Entrada para Agosto, 2009

Por favor, cuenta lo que nos hemos bebido hoy, porque ya tengo hasta curiosidad”. Esta fue la frase que Saqman, con los ojos entrecerrados, me dijo antes de despedirse.

Era ya casi de noche, pero habíamos pasado un día juntos, igual que hace un año. Un día en compañía de mis amigos que, sinceramente, tardaré en olvidar.

Y no solo se tarda en olvidar por los efectos perniciosos de una comilona en toda regla, o de la masiva ingesta de bebidas alcohólicas de baja gradación. El estar allí, de nuevo casi todos reunidos, hablando de todo y de nada, del futuro y del pasado, comprobando cómo Aelillo deja a 10 tíos encerrados en un patio, riendo y disfrutando los unos de los otros sin dar ni pedir nada a cambio, hace que uno se sienta orgulloso de vivir todo lo que ha vivido y de tener a semejante trouppe a tu lado para apoyarte (siempre a nuestra manera) en los momentos aciagos, y, por supuesto, humillarte (como medida disciplinaria), en los momentos brillantes.

Cuesta definir una amistad como esta, la heterogeneidad de cada uno de los integrantes, la disparidad de opiniones, el contraste de maneras de ser y de actuar, hasta incluso antagónicas algunas de ellas. Podría decirse que de toda esta incongruencia de personalidades se ha ensamblado una maquinaria de amistad perfectamente engrasada, y que resiste envites y adversidades de la vida con una desenvoltura pasmosa.
Y es que aunque faltara algún que otro ilustre, aunque el viento de Levante amenazara con sacarnos en volandas de nuestra celebración, aunque no seamos una de esas pandillas que se ven todos los días para permanecer unidos, por mucho tiempo que pase sin ver a Serch, aunque haga milenios que no sepa nada del Viru… todos y cada uno de nosotros sabemos que tenemos nuestro sitio en esta máquina perfecta que se llama amistad.

Por eso había que disfrutar cada momento intensamente, porque todos éramos conscientes de la dificultad de reunirnos a todos el mismo día… y porque vete a saber cuándo sería la próxima vez. Pero todo lo bueno acaba, y llegó la hora de irse.

Con pena, recogía platos de plásticos, botellines de cerveza y servilletas de papel para, religiosamente, dirigirme a reciclarlos a la basura. Fue entonces cuando recordé que tenía una promesa pendiente con Saqman, y allí en el contenedor de vidrio me puse a contar los litros de cerveza ingeridos; Dieciseis litros en total. Aún me pregunto cómo cinco tíos (el resto iba a base bebidas refrescantes) habían podido beberse todo aquello de un tirón. Yo desde luego, no recuerdo haber bebido tanto aquel día, y supongo que alguno de los implicados tampoco.

Será otro de los misterios que acompañarán a nuestra amistad. Mientras tanto, sólo puedo agradeceros la manera en la que me hacéis sentir esa pieza única de nuestra maquinaria perfecta.

A todos, gracias.


Un Mal Presagio

Saqman
28 Agosto 2009

“De los creadores de…”
“Del director de…”
“De los productores de…”

- Es el mejor modo de indicar que la película es una mierda.


Casualmente andaba yo por Sevilla, visitando a los suegros, cuando mi amigo Zzero me envió el siguiente SMS: “Megaexposicion star wars en corte ingles san juan aznalfarache. Desde hoy al 15 de septiembre. un abrazo.”

Me faltó tiempo para coger el coche, empaquetar a Berni, Anhulkito, un potito de frutas y tres pañales e irme directo al Corte Inglés de San Juan, a ver qué era exactamente eso. Y la verdad es que la sorpresa fue muy agradable, porque se trataba de una exposición de Merchandising relacionado con Star Wars. Pero no cualquier cosa, sino una colección de piezas rarísimas que hizo las delicias de todos los presentes.

