Entrada para Febrero, 2010

Era de esperar, algún día tenía que ocurrir. El caldo de cultivo creado por los NiNis que nos rodean, vagos redomados, politicuchos groseros…  empieza a dar sus frutos.
Por lo visto, el pasado lunes el “cantante” (ahora en este país todos somos cantantes) John Cobra, hizo su debut en la gran pantalla en la gala de aspirantes a Eurovisión, siendo presentado por Anne Igartiburu como “la pesadilla de los eurofans” (¡Uy! Qué malote debe ser este chaval).
John Cobra , un ultraderechista afiliado a España 2000, expresidiario, racista, violento, retrasado, intolerante, homófobo, ignorante, sectario, analfabeto. . . y no sé cuantas cosas mas hizo el ridículo durante su actuación recibiendo la reprobación del público asistente. La estrella no se tomó nada bien los abucheos de éstos, e inició una serie de exclamaciones obscenas mientras se echaba mano repetidamente a la entrepierna.
El dantesco espectáculo es cada vez es más difícil encontrarlo por internet, ya saben la censura de TVE, aunque aquí tenéis la escenita protagonizada por el interfecto y sus modales: de cabo a rabo se sigue el manual de “Cómo ser un perfecto angango”… un NiNi de los más bajunos, de esos que tan a menudo nos cruzamos hoy en día. Pero eso ya pasó, o al menos eso creía.

Hoy saltó la noticia; las cadenas de televisión Antena 3 y Telecinco están dispuestas a ganar dinero a cualquier costa y el último artista al que quieren fichar es ea eurovisivo John Cobra. Al parecer, ambas han sacado la chequera para ofrecer un contrato al cantante de exclusividad y se habla que estarían dispuesta a pagar entre 30.000 y 40.000 euros para que aparezca en programas del estilo Sálvame, La Noria, El Diario de Patricia, y los infectos informativos de Matías Prats.

Y lo triste no es que el ejemplo de Aznar haya calado, ya que llevamos demasiados años en este plan. Tampoco es que me sorprenda esto de las televisiones. A fin de cuentas Telecinco y Antena 3 sustentan su audiencia en Belén Esteban y escoria similar, paradigmas de la vulgaridad y la zafiedad.

Eso si, lo que no puedo dejar de preguntarme es hasta cuándo vamos a seguir apoyando estas decisiones, porque si es por llevar a anormales, incultos y descerebrados a la televisión a darles cancha, tenemos stock para varias décadas.


Es indignante lo que hacen en España los responsables de traducir el título de una película al castellano. ¿Es que piensan que somos imbéciles? Soy de los que opinan que es un tremendo insulto al espectador. Sobre todo cuando se hace tan mal como en el caso de la última producción animada de la Disney, “The Princess and the Frog“, cuya traducción literal (y lógica) es “La Princesa y la Rana“. Aquí, que somos como somos la conocemos por “Tiana y el Sapo”. ¿Por qué? ¿porque una rana no puede ser macho? ¿porque una princesa no puede ser negra? No lo entiendo en absoluto.

Mi indignación viene a cuento porque pienso que este nefasto título es un atentado a una película, a mi entender, casi redonda. Porque resulta una alegría que la factoría de las ideas vuelva a deleitarnos con un clásico de los de siempre. Los que me conocen saben cuánto me gustan los dibujos y la animación. Por eso la llegada de Pixar incitó a pensar que el futuro estaba en el 3D. Nadie tuvo en cuenta el factor esencial, y es que Pixar siempre, y digo siempre, ofrece un guión sólido y una dosis de calidad y entretenimiento en sus películas. No se puede decir lo mismos de los subproductos de Dreamworks, o de la Fox, léase Shrek o Ice Age; films hechos con un meor propósito comercial aparcando completamente el lado artístico.

