El pasado 25 de Enero nació el primer hijo del Hobbit y Yoli, Rodrigo. Ese día, extrañado por la falta de noticias sobre el nacimiento de Rodrigo, ya que Yoli llevaba ingresada desde el día anterior, llamé al Habitante de la Comarca a ver cómo iba la cosa y en ese momento me dijo, preocupado, que se llevaban a Yoli para el paritorio para practicarle la cesárea ya que el pequeño mangurrino no terminaba de querer salir. Así que me fui para el hospital pitando. Cuando llegué allí, a Yoli ya la habían metido al quirófano y allí me junté con el de Hobbitón y sus familiares a esperar a Rodrigo, espera tensa, por cierto, que intentamos rebajar con una de nuestras charlas frikis. Y surtió efecto la charla friki, ya que cuando nos quisimos dar cuenta salió la enfermera con Rodrigo en una especie de cuna con ruedas, a toda pastilla, diciéndonos que la cosa se había dado cojonuda, ante el regocijo expansivo de la familia y el pasmamiento endémico del que sufrimos el Hobbit y un servidor.
Digo lo del pasmamiento porque ni el Hobbit ni yo somos personas dadas a manifestar nuestros sentimientos, ni de regocijo (como el momento que estábamos viviendo sugería) ni de pena… No obstante, ninguno de los dos somos de piedra y claro que estábamos emocionados, pero más bien era una emoción interior, la verdad es que fue un momento bastante especial.
Cuando el recién estrenado padre fue a recibir las felicitaciones de su parentela, me paré a pensar en ese momento que acabábamos de vivir, el nacimiento de su hijo, quizá el momento más importante en la vida de una persona, y me di cuenta de la cantidad de cosas que habíamos vivido juntos los tres, el Hobbit, Yoli y yo.
Me pareció como si fuera ayer el día que conocí al Habitante de la Comarca, hace ya casi 25 años, cuando apareció por nuestra aula de 5º de EGB, un mangurrial con gafas y peinado a raya (madrecita, que looks nos ponían nuestras madres), ya bien entrado el curso y que durante un tiempo fue conocido como “El Nuevo”. También recordé la primera conversación que mantuve con él que, si no recuerdo mal (y si recuerdo mal, espero que el propio Hobbit me corrija), trató sobre los libros de “Elije Tu Propia Aventura” (hasta creo que le dejé uno de unos vampiros o algo así). Recordé aquellos partidos de baloncesto tan bizarros en las canastas del colegio con grandes jugadores como Rano, El Pijo, Jonso, Luifer, Pescarolo, Hobbit y yo con el balón aquel de los Celtics presuntamente firmado por Larry Bird que llevaba yo todas las mañanas. Y cómo no, recordé los juegos que nos sacábamos de la manga, a los que jugábamos en el recreo, ante las miradas atónitas de los demás alumnos, que preferían el fútbol: Cómo olvidar el famoso Juego de los Vampiros, consistente en intentar poner una cruz en la chepa del que se la quedaba como vampiro, o el famoso Juego del Hiperespacio, un demencial juego nacido de alguna mente enfermiza (no recuerdo quién fue el inventor) que consistía en rodar, cual croqueta, por una cuesta ante el espanto de nuestras madres cuando llegábamos a casa con toda la ropa hecha sebo puro. O aquel equipo de fútbol que fundamos, Los Júpiter, que produjo más de un trauma entre sus integrantes con cierta popularidad en el colegio, cuando sufrimos la primera de una larga serie de goleadas.
También recordé aquellas descacharrantes partidas de rol que echábamos (no nos lo tomábamos demasiado en serio) o aquellas largas tardes de juegos de Spectrum que nos pegábamos. Incluso la primera película porno que vimos en nuestra vida, la vimos el Hobbit y yo juntos, Sex Lies II, película hábilmente birlada por el Mediano del videoclub de su tío Belushi.
Cómo no, recordé todas las cosas que pasamos juntos en el instituto, nuestros empanamientos y pasmamientos (ya relatados aquí), nuestra etapa universitaria (que relataré en un próximo artículo), nuestros viajes, como aquel descacharrante viaje que hicimos a Grecia (este viaje da para un artículo entero) o aquel que hicimos a París o esos veraneos en Benidorm.
También me acordé de la primera vez que conocimos a Yoli (hace ya 16 ó 17 años), el famoso Circo del Arte (felizmente superado), las primeras reticencias del Hobbit y posterior inicio de la relación entre Yoli y el Mediano, o cuando yo comencé mi historia con Chus; todo esto lo vivimos juntos, como tantas y tantas cosas, nuestros éxitos (como cuando acabamos la carrera, cuando aprobé la oposición, cuando la aprobó Yoli…) y nuestros sinsabores (no olvido que a las primeras personas a las que recurrí cuando viví mi particular calvario sentimental, que partió mi vida en dos, hace ya casi seis años, fueron el Hobbit y Yoli). Así que el momento del nacimiento del chavea fue mucho más emocionante de lo que en un primer momento pudiera parecer ya que ese momento también lo vivimos juntos.
Pues todas esas vivencias desfilaron una por una los 10 minutos que el Hobbit estuvo atendiendo a sus familiares. Y, cómo no, el momento del nacimiento de Rodrigo también tuvo su momento zopesco (soy como un Rey Midas zopesco que todo lo que toca lo convierte en zopismo), ya que cuando llevaban al mangurrino a la habitación, con un gorrete, tapado con la manta y con unos guantes en las manos, ya que tenía las uñas como Freddy “Gruguer”, se me ocurrió decirle al Hobbit “todavía no le he podido ver el careto al niño” y resulta que me escuchó el abuelo materno, quien, indignado, me echó una “bronca” por que su nieto tenía “carita”, que no tenía ningún “careto”, jojojojojo. Pues menos mal que en ese momento me referí al niño como “niño” y no como “mangurrino”, jeje.
Bienvenido al mundo, Rodrigo, espero que tu estancia en el mundo sea fantástica. Lo que sí es seguro es que con los padres y el “tito zopa” que te han tocado en suerte, no te vas a aburrir.