De todos es conocido que el mundo del merchandising comenzó con la mítica película de Lucas. Anteriormente, el concepto de artículos derivados de un film era relativamente despreciado. De hecho esa fue la baza del tito George para montar su imperio. Pues si bien la mayor parte de lo recaudado en taquilla no llegó a sus manos, el barbas se reservó en su contrato el 100% de los derechos de explotación y merchandising de la (por entonces incipiente) franquicia. Y, visto en retrospectiva, hay que reconocer que ninguna película ha tenido la enormidad de merchandising que lleva generando Star Wars desde hace treinta años; y sigue, y sigue. Es imposible abarcar todo. Ni el propio Steve Sansweet (el poseedor de la mayor colección del mundo de productos Star Wars) consigue encontrar cada rareza que aparece de vez en cuando. A la ecuación hay que sumarle el hecho de que, desde hace algunos años, el interés por el merchandising de alto nivel, es decir, réplicas, bustos, trajes, armas, se ha disparado, gracias también a la Trilogía del Anillo de Peter Jackson.

La exposición no estaba nada mal, en cuanto a que, además de los clásicos Kotobukiyas, se podían encontrar piezas de auténtico lujo. Destacaba una réplica exacta del Halcón Milenario que los de Master Réplicas habían conseguido hacer escaneando la maqueta original que se utilizó en El Imperio Contraataca. El nivel de detalle era altísimo, y resultaba de lo más molona (para tenerla en la mesa comedor del salón, je je je). Lo mismo con un AT-AT, pulcramente pintado, que era parte de un diorama en que se podía ver el Ala-A de Luke Skywalker enterrado en la nieve. Incluso la propias huellas que el robusto armatoste dejaba en el nevado terreno. Una chulada. Otro artículo destacable era una reproducción a un tamaño considerable (no se si era 1:4) de un soldado de asalto pilotando un speederbike, tal y como aparecía en la Luna de Endor, en El Retorno del Jedi. Como frikada absolluta estaba la reproducción (también exacta, escaneada) del Ala-X de Luke Skywalker, firmada por Mark Hamill.

Reproducciones de figuras había mogollón. Darth Vader era el personaje más repetido. Había dos dioramas en particular que me encantaron. El primero era una reproducción del duelo con Obi-Wan Kenobi (Alec Guinness) en la Estrella de la Muerte. La perfección en el modelado del rostro del viejo Jedi era abrumadora. El segundo representaba el momento en que Vader entra en la Tantive IV, en La Guerra de las Galaxias, y agarra a un soldado rebelde por el cuello y le iza. Me encantó ver el interés que habían demostrado en esta figura, puesto que se acercaba a la realidad más detallista en la mente de un friki. Es decir, el casco de Darth Vader es más abierto de alas, y la máscara tiene los cristales para los ojos de color rojo oscuro, tal y como aparece en la película (que luego fue borrado en las siguientes).

También muy curiosa era la colección de las figuritas Kenner (aquellas con las que jugábamos de pequeño). Lo más interesante era comprobar que, sobre el mismo personaje, había enormes variaciones. Es decir, de Luke Skywalker con el traje de Bespin había cuatro o cinco modelos distintos en que sólo cambiaba un poco el rostro, o el color del pelo, o un leve e insignificante detalle. Se ve que entre los setenta y ochenta, con cada tirada que hacían, había pequeñas modificaciones. Conseguir una colección de ese calibre es un esfuerzo digno de aplauso.

Había varios artículos relativamente extraños de ver, que me sorprendieron. Una muñeca tipo Barbie de la Princesa Leia con traje de Palacio de Jabba (ummmm), que era producto exclusivo de la FAO Schwarz. También el set de maletitas de comida que los niños americanos llevan al colegio, con motivos varios, sobre todo las series televisivas Droids y Los Ewoks.

Dos pequeñas frikadas que me encantaron fueron sendos posters de La Guerra de las Galaxias, y de La Venganza de los Sith. El primero imitaba a los posters clásicos de las películas de Alfred Hitchcock. El segundo era un equivalente al poster “Circus” del Episodio IV, pero para el Episodio III. Toda una parida que seguro que nos gustó sólo a los más pirados.