Como les decía, la llegada de Pixar y el empeño absurdo por parte de Disney de sacar un film al año (cuestión de vender juguetes, oigan) llevó a la compañía a producir películas animadas de calidad más que dudosa, como Hércules, El Emperador y sus Locuras, Atlantis o la inefable Zafarrancho en el Rancho (otro ejemplo de traducción exquisita). Así, la inmejorable onda que habían generado películas como La Sirenita, La Bella y la Bestia, o Mulan, se difuminó hasta llevar al cierre de la sección animada de la compañía.
La Princesa y la Rana nos devuelve el mejor Disney, el que se convierte en un clásico desde el momento de su estreno. Un film innovador en muchísimos aspectos, pero que retorna al estilo de animación clásico, alejado de líneas rectas y aristas de las últimas superproducciones.

Y no puede llegar en mejor momento esta primera princesa negra, ¿casualidades de la vida? con un recién presidente de color en la Casa Blanca. No seamos injustos. Disney llegó primero. Una película de este tipo lleva una preproducción de varios años, y su gestación y posterior postproducción pueden alcanzar los cinco o seis años. Así que dejemos en Disney el crédito de intentar innovar y hacer algo que nunca se había realizado antes.

Y ese es quizá el acierto del film. Situarlo en New Orleans en un entorno humilde, en la primera mitad del siglo XX, permitiendo a los ilustradores dibujar escenarios realmente magníficos (¿nadie se fija en los fondos de las películas de Disney?) Por ello, la joven Tiana, muchacha sin recursos, decidida y con mucho sarcasmo, se perfila como el arquetipo de personaje Disney trasladado a nuestra sociedad actual. Y realmente simpático resulta el Príncipe Naveen, alejado al cien por cien de los ñoños principitos de capa y pluma tantas veces retratados. Aquí Naveen se presenta como un auténtico vago sinvergüenza, sin escrúpulos pero con un toque inocentón, y perfectamente doblado por el actor Bruno Campos. La película cumple con todos los requisitos establecidos: canciones, aventuras, secundarios divertidos, malo malísimo. Pero hay novedades. En este caso  mi preferida es la incorporación del villano d eturno, el Hombre Sombra, el Dr. facilier, interpretado por Keith David. Un diseño realmente conseguido, penamente acorde con la tonalidad del film. Me gustan casi todos los secundarios, quizá menos Mama Odie, pero Jim Cumming se lleva la palma con Ray, esa pequeña luciérnaga fea de horrores, enamorada de una estrella.

La película tiene muchos gags, en general sencillos y efectivos, pero desprende frescura. Es por eso que se hace tan agradable de ver, puesto que no hay ínfulas de crear una obra maestra. Quizá falla Randy Newman y, aunque sus composiciones cumplen su tarea, no consigue enganchar al público con sus canciones.
Recomiendo llevar a los niños a ver este film de los de antes. Un aapuesta segura para ellos que resulta, además, gratificante para nosotros.


Este Sombrerero no es de risa fácil, me cuesta mucho reírme cuando lo que se pretende es eso: Hacerme reír. Sin embargo, con la Hora Chanante, que descubrí casi por casualidad una vez viendo la extinta cadena de televisión Localia, conseguí partirme el culo. Era un gag en el que salía un tío haciendo de Bill Cosby y este Bill Cosby hablaba con una mezcla de acentro entre albaceteño y conquense. Ver a Bill Cosby, muy bien caracterizado, hablando en “manchego” es que me hizo descojonarme vivo. Luego me empecé a bajar de Internet todos los capítulos que había de la Hora Chanante y descubrí ese humor absurdo del que hacen gala estos mangurrinos de Albacete. Yo creo que me hacían tantísima gracia por que jugaban con esa paradoja de mezclar personajes famosos ya venidos a menos con ese acento tan característico y esas expresiones tan manchegas, junto con un humor completamente absurdo y descacharrante.

