Parece que la inmortal novela de Mary Shelley es un tema recurrente en este blog. Y no es por pura casualidad, puesto que tanto el señor Pettenman, como yo, nos hemos sentido siempre fascinados por la obra, y ha sido motivo de conversación y discusión durante muchos años.
Siguiendo con la serie de artículos que comenzó con Releyendo ‘Frankenstein’, y pasó por Revisionando ‘Frankenstein’, nos centramos ahora en la que ha sido, hasta la fecha, la última adaptación del mito, la llevada a cabo para la pequeña pantalla por Kevin Connor, y quizá la más fiel al original.
Esta nueva versión, adapatada por Mark Kruger, parte del propósito de plasmar con la mayor exactitud la obra de Shelley. Y eso puede suponer una ventaja y, a la vez, una lacra en la puesta en escena. El problema de Frankenstein y sus numerosas adaptaciones es el mismo que tiene Drácula. El cine ha dado por sentado elementos que, poco a poco se han ido heredando de película en película, pero que no son parte del original. Ya hemos hablado de que Frankenstein es un hombre joven, de grandes sueños y esperanzas. Un hombre cuyo único propósito es el bien, pero cuya ambición le lleva a olvidar que sus estudios tienen por finalidad ayudar a la humanidad, y llevado por la locura se quiere convertir en un benefactor de la misma. Nada que ver con el científico pedante, malvado y alejado del mundo que tanto se ha visto en pantalla. Por tanto, Connor intenta atenerse al máximo al libreto, pero claro, a costa de perder espectacularidad. La creación del monstruo, que tan impresionante resultaba en cine (con las tormentas, los rayos, etc.) en el libro es más íntima, más contenida, quizá un viaje interior a la locura, pero que se realiza con al mayor discrección. Y ese es el tono general de la serie televisiva. Querer que la pantalla sea un libro y viceversa. Y es normal que ahí fracase un poco el tempo de la narración, que a veces resulta algo tediosa.
Pero este producto televisivo debe ser abordado con mente despejada, y carente de prejuicios y comparaciones. Por primera vez se muestra a la criatura en todo su esplendor. Aquí se ha optado por eliminar el carácter repulsivo de la misma (las costura, los diferentes trozos en la cara) a cambio de dar un toque de realismo a un monstruo ya de por sí completamente irreal. Un excelente trabajo de maquillaje nos muestra una criatura hecha a partir de restos humanos, con la carne en inicio de putrefacción de los cadáveres recientes, desagradable, pero a la vez muy atractiva. Y es cierto. Hay algo de magnetismo en la figura del monstruo. Quizá por una muy cuidada elección de vestuario, que le hace parecer más tenebroso, y con el que el director se luce y monta unos planos en ángulo dignos de cómic. Pero sobre todo por la magnífica interpretación de Luke Goss. Sin duda el mejor mosntruo de Frankenstein que he tenido la oportunidad de ver. El actor despliega todo su talento (y su cuidada gesticulación) para mostrar la terrible existencia de la criatura, un ser condenado al rechazo por todos, y que no conoce piedad. Tal como le veía en pantalla afloraban mis recuerdos adolescentes leyendo la novela y llevándome la misma sensación de tristeza y abandono. Goss se esfuerza sobremanera en reflejar el patetismo del personaje. El tormento que es su vida por haber sido creado a imagen y semejanza del demonio. Un ser lleno de amor, generoso y dotado de piedad, cuya imagen despierta el odio del pueblo al que quiere y necesita amar. Luke Goss va dotanto al personaje de un contínuo crecimiento. Las primeras escenas en que casi ni consigue andar, pasando por los primeros razonamientos, y la evidencia de que no está aprendiendo nada, sólo recordando, de ahí la velocidad con que habla, con que lee, y con que aprende a odiar. Porque si la actuación triunfa en la desgracia, no desmerece en el odio. Cuando la criatura se ve abocada a la soledad por parte de un padre que le rechaza, el odio en su interior se hace sentir en pantalla.

El producto combina actores famosos con varios desconocidos al gran público. Así, a parte del mencionado Goss, los papeles principales recaen en Alec Newman, como Victor Frankenstein y Nicole Lewis como Elizabeth. Siendo Newman un actor con gran potencial, no parece arrancarle la fuerza necesaria al personaje, como sí puedo hacer Kenneth Branagh en su interpretación diez años antes. Victor queda un tanto anodino, y parece que pasa por la historia casi como si no fuera con ella. No es capaz de reflejar el dolor y el tormento de los remordimientos. Aunque quizá sea un probema en cuanto a la dirección de actores, puesto qeu ya habíamos visto a Newman como Paul Atreides en la serie Dune, y estaba magnífico. Sin embargo, Nicole Lewis, siendo una actriz con una cortísima trayectria, refleja el papel a la perfección. Quizá porque también el personaje sirve simplemente de réplica al protagonista, y es más sencillo de abordar.
Destaca sobre todo Donald Shutherland como el capitán Walton, en una interpretación infinitamente mejor de la que hizo el insufrible Aidan Quinn. Siendo este personaje el confesor de Frankenstein en sus últimos momentos, ve su vida y sus abiciones reflejadas en éste último. Impresionante el diálogo final entre Waldon y la criatura, a los pies de un Victor muerto, cuando el primero le reprocha al mostruo la venganza que se ha tomado libremente por el rechazo al que se vio sometido. Le recuerda que Jesucristo, al ser entregado a la muerte por su propio pueblo, no optó por la venganza. “Tenía un padre que le amaba…” responde la criatura.
Meramente anecdótica es la presencia de William Hurt como el porfesor Waldman, y curiosa su aparición, pues también actuaba al lado de Newman en Dune.
La serie en sí revela una cierta carencia de presupuesto, pero un aprovechamiento de los pocos recursos. Los decorados a veces parecen fuera de época, y las secuencias del barco en el Polo Norte son demasiado estáticas. Lo que destaca es la lamentable dirección de la segunda unidad, así como la interpretación de los extras. Realmente mal facturado todo. Jarras que se notan vacías, pueblerinos de manos alzadas que increpan a Justine, con cara de guasa… un desastre eso, la verdad que, como uno se fije demasiado, resta credibilidad al film.
La música de Roger Bellon es un mero intento de plagiar la impresionante partitura que hizo Patrick Doyle para el Frankenstein de Branagh. Es una pena, puesto que un músico de más talento hubiera dotado de una intensidad draática mayor al conjunto, sobre todo a las escenas de venganza y desesperación a la que se ven abocados los personajes.
Pero, a pesar de las carencias, es de merecer el esfuerzo, sobre todo por la actuación de Goss como criatura, y la fidelidad a las páginas que se respira en cada fotograma. Otra adaptación más de nuestro libro fetiche que hay que tener en cuenta.