La verdad es que, si uno se pone a pensarlo, reunir semejante colección es un trabajo de toda una vida. Yo entiendo el merchandising de Star Wars como algo que hay que disfrutar utilizándolo. Comprar los muñequitos Kenner para tenerlos en los blisters para mí no tiene sentido. Y tener la reproducción exacta del casco de Darth Vader no me hace ilusión si no la puedo lucir en algún lugar de la casa. Llega un punto en que el coleccionismo pasa a ser una obsesión, quizás sana, quizás no, y es cuando uno tiene que replantearse si disfruta con el objeto adquirido, o por el contrario disfruta adquiriéndolo. En cualquier caso, si reunir esa exposición permite a los fans regodearnos con tantos muñequitos, bienvenido sea.


Ya pasaron las Barbacoas del Trofeo Carranza de este año 2009. Toneladas de mierdas almacenadas, alguna que otra trifulca con resultado funesto y la polémica que continúa abierta para el año que viene. Kinkis, pijos, anarkas, yonquis, nonis, góticos, jebis, angangos, über-kanis, padres de familia, niñatas, sevillanos, caletis y hasta incluso alguna que otra personalidad nos ha deleitado con su asistencia a tan magno evento.

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Pero ya el espectáculo de las barbacoas pasó, y de entre las meadas, vomitonas y cenizas de las brasas resurge con poderío ese otro espectáculo, protagonizado por un nuevo Cádiz C.F. preparado para la nueva temporada 2009/10, cuyo pistoletazo de salida ya ha sido dado. Y es que el refranero popular cuenta que existe una leyenda mágica relacionada con el Trofeo Carranza, que dice que cuando el Cádiz gana el Trofeo no obtiene buenos resultados en la liga. Como este año hemos hecho el pamplina en el Trofeo, podemos albergar ciertas esperanzas de hacer algo grande, siempre dentro de nuestras humildes posibilidades.

Además, con eso de que está próximo el centenario del Cádiz C.F. (seguro que se preparan mejor incluso que el Bicentenario de la Pepa), el club está tirando la casa por la ventana, derrochando dinero a espuertas en fichajes de relumbrón.

Veamos qué ocurre este año. A por ellos, oé.


Lost in Ferrol

Saqman
26 Agosto 2009

Creo que ustedes me darán la razón si les digo que viajar por trabajo es un auténtico coñazo. Que si reuniones, problemas, risas falsas, cafés forzados, noches de hotel y muchas horas de dedicación. Es lo habitual cuando uno tiene que coger un avión y plantarse en el quinto pino a resolver tal o cual incidencia, o a instalar tal o cual programa.

Son raras las excepciones, pero a veces ocurre que un viaje de trabajo casi se acaba convirtiendo en un viaje de placer. Evidentemente, uno no está con su familia, y nota esa ausencia. Pero si sabe aprovechar la circunstancia, puede sacarle mucho partido al asunto.

Lo que queda claro es que sólo es posible triunfar en un viaje si una parte de nuestro cuerpo queda plenamente satisfecha. Y no, no sean salidos, porque a lo que me refiero es al estómago.

Acabo de llegar de mi segundo viaje a Ferrol (o Ferrol del Caudillo, que la memoria histórica debe ir hacia los dos sitios), y sólo puedo hablar excelencias de esa tierra. Por ponernos un poco en situación, un breve apunte del trabajo que iba a hacer. Instalar, configurar y pasar protocolos de prueba al software de combate que el LHD, o el Juan Carlos I, llevará instalado una vez finalice su construcción y se incorpore a la flota de La Armada.

Lo mejor de un viaje de este tipo es la compañía. Claro, es lo que dicen, donde va la gente de Cádiz se monta el taco. Y parece cierto, porque el grupo que íbamos (catorce la primera vez y siete esta segunda), entráramos donde entráramos éramos bienvenidos. Porque nos dejábamos una pasta en copas, y porque montábamos pitote. Y un cachondeo sano y sin pasarse es un claro reclamo para la clientela. Ni que decir tiene que muchos ferrolanos se nos unían.