De esa manera, La Hora Chanante se convirtió en un programa casi de culto, seguido por una amplia minoría de personas seducidas por las “tontás” de esta gente. Poco a poco, y gracias al boca a boca, los gags de La Hora Chanante y sus personajes, como El Payaso, El Gañán, Bocaseca Man, etc, etc, se fueron haciendo cada vez más famosos y lo petaban en medios como Youtube.

Era sólo cuestión de tiempo que saltaran de una cadena temática, Paramount Comedy, a una cadena generalista, como así fue. El programa pasó a emitirse en La 2 de TVE, con el nombre de Muchachada Nui. El máximo miedo que teníamos los seguidores de La Hora Chanante era que el programa perdiera la frescura original con la que contaba, y, obviamente, así fue, ya que ya hace 8 años que se emitía por primera vez ese programa, y es normal que se vaya perdiendo la frescura; pero el inagotable talento de Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla, Julián López y Raúl Cimas hace que esta natural pérdida de frescura se note menos, ya que la fórmula original (la absurdidad y las chorradas manchegas) sigue intacta, amén de, y ya con más presupuesto en la cadena pública, pulir sus caracterizaciones y sus gags dándoles a algunos de ellos una calidad cuasi-cinematográfica y con cultos guiños dirigido al público más avezado. Esto es lo que yo entiendo por “humor inteligente”.

Como es obvio, antes o después Muchachada Nui terminará. Sólo espero que lo haga dignamente, en la cima, y que sepan reinventarse cuando la fórmula esté agotada. Y si me está leyendo algún miembro de Muchachada Nui, que todo puede ser, una petición: Un Celebrities dedicado a Jean Michel Jarre…. ¡¡YA!!


La instantánea captura el momento en el ex presidente del Gobierno, José María Aznar, responde, con una calidez sin parangón, a los insultos y abucheos recibidos por varios jóvenes durante una conferencia que ofreció en la Universidad de Oviedo.

¡Qué finura! ¡Qué elegancia! ¡Qué distinción!. Pero si se compara con la educación y el saber estar de Alfonso Guerra, no hay color.

Aquí tenemos un ejemplo más de la ruindad de la clase política que pretende gobernarnos.

… ¡Ah! Y ese dedito, ¡para tu puñetera madre!


Nuestra querida Sombrerera de chapetas carmesíes, Alfonsina, nos ofrece, con su incomparable estilo, una sesuda, a la par que descacharrante, analogía entre los trenes y el amor.

Es interesante cómo reacciona el ser humano los viernes a punto de finalizar la jornada laboral. Qué debates curiosos e interesantes, surgen en esos momentos, con tal de evadirnos ¡POR FIN! de todo el trabajo de la semana. Los mayores descubrimientos de la historia sucedieron en viernes a puntito de fichar la salida.

En mi curro, este viernes a raíz de la proximidad de San Valentín y de cómo esta fiesta “inventá” empalaga todos los rincones, surgió un interesante debate sobre el tren, AVE, “gua-gua”, o “viajera” del amor.

Por un lado están los de la opinión de que tu “media naranja” es una persona en concreto que anda pululando por el mundo hasta que, más pronto o más tarde, da con su otra mitad. Es decir, que lo mismo puede estar en Horcajo de los Montes en plena berrea, que en Dubrovnik que en la sección charcutería del súper de al lado.

El problema surge cuando una vez encontrado/encontrada, por “cosas del destino” pierdes a esa persona. En esos casos, ya pasó tu tren, porque media naranja sólo hay una y las próximas personas que se crucen en tu camino serán… “pequeñas mandarinas”.

Por otro lado estamos los que pensamos que eses tren, AVE, “gua-gua”, o “viajera” del amor, no tiene por qué pasar sólo una vez.

De acuerdo, hay personas que  marcan para siempre y que su recuerdo acompaña toda la vida; porque lo que cada uno es, lo forma el conjunto de vivencias y experiencias que hemos pasado y las personas con las que las hemos compartido.

No obstante en el mundo somos 6.751.643.600 personajillos (San Google); creo que es bastante probable que haya más de una persona compatible con cada uno.

