|
Dieciseis Litros |
Pettenman
31 Agosto 2009 |
“Por favor, cuenta lo que nos hemos bebido hoy, porque ya tengo hasta curiosidad”. Esta fue la frase que Saqman, con los ojos entrecerrados, me dijo antes de despedirse.
Era ya casi de noche, pero habíamos pasado un día juntos, igual que hace un año. Un día en compañía de mis amigos que, sinceramente, tardaré en olvidar.
Y no solo se tarda en olvidar por los efectos perniciosos de una comilona en toda regla, o de la masiva ingesta de bebidas alcohólicas de baja gradación. El estar allí, de nuevo casi todos reunidos, hablando de todo y de nada, del futuro y del pasado, comprobando cómo Aelillo deja a 10 tíos encerrados en un patio, riendo y disfrutando los unos de los otros sin dar ni pedir nada a cambio, hace que uno se sienta orgulloso de vivir todo lo que ha vivido y de tener a semejante trouppe a tu lado para apoyarte (siempre a nuestra manera) en los momentos aciagos, y, por supuesto, humillarte (como medida disciplinaria), en los momentos brillantes.
Cuesta definir una amistad como esta, la heterogeneidad de cada uno de los integrantes, la disparidad de opiniones, el contraste de maneras de ser y de actuar, hasta incluso antagónicas algunas de ellas. Podría decirse que de toda esta incongruencia de personalidades se ha ensamblado una maquinaria de amistad perfectamente engrasada, y que resiste envites y adversidades de la vida con una desenvoltura pasmosa.
Y es que aunque faltara algún que otro ilustre, aunque el viento de Levante amenazara con sacarnos en volandas de nuestra celebración, aunque no seamos una de esas pandillas que se ven todos los días para permanecer unidos, por mucho tiempo que pase sin ver a Serch, aunque haga milenios que no sepa nada del Viru… todos y cada uno de nosotros sabemos que tenemos nuestro sitio en esta máquina perfecta que se llama amistad.
Por eso había que disfrutar cada momento intensamente, porque todos éramos conscientes de la dificultad de reunirnos a todos el mismo día… y porque vete a saber cuándo sería la próxima vez. Pero todo lo bueno acaba, y llegó la hora de irse.
Con pena, recogía platos de plásticos, botellines de cerveza y servilletas de papel para, religiosamente, dirigirme a reciclarlos a la basura. Fue entonces cuando recordé que tenía una promesa pendiente con Saqman, y allí en el contenedor de vidrio me puse a contar los litros de cerveza ingeridos; Dieciseis litros en total. Aún me pregunto cómo cinco tíos (el resto iba a base bebidas refrescantes) habían podido beberse todo aquello de un tirón. Yo desde luego, no recuerdo haber bebido tanto aquel día, y supongo que alguno de los implicados tampoco.
Será otro de los misterios que acompañarán a nuestra amistad. Mientras tanto, sólo puedo agradeceros la manera en la que me hacéis sentir esa pieza única de nuestra maquinaria perfecta.
A todos, gracias.
|
|