Ferrol es una ciudad muy parecida a Cádiz. Por varias razones. La primera es la cercanía al mar. Todo Ferrol huele a mar, a humedad. La segunda es la inevitable decadencia en la que se ve sumida. Si bien Cádiz intenta rehabilitar sus fachadas, Ferrol sigue mostrando una cara llena de cicatrices, de edificios semidestruídos, de escaparates que no han cambiado en décadas. Si uno se fija en las tiendas del centro, se nota que el concepto de modernización no ha llegado. La tercera razón reside en sus astilleros. Podríamos decir que Ferrol es un Cádiz de hace treinta años. Casi toda la ciudad vive volcada en la construcción naval, o en sus derivados. Hablaras con quien hablaras, había tenido tratos con la fragata tal o cual, había servido allí, o había estado trabajando de cocinero.

La situación geográfica de la ciudad le otorga un carácter privilegiado. Los alrededores son preciosos. La vista de la ría, desde cualquier ángulo es una auténtica maravilla. Pasear por el embarcadero de Mugardos, un auténtico placer visual. Un lugar encantador en todos los aspectos, sobre todo teniendo en cuenta que las dos veces que lo he visitado ha hecho un clima espléndido.

Pero si algo hay que destacar de estas dos visitas ha sido el desmadre gastronómico. Es la primera vez que viajaba a gastos pagados. Es decir, sin dietas, presentando facturas. Y, como hemos tenido que compartir comidas con algunos jefes, no hubo miramientos. Que puedo decir. Jamás he visto o saboreado unos mejillones como aquellos, ni he probado unas zamburiñas tan deliciosas. Incluso la carne de buey estaba exquisita. Pero claro, lo que destaca es el pulpo y el marisco. Visitamos la cetárea de San Felipe, un criadero en pleno mar en el que cogen el marisco en el momento de cocinarlo. No se pueden imaginar la mariscada a base de bueyes, centollas, bogavantes, berberechos (igualitos que los del Carrefour, hoygan), percebes, etc. Una pasada. Y no sólo marisco. De cualquier sitio al que íbamos salíamos hinchados. En especial de un asturiano llamado O’Lagar, del que nos hicimos amigos de la camarera, y los platos eras enormes y espectaculares. Todavía tengo el sabor del pastel de filloa.

Recuerdo también la visita a Casa Vicente, un lugar típico regentado por un auténtico personaje de la derecha más extremista. Teniendo todo el local repleto de fotos con Rajoy, Aznar, Fraga, ¡Paula Vázquez!, y un largo etcétera, el sitio era la mar de curioso, aparte de zamparnos allí un paté que quitaba el sentido, y unos quesos de órdago. Lo que más me llamó la atención fueron esos cuadros enmarcados con cartas que había recibido de Doña Carmen Polo, o Antonio Tejero (que acababa su carta con un ¡Viva España!). Y no vayan a pensar que era un sitio pijo. Muchísima gente joven más radical que el copón iba allí a comer.

Lo bueno de viajar con gente como la que me acompañaba es que uno se siente relajado. Después de cenar, nunca estaba de más tomarse uno o dos cubatitas, e ir a visitar un par de garitos en los que nos habíamos hecho algunos amigos. Me hice colega de un señor que regentaba un local llamado Papillón (como la película) porque era el único que le pedía la cerveza de cereza de barril que ellos mismos hacían. Y muy rica que estaba, sí señor. Y, para terminar, una cremita de orujo, que es lo que más me gustaba. Que cosa más rica, y que bien entraba. De hecho, había una destilería en que te la vendían a granel, y te llenaban botellas de agua de cinco litros con la cremita, licor de hierbas, de café, lo que quisieras. Lo que pasa es que no me atreví a transportarla en el avión.

Estoy encantado con los viajes a Ferrol. A pesar de que iba allí a pelear y a comerme marrones, y que los días antes estuve un tanto nervioso. Una vez pasados, debo hacer justicia a la verdad y reconocer que me lo he pasado de miedo.


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Saqman
25 Agosto 2009

Y es que no entiendo por qué los aviones no tienen fila trece, ni la mayoría de los hoteles planta trece, ni muchos tanatorios sala trece.

¿Somos gilipollas o qué?


Cualquier avezado lector de este humilde blog sabrá que lo que es a este Sombrerero las bodas se la sudan a base de bien, pero no hace mucho tuve la suerte de acudir a una boda que cambió bastante el concepto que tengo de estas ceremonias.