Cantaba El Cigala en Lágrimas Negras: “En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse, imborrables momentos que siempre guarda el corazón, porque aquello que un día nos hizo temblar de alegría, es mentira que hoy pueda olvidarse con un nuevo amor”. ¿Tendrá razón?… ¿O no?


Durante la pasada década, y por lo que se ve, en esta también, el principal problema de los medios de entretenimiento ha sido la incapacidad de realizar algo original. Sobre todo se ha visto afectado el sector cinematográfico, plagado de secuelas y reboots.

Ayer pude comprobar que la televisión en España sufre del mismo cáncer. Yo no se por qué, pero a alguien se le ocurrió la maravillosa idea de realizar un especial de la mítica serie “Farmacia de Guardia” de Antena 3, pero quince años después. Una especie de telefilm que contara qué había pasado con los personajes de tan insigne farmacia con el paso del tiempo.

Y he de reconocer que a mí, a principios de los noventa, la serie me gustaba. Evidentemente era consciente de sus defectos y de la infantilización progresiva de la apuesta televisiva. Pero, no se por qué, había algo que me enganchaba. Y eso que el pelirrojo me caía como tres patadas en los cojones. La serie era tonta, pero había un desfile de secundarios graciosos en cada capítulo, y los actores eran bastante buenos. Bien es cierto que la mano empalagosa de Antonio Mercero estropeaba algunos capítulos, pero no se, era entretenida.

Anoche quise ver (o al menos empezar a ver) “La Última Guardia“, que es como llamaron al telefilm. En él se muestra a una farmacéutica a punto de jubilarse que pasa su último día de farmacia junto a sus hijos, su exmarido, su novio, y todo Dios.

¡¡¡Un auténtico esperpento!!! Me estuve debatiendo entre la risa y la lágrima por asistir a semejante subproducto fruto de las ganas de trincar pasta de todos los allí implicados. Los personajes no sólo habían envejecido, sino que lo habían hecho fatal. El gordito pelirrojo se había quedado igual de enano que en la serie. ¿Nunca creció? Estaba exactamente igual, pero con cara de hecho polvo. Y encima hacía de político. ¿de político, con esa cara de pavo? Bueno, quizá eso fuera lo más realista de la película. El hermano mayor, que aquí era el mejor parado, volvía de África o yo que se de dónde carajo, y se limitaba a aparecer por ahí sonriendo y sin hacer nada más. Daba lástima ver cómo pasa el tiempo con el pobre Algarrobo (perdón, Álvaro de Luna), ya casi un anciano, aunque para mi gusto es el que mejor se conservaba. Porque lo que dejaba estupefacto era la cara de Concha Cuetos, después del lifting facial que asemejaba un orondo sapo con los labios fijos y estirados. Si esa mujer era guapa en su madurez ¿para qué cagarla con la maldita cirugía? Pero quien se llevaba la palma, y lo dejo para el final, era el señor Carlos Larrañaga. Yo no se si estaba ebrio hasta caerse durante la grabación, o le ha dado una apoplejía o qué se yo, pero no se le entendía un pimiento cuando hablaba. Se limitaba a balbucear de un modo terrorífico. Parecía como cuando uno está hasta arriba de cubatas y se esfuerza en hablar bien, con el único resultado de no decir nada correcto, y encima hacer el ridículo. Así, en lugar de “mundo, decía “bubdo”, y en vez de “cárcel” decía “cábcel”. Un auténtico pifostio interpretativo, de tomo y lomo.

Mi mayor intriga era ver cómo había envejecido la pequeña Fanny, que por aquel entonces contaba con cinco o seis años. Y mis esperanzas se hicieron realidad. La Fanny en cuestión es ahora un pibón del quince, y encima lesbiana, con una novia que es otro pibón del quince ¡¡¡Es usted un viejo guarro, señor Mercero!!!

