual noviete de la madre. Un despropósito patético. La otra opción era volver con el novio, y seguir al mismo ritmo. Al final los días se acababan y no sabían que hacer.

Decir que la historia me llegó hasta lo más profundo de mi ser. Me atravesó el corazón, y me dejó sin dormir, con ansiedad, con tristeza, con sentimiento de culpabilidad, por mucho tiempo.

Era viernes el día que tenía que presentarse en la oficina de protección. La acompañé, y fue todo un espectáculo. allí había todo tipo de mujeres maltratadas. Todas hundidas, todas tristes. Los encargados repartían lápices y papeles a los hijos para que se entretuvieran. Uno de los chiquillos, de seis o siete años, pegaba constantemente a su madre, la llamaba “puta”, “puerca”, y en sus dibujos sólo aparecía su madre acuchillada y llena de sangre. Un niño cuya mente perturbada había sido destrozada para siempre. Recuerdo que tuve que salir fuera para aguantar las lágrimas. Allí se encontraron varias compañeras del convento, que habían pasado todas por la misma situación. Tras cuatro horas, llegó el desenlace. Mari Angeles tenía que volver a casa de su madre, sí o sí, puesto que era la tutora legal, y no podía evadir responsabilidad. Ella lloraba, sabiendo lo que le deparaba el destino. Se agarraba a mí gritando “no dejes que me lleven”. El momento de la despedida, al día siguiente, me dejó tocado. La niña, pues eso era, me abrazó, me dió un beso en la mejilla, y me dijo “no hay hombres como tú”. Recuerdo que pensé “lo triste es que hay muchos, muchísimos, pero no conocerás a ninguno”.

No volví a saber nada de ella. No se cómo será ahora el caracter de ese bebé de ocho meses, que estará marcado con tinta indeleble por esos primeros años de maltrato. Doy gracias a mis padres por haberme criado en un hogar feliz, donde reinaba la paz y el respeto, donde nos inculcaron el valor de la vida y del amor.


Una de las polladas más enormes jamás perpetradas por el ser humano ha tenido el dudoso honor de ocupar un puesto destacado dentro de la serie Grandes Polladas. Nunca antes una expresión artística-musical había sido tan sumamente pollesca como… ¡¡La Tuna!!

Desde su más tierna infancia este Sombrerero ha tenido un enorme contencioso con la tuna y los tunos. Tanto el Ñu como yo nos acordamos con horror, espanto y pavor las veladas “tuneras” con que nos castigaban unos parientes lejanos (conocidos como “Los De Algeciras“, por que procedían de allí) los cuales en toda reunión familiar que se preciara no dudaban ni un sólo segundo en enfundarse sus trajes de tunos y torturarnos con temazos como “Clavelitos“, “Triste y Sola Queda Fonseca“, y demás temas que no sé el nombre pero que si escucho tres estrofas soy capaz de asesinar. Lo malo es que “Los De Algeciras” eran aclamados por todo el clan familiar (sobre todo por mi madre y mi tía) aunque estoy seguro que algún miembro masculino más de la familia deseaba estrellar sus guitarras y bandurrias contra sus testas para conseguir el anhelado silencio, y, claro, ellos, ante tan entregado auditorio, no dudaban en castigar nuestros oídos con sentidas versiones a cinco voces de los grandes éxitos de la tuna.

Tanta fue la influencia negativa de “Los De Algeciras” que mi madre quiso que el Ñu y yo siguiéramos sus infames pasos musicales y no dudó un segundo en apuntarnos a clases de guitarra (en mi caso) y de bandurria (en el caso del Ñu). Yo era un negado para la guitarra, no era capaz de tocar ni el cumpleaños feliz, pero he de decir que el Ñu, en esos tiempos, se convirtió en una especie de Jimmy Hendrix bandurriero. Es más, Ñu formó parte de la rondalla del colegio con gran éxito de crítica y público. Sin embargo, este Sombrerero que les escribe fue admitido en la rondalla por pena y por la insistencia de su madre, pero vista mi torpeza para con la guitarra, el director de la rondalla optó por confiar en mí la percusión, y ahí estaba el Zopaías con unos cascabeles intentando llevar el ritmo como podía. Patético.

Mi permanente contencioso con la tuna y los tunos continuó un tiempo después en el instituto, cuando en un viaje de fin de curso a Salamanca (qué cutrada de viaje), patria de la tuna, unos tunos que iban por la calle, de los cuales creo recordar que nos cachondeamos (¿o más bien fue al contrario? El Hobbit nos puede sacar de la duda) intentaron darnos de hostias. Hay que tener en cuenta que los tunos eran universitarios y nosotros tendríamos 16 ó 17 años, así que llevábamos las de perder, por lo que salimos por piernas de allí, por si nos metían la pandereta por el orto.