La boda en cuestión era de alguien ya conocido en esta casa, el Hobbit, y he de decir que, de lejos, ha sido la ceremonia más diferente, simbólica y emocionante a las que he podido asistir.

Para empezar, hay que decir que, en los 24 años que hace que nos conocemos, jamás hubiera imaginado que el Hobbit acabaría casándose ya que, como este Somberero, él pensaba que esto de las bodas no era más que un circo en el que los oficiantes eran un tío vestido de traje y una tía vestida de blanco, y el público asistente a la función eran los invitados a la ceremonia. Por eso fue una total sorpresa para mí cuando me dijo que se iba a casar y que encima no íbamos a ir vestidos de personajes de Star Wars (ya que él siempre decía que si se casaba, ya que tenía que ir disfrazado, pues se disfrazaba de lo que le diera la gana y en este caso iba a ser de personaje de la película), sino que cada uno podría ir como le diera la gana. Hasta disfrazado de Greedo, si fuera menester.

El Hobbit accedió a casarse por la que ahora es su mujer, Yoli, a quien sí que le hacía ilusión tener una boda “clásica”. Pero el Mediano, fiel a sus principios, supo conjugar lo que es una boda de las de toda la vida con una ceremonia diferente que sólo puede ser parida por una mente delirante como la del Habitante de la Comarca. Eso sí, para mi sorpresa, el Hobbit no fue vestido de Jedi ni de Yoda, ni con ninguna esperpentez, no, fue con un traje de novio normal y corriente. Quizá ése fue el único punto decepcionante de la boda, ya que esperaba su aparición a lo Bobba Fet (o a lo Ewok, no olvidemos que es un Mediano).

De este modo, los invitados a la ceremonia, nada más llegar al lugar del enlace (una casa de campo propiedad de los padres del de Hobbitón) se encontraron un escenario de inspiración medieval, con un estrado rodeado de columnas, varias carpas, como si de un campamento militar del medievo se tratase, y lo más descacharrante de todo: Un tío vestido de Nerón haciendo la cena que sería servida a los invitados; el Hobbit quería que toda la ambientación fuera medieval, y las camareras iban vestidas de posaderas (de culos no, si no de mozas que trabajan en una posada medieval), pero resulta que el cocinero en cuestión estaba de buen año y no había traje medieval tamaño paracaídas disponible para él, tan sólo un traje de Nerón que, la verdad, era descacharrante de ver. Y encima el Hobbit tuvo los santos cojones de coronar la testa del pobre tipo con una corona de laurel, para que quedara más propio. Lo que hay que hacer para ganarse un sobresueldo…

También hay que decir que el Hobbit se lo curró a base de bien, y durante muchos días, ya que todo, absolutamente todo (el escenario, las carpas, poyetes para los invitados, etc.) fueron hechos a mano por el propio Hobbit y sus padres sin que la novia ni el resto de los invitados supieran absolutamente nada. Además, entre otras sorpresas, pudimos ver un espectáculo descojonante de títeres del que sólo  el Hobbit tenía noticia, lo cual fue una agradable sorpresa para todos (hay que decir que el titiritero se puso púo tras la actuación y que luego, amablemente, nos avisó, vía SMS, que estaban los Civiles apostados en la rotonda que hay a la salida del lugar donde se celebraba la boda, con el soplador, el boli y la libreta de multas preparados, prestos para el pullazo).

Incluso, como no podía ser de otro modo, dejé mi impronta zopesca en la ceremonia ya que yo era uno de los que leía y al salir mandé a tomar por culo el atril y las hojas que teníamos que leer los “lectores” armando un pifostio que no veas y levantando los primeros murmullos de “si es que es un zopón, no lo puede evitar” entre los invitados que tuvieron suerte de pillar un asiento; digo lo de “suerte” ya que  el Hobbit estuvo bastante rácano con las sillas, el tío. Muy bonitas, sí, pero aquello parecía el juego ese en el que tocan la música y cuando ésta para, tienes que espabilarte para poder sentar el culo.