En fin, esto es como Indiana Jones 4, pero a la española. Otro sublime ridículo.


No hace falta presentación, tanto para aquellos que saben de fúbtol como para aquellos que saben de cine. Hoy toca recordar a Vinnie Jones, y repasar los aspectos más notables del que fuera otrora peón de albañil, con su característica jeta de demente desquiciado y coronado con un logrado corte de pelo militar que aún hoy día lleva con tan buen gusto.

Como futbolista, fue el estandarte del balompié de juego raso y tobillero, creando escuela a base de plantillazos, escalofriantes patadas, litros de escupitajos y malas artes, formando parte imprescindible de aquel Wimbledon de los años noventa, uno de los equipos más chapuceros y al tiempo irrepetibles de la historia, y su paradigma del fútbol cárcel.
Vincent Peter Jones fue un jugador marrullero donde los hubiera; nada de técnica, nada exquisiteces, el tiki-taka sólo lo practicaba para hacer crujir tibias y tabiques nasales… todo lo que hiciera falta por ganar.

Pero si  por algo será recordado en esta faceta deportiva, es por desplegar una maniobra de distracción en un partido contra otro futbolista borrachín de la época, Paul John Gascoigne del Newcastle El bueno de Vinnie le estuvo dando, como se dice vulgarmente, hasta en el DNI a Gascoigne, arreándole una buena tarascada al jugador cada vez que se le ocurría respirar. Le derribó 14 veces, le escupió en la cara, le amenazó de muerte y como colofón le agarró con inusitada violencia los testículos. La foto demuestra la angustia del momento.

La mala bestia de Watford también atesora el record a la expulsión más rápida en la liga, tal y como demuestra el vídeo adjunto (estad atentos, que si pestañeáis, os lo perdéis). Fue una más de las doce expulsiones que jalonaron la carrera del internacional galés.

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Se veía venir que esa actitud chulesca de matón de barrio, sus amenazas, su extrema violencia, harían de Vinnie Jones un profeta de la sociedad británica más chabacana, alcoholizada y depravada. Y ahí lo tenemos, haciendo carrera como actor más o menos despreciable, y convirtiéndose en un digno candidato de otro de nuestros actores fetiche, el gran Steven Seagal, aunque, la verad sea dicha, el estilo de Vinnie está poco depurado aún.
Desde luego, si me tuviera que quedar con una actuación de este rudo actor, ésta sería la de Tony “Dientes de Bala”, en Snatch, Cerdos y Diamantes (2000), aunque también ha destacado en papeles de matón en películas como Ella es el chico (2006), X-Men: la decisión final (2006), Operación Swordfish (2001) y Sesenta segundos (2000), entre otros títulos innombrables.

La figura de Vinnie Jones es, en definitiva, todo un guantazo de realidad en la época del fútbol marketing, de maniquíes con pelitos teñidos y mariquitas multimillonarias, así como en todo aquello que respecta al cine políticamente correcto, con sus nuevos actoruchos hipócritas y cínicos, con sus caras bonitas y papeles de bueno-buenísimo… de ahí nuestro sentido homenaje.
¡Párteles la boca a todos, Vinnie!


El pasado 25 de Enero nació el primer hijo del Hobbit y Yoli, Rodrigo. Ese día, extrañado por la falta de noticias sobre el nacimiento de Rodrigo, ya que Yoli llevaba ingresada desde el día anterior, llamé al Habitante de la Comarca a ver cómo iba la cosa y en ese momento me dijo, preocupado, que se llevaban a Yoli para el paritorio para practicarle la cesárea ya que el pequeño mangurrino no terminaba de querer salir. Así que me fui para el hospital pitando. Cuando llegué allí, a Yoli ya la habían metido al quirófano y allí me junté con el de Hobbitón y sus familiares a esperar a Rodrigo, espera tensa, por cierto, que intentamos rebajar con una de nuestras charlas frikis. Y surtió efecto la charla friki, ya que cuando nos quisimos dar cuenta salió la enfermera con Rodrigo en una especie de cuna con ruedas, a toda pastilla, diciéndonos que la cosa se había dado cojonuda, ante el regocijo expansivo de la familia y el pasmamiento endémico del que sufrimos el Hobbit y un servidor.

