Hará unos diez años, más o menos. Por aquel entonces vivía en una residencia de estudiantes. Algo particular, todo hay que decirlo. Por allí pululaba una fauna propia de película de Fellini, y el ambiente era más bien pitotesco (y algo quijotesco, de paso). La residencia, que era propiedad de la Junta de Andalucía, hacía a veces las funciones de albergue juvenil. Allí venían a acampar excursiones de italianas (mmm), algunas del inserso (jrrr) y muchos, muchísimos jóvenes perroflauta, auténticos vagabundos en potencia.
Tenía una estancia de televisión común, alargada, que más parecía una sala pequeña de multicines, siempre abarrotada. La casualidad, el destino, o una improvisada tirada de dados hizo que yo anduviera allí, un sábado por la mañana, en chanclas y bañador. Descansando, relajado, en soledad, disfrutando de la romántica intimidad que existía entre el televisor y yo.
En esas entró una adolescente, rubia, relativamente mona, portando un carrito de bebé. Parece que, entre la multitud de asientos vacíos, desangelados, esperando ser ocupados, justo el que estaba a mi lado disfrutó de tal honor. Supongo que la chica pensó que, para perder el tiempo, mejor cerca de alguien. Y yo ni me inmuté. Mi tranquilidad robada en menos de diez segundos. La chica me sacó conversación, me preguntó sobre lo que hacía allí, qué estudiaba. “Debes ser muy inteligente para estudiar matemáticas”. Seguro, pensaba yo, con la lista de suspensos que guardaba en el escritorio. Al final cedí, convencido de que ya no podría atender al programa, y le seguí la conversación.
“Pues yo estoy aquí gratis”, me dijo. Lo que me dejó muy extrañado. Y justo, mientras decía “me ha traído aquí…” observé que tenía la cara llena de hematomas, alguna herida, los brazos igual, y las manos enrojecidas “…el programa de protección de mujeres maltratadas”.
Realmente no se cómo ocurrió, pero de pronto me estaba contando cómo su novio (con el que vivía) la pegaba desde hacía mucho. Cómo le había dado una paliza brutal el día anterior y había escapado de casa para que alguien la ayudara. Yo no salía de mi asombro, y eso que de siempre mi sino ha sido el del pañuelito de lágrimas. Estuvimos hablando durante horas, mientras ambos tratábamos de entretener al bebé, que contaba ocho meses, y que ya se había acostumbrado a la falta de atención. La chica se llamaba Mari Angeles, y su vida era un completo desastre. Estaría en el albergue por espacio de una semana, y luego la Junta de Andalucía estudiaría qué hacer con ella, cómo buscarle un trabajo y otorgarle algo de independencia.
Conforme los días iba pasando me fui acercando más a ella. Hice la dura tarea de calmarla, de escucharla, de hablarle de otras cosas, de convencerla de que el mundo va más allá de lo que había conocido. Jugamos al parchís, vimos películas, paseamos con el bebé por la noche, por la Avenida de la Palmera. Pero, cuanto más tiempo pasaba con ella, más me convencía a mí mismo de que hay veces que la vida le niega a uno las oportunidades que merece. Mari Angeles fue contándome su historia, triste y desgarradora, casi de película de sobremesa.