Además, el Habitante de la Comarca tuvo a bien de elegir, para ambientar el papeo, música que nos gustaba a la gente más cercana a la pareja: Así, sonó Seal en honor a la novia, Manowar, en honor a nuestro querido amigo Lobowolf y una selección de temas de Bowie, Queen y Jarre (aunque cuando iba a llegar el turno de Jarre el CD dejó de sonar), a mi salud; aún recuerdo con pavor cómo uno de los invitados, ya bastante perjudicado, se marcó un baile frenético con “Heroes”, de Bowie.

Como digo, la ceremonia fue muy simbólica y emocionante, pero sin llegar, en ningún momento, a lo cursi. Hobbit tuvo la habilidad de saber contentar a Yoli con elementos de una boda clásica (el tío de las fotos, cansino como él solo, el paseillo de la novia hasta el altar y la participación del concejal de turno, entre otras cosas), con elementos completamente innovadores y rompedores que yo no había visto nunca antes en una boda. Por tanto, puedo decir alto y claro que ésta ha sido la mejor y más original boda de las que  he visto y me quito el sombrero. No me esperaba menos del Mediano.


Soy fan de Superman pero no soy fan de Superman.

Me explico. El Hombre de Acero, como personaje, siempre llamó mi atención. El icono en que se había convertido. Ese símbolo del American Way of Life llevado a su cota más alta. Ese héroe por encima de la humanidad, a la que quisiera pertenecer, a pesar de ser un eterno extraño. El dios invencible, el líder de los metahumanos. Todo en Superman me encantaba. La “S” del pecho, la capa roja, el modo de volar, cerrando los puños cuando quería aumentar la velocidad. Y la agnífica interpretación del malogrado Christopher Reeve, que dotó de entidad y aplomo al personaje, y le convirtió en otro nuevo mito cinematográfico.

Sin embargo, algo en los cómics de Superman no terminaban de encajar. Las historias, incluso ante mis ojos infantiles, resultaban algo ridículas. Era la época en que el último kryptoniano tenía que convivir con seres de otros mundos, galaxias, espacios paralelos, etc., a cada cual más surrealista y absurdo. El propio viruete tiene un artículo sobre las portadas más bizarras de Superman.

Si bien su más famoso antagonista, el Hombre Murciélago, contaba con mil historias intrigante, divertidas, que mezclaban sabiamente novela negra y cómics de superhéroes, el propio carácter omnipoderoso de Superman hacía que la lectura fuera aburrida. ¿Quién podía derrotarle? Siempre ganaría. No tendría a su lado a un Joker que asesinara a Robin. La hija de su mejor aliado no sería violada por un demente impredecible. Superman vivía en un mundo de luz donde los enemigos, malos de opereta, vestían colores chillones y lanzaban parrafadas inmensas para explicar sus maquiavélicos planes.

El propio John Byrne, uno de los grandes revoluionarios del cómic, entendió el problema y propuso el primer reboot a una saga de superhéroes (no te atribuyas tanto mérito a la idea, Mr. Nolan), reescribiendo un Superman más vulnerable, más cercano, con problemas personales, y cambiando la figura de Lex Luthor, de científico malvado a perverso hombre de negocios. Luthor se acercaba a Kingpin en la medida en que Clark Kent lo hacía a Peter Parker. En resumidas cuentas, una “Marvelización” del universo DC. El éxito de ventas fue arrebatador, y las críticas aplaudieron con energía la propuesta.

Pero desde entonces ha llovido mucho. Superman se enfrentó con Brainiac,  se casó con Lois, murió, resucitó, se vio convertido en un robot, se dejó melenas, y un largo etcétera que poco a poco volvió a enviar al personaje a la paupérrima senda que anteriormente había recorrido. Kal-El volvía a ser un ente sin el más mínimo atractivo.

Por eso me sorprendió tanto leer tan buenas críticas de este “All * Star Superman”. Despertó mi curiosidad los comentarios de muchos lectores alabando la sencillez, y a la vez, la frescura de la propuesta. Eso, combinado con una portada magnífica en que se ve a Superman descansando en una nube, reflexivo, sobre el cielo de Metrópolis. ¿Alguna vez hubo otra más bonita? La respuesta es sencilla: no.

Grant Morrison, otro mito del cómic, se une a Frank Quitely, un muy peculiar dibujante, para presentar esta serie de historias del Hombre de Acero. Y puedo asegurar que son las que más me han gustado en toda mi vida.