Digo lo del pasmamiento porque ni el Hobbit ni yo somos personas dadas a manifestar nuestros sentimientos, ni de regocijo (como el momento que estábamos viviendo sugería) ni de pena… No obstante, ninguno de los dos somos de piedra y claro que estábamos emocionados, pero más bien era una emoción interior, la verdad es que fue un momento bastante especial.

Cuando el recién estrenado padre fue a recibir las felicitaciones de su parentela, me paré a pensar en ese momento que acabábamos de vivir, el nacimiento de su hijo, quizá el momento más importante en la vida de una persona, y me di cuenta de la cantidad de cosas que habíamos vivido juntos los tres, el Hobbit, Yoli y yo.

Me pareció como si fuera ayer el día que conocí al Habitante de la Comarca, hace ya casi 25 años, cuando apareció por nuestra aula de 5º de EGB, un mangurrial con gafas y peinado a raya (madrecita, que looks nos ponían nuestras madres), ya bien entrado el curso y que durante un tiempo fue conocido como “El Nuevo”. También recordé la primera conversación que mantuve con él que, si no recuerdo mal (y si recuerdo mal, espero que el propio Hobbit me corrija), trató sobre los libros de “Elije Tu Propia Aventura” (hasta creo que le dejé uno de unos vampiros o algo así). Recordé aquellos partidos de baloncesto tan bizarros en las canastas del colegio con grandes jugadores como Rano, El Pijo, Jonso, Luifer, Pescarolo, Hobbit y yo con el balón aquel de los Celtics presuntamente firmado por Larry Bird que llevaba yo todas las mañanas. Y cómo no, recordé los juegos que nos sacábamos de la manga, a los que jugábamos en el recreo, ante las miradas atónitas de los demás alumnos, que preferían el fútbol: Cómo olvidar el famoso Juego de los Vampiros, consistente en intentar poner una cruz en la chepa del que se la quedaba como vampiro, o el famoso Juego del Hiperespacio, un demencial juego nacido de alguna mente enfermiza (no recuerdo quién fue el inventor) que consistía en rodar, cual croqueta, por una cuesta ante el espanto de nuestras madres cuando llegábamos a casa con toda la ropa hecha sebo puro. O aquel equipo de fútbol que fundamos, Los Júpiter, que produjo más de un trauma entre sus integrantes con cierta popularidad en el colegio, cuando sufrimos la primera de una larga serie de goleadas.

También recordé aquellas descacharrantes partidas de rol que echábamos (no nos lo tomábamos demasiado en serio) o aquellas largas tardes de juegos de Spectrum que nos pegábamos. Incluso la primera película porno que vimos en nuestra vida, la vimos el Hobbit y yo juntos, Sex Lies II, película hábilmente birlada por el Mediano del videoclub de su tío Belushi.

Cómo no, recordé todas las cosas que pasamos juntos en el instituto, nuestros empanamientos y pasmamientos (ya relatados aquí), nuestra etapa universitaria (que relataré en un próximo artículo), nuestros viajes, como aquel descacharrante viaje que hicimos a Grecia (este viaje da para un artículo entero) o aquel que hicimos a París o esos veraneos en Benidorm.

También me acordé de la primera vez que conocimos a Yoli (hace ya 16 ó 17 años), el famoso Circo del Arte (felizmente superado), las primeras reticencias del Hobbit y posterior inicio de la relación entre Yoli y el Mediano, o cuando yo comencé mi historia con Chus; todo esto lo vivimos juntos, como tantas y tantas cosas, nuestros éxitos (como cuando acabamos la carrera, cuando aprobé la oposición, cuando la aprobó Yoli…) y nuestros sinsabores (no olvido que a las primeras personas a las que recurrí cuando viví mi particular calvario sentimental, que partió mi vida en dos, hace ya casi seis años, fueron el Hobbit y Yoli). Así que el momento del nacimiento del chavea fue mucho más emocionante de lo que en un primer momento pudiera parecer ya que ese momento también lo vivimos juntos.