Diecisiete años tenía. Nació en el seno de una familia pobre, en Pilas, rodeada de tres hermanas y uno que estaba por venir. Su padre era alcóholico en las últimas, en ese estado terminal en que se pierde la dignidad, vagabundo, violento, que los pegaba a todos. A la madre, a las niñas. Vivían en un cuartucho de nada, donde acampaban ratas y demás especies, incluso habiendo sido mordida su hermana por una. La madre, alcohólica y drogadicta, pedía dinero por las casas, y a veces hacía la calle, cosa que parecía no importarle a su marido, que se limitaba a pegarla y hacerle niños. Mari Angeles conocía el colegio más bien de lejos, y eran las vecinas quienes la alimentaban. No era demasiado mayor cuando su padre intentó violarla por primera vez. Y las hermanas, según contaba, corrieron la misma suerte. No tardó el estado en hacerse cargo de ellas, y las enviaron a un muy famoso convento de Sevilla de alumnas internas. “Me han estado pegando desde que era niña”, me contaba, a raíz de las experiencias vividas allí. Las cosas que vió y vivió dentro de los muros del convento resultaban difíciles de creer. En cualquier caso, las palizas continuaron allí, pero al menos comía, y recibía educación. Claro que lo bueno no dura para siempre, y pronto estaba de vuelta a casa, con un padre fallecido y una madre que iba de hombre en hombre. Su hermano pequeño comenzó a llevar dinero sospechosamente a la casa, y pronto descubrieron que también hacía la calle. Es entonces cuando, sin esperanza, empieza Mari Angeles a arrimarse al primer chico que la pueda sacar de casa. Imaginando la situación, es fácil de comprender. El típico hijo de maltratador, con una novieta fácil que de pronto se queda embarazada y se va a vivir con él. Donde no hay amor, ni respeto, ni amistad. Donde este hombre, egoísta y cruel por naturaleza y por vivencias, ve como su rencor crece día a día. Si has crecido aceptando maltratos, luego maltratarás. Si el Betis perdía, si la cerveza no estaba fría, si salía con las amigas, cualquier excusa era buena para una paliza. La más grande, que la llevó al hospital, estando embarazada de ocho meses.
Las noches con Mari Angeles se convirtieron en una mezcla extraña entre tortura y piedad. Aceptar que alguien al lado mía había tenido esa vida era duro, para conmigo mismo. Pero ignorar su desgracia era inconcebible. A los pocos días llegó la asistente social, que inmediatamente me miró con mala cara y me catalogó en el tipo “hombre que se hace amigo de una niña desgraciada a ver si se la tira”. Lo triste de todo es que, siendo menor, no tenía posibilidad de elegir. Tenía que depender de alguien. “Si le pido a mi madre volver a casa me dirá que no”. Dicho y hecho. Estando yo presente en la conversación telefónica, escuché a la madre decir que no la dejaba volver porque entonces ella acabaría ligándose y tirándose al actual noviete de la madre. Un despropósito patético. La otra opción era volver con el novio, y seguir al mismo ritmo. Al final los días se acababan y no sabían que hacer.
Decir que la historia me llegó hasta lo más profundo de mi ser. Me atravesó el corazón, y me dejó sin dormir, con ansiedad, con tristeza, con sentimiento de culpabilidad, por mucho tiempo.
Era viernes el día que tenía que presentarse en la oficina de protección. La acompañé, y fue todo un espectáculo. allí había todo tipo de mujeres maltratadas. Todas hundidas, todas tristes. Los encargados repartían lápices y papeles a los hijos para que se entretuvieran. Uno de los chiquillos, de seis o siete años, pegaba constantemente a su madre, la llamaba “puta”, “puerca”, y en sus dibujos sólo aparecía su madre acuchillada y llena de sangre. Un niño cuya mente perturbada había sido destrozada para siempre. Recuerdo que tuve que salir fuera para aguantar las lágrimas. Allí se encontraron varias compañeras del convento, que habían pasado todas por la misma situación. Tras cuatro horas, llegó el desenlace. Mari Angeles tenía que volver a casa de su madre, sí o sí, puesto que era la tutora legal, y no podía evadir responsabilidad. Ella lloraba, sabiendo lo que le deparaba el destino. Se agarraba a mí gritando “no dejes que me lleven”. El momento de la despedida, al día siguiente, me dejó tocado. La niña, pues eso era, me abrazó, me dió un beso en la mejilla, y me dijo “no hay hombres como tú”. Recuerdo que pensé “lo triste es que hay muchos, muchísimos, pero no conocerás a ninguno”.
No volví a saber nada de ella. No se cómo será ahora el caracter de ese bebé de ocho meses, que estará marcado con tinta indeleble por esos primeros años de maltrato. Doy gracias a mis padres por haberme criado en un hogar feliz, donde reinaba la paz y el respeto, donde nos inculcaron el valor de la vida y del amor.