Superman va a morir. Y no bajo los puños de un archienemigo, sino por causa del propio ente que le da poder; nuestra estrella, el sol. Una enorme radiación a la que se ve sometido en una misión de rescate, satura el cuerpo de Kal-El, haciéndole si cabe más poderoso, pero consumiéndolo rápidamente. Ante el anuncio de su próximo fin, el chico de Smallville deberá poner orden en su vida, dejar un legado, aclarar su relación con Lois Lane, abandonar el mundo con un mensaje de paz y esperanza. La ironía del destino reside en el hecho de que Lex Luthor también morirá pronto, condenado a pena capital y pasando sus días en el corredor de la muerte. Clark Kent intentará, una vez más, entender a ese hombre que pudo ser el benefactor de la humanidad, y se convirtió en su peor enemigo.

Si hay que destacar algo en este cómic es la facilidad para leerlo. Un enorme esfuerzo conjunto entre guionista y dibujante que deriva en una fluidez asombrosa. La vista pasa por las páginas con una dinamicidad que casi da la sensación de ver a los personajes moverse. El dibujo ayuda, mucho. Sobre todo por alejarse del concepto de supermúsculos-hiperanabolizados tan explotados en la pasada década, y volver a las raíces del dibujo anatómico real. Una pretendida eliminación de los claroscuros infiere a las viñetas una luminosidad, supongo que buscada, para presentar el mundo de Superman tal y como él lo ve: claro y definido.

En la historia se dan citas todos los elementos comunes a la mitología del Hombre de Acero. Personajes de otras galaxias, héroes absurdos viajeros del tiempo, chicas que de pronto se convierten en heroínas, una vuelta de tuerca a Jimmy Olsen (aquí forzosamente heterosexual), robots, kryptonianos, Supermanes del futuro, duendes, legiones de bizarros, amores y desamores con Miss Lane. Pero todo está mezclado con sabiduría, dotando de comicidad al surrealismo del Universo DC, y demostrando un profundo cariño por los personajes. Es precioso descubrir los valiosos recuerdos que Superman guarda en la fortaleza de la soledad, así como mostrar el trabajo y la dedicación, en silencio y en las sombras, por el bien de la humanidad.

El cómic derrocha nostalgia, amor y buen humor. Y es de agradecer, puesto que lo que llevamos muchs años leyendo cómics estamos hartos de econtrarnos una y otra vez con las mismas historias repetidas (como hace actualmente la Marvel). Otro volumen muy recomendable, que no defrauda y te reconcilia con el último descendiente de Krypton.


La evolución de la especie humana mediante la mayor probabilidad de supervivencia de los más aptos está presente incluso en los más cotidianos sucesos, en nuestra aportación a la teoría evolutiva analizaremos la adaptación mediante la limpieza del hogar. Para mayor claridad nos centraremos en el que probablemente es el lugar de la casa más complejo de limpiar: la cocina.

Limpiar es un mal necesario, no es una tarea divertida ni que aporte nada al desarrollo mental o físico de una persona, sin embargo es necesario, pues no es agradable ni óptimo vivir en un lugar excesivamente sucio y/o desordenado. Por lo tanto es una tarea necesaria de hacer, pero dado que no nos aporta nada más que su resultado final, lo adecuado es no prolongarla más que lo necesario, en otras palabras, encontrar el punto de equilibrio entre calidad o eficiencia de la limpieza realizada y el trabajo empleado para ello.

Una respuesta precipitada nos llevaría a pensar que trabajo y eficiencia son proporcionales, nada más lejos de la realidad. Múltiples horas de observación analítica del tiempo empleado y el resultado de la limpieza con una docena de personas cobayas me llevan a una conclusión tan sorprendente como ineludible. Observemos la gráfica y pasemos a su análisis.