Pues todas esas vivencias desfilaron una por una los 10 minutos que el Hobbit estuvo atendiendo a sus familiares. Y, cómo no, el momento del nacimiento de Rodrigo también tuvo su momento zopesco (soy como un Rey Midas zopesco que todo lo que toca lo convierte en zopismo), ya que cuando llevaban al mangurrino a la habitación, con un gorrete, tapado con la manta y con unos guantes en las manos, ya que tenía las uñas como Freddy “Gruguer”, se me ocurrió decirle al Hobbit “todavía no le he podido ver el careto al niño” y resulta que me escuchó el abuelo materno, quien, indignado, me echó una “bronca” por que su nieto tenía “carita”, que no tenía ningún “careto”, jojojojojo. Pues menos mal que en ese momento me referí al niño como “niño” y no como “mangurrino”, jeje.

Bienvenido al mundo, Rodrigo, espero que tu estancia en el mundo sea fantástica. Lo que sí es seguro es que con los padres y el “tito zopa” que te han tocado en suerte, no te vas a aburrir.


No es por ser plasta, pero es que parece que me buscan las cosquillas sabiendo que voy a saltar cual piojo crispado y dar mi opinión al respecto
Si hace unos días hablábamos del colectivo NiNi, unos auténticos parásitos en el más estricto sentido de la palabra, ahora empiezan a salir a la luz datos que corroboran el triste y poco halagüeño panorama que nos espera.

Ya es oficial, la población española crecerá 2,1 millones de habitantes en los próximos cuarenta años -48 millones en 2049- y tendrá el doble de mayores de 64 años, lo que representa el 31,9% del total de la población, según las proyecciones del INE. Si a esa cifra le sumamos los menores de 16 años se infiere que a mitad del presente siglo la mitad de la población española estará en edad de no trabajar, siempre y cuando la edad de jubilación se mantenga como en la actualidad.
Tenemos entonces que la cosa pinta bastante chunga, teniendo en cuenta que la otra mitad vivirá a costa de sus progenitores o del dinero que vaya usted a saber de dónde lo han obtenido.

Como parece que es bastante difícil que un cretino NiNi de repente, por ciencia infusa y de un plumazo, aprenda modales, valores, respeto, solidaridad, urbanidad… y sienta la irrefrenable llamada del mundo laboral, lo que queda es provocar a la otra mitad de la población.
Por eso el Gobierno ha presentado su propuesta de reforma de las pensiones, que contempla el retraso en la edad de jubilación, de forma que la edad laboral se ampliará de los 65 años actuales hasta los 67. Que si, que si, que tendremos que trabajar dos años más ¿Cómo se os queda la cara? Pues de tonto, pero así se nos lleva quedando desde que nacimos, en pleno pico de la pirámide demográfica.

A lo mejor yo no estoy puesto demasiado en estos temas, pero si amplían la edad de jubilación, a mi se me ocurren varios inconvenientes que me gustaría que alguien me explicara; En primer lugar, si no hay paro cero ¿Esto no generaría más paro entre los menores de 65? Es decir, parece que es más interesante quitar de en medio a viejos caducos y achacosos (en la mayoría de los casos) y darle el puesto (siempre que quiera trabajar, cosa que dudo) a una persona joven que está en paro.

Además, parece poco probable que un contratista, por ejemplo, quiera mantener, y de qué forma, con 65 años a un trabajador del metal, construcción, hostelería. ¡Si los empresarios sueñan con despedir a los mayores!