Incluso mi odio por los tunos se traslada a ámbitos tan lúdicos como el cine, ya que una de las películas más malas que he tenido ocasión de ver llevaba por título “Tuno Negro” (dígase “Tuno Nigroooooooooooooooooor!!!!”) una película española (cómo no) que contaba la historia de un tío vestido de tuno que se dedicaba a cargarse a universitarias de buen ver. Un alarde de originalidad y buen cine que ningún aficionado al séptimo arte debería perderse: Sebo puro.

Y es que, a pesar de que no hablo de manera objetiva ya que he tenido una relación de odio profundo hacia el tuno y las tunas a lo largo de toda mi vida, la tuna, a mi entender, es una pollada de las más grandes del universo conocido: Los tunos suelen ser universitarios (y a veces ni eso) más cercanos a la treintena que a la veintena que, en vez de estudiar, se dedican a dar por saco, vestidos de esperpentos, con banderas y panderetas, pegando saltos de corte mongoloide y desgranando, con voces graves y titubeantes debida a la masiva ingesta de alcohol, temas que han perdurado a través de los siglos (¿hace cuánto tiempo que no se compone un tema nuevo para tuna?).

Cuando este Sombrerero estudiaba en la Facultad de Derecho cree recordar que había una tuna, pero no había quien se apuntara ya que el que osara apuntarse era señalado con el dedo. Y la tuna jamás osó acercarse a las cervezadas que se organizaban en la Facultad, por que lo que podía ocurrir es que fueran corridos a botellazos antes de que empezaran con la primera estrofa de “Clavelitos“.Y es que el odio a la tuna está muy extendido.

Hace siglos que no veo a una tuna dar el coñazo. La última vez que vi a una fue en una boda y si esos tíos eran universitarios, que bajara Dios y lo viera. Por fortuna, el infame legado de “Los De Algeciras” se está extinguiendo con el paso de los años.


audrey_hepburn41No puedo con esta mujer. De verdad que no puedo. Si se puede desarmar a alguien con la mirada, ella sería el ejemplo perfecto. Buscando imágenes de ella en internet, he encontrado éstas tres que no conocía. Y me ha vuelto a embrujar. No sé si he visto alguna vez una mujer más guapa que ella. Y que “diga” tal cantidad de cosas bonitas sólo con los ojos. Por eso la pongo bien grande, para que os embruje a vosotros también.

Como muchos, y como no podía ser de otra manera, me enamoré de ella viéndola cantar “Moon River” en “Desayuno con Diamantes”. Y es que con el siempre elegantísimo Henry Mancini, que también tiene buena parte de culpa, hace un tándem perfecto para transmitirnos en sólo unos compases y con una asombrosa sencillez (¡por eso aún más grande, Henry!), el desarraigo y la soledad del personaje que, como al fracasado escritor interpretado por George Peppard, nos hace desear abrazarla y protegerla, del mismo modo que al final de la película ella quiere proteger y cuidar al pobre gato llamado simplemente “Gato”. Llamadme cursi, pero es que me encanta. Mancini dudó bastante a la hora de componer este infinitamente versionado tema. No fue hasta que interiorizó verdaderamente el estado de vulnerabilidad del personaje, que pudo sentarse y en unos pocos minutos componer esta pequeña obra de arte. Un clásico.

Audrey-Hepburn-Ultimate-Collection-20-DVD-Boxset-2Lo curioso de esta mujer es que no la encajo en el prototipo de mujer tremenda que despierta en nosotros deseos sexuales. No me entran ganas de cogerle el culo ni de empernocarla, ni por detrás ni por delante, como dirían algunos de mis amigos de “Sombrerero Loco”. No sé cómo hubiera reaccionado de conocerla en persona. De sonreirme alguna vez, me hubiera quedado petrificado… y con una cara de gilipollas impresionante. Hubiese querido hablar con ella, ser amigo suyo, verla todos los días. Nada más. Y nada menos, claro. Me pregunto si le habría caído bien…

No quiero extenderme demasiado. Prefiero que “hablen” sus ojos y que cada uno interprete lo que quiera. Me imagino que una vida difícil (aparte del éxito en el cine) tiene bastante que ver con lo que transmiten. Seguro que a poco que os fijéis, os dirán muchas cosas.

Por último, no quiero dejar pasar la oportunidad de cagarme en los muertos y en la putísima madre de quien se vuelva a atrever a hacerle una comparación, por lejana que sea, con la Pe de España. ¡¡¡SUS GANAS!!!

audrey-hepburn1


Si hay algo que, para mi, se puede asemejar al Shangri-la que todos buscamos es la playa por la mañana temprano.

Hoy he llegado en bici a eso de las nueve y media; nada de marujas, nada de niñardos, nada de ruidos molestos, nada de calor, anda de top-less grotescos… tan solo el agua limpia y tranquila, algún que otro jubilado y/o lobo de mar, y yo, con mi paz interior.

Tras ese momento de quietud, un buen baño, y a empezar el día con buen pie.