La proporcionalidad entre calidad de la limpieza y trabajo sólo se mantiene hasta llegar al 80% del nivel de limpieza, a partir de ahi se dispara brutalmente el trabajo a realizar para seguir aumentando el nivel de limpieza, el perfeccionismo se paga muy caro, requiriendo una cantidad de trabajo igual a la ya realizada para aumentar solo un 10% y llegar al 90%. La parte final del gráfico requiere un comentario específico que encontrareis un poco más abajo, ya que rompe toda posibilidad de representación llegando al punto de infinito trabajo y limpieza, también llamado singularidad blanca. Por lo tanto el 80% es el objetivo a alcanzar, el óptimo punto de equilibrio. Trasladado a la realidad sería una cocina sin ninguna suciedad ni desorden superficial, suficiente para la mayoría de personas, si bien claramente mejorable tras el análisis de personas con obsesión por la limpieza.

Cualquier persona que se aleje del punto de equilibrio, ya sea por arriba o por abajo, en un grado mayor a la desviación típica, es alguien inadaptado y abocado a la extinción. Dejar la limpieza en algún punto muy por debajo del 80% sería abandonarlo antes del momento en que el trabajo se dispara, dejando la cocina sucia por vagancia; en este caso estas personas son calificadas justamente como guarras, sus malos hábitos y dejadez son aplicados indefectiblemente en todos los ámbitos de su vida, disminuyendo la posibilidad de supervivencia y procreación, por lo tanto a la larga, como dijimos, abocados a la extinción. Las personas que se alejan del punto de equilibrio por la parte superior sufren el síndrome del trabajo desagradecido. El trabajo se dispara precisamente por lo laborioso y meticuloso que resulta limpiar los múltiples detalles que hay en una cocina, una vez acabado con lo superficial ir más allá no solo es disparatado desde un punto de vista lógico, sino causa de múltiples males; estas personas son nerviosas, se estresan con facilidad, en la mayoría de los casos sufren de trastornos obsesivo-compulsivos, lo cual unido a la escasa valoración de su tarea (sólo otros obsesivos lo notan) les lleva a estados depresivos, disminuyendo sustancialmente su capacidad para extender sus genes, y por lo tanto, al igual que el caso anterior, destinados a la extinción.

Una de las conclusiones de esta teoría es aterradora y fascinante. La gráfica, como podeis ver, tiende al infinito, es decir, ni la persona más obsesiva compulsiva que pueda existir podría llevar la eficiencia de la limpieza al 100%, primero por la cantidad de minúsculos detalles que habría que tener en cuenta y segundo porque la propia tarea de limpiar provoca entropía en otras partes y objetos de la cocina. Llegar al 100% requeriría trabajo infinito, lo cual es imposible, además en el teórico caso de conseguirlo el resultado sería devastador: se crearía, como adelantamos antes, una singularidad blanca, la cocina sería un lugar de infinita limpieza, por lo que instantaneamente atraería la suciedad existente en el resto del piso (e incluso del exterior de estar alguna ventana abierta) hasta igualar la suciedad en todas las estancias. Llegar a la absoluta limpieza aparte de imposible sería una victoria pírrica.

En conclusión, recordad que el punto que asegura la supervivencia de vuestros genes es el 80%, el punto de equilibrio, los que consigan estar en ese punto de forma regular serán los adaptados. Si alcanzais ese punto a los que estén por debajo podeis llamarlo guarros con absoluta tranquilidad y sentimiento de superioridad, los pobres están condenados. Los obsesivos que limpian más que los adaptados os mirarán a su vez con superioridad, os harán reproches acusándoos equivocadamente de ser guarros; no seais crueles con los desdichados, esbozad media sonrisa y dejad que tengan ese engañoso momento de victoria, vosotros en el fondo sabreis que van a desaparecer y solo quedaremos nosotros, los adaptados.


Dos Grandes

Pettenman
19 Agosto 2009

Ni la ansiada vuelta de James Cameron con su misteriosa (¿Y sobrevalorada?) Avatar, ni la presencia de Stallone y Schwarzennegger juntos por fin en un film, The Expendables, ni siquiera la nueva película de nuestro gran Steven Seagal, The Keeper, que promete ser igual que todas las anteriores.

¡No! El estreno más esperadose basa en la conjunción de dos de los más grandes del planeta, únicos, inigualables, sublimes, impares, gloriosos, reverenciados, excepcionales, admirados, inmortales… Leslie Nielsen y Chiquito de la Calzada, en Spanish Movie. ¿Por qué no?

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