Y ya por último, si con 60 muchos ya se mete uno con 35 años cotizados y una pensión que ronda 1.000 euros o así, ¿Para qué trabajar hasta los 67? ¿Que darían, 50 euros más? La verdad es que, o yo no entiendo algo, o me parece a mi que estamos ante una nueva aberración del ZP.

Antes de echarse a la calle, guarden un poco de bilis, reserven mala leche, contengan un poco de su ira, porque la siguiente ley que aprobarán estos descerebrados que nos gobiernan, será aquella que fije la edad obligatoria de morirse a los 68 para no pagar pensiones a nadie. Y si no… al tiempo.


Hace unos días escuché por la radio que la Universidad de Sevilla iba a implantar un nuevo plan de acción cuando descubrieran a un alumno copiando con “chuleta” un examen. Si anteriormente el alumno estaba automáticamente suspendido, ahora no. A partir de ese momento entraría en juego una comisión que determinaría si la chuleta que se había confiscado era determinante o no en la posibilidad de aprobar al alumno. Si la respuesta es que sí, el alumno suspendería. Pero si no era así, se le corregiría el examen normalmente.

No salgo de mi asombro al escuchar no sólo la noticia, sino a mis propios compañeros de trabajo defender la idea de que si no influye la chuleta ¿por qué suspenderlo?.

Lo primero que me viene a la cabeza al escuchar la palabra “comisión” es dinero. Es decir, por el mero hecho de formar parte de esa comisión, seguro que más de uno se adjudica pasta. Por hacer absolutamente nada, por supuesto. Una excusa más de la Universidad para trincar dinero. Se os acabó el chollo de las setecientas matrículas al año, cabrones.

Después me entra una tristeza enorme al escuchar tanto la noticia como a sus defensores. Pues es la confirmación de algo que ya se sabía de antemano: que este país ha perdido completamente el sentido del honor. El propio concepto de esta palabra se diluye entre basura televisiva y padres supraprotectores. ¿No se dan cuenta de que es fundamental enseñar y educar en la honradez a los alumnos? ¿Cómo un país cuya propia Universidad defiende el pillaje y la mentira puede recuperar su estatus educativo? La universidad debería ser un ejemplo de actitud moral, un lugar donde no sólamente fluyeran los conocimientos científicos y artísticos, sino donde se motivara al espíritu a alcanzar un estado superior de moral, y donde se fomentara el libre pensamiento y la virtud. A cambio, nos ofrecen a una serie de profesores mercenarios sin ganas de enseñar, para los que las clases son un mero pretexto al que están obligados para seguir investigando. A cambio, los alumnos pasan a ser números a los que no se les aporta nada, excepto frustración e indiferencia. Un universitario debería ser un joven abierto al conocimiento, que utilice la Universidad para recibir conocimientos y valores, ambos por igual, porque no se puede alcanzar la perfección científica sin la moral. La Universidad de Sevilla da un paso atrás para evitar sentirse responsable del futuro de sus alumnos. Personas que han apostado por una enseñanza en SUS aulas, y que, a mi modo de ver, sólo se sienten estafados.

Si se hubiera aplicado esta medida en mi época de estudiante, sabiendo que la teoría matemática era la mitad del examen, hubiera compensado hacerse una macrochuleta con la mitad del temario. Así las probabilidades de aprobar, de que no te pillaran aumentarían tanto que prácticamente hubiéramos sacado todos la carrera en la mitad de tiempo. ¿Y para qué? Pues para estar igual de preparados, a nivel universitario, que los alumnos de secundaria, a nivel de instituto. Es decir, un desastre.

Estamos fomentando entre todos unas nuevas generaciones que desconocen el significado del esfuerzo, del honor y la honradez. Y la culpa no se puede enfocar sólo a los políticos y los que planifican los estudios. Necesitamos un gigantesco cambio moral en nuestra sociedad, que nos devuelvan los valores, la educación y el sentido común que tuvieron nuestros padres y nuestros abuelos.